CAPÍTULO XX
Alba había tomado una decisión que tal vez para muchos hubiese parecido peligrosa y arriesgada, pero estaba convencida de que el caso no se había acabado.
En el piso en el que vivía en Pontevedra, deshizo la maleta, sacó otras prendas de su armario y las colocó en la maleta ya vacía. Volvió a meter sus artículos de aseo y las dos fotografías que siempre la acompañaban. Se dio una ducha y, al salir del baño, le sonó el teléfono.
—Hola, Martina.
—¿Cómo ha ido con tu jefe?
—No muy bien, pero lo esperaba. Tengo quince días de vacaciones, pero el caso está cerrado para mí. No puedo hacer nada oficialmente.
—Oficialmente, pero… Deja que lo adivine: en estos momentos estás haciendo de nuevo las maletas.
—Lo has adivinado.
—Necesitarás a alguien que hable portugués.
Alba guardó silencio unos segundos.
—¿Cómo? —contestó, sorprendida.
—Que vas a necesitar a alguien que hable portugués. Porque vas a ir a Portugal a seguir con el caso… extraoficialmente. ¿Verdad?
Alba volvió a guardar silencio.
—¿Pasarías a recogerme? He dado vacaciones a mi gente y ahora pondré el cartel de cerrado en el restaurante y en la Palloza.
—¿Estás segura?
—Tan segura como que son las dos de la tarde. En tres horas te espero en el cruce con la carretera.
—Perfecto —contestó Alba, sorprendida y a la vez alegre por la propuesta de Martina.
A las cinco de la tarde en punto, Alba recogió a Martina en su coche y ambas emprendieron el camino hacia Portugal. Algo más de cuatrocientos kilómetros les esperaban en un viaje que ninguna de las dos iba a olvidar.
Se lo tomaron con calma y pararon en diferentes localidades portuguesas en dirección a Almeida.
Tras dejar atrás el Parque Natural de Aloia, tomaron la autopista A3.
Al cabo de una hora, se desviaron hacia una antigua población portuguesa de calles empedradas y casas señoriales que se extendía junto al río Lima.
Caminaron por un recorrido colmado de azulejos hasta la plaza, donde pararon para visitar a unos amigos de Martina que regentaban un café y a los que hacía muchos años que no veía.
A Martina se le aguaron los ojos al ver a Sabina, y esta se tapó la boca con las manos y corrió hacia la puerta. Se fundieron en un abrazo y, después, sin más demora, avisaron a Márcio de la inesperada visita.
—Martina, que bom ver você. Há quanto tempo! Vou ficar animado e tudo mais.
—Márcio, muchos, muchos años. Mira, os voy a presentar a una amiga: es Alba.
—Encantados, Alba, pero pasad. Os quedáis a cenar; sí, sí, no hay posibilidad de un no.
—Bueno, siendo así, nos quedamos, pero es un poco pronto, Sabina.
—¿Tú conoces Ponte de Lima, Alba?
—No, no, nunca estuve en Portugal.
—Pues daos un paseo por el pueblo, que es muito bonito. ¿O no, Martina? ¡Ay, qué alegría verte!
Alba y Martina salieron del café.
—Hablan muy bien el español tus amigos.
—Porque son españoles, y además los dos.
Los padres de ambos eran socios de un restaurante en Salamanca.
Sus padres sí nacieron en Portugal, pero, siendo jóvenes, marcharon a Salamanca a hacerse una vida, y ya ves.
Márcio y Sabina, que se conocían desde chicos, se casaron y regresaron a Ponte de Lima.
Llevan viviendo en Portugal más de treinta años.
—Es precioso este pueblo —comentó Alba mientras paseaba por las calles de Ponte de Lima—. ¿Y esa estatua?
—Es doña Teresa de León, muy alabada en todo Portugal, pero en Ponte mucho más.
—Entremos a tomar un café; tengo algo de hambre. Aquí es una hora menos y, hasta la hora de cenar, vas a tomar un pastel de nata, de los más ricos de Portugal.
Pidieron dos cafés y dos pasteles de Belém.
—No quisiera retrasarme mucho en llegar a Almeida, Martina.
—Alba, no estás trabajando y presiento que lo que quieres encontrar en Almeida estará allí. Disfruta de tus vacaciones.
—Tienes toda la razón. Oye, ¡qué rico es este pastel!
—Ya te lo dije.
—Voy a tomarme este viaje con calma, pero…
—Alba, llegaremos a Almeida: estamos a poco menos de tres horas.
—Bueno, hoy podemos quedarnos aquí, ¿no crees?
—Eso es otra cosa. Disfrutemos de este pueblo tan bello, de la cena que nos va a preparar Márcio y, luego, ya veremos.
Y así lo hicieron: se sentaron a una mesa amplia junto a Márcio y Sabina, donde degustaron platos increíbles.
Tras un café portugués y más pasteles de nata, Sabina les propuso quedarse a dormir en su casa, no sin antes visitar un bar nocturno donde se cantaban fados mientras se disfrutaba de una copa o una cerveza.
El local era pequeño, muy íntimo, con cadenetas de luces azules situadas estratégicamente por las paredes. Una mujer casi niña, de voz cálida, cantaba «Fado para esta noite».
En mitad de la velada, sonó el teléfono móvil de Alba.
Alba miró quién la llamaba.
—Perdonad, salgo un momento para poder hablar.
Alba contestó la llamada en la puerta del local.
—Buenas noches, Uriel.
—¿Es buen momento?
—Sí, sí, claro, dime.
—No, solo quería charlar contigo, nada más.
—Estoy fuera, mi caso acabó.
—¿Estás en Pontevedra?
Alba dudó en decirle dónde estaba, pero finalmente lo hizo.
—No, estoy en Portugal, con una amiga. Estoy de vacaciones.
—¡Qué bien!
—Sí, ella es portuguesa, así que se lo conoce todo. Estaba pensando… Bueno, tengo varios días de vacaciones y… estaba pensando en acercarme algún día a tu pueblo.
—Me parece una idea estupenda. Ya me avisarás.
—Sí. Te voy a tener que dejar. Estamos en un local escuchando fados, con unos amigos de ella, y no quiero ser descortés.
—Pues diviértete, ya me contarás. Buenas noches.
—Buenas noches.
Alba se sumergió de nuevo en un ambiente que le permitió olvidarse por unas horas del motivo central de aquel viaje.
Pensó que tal vez ese viaje era mucho más, mucho más que esclarecer un caso que ya no le pertenecía; era más que actuar extraoficialmente como policía judicial.
Tal vez, pensó, se trataba de un momento para parar y encontrarse con asuntos que llevaba tiempo apartando, asuntos que nada tenían que ver con su trabajo, sino más bien con ella misma.