El brote 5. Japón #2
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5. Japón #2

—Alpha 4, revisa salidas de servicio y vuelve al lugar del aparcamiento para ver si sube al coche. Alpha 3 vuelve a la casa y quédate en ella. Nosotros vamos al centro comercial.

—Copiado.

Alpha 4 abrió la puerta de emergencia y salió a un muelle de carga en la parte trasera del edificio. El ruido de la calle llegó de golpe. Un camión descargaba mercancía junto a varios contenedores. Dos empleados fumaban sin mirarlo.

No había rastro de Mei.

Bajó al aparcamiento a toda prisa, y allí seguía el coche. Si se había ido tuvo que ser de otra forma.

Mei se había esfumado.

Mei

Cuando apareció aquel técnico preguntando por una avería en la línea de teléfono, todas las alertas se encendieron en su cabeza.

Hacía años que no tenía teléfono fijo, ni televisión por cable, solo conectaba a internet por Starlink y mantenía su teléfono móvil.

Mei se había casado hace ya muchos años con Jian. Fue un romance de universidad. Tanto él como ella eran prometedores científicos, cada uno en su campo. Sus amigos les decían que eran muy diferentes, pero de alguna forma funcionó.

Jian quería comerse el mundo, tenía cierto grado de ambición, de prosperar. Mientras, ella, era más idealista, investigar para mejorar la vida de la gente.

Siempre la trató bien, pero estos puntos de vista tan distintos empezaron a hacer mella en ellos.

Jian dejó la empresa pública y entró en la privada. Más sueldo, más viajes. Todo se fue enfriando, pero nunca lo dejó de querer. Sabía que, en el fondo, era el mismo Jian de siempre.

En el último año, Jian había estado más nervioso y raro de lo normal. Si cabe, viajaba más e incluso pasaba más tiempo fuera.

Pero todo cambió la última vez que vino a casa.

Ese día se mostraba realmente preocupado. Se puso a llorar. Dijo que lo había estropeado todo. Nunca lo había visto así.

Jian le explicó que trabajó para un laboratorio creando algo peligroso. Para cuando quiso darse cuenta estaba atrapado y tenía miedo de que le pudiesen hacer daño a ella.

Mei le habló de ir a la policía, pero Jian la miró con cara dulce, sabiendo que no entendía el alcance de la situación. Le pidió que guardara un sobre, y que si en algún momento se sentía en peligro o él mismo le pedía que huyera, que por favor lo hiciera sin mirar atrás para salvar su vida.

En el fondo Mei no había procesado todo lo que Jian le había dicho, pensaba que había sido una exageración, que todo volvería a la normalidad.

Ese pensamiento lo desterró definitivamente el día de hoy.

Hacía unas semanas había recibido una carta de Jian. Le decía que estaba trabajando muy intensamente, que la amaba profundamente, y que tardaría algo más en volver, pero que después se irían a las islas Maldivas a celebrarlo.

Esa era la señal que habían pactado. Significaba exactamente lo contrario. Las cosas no iban bien, y tenía que estar alerta para huir.

El día que recibió la carta, lo primero que se dijo a sí misma fue:

—Jian, ¿qué has hecho?

Pero en cierta medida se negaba a creer lo que estaba pasando, por lo que fue demorando día tras día su cambio de vida. Creía que en algún momento entraría por la puerta Jian, y le diría que estaba todo listo. Que nada había pasado.

Todo se rompió ese día. El día del técnico del teléfono. Ahora entendió todo.

Cuando el técnico se fue, tomó unos segundos para asimilar y pensar. Pero ya no había dudas en ella. Era una científica. El razonamiento formaba parte de su día a día.

No pensó más. Acudió al despacho de Jian. Abrió el cajón donde tenía el sobre de emergencia con todo lo que necesitaba.

Un pasaporte a nombre de otra mujer, con una fotografía lo bastante parecida como para funcionar si nadie miraba demasiado, una peluca, dinero en efectivo, claves que identificó como claves privadas de Bitcoin, una llave de un coche, y una nota doblada con la letra de su marido que decía “Mei, lo siento. Por favor, huye. Y si puedo te iré a ver al sitio dónde querías ir de pequeña”.

Nada más.

Subió al dormitorio, cambió de abrigo, tomó el contenido del sobre que Jian le había entregado y lo metió en el bolso.

La llave del coche tenía anotada una dirección “Plaza 503. Centro Comercial”.

Era el momento de actuar. Activó un botón que encendió un sistema de seguridad en el despacho de Jian. Una luz roja se encendió. Si alguien entraba en el despacho, le llegaría un mensaje tanto a Jian como a ella. Así lo tenía programado.

Cuando abrió el garaje y salió con el coche, sabía que la seguirían. Por eso entró primero en una tienda, luego en otra, y después al baño. No buscaba perder el tiempo. Buscaba confirmar cuántos ojos tenía encima. Le pareció que al menos una persona la había estado vigilando, pero no estaba segura.

Cuando vibró su móvil, y saltó la alarma de que habían entrado en el despacho, decidió que no podía esperar más.

Fue al baño. Sabía de antemano que tenía una ventana que conducía a unas escaleras de emergencia porque Jian se lo había dicho.

Saltó por ellas y bajó hasta el aparcamiento.

Antes de salir, se puso la peluca, para parecer igual que la foto del pasaporte, y se buscó la plaza 503.

La encontró al lado contrario a donde había aparcado al llegar, ocupada por un Nissan con cristales tintados.

No esperó más. Arrancó y salió del centro comercial.

Seguramente en la maleta del coche encontraría más cosas, quizás ropa, quizás una ruta.

Pero ya lo miraría con calma. Ahora solo quería alejarse.

Por primera vez se permitió el lujo de dejar caer una lágrima.

Sin ella saberlo, al mismo tiempo que ella salía, por otra puerta accedía la furgoneta de Alpha 1 y 2. Pero ya era tarde. Mei se mezcló en el tráfico y desapareció.