7. Laboratorios #2
Un mototaxi venía en su dirección. Sin dudarlo, lo paró y le enseñó rápidamente un par de billetes.
El conductor era joven, llevaba una camiseta amarilla desgastada y un casco que ni siquiera se había abrochado.
Entendió rápidamente el lenguaje universal del dinero, y le dio indicaciones para que se subiera.
El vehículo arrancó y se incorporó al tráfico.
—Sigue a ese coche —dijo, Marco señalándolo discretamente.
El muchacho lo miró sin entender del todo.
Marco añadió un par de billetes más.
—A distancia. Sin acercarte demasiado.
El chico tomó el dinero, sonrió, miró el coche, y dijo.
—Seguir coche, como 007.
Marco también sonrió y sin más se mezclaron en el caos de la ciudad.
Siempre había querido decir aquello: “Siga a ese coche”. Parecía muy peliculero.
La realidad fue una mezcla de claxon, polvo, frenazos.
Pero el chico estaba disfrutando el paseo.
Se lo tomaba muy en serio. Probablemente si quien pilotaba fuera mayor, no hubiera hecho el viaje, por miedo a meterse en algún lío.
Pero la juventud es atrevida. Se veía en la manera de pilotar, y en haber accedido a la persecución.
—Más distancia —dijo, inclinándose hacia el conductor.
El muchacho levantó el pulgar sin dejar de acelerar.
El vehículo seguía delante, a veces visible, a veces oculto tras otros vehículos. Con el tráfico que había en ese momento, tampoco se iba a escapar. Marco tenía más preocupación en que el joven se pegara demasiado a que los perdieran.
—Despacio. Despacio.
El chico levantó un poco el pie. Desde luego, iba a ganar en un viaje más de lo que ganaría en el resto del día.
Atravesaron más calles de asfalto y tierra, alejándose poco a poco del bullicio y tomando calles menos transitadas. Esto podía ser un problema. Entre la multitud era imposible descubrirlos, pero a medida que el tráfico disminuía…
Pero hubo suerte.
El coche redujo la velocidad y se dispuso a entrar en un bloque de edificios.
Marco tocó el hombro del conductor, y le dijo:
—Me bajo aquí.
Sin más explicaciones sacó otros dos billetes del bolsillo, y se los dio.
—Por tu discreción —sonrió.
Iba a empezar a caminar por la calle, y volvió sobre sus pasos, y añadió mirando más serio al joven:
—Por tu seguridad, ni una palabra de esto —dijo Marco entregándole más billetes.
Quería amedrentarlo para que no se fuera de la lengua. Y vaya si lo consiguió. El chico se quedó pensativo, y cuando entendió el significado, no dijo más, arrancó la moto y se fue rápidamente.
Caminando se fue acercando al edificio, que ahora veía que estaba rodeado por una valla metálica, con una garita de seguridad, cámaras y un guardia. Dentro estaba aparcado el coche, ya sin conductor, que posiblemente había accedido al recinto.
Cuando estaba suficientemente cerca leyó el cartel de la empresa que decía “Deucalion Medical”.
Vaya, vaya.
No eran secuestradores. No eran ladrones. ¿Por qué lo estaba siguiendo alguien de una empresa farmacéutica? Esto iba a ser interesante.
Cambio de planes
Marco sabía que debía volver a buscar el coche. Y desde luego no le interesaba que alguien averiguase dónde había estado, por lo que regresó al mercado. Compró una mochila, y guardó las gafas de sol y el resto del atuendo que se había puesto antes.
Esta vez quería que lo encontraran, y lo más fácil era utilizar el atuendo anterior.
Es difícil saber que te están siguiendo y mantener la cordura. Al final, no sabes quien o quienes son y lo que están dispuesto a hacer. Pero tomó esa decisión. Y tranquilamente callejeó de nuevo por el mercado.
Al poco ya sintió una mirada.
El mismo tipo que lo había seguido en el mercado. Hablando por teléfono. Desde luego habría sentido alivio y seguramente al otro lado de la línea estaría su jefe. Interesante.
Cuando hay tanto interés en una persona, es porque se está acercando a algo que merece la pena ser desvelado.
Marco se metió en el medio de la gente, y caminó hacia al taller para recoger el coche. Un momento que podría ser peligroso. Era posible que alguien le tendiera una trampa. Pero si no aparecía, pondría sobre aviso a sus perseguidores. ¿Qué hacer?
Lo pensó de camino al establecimiento. No creía que durante el día se atreviesen a nada. No. Quizás si fuera de noche. De todas formas, ante cualquier señal de peligro, se pondría a correr hacia el mercado. Ya pensaba en la posible ruta de escape.
Pero nada sucedió.
El vehículo estaba arreglado. La factura no era barata. Precio de turista, imaginó. Pero bueno, pagaba la editorial. Su jefa estaría encantada. Sonriendo la imaginó maldiciendo al otro lado del mundo y gritando algo sobre rentabilidad y contención del gasto, y por supuesto la frase de siempre:
—A veces creo que es mejor dejaros a todos en esta mierda y largarme para casa.
Lo estaba viendo…
Subió al coche y arrancó camino a la ciudad. Tenía pensado subir hasta Kano y a Sokoto, pero tras lo sucedido, cambió de planes.
Buscaría un hotel, con muchos clientes, más céntrico, y “se perdería” en él. Ahora tocaba investigar.
Sabía que lo estaban siguiendo, no sabía cómo. Igual un dispositivo de rastreo, o una moto que lo veía a distancia.
Pronto encontró el hotel que buscaba. El resto fue rutinario. Siempre lo mismo. Pasaporte, registro, llave de la habitación, y por fin, algo de soledad y un poco de descanso.
Ya había trazado un plan en su mente. Más tarde, saldría de incógnito, y volvería al laboratorio. Pero antes, le debía una llamada a Rolando. Por lo menos que supiera que “todavía” no había muerto…
Tomó un teléfono de tarjeta que había comprado durante el viaje, y marcó el número que ya sabía de memoria.
—Llamada a cobro revertido, por favor —indicó Marco a la telefonista.
Al cabo de unos segundos, al otro lado del mundo se oyó.
—Maldita sea Marco, me llamas a cobro revertido. ¿ N o sabes que “la jefa” revisa el gasto del teléfono de cada departamento? —indicó Rolando antes ni siquiera de saludar.
—Por eso mismo. Algo de emoción en tu patética vida de escritorio no te vendría mal —contestó Marco.
—No te quito razón. Pero voy mayor. Ya me conoces —dijo Rolando, ya en un tono más afable.
—Echarías de menos el aire acondicionado, créeme —añadió Marco pasando un brazo por la frente para intentar secar el sudor.
—Te creo, te creo. Recuerdo cierto viaje hace veinte años… pero bueno. Esa es otra historia —se puso a divagar Rolando.
—Pero cuéntame —añadió—. No creo que me llames desde el otro lado del mundo para decirme que estoy viejo. Y, por cierto, ¿alguna vez piensas en el cambio horario?
Marco sonrió. Claro que lo había pensado.
—¿Qué sabes de Deucalion Medical? —preguntó sin más Marco.
Silencio al otro lado de la línea. Tras unos segundos respondió.
—Déjame mirar qué tengo por aquí.
Marco estaba seguro de que no le hacía falta consultar absolutamente nada. Simplemente con el silencio inicial, sabía que era un nombre familiar para él.
—Deucalion Medical, pequeña empresa local encargada de distribuir medicamentos y material de laboratorio en Nigeria. Subsidiaria de una sociedad de nombre impronunciable en las Islas Caimán. Imposible saber los accionistas.
Una pausa de Rolando, y continuó:
—Creada hace 3 años. Crecimiento meteórico. Contratos con hospitales y universidades varias. Ya me gustaría saber cómo narices abarcaron tanto mercado en poco tiempo. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué has averiguado?
Marco le relató lo sucedido. No solo su experiencia en el mercado, sino también la experiencia de la Universidad, con Kim y la falta del profesor Ibrahim Musa.
Un periodista cuando quiere puede ser conciso y meticuloso. Como si fuera una conexión de cable USB, los datos fluyeron entre ambos, con algún “Entiendo” de vez en cuando para asegurar que se estaba siguiendo el hilo de la conversación.
Al acabar, hubo unos segundos de silencio, hasta que Rolando preguntó:
—¿Y qué crees que está pasando?
Marco se tomó un tiempo antes de responder:
—Alguien se está tomando muchas molestias para seguirme. Claramente está descartado el robo o secuestro, y todo lleva a la farmacéutica Deucalion Medical. No tiene sentido que vigilen a un periodista, salvo que teman que publique algo en lo que no estén interesados.
—¿Tendrá que ver con el inicio de la epidemia? —consultó Rolando con voz seria.
—Es posible. O igual no tiene nada que ver y simplemente tapan algo turbio. No lo sé —respondió Marco.
Más silencio.
—Marco —y añadió tras unos segundos— mira, eso parece peligroso. ¿Envío a alguna persona más para la zona?
—Por supuesto que no —respondió quitando hierro a la situación— vamos a ver qué sucede. No es la primera ni la última vez que me veo en situaciones similares.
Era cierto. A lo largo de su carrera había vivido un ciento de momentos comprometidos.
Pero no era la razón real por la que prefería trabajar solo.
Podía aceptar que algo sucediera. Su mente estaba preparada para ello.
No era que no tuviese miedo, o que fuera un valiente inconsciente.
Había elegido esa vida, y no quería otra.
Pero no podía involucrar a nadie. En su juventud lo hizo, y alguien pagó por ello.
Aún hoy lo recordaba y eso había marcado su personalidad, su vida.
Desde entonces algo en él cambió. Trabajaba mejor solo. Y así seguiría siendo.
Durante un rato hablaron de recomendaciones, de posibilidades, y alguna cosa irrelevante, hasta que finalmente se despidieron.
En el silencio de la habitación, Marco se recostó en la cama. Quizás había llegado el momento de descansar. Era temprano, pero podría ser una noche larga. Cerró los ojos, y apagó el mundo.