El brote 4. Nigeria #2
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4. Nigeria #2

—La verdad es que no puedo ayudarle, porque ya le dije que hace días que no viene al despacho.

—Pero ¿sabe dónde está? ¿Algún congreso o ponencia?

—No lo sé —se notaba un poco de preocupación en la voz—. No es habitual que durante tantos días no venga por aquí.

Marco miró la solapa de la bata, y leyó su nombre. En realidad, no sabía si era nombre o apodo.

—Kim —la miró a los ojos y le dijo lentamente—, ¿sabes si le ha pasado algo al doctor?

Kim bajó la vista, y en su semblante se veía cierta preocupación.

Cuando iba a responder se oyó a sus espaldas la voz fuerte de una señora que les estaba mirando, y decía en voz alta:

—Disculpe.

Ambos miraron para la recién llegada. Unos cincuenta años, cara de pocos amigos y bien vestida. Sin duda alguna profesora con años de servicio.

Kim se apresuró a decirle a la recién llegada, con nerviosismo:

—Doctora Lima… El señor preguntaba por el doctor Musa.

La recién llegada miró de arriba abajo a Marco, y dijo sin ni siquiera mirar a la ayudante.

—Kim. ¿No tienes nada que hacer?

—Sí, doctora —bajando la cabeza se fue por el pasillo, como si tuviera prisa.

Marco y la doctora Lima quedaron frente a frente.

—¿Y bien? —preguntó la doctora.

—Buscaba al doctor Ibrahim Musa. Me envía Santana, para darle unos documentos y hablarle sobre unas cuestiones personales —volvió a sacar a relucir su sonrisa, pero esta vez parecía que no iba a ser suficiente.

—Pase —le indicó señalando su despacho, que estaba ubicado justo a la derecha del profesor Musa—.

La doctora Lima no esperó ninguna respuesta y directamente entró y se sentó en la silla al fondo detrás del escritorio.

El despacho imponía silencio incluso antes de cerrarse la puerta. No era grande, pero estaba diseñado para que quien entrara se sintiera observado, evaluado.

Las paredes, de un gris sobrio, estaban desnudas salvo por dos elementos cuidadosamente elegidos: un mapa del país enmarcado y una serie de títulos colgados, donde mostraba sus “galones”.

El escritorio, amplio y de madera oscura, dominaba la estancia como una frontera.

Sobre él no había desorden, pero tampoco estaba vacío: una lámpara de brazo articulado encendida pese a que entraba luz natural, un ordenador, una carpeta negra cerrada sin etiqueta, así como un pequeño reloj. Poco más.

Detrás del escritorio, la silla de la doctora Lima, alta y rígida, contrastaba con las dos sillas metálicas más bajas, sin brazos, para los invitados. Parecían diseñadas para recordar a los visitantes quién tenía el control de la conversación.

No había fotografías personales, ni plantas, ni señales de vida privada. Si la doctora Lima tenía familia, recuerdos o debilidades, no vivían allí.

Todo desprendía un carácter autoritario.

La doctora Lima se quedó mirando a Marco, como hacen los gatos, con cierto desdén, como si lo estuviera juzgando.

—Como le ha dicho Kim, el doctor Musa no se encuentra hace días. Es habitual que lo haga. Pero no puedo decirle cuándo va a volver —intentó parecer más distendida.

—Vaya lástima —pareció justificarse Marco, dejando un largo silencio.

A lo largo de su trayectoria de periodista, siempre pensaba que la mejor baza para averiguar cualquier cosa era dejar hablar y utilizar estos silencios.

Su interlocutor suele querer rellenarlos porque resultan incómodos, y al final se suele decir más de lo que tenía pensado.

Pero no estaba seguro de que funcionara en esta ocasión, porque era la doctora Lima la que dominaba el espacio.

Jugaba en casa, por decirlo de alguna forma.

—Si quiere, puede dejarme lo que haya venido a traer, y yo se lo entregaré cuando vuelva —añadió la doctora.

Marco hizo que pensaba durante unos segundos. En realidad, no le traía más que saludos de Santana, y la preocupación que tenía sobre si le había sucedido algo. Pero respondió:

—Bueno, no es necesario. Pasaré de todas formas unos días en la ciudad.

La doctora parecía decepcionada.

Marco intentó cambiar de tema, y al menos aprovechar la visita para algo de su artículo, y le preguntó.

—Veo que usted es viróloga ¿Qué sabe de lo que está sucediendo en el norte? ¿Es peligroso?

La doctora Lima no esperaba esa pregunta a bocajarro, y se quedó descolocada un segundo. Pero rápidamente respondió con tono seco:

—No parece nada relevante de momento. Una epidemia más.

—Pero no es lo que dicen los medios, ¿no? —ya no sonrió, era inútil con esta mujer.

—Ya le dije que de momento no parece nada relevante —respondió de forma cortante—. Si me disculpa, tengo muchas cosas que hacer. Si lo desea, puedo darle un recado al doctor, cuando vuelva.

Se quedó mirando para Marco esperando su respuesta.

Marco hizo que pensaba de nuevo unos segundos, y le dijo:

—No es necesario. Muchas gracias por su tiempo. Volveré en unos días.

Y con una última sonrisa se giró y caminó fuera de la estancia.

Qué situación tan rara acababa de vivir. Desde luego, aquí la cortesía profesional brillaba por su ausencia. Tenía la sensación de haber perdido el tiempo. Pero así es el periodismo, una conversación útil, y veinte que no lo son.

Fue caminando por el departamento hacia la salida, mientras miraba a través de la cristalera el laboratorio, en el que varios profesores y alumnos estaban realizando experimentos de todo tipo.

Se quedó un rato mirando a través del cristal. Instrumentos y material de todo tipo. Dispositivos y muestras de distintas empresas, tanto conocidas como Pfizer, Sanofi, Novartis, como otras que no le sonaban de nada, como Northline, o Deucalion Medical.

Se fijó que había unas estancias que estaban selladas, con puertas con control de acceso y cristal grueso. Seguramente allí es donde se realizaban los experimentos más peligrosos.

Miró el reloj. Se le empezaba a hacer tarde.

Era hora de proseguir su viaje.

La confesión de Kim

Al cruzar el umbral de la puerta principal, empezó a caminar hacia la parada de taxis. Por lo que sabía Uber también funcionaba en esta ciudad, pero casi prefería usar un Okada, una especie de mototaxi que operaba en la zona.

Si veía pasar a uno lo pararía. Aunque no sabía cómo iba a justificar el gasto a “la jefa” que siempre le pedía facturas para deducir, y no parecía el típico vehículo que se lo fuera a dar.

Eso sí. La ventaja era que llegaría antes, porque estas motos fluían entre el tráfico mucho más ágiles que vehículos más grandes. Otra cosa es si llegaba de una pieza. Sin casco, sin papeles, sin nada. Simplemente un tipo que te subía a su moto y te cobraba por llevarte.

Vio uno y cambió de dirección para acercarse, cuando de repente, oyó un “Disculpe”.

No sabía si era para él, pero se giró, y allí estaba Kim, con su bata blanca y cara tímida, como pidiendo permiso para hablar.

Vaya sorpresa. Era extraño que la hubiera seguido hasta fuera. Algo interesante.

Con su mejor sonrisa, le dijo simplemente:

—Hola —pensando recordó su nombre— Kim, ¿correcto?

—Hola. Disculpe que le moleste —dijo Kim ruborizada.

No era una persona habituada al contacto social, más bien, parecía una rata de laboratorio que podría devorar libros y ecuaciones, pero que se pondría nerviosa si tuviese que hablar delante de diez personas.

—No me molestas Kim. Todo lo contrario —respondió Marco.

Estaba claro que algo quería contarle y no sabía cómo. Su instinto de periodista siempre le decía cuándo había algo interesante.

—He visto que preguntaba por el profesor Musa —dijo con cierta preocupación.

—Sí. Me envía el profesor Santana.

Quería darle un punto de referencia que hubiera escuchado en alguna ocasión, de forma que se sintiera tranquila de poder hablar.