2. En la actualidad #3
—Las grandes epidemias no aparecen en el vacío. No son rayos caídos del cielo. Siempre hay una combinación de factores: contacto, movilidad, densidad… y, sobre todo, decisiones humanas.
Se giró hacia la pizarra y escribió una sola palabra con tiza blanca: “oportunidad”.
—Un virus no piensa. No tiene intención. Pero nosotros sí. Y a lo largo de la historia, muchas tragedias sanitarias no se explican solo por la biología, sino por lo que hicimos —o dejamos de hacer— cuando aún había margen para actuar.
—¿Está diciendo que algunas epidemias se podrían haber evitado? —preguntó un alumno desde el fondo.
El profesor sonrió levemente.
—Estoy diciendo que algunas no solo se podrían haber evitado… sino que no siempre se intentó. Otras veces, lo que faltaron fueron los conocimientos.
De repente, el timbre de cambio de clase resonó en toda el aula.
El sonido que marcaba de forma abrupta el fin de la charla.
Los alumnos se levantaron como si fuera una alarma de incendios, para disponerse a cambiar de clase, y lo que antes era un silencio absoluto, pasó de repente a un caos organizado.
Antes de que se fueran los alumnos y mientras recogían sus cosas, el profesor Santana les espetó:
—Conocimientos. Esto es lo que les faltó, y lo que espero que ustedes adquieran. Son el futuro, no lo olviden.
Poco a poco, los alumnos se fueron marchando y solo quedó el profesor, con un único individuo sentado en la última fila.
Ajustando sus gafas, miró fijamente y dijo:
—Por favor… No puede ser… ¿Marco?
—Ya hacía tiempo, profesor.
—¿Qué te trae por aquí? ¿No te habrás metido en algún lío en la Universidad?
—No —sonrió Marco— llevo poco en la ciudad, aún no me dio tiempo.
—Menos mal. Eres capaz de eso y más.
Marco bajó andando hasta el escritorio donde el profesor estaba recogiendo sus notas y libros y guardándolos en una vieja cartera de cuero, que rivalizaba con el profesor para ver quién tenía más años.
—Ven aquí, viejo amigo —dijo el profesor, y acercándose a Marco le dio un abrazo con fuerza que casi le rompe las costillas.
—Te veo tan esquelético como siempre —añadió el profesor, que si tuviera que elegir uno de los pecados capitales, claramente sería la gula.
Había intentado adelgazar hace años, pero llegó a la conclusión de que lo único que conseguiría iba a ser morir de pena. Santana cerró la cartera con un gesto ceremonioso y la sostuvo un instante bajo el brazo, como si estuviera decidiendo algo.
—Dime una cosa —dijo al fin, ladeando la cabeza mientras lo observaba—. ¿Has venido a verme por nostalgia… o porque necesitas algo?
Marco rascó la cabeza con su mano, un tic involuntario, y le dijo:
—¿Tan previsible soy?
—Lo suficiente como para saber que no apareces por aquí sin motivo a ver a este viejo gordo —respondió el profesor.
Se quedaron mirándose unos segundos, como si estuvieran buscando en sus recuerdos las veces que habían hablado en el pasado. Santana suspiró y negó con la cabeza.
—Vamos a comer —dijo de repente—. Yo no pienso volver a casa sin probar algo decente.
—¿Sigue yendo al mismo sitio de siempre? —preguntó Marco mientras seguía al profesor que ya había tomado la puerta.
—Por supuesto. Si algo funciona, no se toca. O por lo menos me dicen eso siempre desde informática —replicó Santana—. Además, el camarero ya no me pregunta qué voy a pedir. Eso es una relación de confianza.
—Yo creo que el camarero sabe sin lugar a duda quién es su principal cliente…—replicó Marco.
—Oyeee. Que desde que no me ves he adelgazado cinco kilos —contestó el profesor, que por supuesto no se lo creía ni él.
Caminaron despacio por el pasillo, mientras el murmullo del campus volvía a envolverlo todo. Santana avanzaba con paso tranquilo, saludando a algún alumno de vez en cuando, devolviendo gestos con una familiaridad ganada a base de años.
—Entonces —dijo al cabo de unos minutos—, dime. ¿Qué te trae realmente?
—Me voy a África —dijo finalmente—. Al norte de Nigeria.
Santana se detuvo en seco.
—Vaya —murmuró—. Eso no es turismo precisamente.
—Hay noticias de una epidemia —continuó Marco—. Por el momento poca información. Mi periódico quiere a alguien allí antes de que esto crezca… o desaparezca.
—El profesor reanudó la marcha, pero su expresión había cambiado. Ya no sonreía.
—¿Y tú qué crees? —preguntó.
—Creo que es un encargo algo extraño —respondió Marco—. Y pensé que quizá podría orientarme. Esto es algo nuevo para mí, profesor. Quizás todo sea simplemente una exageración, y solo se trate de poco más que una gripe.
Santana soltó una risa breve, sin humor.
—Si algo he aprendido en esta vida —dijo mientras empujaba la puerta del edificio— es que casi siempre exageramos por defecto.
Salieron a la calle. El restaurante estaba al final, y a esa hora todavía no había demasiada gente. No podían apurar demasiado, porque Santana perdería el aliento, por lo que recorrieron la distancia recordando viejos tiempos.
—Primero comamos —añadió Santana—. Luego hablaremos de virus y de lo que quieras. Pero por favor, pide algo que te alimente. Estás en los huesos —dijo riendo.