El bosque de los silbidos CAPÍTULO XXII
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CAPÍTULO XXII

Llegaron a Almeida sobre la una de la tarde. Entraron en la fortaleza por la puerta de San Francisco. Martina decidió sentarse en un café de la Rua da Quebra-Costas, mientras Alba se dirigía hacia la calle donde estaba la casa de los padres de Mauro y donde él mismo había vivido durante años.

Era una casa de piedra, en una calle inclinada. Alba inspeccionó las calles colindantes y pudo ver a varias personas sentadas fuera de sus casas, en un día en el que al fin había salido el sol y la lluvia no hacía acto de presencia.

Alba palpó con la mano derecha la pistola; sin embargo, consideró que había demasiados vecinos en los alrededores y no creyó oportuno llamar a la puerta.

Mauro podía responder de forma violenta y, además, había comprobado que la casa tenía un patio trasero con salida a la calle, por donde podía huir.

Regresó al café donde había dejado a Martina.

Su compañera de viaje la esperaba con cierta preocupación. Al verla aparecer, respiró aliviada.

—He localizado la casa. Creo que no debo, de momento, hacerle saber que estoy en Almeida. Voy a recabar información sobre su hermana. Imagino que el pueblo tendrá una biblioteca donde consultar periódicos.

Martina preguntó a la camarera dónde estaba la biblioteca y la joven le indicó la calle donde se hallaba.

No estaba lejos de donde se encontraban: solo las separaba una calle empedrada que pasaba por la Praça da Liberdade, donde se ubicaba la Câmara Municipal, el Ayuntamiento.

En pocos minutos hablaron con la persona responsable de la biblioteca, que las condujo a una sala con ordenadores, donde Alba pudo leer todo lo que se había publicado acerca de María Olivera.

La autopsia no dejaba dudas al respecto y apuntaba como causa de la muerte una dosis letal de medicamentos. En los artículos que leyó se mencionaba a un psiquiatra como el posible médico que había tratado a María antes de su fallecimiento.

Alba no dudó y pidió cita con él. El psiquiatra le dio cita para el día siguiente. Sin embargo, Alba no podía esperar e insistió en verlo. Finalmente, el médico accedió a atenderla en su propia consulta al saber que se trataba de un asunto policial.

Martina acompañó a Alba para poder traducirle lo que el psiquiatra tuviera que contarle.

Al entrar en la consulta, una joven las atendió amablemente y les pidió que esperasen en una sala.

Pocos minutos después, la joven las hizo pasar al despacho del médico. Alba le enseñó su placa y, aunque el médico tenía sus dudas sobre si aquella mujer podía investigar un caso ocurrido fuera de España, la escuchó.

Confirmó que, efectivamente, María Olivera había sido paciente suya, pero no quiso darles más detalles y aclaró que todo lo que necesitaran saber estaba en el sumario, que podían solicitar a la Guarda Nacional Republicana.

Alba no tenía intención de ponerse en contacto con la policía portuguesa.

Sabía que, de inmediato, llamarían a sus superiores y estaba segura de que no le permitirían continuar con las investigaciones.

Alba le explicó que solo necesitaba conocer su opinión sobre la muerte de la joven y que todo aquello podía estar relacionado con otras muertes sucedidas en España.

Al principio, el psiquiatra siguió insistiendo en que consultase el sumario.

Alba tuvo que insistir en la gravedad de la muerte de María y en que incluso cabía la posibilidad de que no se tratara de un suicidio.

El médico, al ver que Alba no iba a dejar de insistir, le aseguró que María tenía antecedentes autolíticos y que el informe forense concluía que su muerte había sido un suicidio.

Ninguna otra información pudo conseguir del médico.

Alba terminó por convencerse de que María sí se había suicidado, pero tenía que saber cuál había sido el motivo final que había acabado con su vida: qué episodio provocado por alguna situación traumática había llevado a la joven al extremo de quitarse la vida.

—Martina, tengo que averiguar algo más y no puedo acudir a la policía portuguesa, no de momento. ¿Crees que…?

—Sí, ya sé: en el pueblo nadie nos va a contar nada. Tal vez Duarte o su hermano puedan contarnos algo.

Martina llamó a Duarte.

Feliz de volver a verla, Duarte las atendió en su propia casa.

Era un hombre alto y de espaldas anchas que tendría la misma edad que Martina.

Martina le explicó el motivo de su visita a Almeida y le presentó a Alba.

—¡Qué decepción! Pensé que habías venido a verme —dijo Duarte entre broma y media verdad.

Luego le preguntó si tenía información sobre María y si él o su hermano habían oído hablar de ella, de Mauro y de aquel novio que, al parecer, tenía la joven.

—Sí, recuerdo aquello. Sucedió cuando apenas llevaba un mes aquí.

Se comentó que la habían encontrado cerca de la Fonte Santa, en las antiguas termas, y que había sido un suicidio.

Los vecinos comentaban que, desde la muerte de sus padres, la chica había caído en una depresión y que, al parecer, por esos días su pareja la había dejado.

Ese chico, según tengo entendido, era un compañero de su hermano Mauro; no recuerdo el nombre.

—¿Xoel?

—Sí, creo que sí, ese era el nombre. Mauro y él estuvieron en el punto de mira por la desaparición, y ese chico, Xoel, se fue del pueblo.

Bueno, en realidad, creo que ya tenía la intención de marcharse antes de lo ocurrido.

Pero todo esto es lo que se comentó en el pueblo.

¿Qué hay de cierto? Es posible que todo sea cierto o solo alguna cosa.

—¿Tú qué piensas?

—Yo no conocía entonces a Mauro, ni mucho menos llegué a conocer a su hermana.

Poco puedo decirte sobre mi opinión, pero Rodrigo, mi hermano, sí tuvo relación con él.

Es más, creo que Mauro anda por aquí desde hace unos días.

Supongo que estará alojado en la casa familiar. La dirección sí os la puedo indicar.

—Gracias, Duarte, ya la hemos localizado.

—Si queréis, llamo a Rodrigo y quedamos con él esta noche. Podemos ir a cenar juntos y le preguntáis. Bueno, y Martina, ¿qué tal te va la vida?

—Bien, en la aldea donde mi padre abrió un restaurante y que ahora llevo yo.

—Yo me retiré, aunque sigo dando clases a algún niño del pueblo.

—Duarte es músico —aclaró Martina a Alba—. Toca el piano y el arpa.

—Bueno, lo del arpa… Saber tocar el arpa son palabras mayores.

—No seas modesto.

—Suelo tocar algunos días con una chica alumna mía: tiene una voz preciosa.

Hoy precisamente tenemos un concierto en un bar del pueblo a partir de las doce de la noche.

En realidad, es más para turistas, pero también suelen acudir algunos vecinos.

Voy a llamar a Rodrigo y le cuento que estás aquí. Quedaos a comer en casa, por favor.

A la noche quedaron con Rodrigo en un restaurante.

Se trataba de una casa de dos plantas con ventanas cuarteladas en blanco y, antes de entrar, había un pequeño jardín con bancos corridos a modo de terraza.

Dentro había unas cuantas mesas junto a la pared y, al fondo, una chimenea.

Alba dejó que Martina y Duarte decidieran lo que iban a cenar.

Un joven muy delgado les sirvió una ensalada de tomate y bacalao, platos de jamón y queso y pollo a la brasa picante.

Rodrigo les contó que, efectivamente, conocía a Mauro.

—Sí, yo lo conozco. Estuvo trabajando conmigo hasta hace unos tres meses, cuando se fue a Galicia, creo.

—¿Y sabes cuál fue el motivo para dejar Almeida?

—No, eso no lo sé, pero, conociéndolo, nada bueno.

Estuvo por aquí un amigo o familiar de su abuela, eso sí lo sé, porque Mauro me lo presentó en un bar.

Después se marchó con él. La verdad es que supuse que algo tenía que ver con la herencia, pues su abuela había fallecido unos seis meses antes. Creo que tenía una casa por ahí.

—¿Recuerdas cómo era esa persona o cómo se llamaba?

—No, del nombre no me acuerdo, la verdad. Era grueso, de pelo blanco.

—Ramón —dijo Martina—. Por los datos que nos das, seguro que era él. Y sí, era muy amigo de los abuelos de Mauro. Yo a la abuela la conocí.

Alba ya componía en su cabeza los motivos —o el motivo— que pudieron llevar a Mauro a dejar Almeida.

Cada vez estaba más segura de que las muertes de Roi y de Sabela no eran otra cosa que una venganza. Tal vez ese tal Ramón le había contado que Xoel estaba en su pueblo. Mauro le había perdido la pista anteriormente y, en ese momento, se le presentaba la oportunidad de vengarse.

Mauro, quizá, estuviese obsesionado con culpar a Xoel de la muerte de su hermana.

Tras la cena, continuaron la noche en un bar donde Duarte acompañaba al piano a su alumna. La joven tenía un timbre de voz muy parecido al de Dulce Pontes e interpretó varias canciones conocidas de la cantante, como «Fado Português» y «Canção do Mar».

—Tiene una voz muy bonita esta chica.

—¿Te gustan los fados? —preguntó Rodrigo—. Son muy melancólicos. Debe ser, según dicen de nosotros, parte de nuestro carácter. Nos gustan estas historias y los fados las recogen muy bien.

—Sí, me gustan —contestó Alba.

—¿Recuerdas, Martina, cuando Duarte estaba empeñado en que alguien tenía que componer un fado sobre la historia de Inés de Castro?

—¿Inés de Castro?

—Sí, ¿conoces su historia?

—Bueno, algo he leído, pero no… ¿Cuál es la historia?

—Tienes que llevarla a ver la Quinta das Lágrimas, Martina.

—Quizá a la vuelta. No está cerca; está a unas dos horas de aquí, en Coímbra.

—Pero ¿cuál es la historia?

—Inés de Castro fue una noble gallega, dama de compañía y prima de la primera mujer de Pedro I de Portugal, quien la conocía desde joven, incluso antes de ser rey.

Cuando Pedro I quedó viudo, se dice que él e Inés de Castro, que eran amantes, se casaron en secreto, pero nadie aprobaba esa relación, incluido el padre de Pedro I, Alfonso IV.

Para terminar con esa relación, Alfonso IV mandó matar a Inés en esa quinta.

La leyenda cuenta que las lágrimas de Inés hicieron nacer una fuente.

De hecho, también se dice que el color rojo del fondo de la fuente es la sangre derramada de Inés.

—La Quinta es un lugar maravilloso. Hoy hay un hotel, pero los jardines se pueden visitar. Tiene un bosque de secuoyas y un anfiteatro. Tal vez a la vuelta vayamos a verla.

—Me encantaría. ¿Y existe algún fado con esa historia?

—Un fado no, pero sí una zarzuela: «Reinar después de morir», basada no solo en su historia, sino también en una obra de teatro.

—Érase un caballero que a una hermosa un día amó —corearon juntos Rodrigo y Martina entre risas.

—Vi el arroyo de corales desbordarse el corazón —cantó Duarte al aparecer junto a ellos—. No compuse al final ese fado, pero no es tarde. Cualquier día me pongo a ello. La leyenda es muy bonita, pero estos dos son unos payasos y se reían de mí.

—No, no, reírnos no, pero te tomaste muy en serio la historia cuando visitamos los jardines y te empeñaste en que ibas a componer un fado.

—Sí, y entonces se me fue la inspiración —dijo mientras miraba a Martina.

—Creo que debemos irnos. Se está haciendo tarde. ¿No crees, Alba?

—Sí, tienes razón, Martina.

—¿Os quedáis en algún hotel?

—Sí, antes de venir lo reservamos.

—Teníais mi casa, Martina. Podías haberme llamado; con gusto os habría hecho un hueco.

—Fui yo quien creyó más conveniente que nos hospedáramos en un hotel —aclaró Alba.

—Bien, pues cada mochuelo a su olivo, entonces.

Los dos hermanos acompañaron a Martina y a Alba hasta el hotel y se despidieron.

—Espero que nos veamos antes de que os vayáis.

—Lo intentaremos.

—Pues que paséis buena noche.