El brote 7. Laboratorios
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7. Laboratorios

Todo cazador olvida alguna vez que también puede dejar rastro

Hospital Buena Esperanza

Marco ya se encontraba en faena. No había perdido el tiempo. Estaba claro que existía un brote que todavía no alcanzaba a cuantificar y que se estaba extendiendo en toda la zona, por el momento con cierto control.

Quizás no era nada, pero sí había casos de personas fallecidas, incluso jóvenes. Y aunque no era algo masivo, era como si quisiera arrancar, pero aún sin fuerza.

Siguiendo las indicaciones del profesor Santana, entró en el Hospital con guantes en las manos y una mascarilla FFP3. Esperaba que fuera suficiente.

Los pasillos estaban a rebosar. Se fijaba que todos los pacientes y sus acompañantes llevaban mascarilla y guantes. Los sanitarios no paraban un minuto, atendiendo a unos y otros en la medida de lo que podían. Realmente no estaba mal organizado, simplemente la carga de trabajo los superaba.

Pasó por delante de un doctor que estaba al teléfono reclamando material.

—Me da igual donde consigan las mascarillas —casi gritaba—. Tenemos muchos casos, y de alguna forma hay que contener la infección.

—Pues consígalo. Hable con la delegación de Deucalion Medical o con quien quiera, pero consiga lo que le pido —añadió el doctor.

Marco se quedó de pie hasta que el médico colgó el teléfono visiblemente frustrado.

—¿Problemas con el material? —consultó Marco.

—Esto es de locos. Tienen problemas para conseguir simplemente mascarillas y antibióticos. ¿Se lo puede creer? —respondió el doctor.

—¿Pero tan grave es? —siguió tirándole de la lengua Marco.

—Se contagia muy fácilmente. No es demasiado letal, pero tiene facilidad de contagio. Las mascarillas y los antibióticos nos ayudarían a contener. ¿Y usted qué hace aquí? Si no es un paciente, debería irse.

—Disculpe. Voy a despedirme de mi familiar y saldré del hospital —mintió Marco.

Caminó por el pasillo dejando atrás al doctor, e iba mirando a su paso las distintas habitaciones, el caos, pacientes con tos severa, enfermeras poniendo medicación, todo a un ritmo frenético, como si estuvieran en la sala de urgencias operando a corazón abierto.

Ya había visto suficiente. Saldría por la puerta principal, y quizás llamaría al periódico para informar. Le apetecía hablar con Rolando. Aunque solo fuera para molestarlo fingiendo que no se daba cuenta del cambio de hora.

Ya en el aparcamiento, Marco volvió a fijarse en una furgoneta blanca estacionada cerca de la salida.

No le habría prestado atención de no ser por un detalle absurdo: una tira de esparadrapo enrollada en el retrovisor derecho.

La había visto antes, ¿no era la del hotel de la noche anterior?

Quizás empezaba a entrarle paranoia con todo.

Al fin y al cabo, no había un vehículo en esta ciudad que no tuviera algún tipo de daño.

Matrícula ZAR442KT. Bueno. Se fijaría por si acaso.

Tenía la costumbre de intentar fijar todo en su mente.

Si hubiera hecho esto hace años, quizás Clara todavía estaría viva. Pero eso es otra historia.

Ojos en todas partes

Marco subió al coche. Tenía que ir a un taller y había localizado uno no demasiado lejos de allí.

No es que tuviera un fallo mecánico. Un Toyota no se avería ni aunque lo tiren por un barranco, pero la ventanilla se había quedado atascada, y si tenía que volver a recorrer una mezcla de carreteras de asfalto y tierra, convenía reparar.

Quizás alguien la había intentado forzar pensando que podía haber algo de valor en el interior.

De cualquier forma, no podía seguir así, por lo que arrancó y se incorporó al tráfico.

Encontró el taller fuera de la vía principal entre edificios bajos. En un descampado contiguo había un patio lleno de vehículos abiertos en canal: Toyotas sin capó, camionetas con las ruedas desmontadas, motos apoyadas contra una pared y piezas de motor colocadas sobre cartones grasientos.

El mecánico principal era un hombre ancho, de manos negras. Cuando Marco le explicó el problema, se agachó frente a la puerta, movió los interruptores, y le dijo algo en hausa a uno de los muchachos, que salió corriendo a buscar la pieza.

—Una hora —dijo el mecánico.

Marco miró el coche, luego el taller, luego la calle.

—¿Seguro?

El hombre sonrió sin enseñar los dientes.

—Una hora de Nigeria.

No le gustaba pasar demasiado tiempo en el mismo sitio.

El norte de Nigeria no es como una ciudad europea o americana.

Es otro mundo. La ciudad no parecía peligrosa de una forma evidente.

No había disparos, ni carreras, ni gritos.

Había vida. Demasiada vida. Un tráfico espeso, motos que pasaban rozando los retrovisores, vendedores ambulantes, niños cruzando entre coches detenidos, mujeres con pañuelos de colores llevando bolsas sobre la cabeza, hombres sentados a la sombra de los portales, observándolo todo sin parecer mirar nada.

Pero la seguridad se notaba en los detalles.

En la verja metálica del hotel. En los controles militares que había visto en la carretera. Era una zona en la que había secuestros o robos. Y él al ser occidental era más fácil ser diana.

Marco decidió no quedarse esperando en el taller. A pocos metros se abría un mercadillo, una sucesión de puestos de lona, tablas, carros, sacos y plásticos suspendidos entre fachadas gastadas por el sol. Entró en él casi por instinto, buscando sombra, movimiento y anonimato.

Aunque es difícil pasar desapercibido siendo blanco, extranjero y demasiado alto.

Algunas miradas se posaban en él apenas un segundo; otras se quedaban algo más.

Un niño lo señaló. Una mujer le ofreció botellas de agua.

Un vendedor de gafas de sol le sonrió como si acabara de encontrar la venta del día.

El calor era brutal. Espeso, físico, pegado al cuerpo. El polvo se levantaba a cada paso y quedaba suspendido entre los puestos. Las calles alternaban tramos de asfalto roto con zonas de tierra compactada, surcos secos y charcos antiguos convertidos en barro duro.

Compró una especie de turbante en un puesto de ropa usada. De esta forma se protegería del sol y no mostraría tanto su identidad. También compró unas gafas de sol baratas y una camiseta de algodón. No se la puso de inmediato, sino que se fue detrás de un puesto.

Se cambió la indumentaria bajo la mirada indiferente de un hombre que fumaba sentado sobre una caja de refrescos. Al volver a salir, se sintió un poco más protegido y un poco más ridículo.

Entonces lo vio.

No de frente. Fue apenas por el rabillo del ojo: un hombre detenido junto a un puesto de recambios, fingiendo mirar unas bombillas para un coche. Camiseta oscura, pantalones desgastados y sandalias. Lo había visto antes, en otro lugar del mercado.

Lo que quizás llamaba la atención es que el vendedor estaba empeñado en vender la mercancía y el hombre no estaba prestando la mínima atención. Desde luego no estaba comprando. Estaba buscando.

Al haberse cambiado de ropa, y con las gafas de sol, no reconoció a Marco, y estaba disimuladamente intentando volver a encontrarlo.

Marco se dio cuenta, y se giró rápidamente y desapareció detrás de un puesto de fruta. Tomó una naranja en su mano y dejó una propina. Discretamente se fue ocultando entre la multitud sin perder de vista al misterioso personaje, que cada vez se veía más nervioso al haberle perdido la pista.

No era la primera vez que seguía a alguien. Al fin y al cabo, era periodista. Poco a poco, guardando distancia observó como la desesperación hizo que su antiguo perseguidor, tomara menos precauciones y directamente empezó a apartar a gente para buscarle entre la multitud.

Tardó un tiempo en aceptar que no lo iba a encontrar. Frustrado tomó un ramal del mercado y se puso a caminar.

La persecución no fue demasiado larga. Marco avanzó entre bidones de plástico, carros con ganado, estantes de telas y todo tipo de utensilios y herramientas, aprovechando cada esquina para ocultarse disimuladamente como quien está ojeando mercancía aquí y allá.

Poco le faltó en algún momento para verse descubierto. Es curioso, como simplemente cambiar el color de la ropa hace que haber fijado en la mente el color anterior, haga invisible a la persona.

Ya al final del mercado, salieron hacia una calle más ancha, con tráfico mezclado con personas. Era un milagro que nadie fuera atropellado. Especialmente por las motos, que se metían por cualquier hueco.

El hombre de la camiseta oscura cruzó la calle. Marco esperó, dejó pasar una moto, luego un triciclo amarillo, y lo siguió.

Unos cincuenta metros más adelante, el hombre se reunió con otro.

El segundo tenía una apariencia distinta. Camisa planchada de color rosa, zapatos y no sandalias, gafas oscuras. Indudablemente era el encargado.

A la distancia que estaba, Marco no podía escuchar nada. Pero en realidad no hacía falta.

El hombre mejor vestido habló primero. Un dedo señalando hacia el mercado. Una conversación agresiva. El otro bajó la mirada, respondió algo y recibió una contestación seca.

Una bronca. Alguien tenía un mal día, sonrió Marco.

Marco no necesitaba entender hausa para captar el significado general: lo has perdido, vuelve a buscarlo.

El hombre de la camiseta oscura regresó sobre sus pasos, esta vez más nervioso.

Pero Marco ya no estaba interesado en él.

Su objetivo acababa de cambiar.

El hombre bien vestido caminó hasta un coche aparcado al otro lado de la calle. Marcó un número en su teléfono y habló de forma breve con alguien.

Se subió a un vehículo oscuro, más cuidado que cualquiera de la zona. Por lo menos tenía todas las piezas y pocas o ninguna abolladura. Estaba claro que se disponía a arrancar. Esto apremió a Marco. Tenía que seguirlo de la forma que fuera.

Miró alrededor.