El brote 2. En la actualidad
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2. En la actualidad

Si pudieras elegir libremente, sin que nadie te vea y juzgue, ¿cambiarías tu vida por la de millones?, ¿qué harías llegado el momento de la verdad?

La editorial

Es un día lluvioso y la oscuridad previa al amanecer envuelve las calles en una atmósfera húmeda y caótica.

Los coches avanzan a paso lento, mientras cláxones resuenan en el aire.

Miles de personas y vehículos se esfuerzan por llegar a su destino, todos al mismo tiempo, y es que por alguna extraña razón los humanos hemos inventado un sistema en el que todas las personas entran a la misma hora a todos los sitios, da igual que sea trabajo, escuela u hospital, siempre la misma hora.

En la parada de bus al otro lado de la calle, baja un grupo de estudiantes que se dirigen al colegio que está a una manzana de la editorial. Están en esa edad en la que aún no conocen el rigor de la vida, lo que es el mundo, y bromean unos con otros, riendo y gastándose bromas entre ellos.

Una joven baja del taxi, y entra corriendo al banco. Probablemente será una de esas ejecutivas a la que le pagan por firmar contratos millonarios. O una abogada con algún pleito. Quién sabe.

Todo es un bullicio a esta hora. Personas y más personas, todas haciendo su vida, apuradas con el quehacer diario, autoimponiéndose más tareas de las que deberían, pensando que la próxima es lo más importante, y exigiéndose un nivel de estrés similar al que tenían hace diez mil años en la sabana africana perseguidos por leones.

Marco detesta la ciudad. Es un tipo bastante normal, alto y delgado, con una complexión trabajada.

Está en forma, si bien no destaca ni por fuerza ni por fragilidad.

Podría arreglarse mejor, lo sabe, pero rara vez le importa lo suficiente como para hacerlo.

Su aspecto transmite una cierta dejadez funcional, la de quien ha dejado de esforzarse por causar impresión.

Al otro lado de la calle, tira el resto del cigarro. En realidad, no fuma. Solo lo hace ocasionalmente cuando está en la ciudad.

En esta selva de asfalto, cruza la calle a toda prisa sorteando y esquivando los coches. Como siempre llega tarde al trabajo. Envuelto en un chubasquero negro con la capucha ajustada sobre la cabeza, nunca lleva paraguas.

La puerta se abrió automáticamente a su paso, atravesando el umbral del edificio de la editorial. El vestíbulo austero contaba con un mostrador de recepción a la derecha donde el portero al verlo sonrió y le comentó en voz alta.

—Temprano como siempre, ¿no?

Marco subió al ascensor a toda prisa, no sin antes levantar un dedo de la mano derecha, haciendo una peineta, mientras simulaba que se bajaba la capucha, y se sacudía las gotas de la lluvia. Con una sonrisa, y sin mirarlo respondió:

—Yo también te quiero Ian.

Nunca era una buena semana si tenía que pasarla en la oficina. Marco consideraba que un buen periodista tenía que hacer trabajo de campo, el resto era perder el tiempo. Cualquiera puede escribir cuatro líneas, lo difícil es encontrar un buen artículo.

Cuando llegó a la séptima planta, todo el mundo estaba trabajando con un estrés tal como si hubiera caído un meteorito a dos manzanas.

De camino a su escritorio, Tom lo cogió del brazo, y le dijo:

—¿Cuándo te vas a pasar al periodismo deportivo?

Fíjate, me pagan por ir a ver un partido de baloncesto femenino, contar lo que allí suceda, y después entrevistar a un montón de jugadoras jóvenes y en pantalón corto.

Y mientras, tú, la última entrevista que hiciste fue a un talibán, con un AK47 en el medio de ningún sitio.

—Piérdete Tom —replicó Marco—. Eso no es periodismo. Lo equivalente a tu trabajo hace quinientos años sería ser bufón de la corte.

—Sí, pero un bufón bien pagado.

Antes de llegar a su escritorio, les interrumpió Andrea, la secretaria de dirección, y les dijo:

—Tom, déjalo en paz. Marco, la jefa quiere verte de inmediato. Parecéis críos.

Andrea le cogió del brazo, apartó a Tom y se lo llevó por un pasillo lateral al despacho.

—No está contenta, yo solo te aviso —le indicó Andrea, con una sonrisa maliciosa.

—¿Cuándo lo está? —replicó Marco—. Creo que el día que tenga una sonrisa en la cara, se le desgarran cuatro músculos, por falta de uso.

Andrea subió las gafas y tocó en la puerta del despacho, mientras desde dentro se escuchaba un “Adelante” con voz de pocos amigos.

La jefa estaba de espaldas, hablando por teléfono:

—No estoy satisfecha con los números de este mes.

Esto no funciona como debería. Necesitamos historias que conecten con el público actual, algo más cercano y moderno —su tono era firme y apurado—.

Hay que ponerse las pilas, o nos pasará por encima la competencia.

Quiero propuestas frescas en mi escritorio para mañana, ¿queda claro?

Y por favor, algo que atraiga lectores jóvenes.

Los viejos se mueren, es ley de vida, necesitamos juventud, o el negocio tiene fecha de caducidad.

Colgó el teléfono, y volviéndose a las dos personas que habían entrado en su despacho, todavía pensando en la conversación anterior les dijo:

—No sé cuántas veces tengo que repetirlo. ¿Solo pienso yo en que todo esto sea rentable? Si no vendemos periódicos, no hay nada. A veces creo que es mejor dejaros a todos en esta mierda y largarme para casa.

—Andrea, ¿a qué hora tenemos la reunión con la cadena de supermercados? —preguntó de malas maneras la jefa.

—A las 12, en el despacho del ático —respondió la secretaria.

—Perfecto. Esto es importante —dijo en un tono más tranquilo, más para sí misma que para su visita.

La jefa se quedó mirando a Marco, como si no supiera el motivo por el que lo había llamado, y tras unos segundos, se dirigió a él diciendo:

—Ah, tú. Andrea, déjanos un minuto solos. Ya subo yo ahora a la reunión.

Andrea tomó una carpeta que le entregó la jefa, y salió de la estancia cerrando la puerta a su paso, no sin antes guiñar un ojo a Marco al pasar a su lado.

—Veamos —dijo la jefa mirando a Marco—. No sé por qué a la dirección de la editorial les gusta cubrir noticias en otras partes del mundo, que no le interesan a nadie, y que sobre todo no venden.

—Somos un periódico serio —se atrevió a decir Marco.

—Pues preferiría que fuéramos un poco menos serios, y que nos leyesen más personas.

Pero bueno. Parece ser, que allá en el medio de África, en Camerún o no sé dónde narices es, hay una epidemia de algo.

El caso es que a los de arriba, les gustaría cubrir la noticia, y me han pedido que mande a alguien a gastar dinero allí.

Así que coge un avión, escribe lo que tengas que escribir, por favor, con algo de drama, que venda algo, y después vuelves a hacer algo útil aquí. ¿Me entendiste?

—Entendido perfectamente —contestó Marco, que ya pensaba en salir de la rutina.

Insisto —le dijo la jefa— drama, algo que venda. Si se empeñan en gastar, que al menos se rentabilice. Sales a las siete de la tarde —y sin despedirse salió por la puerta marcando un número de teléfono en el móvil.

Bueno, pensó Marco, sonriendo para sí mismo, al menos la semana puede que no sea tan mala… Con un poco de suerte pasaría menos de un día en su despacho.

Vaya genio tenía aquella mujer. A veces se preguntaba cómo sería en su casa. Se imaginaba preparando las clases de sus hijos, si es que los tenía, con mano férrea. Solo pensarlo…

Había quedado él solo en el despacho, con la puerta abierta. Se giró y salió a paso lento. Tendría que hablar con el editor jefe para que le diera instrucciones.

Mientras recorría los pasillos, con un bullicio tal como si fuera la hora punta en el zoco de Marrakech, pensaba en lo poco que conocía a “la jefa”. Si es que nadie sabía ni siquiera su nombre, ni nadie se atrevía a preguntarlo. En la puerta de su despacho ponía simplemente “Jefa”. Nada más.

Quizás un día hablaría con una chica de contabilidad, cómo se llamaba, Amanda… Porque fijo que para pagarle su sueldo tendría que saber algo de ella. Bueno, mejor con Amanda no, cierta cita no salió muy bien. Quizás Melissa…

Preparando el viaje: Rolando

Paso a paso, Marco fue llegando al despacho del editor jefe para comenzar a organizarlo todo.

A diferencia de “la jefa”, Rolando era una persona muy tranquila, siempre con camisa de cuadros, remangado y un montón de papeles y artículos en la mesa.

Había estado casado, pero su mujer le había dejado por un vendedor de seguros.

Su único interés en la vida era su trabajo, y su hija, que ya estaba en edad universitaria y de la que tenía una foto encima de su escritorio.

Al verlo entrar, sin ni siquiera saludar, sonrió y señaló un mapa y le dijo a Marco:

—Fíjate en el mapa —dijo señalando una porción de África—. Nigeria tiene casi doscientos cuarenta millones de almas. Solo cien millones menos que todo Estados Unidos. Es el sexto país más poblado del mundo, y la mitad de nuestro país no sabría ni dónde se encuentra.

—¿Pero no tenía que ir a Camerún? —respondió Marco.

—Nuestra jefa no sabría distinguir entre Camerún, Nigeria o Egipto, si allí no hay clientes interesados en anunciarse en el periódico —sonrió Rolando.

—¿De qué quieren que escriba? ¿De qué va todo esto? —preguntó Marco.

—Marco, han llegado de distintas fuentes, noticias que en el norte del país se ha empezado a propagar una epidemia desconocida.

Si esto va a más, queremos tener una persona en el terreno.

Si no, pues simplemente hemos perdido un viaje.

Corrijo, perderías tú, un viaje. Ponte todas las vacunas habituales, y no te acerques demasiado a la zona.

Si se muere mi periodista internacional, me sería más difícil buscar a un sustituto, o por lo menos tendría que pagarle más —sonrió de oreja a oreja.

—¿Tenemos contactos en la zona? —consultó Marco.

—No, nadie que nos pueda ayudar —replicó Rolando. No sé si enviaron a la zona a alguien los del Canal Cinco. Allí tienes contactos, pregunta a ver.