3. Sombra #3
Desde ese día su vida anterior quedó atrás. Incluso su nombre. A partir de ahora se llamaría Tres. No le importaba morir, incluso albergaba cierto deseo que así fuera. Pero el día que se reuniera con su mujer, no iría con las manos vacías.
Su mente buscó la forma de creer que la muerte de su familia fue necesaria para la humanidad, como lo habían sido millones antes. Y él pretendía seguir con ese legado.
La opinión de Santana
El restaurante estaba en una esquina. Era uno de esos locales que no necesitan cartel luminoso ni modernidades para llenar mesas puesto que la Universidad estaba a un paso.
Tenía la fachada algo gastada, como si los años no le importaran, y un olor a cocina que se escapaba por la puerta cada vez que alguien entraba o salía.
Dentro, la luz era cálida, amarillenta, y las paredes estaban decoradas con fotos antiguas: equipos de fútbol, recortes de periódicos en sepia, todo haciendo referencia a la historia y personalidades que pasaron por las aulas años atrás.
Santana parecía caminar con la seguridad de quien entra en su propia casa.
—Aquí —dijo, señalando una mesa junto a la ventana—. Desde aquí veo la calle y veo quién entra. Manía de viejo, supongo.
—O de paranoico —bromeó Marco.
—Los paranoicos sobreviven más —replicó el profesor sin inmutarse, y al segundo ya estaba sonriendo.
Se sentaron. El camarero se acercó sin prisa, con un delantal impecable y una libreta en su mano izquierda.
—¿Lo de siempre, profesor? —dijo antes de que Santana abriera la boca.
—Lo de siempre —confirmó Santana, satisfecho—. Y tráele a este chico algo que le devuelva el color. Que parece que lo hayan fabricado a base de lechugas.
Marco soltó una risa.
—Te recuerdo que soy periodista.
—Por eso mismo. La dieta del periodista es café y sándwich vegetal.
El camarero se fue, y Santana dejó el portafolios de cuero en el asiento contiguo. Marco lo observó mientras se quitaba la chaqueta.
El camarero volvió con pan caliente, una jarra de agua y un pequeño plato de aceitunas.
—De primero, una ensalada para el señor… —dijo mirando a Marco.
—¡No! —saltó Santana, ofendido—. Nada de ensalada. Que coma como una persona. Un asado, una carne, algo con peso. Hoy no estamos para verdura.
El camarero levantó una ceja, acostumbrado a ese tipo de conversaciones, mitad negociación mitad teatro.
—Podemos poner el asado de cordero, profesor. Hoy ha salido especialmente bueno.
Santana se relamió como si lo hubiera estado esperando desde la mañana.
—Asado de cordero. Con patatas. Y una jarra de vino tinto. Del de la casa, que es conocido.
—Yo con agua —dijo Marco.
Santana lo miró como si acabara de confesar un crimen.
—¿Agua? ¿A mi lado? Muchacho, vas a África. Necesitas grasa, hierro y pecado. El vino también es medicina. O por lo menos, ayuda a tolerar el resto. ¿Tú sabías que en el antiguo Egipto vivía más la gente que tomaba cerveza que la que tomaba agua?
Marco cedió a medias.
—Vale. Una copa de vino. Pero solo por educación.
—Por supervivencia —corrigió Santana.
Cuando el camarero se marchó, el profesor apoyó los codos en la mesa y lo miró con esa expresión que tenía cuando dejaba de ser el hombre simpático y pasaba a ser el científico y profesor al mismo tiempo.
—Ahora sí —dijo—. Cuéntame.
Marco jugueteó con una aceituna y se la metió en la boca sin prisa. Acomodó el pensamiento.
—No sé gran cosa. En la editorial han llegado noticias de un brote en el norte de Nigeria.
“Epidemia desconocida”, dicen. Lo típico.
Pero cuando busco información, no encuentro nada.
“Situación controlada”. “No hay alarma”.
“Brote localizado”. Las mismas palabras en distintas webs.
Como sé que tú estás al tanto de todo lo que a esta materia se refiere, quise venir a pedirte consejo.
Esto, para bien o para mal, es algo nuevo para mí.
El profesor sonrió con una ternura breve.
—La verdad es que no sé demasiado sobre lo que allí está sucediendo.
Marco se quedó callado.
El vino llegó. Santana sirvió.
Bebieron. No estaba mal de todo, pese a ser un lugar bastante corriente. Santana dejó la copa y se limpió la comisura con la servilleta.
—Mira… —empezó—. Parece el inicio de algo, que puede ser que acabe en nada, o que sea importante.
Sí te puedo decir que he intentado consultar a colegas en la zona —continuó Santana—.
Uno en la Universidad de Lagos y otro en Ahmadu Bello University, en Zaria.
Ambos me han dicho lo mismo: que circulan rumores, que hay casos en el norte, que los hospitales están “tensos” y poco más.
Marco se inclinó un poco hacia delante.
—¿Tensos?
—Esa palabra la usan cuando no quieren decir “desbordados” por teléfono —dijo Santana—. No necesariamente por malicia. A veces es prudencia. En algunos sitios hay que tener cuidado con lo que se dice por teléfono.
Marco asintió.
—Intenté hablar con un colega de allí —prosiguió el profesor—. Un epidemiólogo que ha trabajado en brotes anteriores, alguien serio. Se llama doctor Ibrahim Musa.
—¿Y? —preguntó Marco.
—Nada. He llamado tres veces. He escrito dos correos. Ninguna respuesta. Pero no quiero que pienses en conspiraciones. Musa debe estar hasta arriba. Si hay un brote real, ese hombre dormirá poco y trabajará mucho.
Marco lo miró, calibrando.
—¿No te extraña?
Santana se encogió de hombros.
—Me preocupa, pero no me extraña. Cuando hay caos, la gente útil desaparece, porque está haciendo cosas útiles. No contestan. No porque se oculten, sino porque no les da la vida.
La conversación se interrumpió cuando el camarero trajo dos platos humeantes. El asado de cordero ocupaba el centro como un protagonista. Carne dorada, jugosa, con la grasa crujiente en los bordes; patatas asadas con romero; una salsa oscura, densa, cuyo olor ya alimentaba.
Santana lo miró como si acabara de ver una señal divina, pero no religiosa: gastronómica.
—Esto —dijo, clavando el tenedor— es epidemiología preventiva. Si comes bien, tu cuerpo pelea mejor. Fin del debate.
Santana cortó un trozo con precisión quirúrgica, se lo llevó a la boca y cerró los ojos un segundo. Lo saboreó con calma.
—Madre mía… —murmuró—. Vale la pena seguir vivo por estas cosas.
Marco probó también. Estaba realmente bueno.
—¿Ves? —dijo Santana con la boca medio llena—. Ya tienes mejor cara.
Marco tragó y volvió al tema.
—Entonces… ¿qué me recomiendas? Si no hay datos, ¿qué hago allí?
Santana dejó los cubiertos un momento, limpiándose las manos con la servilleta. Bajó un poco la voz para dar más importancia a lo que iba a decir.
—Primero: no te creas nada al cien por cien. Ni lo oficial ni lo extraoficial. Los brotes generan propaganda sin querer. La gente se asusta, exagera. Los gobiernos minimizan, por evitar pánico. Las ONGs dramatizan, por conseguir recursos. Y en medio estás tú, intentando escribir.
—Segundo: observa lo que no dicen. ¿Hay falta de personal? ¿Hay escasez de material? ¿La gente usa mascarillas en un sitio donde normalmente no? ¿Cierran mercados? ¿Se cancelan funerales? Los hechos dicen más que las palabras. En casi todos los órdenes de la vida.
Santana siguió:
—Y tercero, y lo más importante: no te conviertas en parte del brote.
Suena obvio, pero te lo digo claro. No te metas en hospitales sin alguien que sepa dónde te mete.
Si visitas clínicas, usa lo básico: distancia, higiene, no toques superficies como si fueran tuyas.
Y por favor… si ves sangre, vómito o fluidos, da un paso atrás.
No eres un médico. Eres un observador. Si entras en una zona de favelas en Brasil, ves el peligro y actúas con precaución.
Aquí no ves el peligro, pero también es real.
Marco apretó la mandíbula.
—¿Crees que puede ser algo hemorrágico?
Santana lo miró sin responder inmediatamente.
—No lo sé. Y cualquiera que te diga que lo sabe, miente o presume. Lo que sí sé es que en esas latitudes la palabra “fiebre” significa veinte cosas. Malaria, tifus, meningitis, infecciones respiratorias… Y, a veces, cosas peores.
Santana volvió a pinchar carne. Esta vez comió más despacio.
—Te voy a pedir una cosa —dijo—. Si consigues hablar con Musa, me escribes. Solo una frase. “He hablado con él”. Ya con eso me quedo tranquilo.
—¿Tranquilo? —repitió Marco.
—En la medida en que se puede —respondió Santana—. Ese hombre es sensato. Lo conozco desde hace años. Si Musa te dice que es grave, es grave. Y si Musa te dice que no pasa nada… entonces puede que realmente no pase nada.
Marco guardó el nombre en la cabeza como quien guarda una llave.
—Doctor Ibrahim Musa —repitió en voz baja.
Santana asintió.
—He visto brotes raros —dijo al final—. Brotes que parecían una cosa y eran otra.
Brotes que se taparon por incompetencia, por miedo o por política.
He visto gente buena trabajando sin dormir y gobiernos reaccionando tarde.
Y he visto lo peor: he visto gente convertir el sufrimiento en herramienta.
Pero bueno, igual no es nada, y simplemente se trata de un viaje turístico a África.
¿O preferías cubrir una noticia política en el ayuntamiento? —se rió.
Santana era una sin duda todo un personaje.
Alguien con una fuerza arrolladora, pero en el fondo un bonachón.
Demasiado gordo por sus malos hábitos, que no tenía la más mínima intención de cambiar.
Y desde luego, con más conocimientos en la materia de lo que parecía.
A Marco se lo había demostrado en más de una ocasión, con sus predicciones que habitualmente terminaban en realidades.
Aquí poco le había aclarado, porque simplemente no contaba con la información suficiente.
El resto de la conversación se mantuvo en anécdotas del pasado. Comieron, bebieron, y pasaron un buen rato, disfrutando del asado y de la compañía mutua.
El profesor le dio el teléfono de varios contactos además del doctor Musa, y poco a poco fue pasando el tiempo, hasta que se despidieron y desearon buena suerte, como siempre hacían.