El brote
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1. El inicio de todo
Las cosas en realidad no son lo que parecen. Vas a ver lo que quiero que veas. Vas a sentir lo que quiero que sientas.
No lo olvides.
—Jian, por favor, escúchame. Si seguimos adelante, sabes lo que pasará. Morirán miles de personas, quizás millones.
El científico estaba visiblemente alterado. Le pedía, casi suplicaba a su colega y amigo, que no hiciera lo que sabía que tenía que hacer.
—Está decidido. No puedo cambiar nada. Lo sabes mejor que yo —respondió Jian con semblante serio.
—Tenemos que hacer algo —insistió Alexander—. No podemos vivir con una carga de esta magnitud encima de nosotros. “Sombra” tiene que entender que es exagerado. ¡No podemos continuar!
Jian se levantó como un resorte con la cara desencajada, agarró a su amigo por la solapa de su bata de laboratorio y lo arrastró hasta la pared.
—Ni se te ocurra volver a pronunciar ese nombre —le susurró al oído—. ¿Quieres morir? Aquí hay oídos por todas partes. Ya te dejaron claro una vez que ese nombre no existe.
Ambos microbiólogos se quedaron callados, mirándose a los ojos. Tan solo se escuchaban los pitidos de las máquinas de fondo. Poco a poco, Jian fue soltándole la solapa y se deslizó hasta la silla más cercana, donde se sentó de golpe, visiblemente afectado.
Alexander tomó su propia silla y se sentó delante de él.
—¿Cómo hemos llegado a esta situación? —preguntó Alexander.
—No lo sé, amigo mío. Pero te aseguro que no hay marcha atrás. O lo hacemos nosotros, o pondrán a otros. Lo siento.
Ambos científicos habían trabajado codo con codo a lo largo de su carrera. Se conocían bien uno al otro. Respetaban su trabajo y su valía.
El laboratorio que compartían había sido su casa durante el último año.
Era un complejo con múltiples dependencias.
La parte en la que estaban contenía material sin riesgo, donde podían trabajar con una simple bata.
Contaban con todo tipo de equipos, desde ordenadores y aparatos de última generación, hasta un encerado tradicional que ocupaba una pared al completo y donde estaba escrito con tiza un montón de símbolos incomprensibles para quien no fuera técnico especializado.
Tenían a su alcance todo lo necesario para que pudieran diseñar y trabajar de la forma más cómoda posible.
Ni siquiera faltaba la típica máquina de café e incluso un billar y un sofá para relajarse en momentos en los que la mente necesitaba un respiro.
Más allá de la puerta de seguridad, se abría otro mundo totalmente distinto. Un laboratorio de microbiología avanzada de última generación y las más altas medidas de seguridad, que se adentraba en las entrañas del edificio.
Se podía entrever el tipo de instalaciones que era, tan solo mirando la antesala a través del cristal de la puerta de seguridad, donde colgaban trajes de protección biológica de color naranja chillón totalmente aislantes, así como escafandras para proteger a quienes las usaran.
Poco a poco Alexander se incorporó, y resignado dijo a su colega:
—Está bien. Si hay que hacerlo, hagámoslo ya. Y que Dios nos perdone.
Ambos se levantaron y caminaron hacia la puerta de seguridad, dispuestos a enfundarse en el equipo para llevar a cabo el último preparativo.
No hablaron más. Sabían paso a paso el procedimiento.
Pasaron la tarjeta de seguridad por la puerta que les dio acceso a la zona más restringida del edificio, y se perdieron caminando hacia el interior, mientras una cámara de seguridad observaba todo lo que sucedía.
Se encontraban en una sala hermética, aislada del mundo y vestidos con sus trajes especiales. Alexander manipulaba dos guantes fijados a una vitrina acristalada para acceder a su contenido.
Extraía muestras de unos botes marcados con el símbolo mundialmente conocido de riesgo biológico, y las insertaba en otros con apariencia de viales.
Meticulosamente fue rellenando cada uno de ellos con la sustancia, un total de diez. Una vez finalizado, los colocó cuidadosamente en una caja especial diseñada para su transporte, y la cerró cuidadosamente.
Pulsando un botón en la parte inferior de la vitrina, inició el protocolo de desinfección del interior, que roció de líquido el arcón, y esperó pacientemente.
Un pitido largo le indicó que el proceso había concluido, y las muestras con su caja salieron por un lateral de la estructura. Jian la tomó con cuidado, y la depositó en un carrito metálico.
—Está hecho —dijo Alexander.
—Vamos a entregarlos —replicó Jian.
Ambos abandonaron el laboratorio sin mirar atrás, portando la sustancia. A partir de ahora, ya no estaba nada en sus manos. Su trabajo había finalizado.
Julio 1971. De regreso a casa. 48 años antes.
Ya casi había terminado la aventura espacial para la tripulación. Hacía más de doce días que el cohete Saturno V, el más potente construido, había catapultado la nave fuera de la órbita de la Tierra con destino a la Luna.
Un monstruo de más de ciento diez metros de altura, con una potencia tal que era capaz de elevar sus más de 3.
000 toneladas al espacio. La bestia consumía más de 10.
000 litros por segundo de queroseno refinado y oxígeno líquido en el despegue, para impulsar a los astronautas y su equipo con una fuerza abrumadora fuera de la atmósfera.
De eso hacía ya casi dos semanas de trabajo intenso. La tripulación formada por dos hombres y una mujer estaba en tensión, y se preparaba para la entrada en la Tierra, la fase final de la expedición.
Lisa miraba a través del ojo de buey.
Más allá del cristal grueso, la Tierra se veía a simple vista con cierto lujo de detalles.
Una esfera que contenía a toda la humanidad, a toda nuestra especie.
Más de 3.700 millones de almas, cada una con su historia.
Todo parecía tan absurdo desde esta altura, guerras, poder, dinero.
¿Para qué sirve todo eso? En la inmensidad del espacio, qué frágil parece nuestro mundo.
Durante unos segundos se permitió pensar que todo había terminado, que lo peor había pasado. Era una ilusión cómoda, y lo sabía.
Dentro de la cápsula, el espacio era mínimo.
Tres asientos reclinados ocupaban casi todo el volumen habitable.
No había lugar para estirarse, ni para moverse con libertad.
Los arneses mantenían sus cuerpos firmemente sujetos, presionándoles el pecho y los hombros.
Cada respiración resonaba amplificada dentro del casco, un sonido rítmico y constante que se mezclaba con el zumbido grave de los sistemas.
Las paredes estaban cubiertas de paneles repletos de interruptores, indicadores y pequeñas luces. Algunas parpadeaban con regularidad; otras permanecían fijas, como si vigilaran en silencio. Nada allí parecía diseñado para la comodidad. Todo tenía un único propósito funcional.
—Preparados para separación —anunció el comandante con voz firme y neutra.
Lisa apartó la mirada del ojo de buey y fijó los ojos en el panel frente a ella. Sabía lo que venía. Lo habían ensayado una y otra vez, primero en simuladores, luego en el vacío real del espacio. Aun así, aquel momento nunca dejaba de imponer respeto.
Un leve estremecimiento recorrió la nave.
El módulo de servicio, la parte que los había acompañado durante casi todo el viaje, cargada de motores, depósitos y sistemas, se desprendió lentamente.
No hubo explosión ni sacudida violenta, solo una separación limpia, casi elegante.
Durante unos instantes, ambas estructuras viajaron juntas, flotando una junto a la otra, antes de comenzar a alejarse.
Lisa alcanzó a ver, por un ángulo imposible, cómo aquella sección se perdía en la oscuridad. Sabía que no volverían a verla. En algún momento, al entrar en la atmósfera, se desintegraría sin dejar rastro.
Ahora estaban solos.
La cápsula de mando, pequeña y robusta, giró ligeramente para colocarse en la orientación correcta.
La base, cubierta por el escudo térmico, apuntaba hacia la Tierra.
Desde ese momento, ya no había vuelta atrás.
No podían encender motores para corregir nada.
Lo único que podían hacer era confiar en la física… y en la cápsula.
—Entrada en tres minutos —dijo de nuevo el comandante por el intercomunicador.
El silencio se volvió más denso.
Lisa volvió a mirar por la ventana. La Tierra ocupaba cada vez más espacio en su campo de visión. No había sensación de velocidad, pero sabía que viajaban a una cifra imposible de imaginar. En algún punto invisible, la atmósfera comenzaría a frenarlos. Y lo haría a su manera.
La primera vibración fue leve. Apenas un temblor, como si alguien hubiera golpeado suavemente el exterior. Luego otra. Y otra más. El ruido comenzó a crecer, grave, profundo, como un rugido lejano.
El fuego apareció de repente.
Una luz anaranjada envolvió el ojo de buey, distorsionando todo lo que había más allá.
El cristal parecía respirar, cubierto de sombras líquidas y destellos irregulares.
La cápsula empezó a sacudirse con violencia.
Lisa sintió cómo el peso de su propio cuerpo se multiplicaba, aplastándola contra el asiento.
La comunicación con la Tierra se cortó sin aviso.
Durante esos minutos no existía la base, ni control de misión, ni nadie más que ellos tres encerrados en aquella estructura que ardía por fuera. El ruido era continuo, constante, pero atenuado por el casco del traje espacial.
Lisa cerró los ojos.
La cápsula siguió descendiendo, envuelta en fuego y silencio.
Como si de un sueño se tratara, durante varios minutos cada uno de los tripulantes mantenía como podía la cordura de saber que cualquier fallo significaba la muerte más dura que podían imaginar, quemados vivos, encerrados en una máquina de la que ya no tenían control.
De repente, tal y como estaba programado, un tirón fuerte les indicó que los paracaídas principales se acababan de desplegar, y empezaban a perder velocidad.
Un chasquido de piedras en la parte trasera del módulo desvió la mirada de Lisa. En el compartimento de carga, justo detrás de los asientos, viajaban varios contenedores sellados. Pequeños, pesados, asegurados con anclajes redundantes. No llevaban instrumentos ni sistemas activos. Solo materia.
Eran muestras recogidas en la superficie lunar por un brazo automático, un robot diseñado para trabajar a distancia desde el módulo. Había perforado una semana antes la superficie lunar y recogido todo tipo de fragmentos para su estudio posterior.
La desaceleración brusca movió el material, pero Lisa comprobó visualmente que todo seguía en su sitio. Simplemente se habían descolocado dentro de los arcones.
Pensó para sí que, en realidad, era lo único que traían de la luna, un montón de piedras, y el logro técnico de saber que podían hacerlo.
La sensación de caída dio paso a una calma extraña. El rugido había desaparecido casi por completo, sustituido por el silbido del aire y el balanceo irregular de los paracaídas. La cápsula ya no ardía. Ahora descendía, pesada, obediente, camino del océano.
El impacto llegó sin aviso.
Un golpe seco, brutal, sacudió toda la estructura.
El agua envolvió la cápsula con un estruendo sordo, como si el mar se la tragara de una sola vez.
Los cuerpos se estremecieron contra los arneses.
Durante unos segundos, todo fue confusión y balanceo, hasta que el módulo recuperó la flotabilidad y quedó oscilando lentamente sobre la superficie.
Silencio.
Solo el sonido lejano del agua golpeando el casco.
—Amerizaje confirmado —dijo el comandante tras comprobar los indicadores—. Iniciando protocolo de recuperación.
Sus manos se movieron con precisión automática, buscando el canal acordado. Pronto estarían los barcos de rescate. Helicópteros. Voces. Órdenes. Aplausos, quizá.
Lisa volvió la vista nuevamente a la parte trasera del módulo.
Los arcones seguían allí, inmóviles ahora, alineados como siempre. Sellados. Opacos. Indiferentes al viaje, al fuego, al océano.
Una sensación de liberación les inundó, y por primera vez en lo que parecía mucho tiempo, unas palabras salieron de sus labios.
—Por fin en casa —dijo mirando a sus compañeros, que le sonrieron.
—Bienvenida de nuevo al hogar Lisa —le respondió el comandante.