4. Nigeria #3
—Lo cierto es que el profesor Musa me ha hablado en muchas ocasiones del señor Santana.
Me consta que hablaban habitualmente y que tenían un gran respeto profesional uno por el otro.
Incluso en alguna ocasión, me dijo que podría buscar la manera de proseguir mis estudios en la Universidad del profesor Santana cuando acabara aquí mi tesis. ¿Lo conoce usted? —consultó Kim.
—Claro que sí, todavía comí hace unos días con él —respondió Marco.
Kim pareció sentirse confiada por encontrar una persona con un referente común. Por eso Marco pensó que era el momento de empezar a entender qué estaba sucediendo. Porque algo no cuadraba. Su instinto de periodista aparecía sin más. Era algo mecánico.
—Dime Kim. ¿Dónde está realmente el profesor Musa? —espetó sin dejarle más tiempo para reflexionar, como quien sabe que está ocultando algo.
Kim se quedó sorprendida por una consulta tan directa, y entendió que no hacía falta fingir, ni decir las cosas a medias. Había en ella una intranquilidad que la estaba carcomiendo.
Marco no era una persona machista ni mucho menos.
Pero sentía que la naturaleza femenina tenía mayor necesidad de expresarse ante situaciones de preocupación que la masculina.
No era bueno ni malo. Simplemente creía que era distinto.
Y consciente o inconscientemente lo intentaba explotar, no con malicia, sino como parte de su misma forma de ser.
Estaba claro que Kim sabía más de lo que decía, y si podía ayudar a Musa, lo haría.
—El profesor Musa desapareció hace ya diez días. Tanto él como su hija que también trabaja en el departamento —reconoció Kim.
—Vaya, y no dijo a dónde iba —consultó Marco.
—No. Y no solo es que desapareciera sin más, sino que lo raro es que también lo hizo su propia hija.
Porque cuando uno de ellos se va de viaje, es raro que no se quede el otro.
Además, suelen dejar un teléfono para urgencias y consultas, y también suelen llevar el portátil y responder email.
—soltó de forma atropellada, como quien solo le faltaba un empujón para contar todo con pelos y señales.
Marco le dejó seguir hablando:
—Si al menos hubiera respondido a los correos, pensaría que simplemente está ocupado. Pero no entiendo nada.
—¿Y nadie ha avisado a la policía para que investigue? ¿O han ido a su casa? —consultó Marco.
—Yo he ido a su casa, y está vacía. Y en la Universidad simplemente me han dicho que está de viaje, pero nadie quiere ir más allá. No sé qué hacer —explicaba con preocupación real.
—¿Y en qué estaba trabajando el profesor? —consultó Marco para ver si podía haber alguna relación con su desaparición.
—Precisamente estaba analizando el brote del norte del país. Les escuché desde el pasillo cuando habló a solas en el despacho con la profesora Lima —replicó Kim.
Vaya, vaya. Se quedó escuchando en el pasillo, pensó Marco. Después de todo parece que era un poco más despierta de lo que creía inicialmente. Ahora ya empezaba a pensar, si realmente era él el que quería interrogarla a ella, o si más bien era al revés. De todas formas, le agradó.
—Pero no le dan mucha importancia al brote, ¿no? —consultó Marco.
—Si no le dieran importancia, ¿qué hace usted aquí? Porque desde luego no tiene apariencia de profesor —dijo Kim, descolocando otra vez a Marco.
Marco en estas situaciones, donde lo habían descubierto de alguna manera, y que se habían repetido muchas veces a lo largo de su carrera, siempre hacía lo mismo. Sonreír…
Y curiosamente es lo que mejor le funcionaba.
—Kim, no soy profesor. Soy periodista. Pero sí es cierto que conozco personalmente a Santana, que he comido con él y que está algo preocupado por no saber de su colega.
Y ahora con lo que me dices, yo también me empiezo a preocupar algo.
Lo que no entiendo es por qué no has ido tú directamente a la policía —le consultó.
Increíblemente, esta estudiante menuda, le había sacado toda la información a él, porque de alguna forma le reconoció toda su historia abiertamente, quien era y lo que venía a investigar.
Le había desarmado completamente. Su instinto le decía de todas formas que era lo que tenía que hacer.
Pero de alguna forma se sintió como el cazador cazado.
—La policía aquí no funciona como en su país —replicó Kim—, y aunque así lo hiciera, podrían pasar meses hasta que alguien se tomara la más mínima molestia de investigar. Y créame, además no serviría para nada.
—Por otra parte —añadió Kim— soy amiga de la hija del profesor. Créame, ella y yo no estaríamos sin escribirnos tanto tiempo.
Marco entendió la situación. El vínculo entre Kim, el doctor y su hija es el que hacía que diera el paso de hacer de confidente a un extraño que pensaba que la podía ayudar. Cuando él llegó a la Universidad, lo vio como una oportunidad, en lugar de una amenaza.
Hablaron durante un rato en la explanada, se intercambiaron teléfonos, y se despidieron. Marco prometió que si averiguaba algo le llamaría y que la mantendría informada.
Cada vez se estaba volviendo más interesante el viaje. Lo que empezó siendo un viaje de rutina, estaba tomando un giro con el que no contaba.
Mientras, desde una ventana de la Universidad, alguien los miraba hablar. Tomaba su móvil y escribía un mensaje de texto.
—“Operador, el periodista está empezando a hacer demasiadas preguntas”.