El brote 6. Entre Nigeria y Japón
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6. Entre Nigeria y Japón

“Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano” Atribuida a Isaac Newton

El norte de Nigeria

Marco estaba mascullando la conversación con Kim en su cabeza. No sabía qué pensar. No sabía por dónde empezar. Está claro que alguien no desaparece sin más. O bien, lo hacen desaparecer, o bien, tiene intención de desaparecer.

De todas formas, no le iba a gustar al profesor Santana saber que su colega estaba en paradero desconocido.

La verdad es que no le apetecía llamarle ni escribirle, no de momento.

Porque al final, ¿qué ganaría preocupando al bueno del doctor?

Con lo gordo que estaba, igual hasta le daba un infarto, sonrió para sí mismo.

Más raro aún. ¿Por qué la Universidad no puso el grito en el cielo?

Se trataba de un científico muy reconocido, que probablemente aportaba fondos a través de mecenas y colaboraciones con empresas, además de una excelente reputación.

¿Por qué nadie estaba buscando? Todo era muy extraño. Pero de momento no tenía respuestas.

Lo que no iba a hacer es estar quieto. Por eso había decidido empezar el trabajo de campo. Si quieres conocer qué pasa en un sitio, vete allí. Y eso exactamente es lo que había hecho. Desplazarse al norte. Al foco de la posible infección.

Inicialmente pensaba en utilizar el avión. Pero a Marco le gustaba empaparse de todo, ir por su cuenta, sin tiempos ni ataduras, y aunque era más lento, alquiló un coche y tomó la autovía A1 hacia el norte.

Tardó casi una hora en dejar atrás Lagos.

Al principio no hubo viaje, solo atasco.

Mototaxis filtrándose entre los coches, vendedores ambulantes golpeando los cristales con botellas de agua, cargadores de móvil, plátanos fritos, gafas de sol y cualquier cosa que pudiera venderse antes de que el semáforo cambiara.

El aire estaba cargado de humedad y la ropa se quedaba pegada a la piel.

A ambos lados de la carretera, los edificios se apretaban unos contra otros como si la ciudad no quisiera terminar nunca.

Condujo en silencio, con el teléfono boca abajo en el asiento del copiloto, mezclando sus pensamientos. Santana. Kim. El científico desaparecido. La Universidad.

Cuando por fin el tráfico empezó a abrirse, Lagos fue quedando atrás de una forma casi imperceptible.

Primero desaparecieron los edificios altos.

Luego los carteles enormes de bancos, operadoras telefónicas y clínicas privadas.

Después llegaron las naves industriales, los talleres, los camiones detenidos en el arcén, los puestos de fruta bajo lonas desteñidas.

La carretera hacia Ibadan seguía cargada de vida. Había autobuses amarillos adelantando donde no debían, camiones cisterna inclinados bajo su propio peso y furgonetas con demasiados pasajeros. Si alguien quería desaparecer, aquel país ofrecía mil formas diferentes de hacerlo.

A medida que avanzaba hacia el norte, el verde se volvió más abierto.

Las palmeras dejaron paso a extensiones más bajas, a campos, a aldeas dispersas con tejados de chapa que brillaban bajo el sol.

En los márgenes de la carretera aparecían iglesias pintadas con colores vivos, pequeños talleres mecánicos, mezquitas sencillas, puestos de combustible improvisados.

En algunas zonas, el asfalto era bueno y el coche parecía deslizarse.

En otras, la carretera se rompía sin aviso.

Pasado Ibadan, el país empezó a cambiar de ritmo.

Ya no era el caos compacto de Lagos, sino otra cosa: más espacio, más polvo, más distancia entre un rostro y el siguiente. Los camiones eran ahora los dueños de la carretera.

En Ilorin se detuvo a repostar. El calor era distinto allí.

Menos húmedo, más directo. Entraba por las mangas de la camisa y se quedaba debajo de la piel.

Mientras esperaba a que llenaran el depósito, observó a dos policías apoyados junto a la sombra de una pared.

Uno de ellos lo miró durante demasiado tiempo.

No era una zona que acostumbrara a contar con turistas.

Marco apartó la vista, pagó en efectivo y compró una botella de agua tibia y sin más continuó hacia el norte.

A partir de ahí empezó a tener la sensación de estar cruzando una frontera invisible.

No una frontera política, sino una frontera de clima, de lengua, de religión, de gestos.

Los nombres de los pueblos cambiaban. La música que salía de los pequeños comercios sonaba diferente.

Había más hombres con túnicas largas, más motos cargadas con sacos, más niños llevando bidones de agua.

Los colores también eran distintos: el verde se apagaba, el suelo se volvía rojizo, el cielo parecía más grande.

Y luego llegaron los controles.

El primero fue rutinario. Unos conos viejos, una cuerda cruzada sobre la calzada, dos soldados con fusiles colgados al pecho y cara de aburrimiento.

Marco bajó la ventanilla, enseñó el pasaporte, explicó que era periodista, que se dirigía hacia Kaduna, después a Zaria.

El soldado repitió el nombre de la ciudad como si quisiera comprobar si Marco sabía dónde se estaba metiendo y no se había perdido.

—¿Zaria?

—Sí.

El hombre le devolvió el documento.

—Conduzca con precaución.

Marco asintió, subió la ventanilla y siguió adelante.

El sol empezó a caer cuando la carretera se hizo más solitaria.

Las sombras de los árboles se alargaban sobre el asfalto y los pueblos aparecían y desaparecían: un grupo de casas, una mezquita, una escuela, un mercado pequeño, niños saludando al paso del coche.

En algunos tramos, la vegetación se abría tanto que podía ver kilómetros de terreno seco a ambos lados.

En otros, la carretera se estrechaba y los camiones lo obligaban a frenar detrás de columnas de polvo.

Marco encendió la radio. Solo encontró voces entrecortadas, rezos, música local y noticias que no entendió del todo. Apagó el aparato.

La noche lo alcanzó antes de llegar a Kaduna. Estaba realmente cansado. Por primera vez empezaba a pensar si habría sido mejor idea tomar el avión. Pero ya era tarde para eso.

Contaba con llegar a Zaria antes de la noche, pero ya veía que no iba a ser posible, por lo que pensó en buscar un sitio para descansar. Claramente no sería el mejor hotel de su vida.

Encontró uno con el nombre Northern Hotel o algo así. Alguna letra se había perdido en el letrero. Estaba rodeado por un muro bajo con un portón metálico y una garita ocupada por un vigilante.

El vigilante levantó la mano sin llegar a incorporarse.

Marco bajó la ventanilla.

—Buenas noches.

El hombre se inclinó un poco hacia el interior del coche. Llevaba una camisa azul oscuro demasiado grande, sandalias de goma y una linterna colgada de la muñeca. Miró primero a Marco, luego al asiento trasero, después al maletero.

—¿Cuánto tiempo va a quedarse en el hotel? —preguntó.

—Una noche —respondió Marco.

El vigilante asintió despacio, sin sonreír, y levantó la barrera.

Dentro, el aparcamiento estaba cubierto de polvo rojizo. Había varios Toyota aparcados junto al muro: dos Hilux con la pintura comida por el sol, un Land Cruiser blanco con los cristales tintados y un Corolla viejo, abollado en una puerta. También había un minibús con el parabrisas rajado.

El edificio principal tenía dos plantas. En la fachada colgaban varios aparatos de aire acondicionado, algunos oxidados. Bajo el porche, tres hombres bebían refrescos en silencio frente a una televisión que retransmitía un partido de fútbol sin volumen.

Marco entró con la mochila al hombro.

La recepción olía a insecticida. Detrás del mostrador, una mujer joven escribía en un cuaderno de tapas duras. No había grandes adornos. Lo que más destacaba era un cartel grande plastificado donde se leía:

NO FUMAR

NO ARMAS

PAGAR POR ANTICIPADO

—¿Habitación? —preguntó ella.

—Por favor —respondió Marco, como si fuera a buscar allí cualquier otra cosa.

La recepcionista le pidió el pasaporte, copió sus datos a mano en el registro y le entregó una llave unida a una pieza de madera enorme con el número 207 escrito en rotulador negro.

Subió por una escalera estrecha hasta su habitación. Cama grande, con una sábana limpia, una mesa de madera, y una televisión antigua. Poco más. Tampoco necesitaba otra cosa.

Nunca sabía por qué en todos estos sitios siempre colgaba un ventilador de aspas largas. Debía venir de serie con las habitaciones. Era igual el país. Siempre había un ventilador en el techo.

Marco dejó la mochila sobre la cama. Se acercó a la ventana y miró un rato.

Acababa de llegar en ese momento un nuevo vehículo.

Otro Toyota Hilux, blanco en este caso, con una cinta roja atada al retrovisor para evitar que cayera.

Claramente no se gastaba mucho en chapistas en esta zona.

Pero bueno. El día ya se había ido. Mañana pensaría qué pasos seguir.

Tendría que darle algún avance a Rolando, por lo menos para que supiera que seguía vivo.

Se recostó en la cama, y ya no volvió a saber del mundo hasta el día siguiente.

Tres llega a Japón

Cuando salió de la terminal del aeropuerto, Tres ya estaba al tanto del fiasco de la operación de vigilancia. Operador le había dado todos los detalles.

Alpha 1 era el responsable del equipo y, por lo tanto, fue el encargado de ir a recogerlo.

Al subirse al vehículo, reinó un silencio incómodo. Tres no dijo otra cosa que:

—Llévame al domicilio del profesor y de su mujer —con voz fría.

—Sí, señor —replicó Alpha 1.

Para Alpha 1 no habría sido posible prever lo que iba a suceder.

La operación se estaba desarrollando con total normalidad, y para colmo, no había sido él quien había perdido a Mei.

Es cierto, que él era el encargado de los agentes, y era su responsabilidad.

Pero tenía una cierta sensación de haber realizado bien el trabajo, y que de alguna manera alguien no lo hizo.

Pensaba que alguien había avisado al objetivo.