El brote 3. Sombra
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3. Sombra

El mejor escondite está a simple vista. Si quieres pasar desapercibido, conviértete en parte del entorno. Te aseguro, que por muy grande que seas, y por mucho poder que acumules, nadie te verá.

Al otro lado del mundo

El edificio de oficinas alberga una importante empresa de transporte marítimo.

Es un sector muy segmentado, pero la empresa no es de las pequeñas.

Tiene el suficiente tamaño para gestionar rutas internacionales, pero siendo lo suficientemente pequeña para no llamar demasiado la atención.

Esto le permitía gestionar rutas a veces algo conflictivas, pero con un beneficio mayor que las tradicionales.

La construcción, de acero y cemento, alcanzaba unas diez plantas de altura y se situaba en el distrito financiero, pero no en el centro, sino más bien desviado hacia la zona de los puertos. Como si desde allí quisiera no perder de vista lo que sucede en los muelles, el centro de su negocio.

El grueso de su flota son barcos entre 5.000 y 10.000 TEU, portacontenedores, no de los más modernos, y a veces comprados o alquilados a otras navieras más grandes.

Desde la sede central se diseñaban todas las rutas, era el centro neurálgico, desde donde se tomaban las decisiones.

Ya dentro del edificio, en la portería, dos miembros de seguridad vigilaban los accesos. Ojeaban las distintas cámaras en sus monitores, cuyas imágenes se iban intercalando una tras otra.

Aquella tenía pinta de ser una noche tranquila, como casi todas. Qué problemas puede haber en una empresa que no tiene dinero en efectivo. Desde hace ya muchos años, todo se mueve por transferencias, y los ladrones no tienen ningún interés en oficinas de este tipo.

Durante el día, el trabajo era continuo, entre el arco de seguridad, paquetes recibidos, control de acceso de empleados y visitantes. No había demasiado tiempo. Pero de noche, prácticamente no quedaba nadie en el edificio. Tan solo personal de mantenimiento, y hoy, además, el director Kang.

Había adaptado la última planta para que sirviera no solo de oficina, sino también como domicilio particular cuando estaba en la ciudad.

La parte posterior se había convertido en una suite, con todo tipo de lujos, y un estilo moderno. Televisiones de pantalla plana, sofás amplios, dormitorios que podrían contar muchas historias, armarios con todo tipo de trajes para cada ocasión. Era su pequeño refugio de seguridad e intimidad.

Los guardaespaldas solían estar en la planta novena, y hacían turnos de ocho horas.

Pero para acceder a la planta décima, donde Kang tenía la residencia, había que pasar por un pasillo largo, con controles de acceso.

No había forma de saltarlo. Salvo, un ascensor privado, del que solo tenía la llave el propio Kang.

Sin embargo, de alguna forma, alguien había utilizado ese ascensor, sin que nadie en el edificio se hubiera percatado.

Ajeno al resto del edificio, un hombre moreno de estatura media, fuerte, con rostro inexpresivo, sujetaba a Kang por el cuello y con una frialdad que quebraría el mismo hielo, le hablaba con voz calmada:

—Le vuelvo a consultar, señor Kang. ¿Cómo puede ser que se haya extraviado una de las maletas que usted se comprometió a enviar?

—No lo sé —gritaba Kang—. Por todos los santos, no tengo ni idea de lo que me está hablando.

—Entiende usted que mi organización confió en usted un trabajo, que por lo que me han indicado, no fue precisamente barato, y que usted no cumplió —siguió hablando con voz baja el intruso—. ¿Qué quiere que le diga a mi jefe?

—Por favor —suplicó— tengo dinero. Mire, allí hay una caja fuerte con todo lo que pueda necesitar para vivir una vida de lujo.

Forzando al señor Kang lo tumbó en el suelo, y girándole la cabeza, le mostró un tatuaje pequeño en su antebrazo. Dos simples líneas diagonales. Permitió que lo mirara un rato, y le volvió a decir.

—¿Cree usted que se puede comprar con dinero a un miembro de Sombra? ¿De verdad es usted tan estúpido?

Sacando una jeringuilla, le inyectó un líquido en el cuello, y el señor Kang fue perdiendo las fuerzas.

No le importaba que gritara, porque sabía que el ático estaba insonorizado, pero necesitaba tiempo para encontrar lo que había venido a buscar.

Cuando quedó inconsciente, se quedó a su lado de pie, observándolo, inexpresivo. Aunque ya no le quedaba alma, se la habían arrebatado hace muchos años, todavía sentía cierta repugnancia hacia personas como Kang, que solo se movían por dinero, sin ideales, sin un propósito de vida.

La organización le había dado todo, una causa. Años atrás, recordaba, era una persona normal, un exmilitar, casado con una hija. Todo perdido, ellas muertas. Una enfermedad le habían dicho. Pero ese día todo lo que quedaba de humanidad se fue de él.

No tenía miedo a la muerte, porque en cierta medida ya estaba muerto en vida. Esperaba ese día, en el que por fin se pudiera encontrar de nuevo con ellas. Pero quería cumplir su propósito. Era una persona de honor. No tenía vida, su vida era Sombra.

Con paso lento accedió al ordenador de Kang, y le insertó un USB. Esto permitió a alguien desde fuera acceder a todos los registros. Las pantallas empezaron a moverse, datos que cambiaban, transacciones que se realizaban.

Se quedó sentado, simplemente mirando la pantalla, hasta que aquel baile de números acabara.

En la organización le llamaban Tres. Sabía que había más como él, pero no los conocía. Y hacía tanto tiempo que nadie le llamaba por su nombre real. Tendría que pensarlo para recordarlo.

Abrió los cajones por curiosidad, para ver si algo que hubiera dentro delataba la ubicación de lo que habían venido a buscar. Pero allí no había nada de su interés. Bolígrafos. Tarjetas.

Vaya, una tarjeta le llamó la atención. Sonrió. La tomó y la guardó en su bolsillo.

Un pitido en su móvil avisó de un mensaje entrante. Lo tomó con una mano y lo leyó: “Todo listo”.

Era lo que necesitaba saber. Se incorporó, y se dirigió al cuerpo tendido. Empezaba a moverse. La medicación comenzaba a perder su efecto.

Por unos segundos se quedó de pie mirando a su víctima.

Iba vestido de electricista, con una gorra que le tapaba parte de la cara, lo que solía ser muy útil ante cámaras de vigilancia.

Es curioso que todas se colocan en la parte alta de los pasillos.

Si él diseñara estas cámaras, no las pondría tan altas, pero mejor para él.

Este atuendo era el más útil para colarse en cualquier edificio. Nadie paraba a una persona de mantenimiento. Fontaneros, electricistas, mensajeros, no era la primera vez que lo utilizaba. Se sentía cómodo.

En realidad, Tres creía que vestido de electricista podría colarse incluso en el Ministerio de Defensa y reparar las luces del cuarto de los misiles nucleares si fuera necesario. Así funciona el mundo.

Kang volvió a moverse ligeramente, lo que hizo espabilar a Tres, quien tomó a Kang por la solapa y lo empezó a arrastrar hacia la terraza.

Lo incorporó y lo asomó a la cornisa.

El señor Kang balbuceaba, como si en sueños supiera el peligro. Se quedó mirando con los ojos abiertos y sin fuerzas hacia el abismo.

Sin la más mínima explicación Tres lo empujó hacia el vacío, y se dio la vuelta y empezó a caminar hacia dentro del apartamento sin ni siquiera mirar el cuerpo cayendo. Sin sentimiento, sin el menor atisbo de remordimiento.

Se oyó al fondo un golpe seco al chocar con el asfalto. A esa hora, no había mucha gente en la calle.

Tres dejó un folio manuscrito encima de la mesa del escritorio. Era una carta de suicidio. Expertos calígrafos habían simulado la letra de Kang y explicaban las causas por las que había decidido acabar con su vida.

Al día siguiente los medios hablarían sobre la situación financiera de la empresa, y de cómo la vergüenza había hecho que su dueño ya no quisiera vivir.

Nada más lejos de la realidad. Aunque simultáneamente, y con los accesos de Tres a los sistemas, alguien estaba vaciando la caja desde otra parte del mundo. Más financiación para la causa. A Tres no le importaba el dinero. Solo su misión.

De camino al ascensor, se paró, miró hacia atrás. Se empezaban a escuchar gritos en la calle. Prosiguió su camino, y desapareció en la noche.

Cinco años antes: El inicio de Tres

Una simple foto.

Ese era el único recuerdo de su pasado. Hacía mucho tiempo fue una vida normal, pero ahora solo quedaba esa foto, desgastada, de una mujer y una niña riendo.

Una risa inmortalizada una tarde cualquiera.

La boca abierta a medias, los ojos cerrados por la alegría, un mechón de pelo rebelde que escapaba de la coleta de la niña, el movimiento borroso de una mano alzándose para tapar el sol o para señalar algo. Felicidad en estado puro.

Eso fue hace mucho tiempo.

Ahora se encontraba acostado en la cama, sudando con el torso desnudo, mirando al techo. Ausente, solo su cuerpo. Su mente estaba en el pasado.

La habitación era un cubo caliente, un espacio sin aire, con paredes demasiado cercanas. El ventilador giraba sobre su cabeza y repartía el mismo calor una y otra vez, con un zumbido rítmico.

Recordaba a su hija. Con ella se sentía torpe.

No sabía qué hacer con una criatura que lloraba por motivos que no tenían nada que ver con la supervivencia.

Aprendió a atarle los zapatos con manos que sabían matar.

Aprendió a cantar canciones ridículas con una voz que solo sabía dar órdenes.

Recordaba cuando paseaban, la forma en que le agarraba un dedo con su manita apretando con todas sus fuerzas.

Y cómo era la niña la que le iba guiando a él, y él se dejaba.

Su mente iba y venía.

Había sido militar. Fuerzas especiales. Siempre pensó que la vida que estaba en peligro era la suya, no la de su familia. Tú eres el que se expone, tú eres el que entra primero, tú eres el que no vuelve si algo sale mal. Aceptas ese trato.