4. Nigeria
Te propongo un dilema…
Si tuvieses que matar a una persona para salvar a diez, ¿qué harías? ¿Te parece lícito? Si has dudado, te planteo lo siguiente.
¿Y si matar a una persona salva a mil?
La llegada
Sonó un “ding” seco sobre el murmullo de la cabina. La voz de la azafata se impuso con un tono impersonal: “Señoras y señores, por favor, abróchense los cinturones de seguridad. Vamos a iniciar el aterrizaje”.
Marco se incorporó ligeramente en el asiento y giró la cabeza hacia la ventanilla.
Debajo de él se extendía la ciudad de Lagos, una masa urbana imposible de abarcar con la mirada.
Más de diecisiete millones de personas vivían allí abajo.
Cuando le dices a alguien occidental que en África hay ciudades tan grandes, directamente no te creen.
No había un centro claro, solo una sucesión interminable de edificios, carreteras y tejados que se apretaban unos contra otros. El océano y la laguna marcaban límites difusos, pero la ciudad parecía no terminar nunca, creciendo hacia donde podía, densa y caótica.
El avión inició un giro amplio y lento, inclinándose lo justo para alinear el fuselaje con la pista. Los edificios dejaron paso a franjas de asfalto y zonas abiertas, cada vez más definidas. La velocidad parecía aumentar, aunque en realidad era el descenso lo que se hacía más evidente.
Hubo un leve temblor en la estructura, seguido de un golpe seco, contenido.
Las ruedas tocaron la pista y el cuerpo del avión vibró durante unos segundos antes de estabilizarse.
Marco sintió el sonido grave de los motores cambiando de tono, el empuje hacia delante cuando comenzaron a frenar. Ya estaban en tierra.
Los pasajeros empezaron a levantarse de sus asientos, como si por el mero hecho de hacerlo, las puertas se fuesen a abrir antes.
Las conversaciones se animaban. Había risas.
Siempre llama la atención el contraste mientras un avión está bajando, donde todo es silencio, porque no controlas el destino del aparato, con el momento en el que ya estás en tierra y te sientes seguro.
Marco lo había vivido en infinidad de ocasiones.
“Señoras y señores, hemos llegado al Aeropuerto Internacional Murtala Muhammed de Lagos. La temperatura en el exterior es de 29 grados centígrados, con cielo despejado. Por favor, permanezcan sentados con los cinturones abrochados hasta que el avión se detenga completamente y se apague la señal.”
Por supuesto, nadie obedeció.
Marco no se apresuró, sabía que llevaría un tiempo bajar. Y todavía pasó más de media horas hasta que consiguió abandonar la terminal.
El choque entre el aire acondicionado del aeropuerto y el calor de la calle resultó abrumador.
El ambiente exterior lo recibió con una auténtica bofetada de calor, que rápidamente le hizo notar la diferencia respecto al lugar de donde venía.
La temperatura elevada provocó que su ropa comenzara a pegarse al cuerpo, generándole una incómoda sensación de bochorno.
Era la primera señal tangible de que había dejado atrás la comodidad y estaba entrando de lleno en el clima vibrante y exigente de la ciudad de Lagos.
Toda la terminal era un bullicio de caos y pasajeros moviéndose, y fuera de ella, todavía peor, al añadir coches, taxis y autobuses.
Marco se dirigió a la parada de taxis y tomó uno.
Desde la distancia, un individuo lo seguía con la mirada. Tomó su teléfono móvil e hizo una llamada, mientras observaba como el vehículo se distanciaba mezclándose en el tráfico.
Operador
Una sala en penumbra, iluminada únicamente por el parpadeo constante de pantallas de ordenador.
Gráficos, líneas de código, mapas fragmentados.
Pequeños puntos de luz verdes y azules marcaban la actividad de routers, discos y servidores apilados en racks metálicos.
El zumbido grave de los ventiladores llenaba el aire, continuo, casi hipnótico.
Una sola persona ocupaba la habitación.
Sentado en una silla, de espaldas, inmóvil. Llevaba unos cascos que le cubrían por completo las orejas. No se movía, salvo las manos en el teclado y los ojos cambiando la vista de una pantalla a otra.
Un pitido marcaba una llamada entrante.
—Aquí Operador.
Silencio.
Escuchó con atención lo que le decía su interlocutor al otro lado de la línea, sin asentir, sin reaccionar. Solo sus dedos se movieron un instante, anotando algo en una de las pantallas.
—Ha llegado un periodista a Lagos —respondió.
Otra pausa. La luz de un monitor iluminó brevemente su perfil, pero no lo suficiente para distinguir el rostro.
—Correcto. Seguimiento habitual.
El Operador inclinó ligeramente la cabeza, como si confirmara una orden que ya esperaba, mientras daba la orden desde su teclado.
Siguió escuchando, mientras buscaba en los archivos los datos que le consultaban.
—Tres ha completado la misión. Todo según lo previsto —añadió Operador.
Otro silencio. Más voces difusas en el auricular.
—Correcto. Hemos descargado los archivos de la empresa de Kang. Estamos analizándolos. Todo parece indicar que el paquete está en Japón, pero no está confirmado.
Más silencio.
—Así haremos. Enviaremos a Tres.
Sus dedos se desplazaron por el teclado con precisión mecánica.
—Ninguna novedad más. Hemos recuperado diez millones de la empresa de Kang que hemos transferido a Islas Caimán, según el protocolo habitual.
Siguió escuchando.
—Correcto, cierro y corto.
La comunicación finalizó.
Operador permaneció inmóvil unos segundos más. Las pantallas siguieron parpadeando.
Las órdenes fueron dadas.
Buscando a Ibrahim
Marco planificó la primera parada en la Universidad de Lagos para intentar hablar con el doctor Ibrahim Musa. Tan solo había parado el tiempo justo para dejar una pequeña bolsa de viaje en el hotel. Siempre llevaba poco equipaje.
La Universidad se alzaba en las afueras de la ciudad, lejos del tráfico y del ruido, aislándose del caos como si invitara al recogimiento y estudio.
El conjunto estaba formado por edificios bajos de hormigón envejecido y tejados inclinados, que se distribuían entre árboles tropicales que crecían entre ellos, reclamando su espacio.
Las fachadas mostraban un aire híbrido entre la arquitectura colonial y los estilos modernos y funcionales de los años actuales.
A simple vista, parecía que en su día podía haber sido un hospicio o un hospital.
No transmitía grandeza ni era un centro de prestigio internacional, y sin embargo el doctor Ibrahim Musa había decidido aportar sus conocimientos en este lugar.
Era una eminencia en su sector, y cualquier Universidad se pelearía por sus servicios.
Pero Santana le había dicho que tenía apego a su tierra, y que quería contribuir a su desarrollo.
Por eso rechazó ofertas muy rentables para seguir trabajando en un lugar más humilde.
Marco caminó con tono tranquilo hacia la entrada principal. A la derecha un edificio sobresalía sobre los demás, la biblioteca. A través de cuyos cristales veían estanterías con miles de libros, entre los que revoloteaba un sinfín de estudiantes.
Se cruzaba con jóvenes que hablaban de forma animada, vestidos con ropa sencilla y cargando mochilas pesadas, pero sin prisa. La Universidad funcionaba a otro ritmo, ajena a los calendarios occidentales.
Al llegar al mostrador una mujer de piel oscura levantó la vista cuando Marco se acercó a ella.
—Buenos días. ¿Dónde puedo encontrar al doctor Ibrahim Musa?
La mujer le miró de abajo a arriba, acostumbrada a que preguntaran por el doctor.
—¿Tiene usted cita?
—No, pero vengo de muy lejos, y me envía el profesor Santana, colega de Universidad —respondió Marco con su mejor sonrisa.
Inicialmente la mujer lo iba a despedir de la mejor forma posible.
Todos los días llegaba alguien que preguntaba por el doctor.
Si permitiera a todos hablar con él, no tendría tiempo a hacer otra cosa.
Pero al decirle que lo enviaba un colega de otra universidad, prefirió que lo “despacharan” en su departamento.
—No sé si está y si podrá recibirlo. Pero si lo desea, puede seguir ese pasillo, que le llevará a su despacho. Pregunte allí.
—Muchas gracias —y se puso a caminar por el pasillo cruzándose con más estudiantes.
El departamento del profesor Musa era como una especie de centro autónomo dentro de la Universidad. Desde un vestíbulo central salían varias ramificaciones y pasillos en distintas direcciones.
A la izquierda un amplio laboratorio, con grandes cristaleras, aparatos de todo tipo, ordenadores, y material que parecía realmente caro. Un centro de investigación en toda regla.
Enfrente se ubicaban los distintos despachos de los profesores. Y a la derecha se repartían aulas sembradas a los lados de un largo pasillo.
Marco se acercó al que parecía el despacho principal, y tal y como se imaginó, tenía una placa con el nombre del doctor en la puerta.
Tocó en la puerta, e intentó abrirla, pero estaba cerrada.
Detrás de él, alguien carraspeaba. Se giró, y una mujer joven con una bata blanca y un portafolio de papeles, se le quedó mirando y le consultó:
—¿Busca a alguien? —molesta porque un extraño se atreviera a acercarse al despacho del doctor, como si fuera una profanación.
Marco volvió a sacar a relucir su mejor sonrisa, y le dijo:
—Busco al doctor Musa ¿Sabe si está en la Universidad?
La chica no tendría más de veinticinco años, seguramente era becaria o ayudante de algún profesor.
—Hace días que no viene al despacho —respondió, con una especie de precaución de quien no quiere hablar más de la cuenta.
Marco intentó, como buen periodista, tirar del hilo, y se puso a hablar.
—Vaya pena, traigo unos documentos del profesor Santana, un colega de otra Universidad, y me hubiera gustado compartir con él una charla.
Estaba seguro de que, si le indicaba que era un periodista, la conversación habría terminado. Pero mencionar al profesor Santana le podía hacer bajar la guardia. Seguramente no era la primera vez que escuchaba ese nombre.