CAPÍTULO XIX
La misma noche en la que Alba supo que debía abandonar el pueblo, después de haber cenado en la pensión, salió de ella y puso el coche en dirección al restaurante de Martina. Quería despedirse de ella.
Martina ya conocía las noticias y, al verla entrar en la Palloza, supo a lo que Alba había ido.
—Imagino que vienes a despedirte.
—Así es. Del resto de lo que suceda se podrán encargar los mismos agentes de la Guardia Civil del pueblo. A mí ya me retiran del caso con una enhorabuena y mañana me darán unas palmaditas en la espalda.
—Veo que no estás muy contenta con los resultados.
—No, no lo estoy.
—¿Una copa?
—No, he venido en el coche.
—Tengo una habitación vacía arriba. No te estoy incitando a beber, pero…
—Ponme esa copa.
—¿Whisky y dos hielos?
—Exacto.
Alba miró a su alrededor. Aún quedaban clientes en la Palloza: vecinos de los pueblos de alrededor.
—Toma, la copa.
—Gracias.
—Entonces, ¿cuándo te vas?
—Mañana tengo que presentarme en el cuartel de Pontevedra.
—Muy rápido todo.
—Sí, el caso ya se ha resuelto y ya no hago falta aquí.
Si hay algo nuevo, como te he dicho, lo llevarán desde aquí y, si necesitan de nuevo nuestra colaboración, pues tal vez me llamen, pero ahora queda en manos de Criminalística y de otros departamentos de la policía judicial.
Así que yo ya soy libre y, de momento, tengo intención de pedir las vacaciones que me quedan sin disfrutar.
—¿Y te irás a tu pueblo?
—Puede.
—Allí tendrás amigos, además de familia.
—Sí, aunque la mayoría, ya sabes, están casados y tienen críos pequeños o adolescentes.
—Pero tendrás ganas de volver, si hace mucho tiempo que no vas.
—No sé lo que haré; tengo tiempo para pensarlo.
—Se te va a echar de menos.
Alba sonrió.
—Yo también os echaré de menos. Al final han sido muchas las semanas que he estado por aquí.
—Y ya está resuelto el caso… ¿Qué pasa? —preguntó Martina al ver el gesto de Alba.
—Nada, voy a disfrutar de esta noche y mañana saldré para Pontevedra.
—Pues vamos a poner algo de música. ¿Qué te apetece?
—Lo que sea, y otra copa, por favor.
Martina regresó con una copa en cada mano mientras, de fondo, sonaba «Fly Me to the Moon», en la voz de Frank Sinatra, y ella se movía al son de la música.
—Algo más animadito para pasar las copas y que la mente se refresque.
—Me parece perfecto.
Y tras esa pieza vinieron otras, como «New York, New York» y «You Make Me Feel So Young».
Alba se levantó y, con la copa en la mano, se puso a bailar. Ambas terminaron bailando y contagiaron a los pocos clientes que quedaban a esa hora, hasta que, después de un rato, todos se habían ido. Alba miró el reloj y comprobó que eran las cinco de la mañana.
—Martina, creo que por hoy ya son bastantes copas y bastantes bailes. Indícame dónde está la habitación y me voy a dormir.
—Sí, voy a cerrar ya. Y ya nos vamos.
Después de cerrar el local, ambas subieron por las escaleras hasta el piso de arriba, donde vivía Martina.
Alba seguía cantando «New York, New York». Martina le mostró su habitación.
—¿Estarás bien?
—Perfectamente.
Alba cayó sobre la cama y no abrió los ojos hasta las diez de la mañana.
Salió de la habitación y buscó la cocina. Encontró allí a Martina.
—¿Un café bien cargado?
—Muy cargado, Martina, por favor. ¡Qué locura la de anoche!
—«New York, New York» —cantó Martina, riéndose.
—No, no, déjalo. Creo que ayer bebí y bailé lo que no bebía ni bailaba en años.
—Eso está bien, de vez en cuando hay que hacer alguna locura de este tipo.
—En cuanto me tome el café, me voy a la aldea; recogeré todo lo que tengo en la pensión y me despediré de los agentes.
—Y el caso estará resuelto —dijo Martina mientras alzaba las manos en señal de victoria.
—Eso parece, no sé.
—¿Cómo que no sé?
—Que no, que no me creo muchas cosas de las que se han dado por ciertas.
—¿Entonces?
—Entonces nada. Los de arriba lo dan por finalizado, a la espera de juicio, y yo creo que se equivocan. Hay cosas que no me encajan.
—¿Qué cosas? Si puedo preguntar.
—A estas alturas… No me encaja que las muertes de Roi y de Sabela y las de Josefina y Frasco se consideren ejecutadas por las mismas personas.
Roi y Sabela aparecieron con una señal en la frente; sin embargo, los otros dos cuerpos no. Estoy segura de que Maira pudo visitar a Josefina; eso ya lo dije desde el principio, y sé que también pudo golpear a Frasco. Pero ni Jacinto ni ella tienen que ver con las otras muertes.
—¿Y qué señal tenían? ¿Una señal, cómo, dibujada?
—Sí. Dos estrellas superpuestas.
Martina se quedó mirándola.
—¿Dos estrellas, dices?
—Sí. Alba le mostró la imagen de la marca que llevaba guardada en el móvil.
—Espera.
Martina se levantó y fue en busca de un pequeño portátil con la intención de buscar algo en él. Después de encontrarlo, se lo mostró a Alba.
—¿Puede ser esto?
—Sí, ¿qué es?
—Esto es Almeida, la villa de Portugal. Está fortificada con dos estrellas superpuestas.
—La imagen es exacta: dos estrellas superpuestas que forman un cuerpo estrellado de doce puntas.
—Creo que ya te hablé de esa villa. Te comenté que Mauro era de allí y que allí, al parecer, trabajó con Xoel.
—¿Has visto a Mauro estos días?
—Pues curiosamente vino hace tres noches. Me dijo que se marchaba, que regresaba a Portugal. Y creo que se fue ayer por la mañana.
—Martina, no puede ser. Esto tengo que comunicarlo.
Lo hemos tenido delante siempre y no lo hemos sabido ver.
Lo más probable es que las dos muertes, la de Roi y la de Sabela, sean una venganza.
¿Pero por qué? Tengo que hablar con Xoel.
Me marcho, Martina; luego te llamo. Voy a hablar con mis jefes.
Alba puso en marcha el motor de su coche y condujo hasta el pueblo. En el camino contactó con su inspector, quien le ordenó que regresara a Pontevedra.
—El caso ya está resuelto, Alba, no le des más vueltas. Y regresa a Pontevedra hoy mismo.
—Deje que hable con el hermano de Roi.
—No. Alba, ya está, vuelve a Pontevedra y te coges esas vacaciones que tanto te mereces. Te quiero aquí en dos horas como máximo.
Alba, contrariada, cortó la conversación. Aun así, pensaba hablar con Xoel. Le daría tiempo a recoger sus pertenencias, a despedirse de Juan y a hablar con Xoel. Sin embargo, no contaba con que Xoel se hubiera marchado a faenar varias horas antes.
Entró en el cuartel y pensó en contarle a Juan lo que había descubierto, pero finalmente no lo hizo. Se despidió de él y regresó a Pontevedra.
Llegó pronto, habló con su jefe y no insistió en el asunto. Aceptó las vacaciones; tenía quince días por delante para disfrutarlas.