CAPÍTULO XVIII
Maira pasó a disposición judicial a primera hora del día siguiente. El juez no la dejó en libertad. La acusó de tráfico de drogas y, aunque no disponía de más pruebas sobre la muerte de Josefina, sí apreció en ese hecho una omisión del deber de socorro.
Xandro no abrió el bar ese día. Estaba destrozado y también temía los comentarios que pudieran surgir en el local.
Alba y Juan daban por resuelta la muerte de Josefina, pero aún tenían otras tres muertes sin resolver.
Durante dos días, con el bar cerrado, los vecinos paseaban sus inquietudes por la plaza y los corrillos se formaban a cualquier hora del día. Todos opinaban y decían saber que la chica de Xandro no iba a acabar bien.
Aún fue mayor la conmoción del pueblo al conocer los acontecimientos que sucedieron días más tarde.
La hermana de Jacinto fue a visitarle a la prisión de A Lama y le informó sobre la detención de Maira.
—Maira está en el módulo para mujeres.
—¿Sabes qué ha pasado?
—Al parecer, confesó que también conocía… ya sabes… que participaba…
—Ya.
—Y, por lo que he oído, en la muerte de Josefina Muñiz también está implicada. Pero eso tú ya lo sabías, ¿verdad?
Jacinto asintió.
—Hermano, necesito que me digas qué sucedió con Roi y con Frasco y Sabela.
—De eso no sé nada.
—¿Alguno de vosotros tuvo que ver con ello?
—No lo sé, yo no puedo saberlo todo.
—Tranquilo, Jacinto, no te estoy acusando de nada. Pero…
—Márchate…
—Jacinto, hermano, solo quiero saberlo para ayudarte.
—No hay nada que saber, márchate, por favor.
—Está bien, vendré a verte otro día.
Jacinto se despidió de su hermana y fue conducido de nuevo a la sala común, donde se reunió con Fidel.
—¿Qué te ha contado tu hermana?
—Nada, solo ha venido a verme.
—Pues he oído que Maira está en el otro módulo.
—No sé.
—¿No te ha dicho nada de eso?
—Sí, sí me lo ha contado.
—¿Y qué más te ha contado?
—Cállate.
—Mira, Jacinto, estamos hasta el cuello si habla más de la cuenta y sabes que lo va a hacer, no lo dudes.
—Lo estás tú, yo no tengo nada más que temer.
—Si lo estoy yo, lo estamos los tres. ¿O crees que voy a cargar yo con todo?
—Cállate. Pueden oírte.
Jacinto se alejó de Fidel.
—No olvides lo que te estoy diciendo —le dijo Fidel mientras Jacinto se marchaba.
Esa misma tarde, Fidel pidió ver al director de la cárcel. Quería solicitar una llamada con el abogado, petición que el director consintió.
El abogado se personó en las dependencias carcelarias y tuvo una entrevista con Fidel que duró algo más de una hora.
—Quiero… necesito hacer una declaración.
—Está bien, cuéntame y veremos a ver lo que hacemos.
—Me ha llegado la información de que hay una mujer en el módulo femenino, Maira Velilla. Ella nos ayudaba en el transporte de la mercancía. También tuvo relación con la muerte de una mujer de la aldea, Josefina Muñiz.
—Estoy al tanto de ese asunto.
—Creo que la muerte de esa mujer fue un accidente; no tuvo intención de que ella muriese.
—Dime algo más, sin rodeos. Lo que me cuentas sobre la muerte de Josefina no os implica directamente a ninguno de vosotros.
—Sí, indirectamente, y temo que pueda salpicarme.
—Pues sé directo.
—Como digo, no fue culpable de la muerte de esa mujer, pero sí de la de Francisco Vázquez.
—Explícate.
—Jacinto nos dijo que Maira le había contado cómo Francisco, al que llamábamos Frasco, la había sorprendido cuando cambiaba la droga de lugar.
Lo esperó escondida en un lateral de su casa, lo golpeó con una barra y llamó a Jacinto.
Luego me llamaron a mí. Yo no quise saber nada.
Me proponían que les ayudara a llevar el cadáver al bosque.
Me dijeron que tenía que ayudarles, pero no lo hice.
Al día siguiente apareció el cuerpo de Frasco en el bosque.
—Lo que me dices es muy grave. ¿Por qué me lo cuentas ahora?
—Porque estoy seguro de que quien mató a Roi fue Jacinto.
Esa noche, Roi vino a la cabaña, nos increpó, nos amenazó con descubrir todo y, sí, es cierto, yo tuve una pelea con él.
Pero Jacinto me dijo que me tranquilizara y me sacó de la cabaña.
Me dijo que luego volvería él a cerrarla.
Yo ya no supe más hasta que por el pueblo corrió la noticia de la desaparición de Roi.
Hablé con Jacinto y, al principio, no quiso contarme nada.
Luego me confesó que, cuando llegó a la cabaña, Roi salía de ella dispuesto a denunciarnos y que tuvo que hacer algo.
¿Me comprende? Luego no nos dejó pisar por la cabaña ni a Matéu ni a mí; nos dijo que era peligroso acercarnos.
Pero yo vi a Maira entrar en ella. La limpió de arriba abajo y luego se llevó los paquetes.
Imagino que algún resto de sangre habría, no sé.
—Bien, informaré de esto que me cuentas. Tal vez interroguen a Maira y a Jacinto de nuevo.
—Yo tenía que contarlo, ¿me comprende? No quiero que me involucren. Supongo que la llamada que me hicieron para que les ayudase estará registrada y puede… no sé, puede, como le digo, involucrarme. No lo he dicho antes porque… bueno, tampoco sé muy bien por qué.
—De acuerdo, Fidel. Te mantendré informado y, si hay más cosas que te callas, cuéntamelas, pero no esperes a hacerlo.
—No, no, solo eso.
—Bien. Me marcho. Voy a ver cómo gestiono esta información.
El abogado presentó esa declaración en el juzgado.
En esos momentos, la libertad y las acusaciones de todos estaban bajo la tutela judicial.
Se les volvió a tomar declaración.
Fidel, por su parte, se reafirmó en lo declarado a su abogado.
Jacinto terminó por confesar lo sucedido con Frasco.
Maira, derrumbándose, también confesó. Aunque Jacinto no reconoció haber matado a Roi, parecía que el relato de Fidel y las dudas de Maira proporcionaban una base verosímil a la culpabilidad de Jacinto.
Pronto aquellos acontecimientos llegaron al cuartel, donde, en las últimas semanas, Alba había tratado de esclarecer todas esas muertes.
La joven sargento tuvo la sensación de que, por primera vez en toda su carrera dentro de la policía judicial, no había sido capaz de resolver por ella misma un caso adjudicado.
—Siempre estuvimos sobre la pista, pero nunca logramos dar luz a todo lo que había sucedido.
—Alba, si no hubiéramos descubierto la trama del tráfico de drogas, nunca habríamos llegado a este final. Debes estar satisfecha.
—Pues no lo estoy.
—Supongo que tus jefes darán por resuelto el caso.
Alba se quedó pensando en lo que Juan acababa de decir. Sabía que así iba a ser. Y no hubo duda: una llamada del inspector, dándole la enhorabuena y comunicándole que ya podía regresar, confirmó lo que suponía.