2. En la actualidad #2
—Igual pregunto —dijo Marco, que no tenía la más mínima intención de hacerlo—. Le gustaba trabajar solo. Mochila pequeña, cámara de fotos, y soledad para investigar.
Marco cogió un pisapapeles de la mesa de Rolando y se puso a inspeccionarlo.
A Rolando no le gustaba nada que revolvieran en sus cosas y Marco lo sabía de sobra.
Sonreía internamente. Intencionadamente lo puso en un sitio diferente de la mesa, y se puso a ojear las fotos que tenía el editor jefe en la pared.
Siempre se preguntaba, cómo podía ser que ese tipo menudo tuviera fotos tan dispares con gente influyente de todo el mundo y, sin embargo, había acabado en este cuchitril rodeado de papeles.
Rolando levantó la vista por encima de las gafas, apartando la mirada de los papeles que tenía encima de la mesa y le dijo:
—Aunque te parezca increíble, en tiempos fui un aventurero.
—Pues ahora pareces un muerto enterrado en un ataúd por nombre oficina —le pinchó Marco—. Bueno un ataúd sería más alegre y ordenado que esto.
Marco tomó una foto de encima de un archivo donde Rolando posaba con el Dalai Lama con el fondo de una montaña. Se quedó mirándola un rato, y le preguntó:
—En serio. ¿Por qué voy a África? Porque la jefa, desde luego, no tiene demasiado interés, y parece más enfadada que contenta de tenerme allí.
Rolando le miró fijamente, y tras una pausa le dijo:
—Marco, no te olvides que quien manda directamente en la editorial no es la jefa, son los dueños.
Ellos toman sus decisiones estratégicas, y a veces no coinciden —contestó Rolando—.
No te olvides de aquella vez en la que fuimos casi los únicos que cubrimos la noticia de Angola, aquel incidente que hizo escalar el precio del petróleo.
Estoy seguro de que, al estar solos allí, fue más que rentable para nuestra editorial.
Rolando siguió mirando otros papeles de su mesa, y añadió:
—Las noticias también se venden entre medios Marco.
Marco se sentó en una silla que estaba pegada a la pared, y le dijo sin mucho convencimiento:
—Puede ser.
Desde la silla se fijó en otra foto de Rolando con Isabel II posando con otros periodistas de otros medios.
—Rolando, ¿te puedo hacer una pregunta?
—La vas a hacer igual, no sé por qué no la haces ya —respondió.
—¿Por qué dejaste el periodismo activo? Quiero decir, ¿por qué te encerraste en estas cuatro paredes? Veo mil fotos, historias, artículos. Escribes mejor y tienes más instinto que todos los que están en la planta juntos. ¿Qué te hizo levantar el pie? —consultó Marco.
Por segunda vez, Rolando le volvió a mirar por encima de las gafas, apoyado con las dos manos en la mesa, y apartando la mirada del artículo que estaba ojeando.
Esbozó lo que parecía una sonrisa, y levantando su mano derecha señaló la foto de su hija.
—Por esto —dijo mientras la señalaba.
Marco, ya lo había supuesto, pero tenía la necesidad de contrastarlo. Como buen periodista, no le gustaba hacerse una idea, sino cotejar. Deformación profesional.
Era de las pocas personas a las que realmente respetaba en la redacción.
Y siempre pensó que su puesto estaba infravalorado.
Es cierto que por él pasaba todo, absolutamente todo, y lo gestionaba con una facilidad pasmosa.
A veces se preguntaba quién en realidad mandaba en la editorial, si la jefa, o él.
Sonriendo, se levantó de la silla, y le respondió.
—Ya me parecía. Aunque a decir verdad y ahora que me fijo bien, dudo que sea tu hija —dijo acercándose a la foto—. Es demasiado guapa para lo feo que eres tú.
Acercando más la cara a la foto y fingiendo que estaba observando detenidamente, le añadió.
—Es más… Tiene un aire al tipo este de seguridad… ¿Cómo se llama? —dijo sonriendo, haciéndole partícipe de la broma.
Rolando que sabía que se trataba de comentarios sin maldad, se unió a la broma y fingiendo seriedad y enfado, le dijo:
—Marco, el día menos pensado, te voy a mandar a la calle a través de esa ventana.
Ambos se rieron y dieron la conversación por finalizada, y Rolando, señalando la puerta, le dijo mientras cruzaba el umbral:
—Y lo dicho. No te metas en líos… Y ponte las vacunas… Que traer un cadáver de África es muy caro…
No había mucho más que decir. Si alguna noticia buena había, los dos sabían que Marco la encontraría y le sacaría todo el jugo posible.
Con un paso tranquilo salió de la habitación y se dirigió al ascensor. Le sobraba tiempo hasta la hora del vuelo. Quizás podía documentarse antes para ver qué le esperaba.
Bajó hasta el segundo piso, y accedió a uno de los muchos ordenadores disponibles.
Comenzó a teclear sin un objetivo claro, como quien espera que algo aparezca por casualidad.
Quería ver qué noticias había sobre lo que le había comentado el editor jefe, sin embargo, las primeras búsquedas no arrojaron nada nuevo.
Comunicados oficiales, notas breves, titulares genéricos.
Brote localizado. Situación bajo control.
Sin motivo de alarma. Las mismas frases repetidas una y otra vez.
Probó con medios extranjeros. Alguno hablaba de fiebre alta y de ingresos hospitalarios en el norte del país. Otro mencionaba un número reducido de fallecidos, sin detalles. Las fechas no coincidían. Tampoco los lugares.
Se recostó en la silla y miró alrededor. La redacción seguía con su rutina habitual: teléfonos sonando, teclados golpeando sin pausa, conversaciones triviales sobre cierres y anuncios.
Se levantó, cogió su chaqueta, y se dirigió al ascensor. Ya había decidido a quién preguntar. Mientras descendía, Marco pensó que, en el fondo, aquello no dejaba de ser lo de siempre: un brote más, un viaje como otros muchos y una historia que contar.
De vez en cuando la historia era buena. Ya veríamos si era así.
El profesor Santana
El acceso principal a la Facultad de Medicina cruzaba el campus con sus jardines bien cuidados y la arquitectura señorial que evocaba épocas pasadas.
Marco recordaba la última vez que había visitado al profesor Santana: un hombre meticuloso, de voz enérgica, que siempre encontraba tiempo para conversar.
Pensó que sería buena idea hablar con él antes de partir, ya que estaba especializado en epidemiología, y quizás podría obtener alguna recomendación útil para el viaje.
Le habían indicado que estaba dando clase, por lo que, sin más, entró por la puerta del fondo y se sentó en un pupitre, esperando a que finalizara.
El profesor Santana estaba hablando de las distintas epidemias a lo largo de la historia. Era un tipo bajo y regordete, pero que desprendía una fuerte personalidad.
—Díganme ustedes… —consultó el profesor Santana a sus alumnos—. Ustedes son jóvenes. ¿Se creen inmortales?
Les dejó unos segundos en tensión. La pregunta no era para menos.
—No, inmortales no se creen, pero están seguros de que no morirán hasta dentro de muchos años —prosiguió el profesor—. Es normal. Yo también creía lo mismo, y seguramente será así.
Hizo una pausa antes de continuar diciendo:
—Por lo menos yo espero ser inmortal hasta empezar a cobrar la jubilación.
Risas entre los alumnos.
—Sin embargo, déjenme decirles, que todos los días a todas horas, su cuerpo está luchando.
Está luchando por su vida, contra todo tipo de infecciones, virus, bacterias.
Es una máquina casi perfecta, que se adapta.
Pero ocasionalmente, se dan ciertas circunstancias para las que no estamos preparados.
Continuó paseando por delante del encerado y prosiguió:
—Entre 1347 y 1353, la peste arrasó Europa, Oriente Medio y parte de Asia.
En apenas seis años, solo seis años, murió entre el 30% y el 60% de la población europea.
Ciudades enteras desaparecieron. Aldeas quedaron vacías, con las puertas abiertas y los campos sin cosechar.
La gente se acostaba sana y despertaba con fiebre, escalofríos y un dolor que no sabía nombrar.
Después aparecían hinchazones negras del tamaño de una manzana en ingles, axilas o cuello.
Era la señal. Quien la tenía, casi siempre moría.
Entre cien y doscientos millones de muertos. Ciudades enteras aniquiladas.
Siguió paseando de un lado al otro del aula, dejando un tiempo para que sus alumnos se imaginaran la situación. Y continuó:
—¿Y creen que es el único caso? Cuando los europeos colonizaron América, sucedió algo similar.
Las poblaciones indígenas habían vivido miles de años aisladas del resto del mundo.
Nunca habían estado expuestas a la viruela, ni a otras enfermedades euroasiáticas como el sarampión o la gripe.
No existía inmunidad previa. Cuando el virus llegó, encontró un continente biológicamente indefenso.
La viruela se propagó con una velocidad brutal.
Fiebre alta, dolor insoportable, pústulas que cubrían el cuerpo, ceguera, muerte.
En muchas comunidades, morían más de la mitad de los infectados.
En otras, la enfermedad no dejaba suficientes vivos para enterrar a los muertos.
Desde luego, el profesor Santana sabía cómo ganar la atención de sus alumnos. O por lo menos, cómo mantenerlos en tensión.
Hizo una nueva pausa. Caminó despacio frente a la pizarra, apoyando una mano en la mesa. El aula estaba en completo silencio.
—Ahora bien —continuó—, lo interesante no es solo cuántos murieron. Lo realmente inquietante es por qué ocurrió.
Algunos alumnos intercambiaron miradas.