CAPÍTULO XXI
A primera hora de la mañana continuaron su viaje hacia Almeida.
Habían descansado, pero durante los primeros tramos, antes de llegar a Oporto, no mantuvieron ninguna conversación.
Solo disfrutaron del paisaje que se les presentaba a cada paso, mientras escuchaban un disco de Melody Gardot.
Mientras Alba tarareaba «If You Love Me», la carretera iba avanzando y el cielo se abría cada vez más.
Martina advirtió que Alba estaba relajada; no se percibía en ella el nerviosismo ni la tensión de las semanas pasadas.
Pararon en Oporto, donde Martina quería saludar a una amiga a la que, al igual que a Márcio y Sabina, llevaba mucho tiempo sin ver.
—Te va a caer bien. Tiene un vivero a las afueras.
Es un verdadero jardín, más que un vivero sencillo.
Debería haberse jubilado hace unos años, pero las plantas y sus flores le dan la vida —comentó Martina—.
Gira hacia la derecha; ese camino nos llevará directo al vivero.
Mi amiga tiene una casita junto a él, donde vive.
Ni siquiera habían bajado del coche. Con las ventanas bajadas, les llegaba el olor de las plantas. Frente a ellas se extendía un paraíso de diversos colores y aromas, flanqueado por árboles farguesii, el árbol llamado del destino. Entre filas de macetas, una mujer se paseaba con un delantal verde.
Al escuchar el motor del coche, la mujer giró sobre sí misma y descubrió a su amiga Martina. Sin creérselo aún, avanzó con rapidez hacia ella.
—¡Martina! ¡Qué sorpresa! No puede ser, tú aquí. Me debes como diez años de ausencia.
—Fía, muchos años, muchos, nos debemos.
Alba presenció cómo se abrazaban y Fía propinaba sonoros besos en el carrillo a Martina.
—¿Y esta joven?
—Soy Alba —se presentó, dando dos besos a aquella mujer de rostro amable.
—Dejadme que me quite el delantal y deje los aperos, y pasamos a la casa. ¡Ay, Martina! Que no, que no me lo creo que estés aquí.
—Estamos de paso.
—¿Pues adónde vais?
—A Almeida.
—Almeida, donde viven mis primos, ya sabes, ¿no?
—No, no lo sabía.
—Sí, hace muchos años que viven allí. Pero vamos a la casa y os tomáis algo. ¿Te acuerdas de ellos?
—Sí, claro, cómo no me voy a acordar.
—Sobre todo de Duarte, seguro, ¿eh?
Martina sonrió.
—Sí, me acuerdo de los dos.
—Pues sí, allí están.
Fía les sirvió un café humeante y aromático, y les ofreció unos dulces.
—Pruébalos, en la vida los comiste mejores —dijo, ofreciendo uno de los dulces a Alba—. Son «Pingos de Tocha», llevan huevo, azúcar y limón. Bueno, ¿y qué se os ha perdido en estas tierras?
—A mí me apetecía regresar, verlas de nuevo, y Alba no conoce Portugal.
—Almeida es una villa muy bonita y curiosa. Pues fíjate, Duarte y Rodrigo se fueron justo cuando sucedió eso de la chica.
—¿Qué chica?
—Sí, mujer, la chica que desapareció. Días más tarde la encontraron y, al parecer… bueno, se quitó la vida.
—No, no lo había oído.
—Pues sí, tuvo a todo el valle de la Estrella en vilo. Pobre menina. En fin. Y a ti, ¿cómo te va?
—Bien, sigo con el restaurante.
—Y tú, Alba, ¿eres del pueblo también?
—No, yo soy de Arousa. Perdone que le pregunte…
—Trátame de tú, mujer.
—Nos has dicho que una chica desapareció en Almeida.
—Sí, hace seis años. Su hermano se volvió loco, el pobre hombre.
Bueno, muy bien no estaba de antes, pero aquello le remató.
Al principio le echaron la culpa a él, pero no, no, él la cuidaba.
Lo que pasa es que, al parecer, según dijeron los periódicos, el muchacho era un poco violento.
Luego, que si podía haber sido el novio, pero qué va, la chica se quitó la vida.
—¿Y recuerdas cómo se llamaba el hermano o el novio?
—Pues no, no me acuerdo, la verdad.
—Fía, nos vamos a tener que marchar. Queremos llegar a Almeida antes de comer.
—De regreso pasamos a verte de nuevo.
—Me parece muy bien, Alba, claro que sí, yo os espero. Pero, a ver, Martina, que te doy la dirección de Duarte; le gustará verte. Ya verás cómo se alegra.
Subieron al coche y Martina la miró.
—¿Qué estás pensando?
Alba estaba mirando algo en internet, en su móvil.
—Aquí está la noticia. Tradúcemelo, por favor.
—La joven María Olivera, de veinticinco años, desaparecida hace dos días, ha sido hallada en el bosque de las antiguas termas de Fonte Santa, sin signos de violencia. Su hermano Mauro Olivera ha reconocido su cadáver. La familia espera el resultado de la autopsia para poder darle santa sepultura.
—Voy a hacer una llamada.
—De acuerdo —contestó Martina al comprender la gravedad de la noticia.
Alba salió del coche y habló con alguien durante unos minutos. Luego colgó y recibió una llamada. Volvió a meterse en el coche y puso el motor en marcha.
—Ya está.
—Cuéntame.
—Tengo la dirección de la casa familiar de Mauro. Hay un compañero que me debe muchos favores. Martina, cuando lleguemos a Almeida, iré yo sola; no puedo dejar que vengas conmigo. ¿Lo entiendes? Iré a la casa yo sola.
—Claro que lo comprendo.
—Tú puedes ir a visitar a ese tal Duarte.
Martina sonrió.
—¿Quién es ese tal Duarte? ¿Un novio?
—¿Qué dices? Un buen amigo.
—Un buen amigo, que al oír su nombre cuando lo ha dicho Fía, te han bailado los ojos.
—No, de eso hace años ya. No fuimos novios nunca, ni pareja ni nada similar.
—¿Y te arrepientes de ello?
—Ay, quita, agua pasada no mueve molino. Además, ¿y tú?
—¿Y yo qué?
—¿Quién te llamó ayer noche, que también te bailaron los ojos?
—Un buen amigo.
Y ambas se rieron.