El bosque de los silbidos CAPÍTULO XVII
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CAPÍTULO XVII

De nuevo otro día lluvioso, húmedo y frio.

Otro más en la pequeña aldea. Alba regresó de una noche relajada para vestir su imagen de policía.

Entró en el cuartel donde Juan ya se tomaba un café.

La miró al entrar, y se fijó que su rostro era sereno, pensó que tal vez el estar cerca de resolver el caso la proporcionaba esa calma.

—Buenos días Alba. Fernando Garrido nos ha enviado un correo—le dijo entregándole el mensaje ya impreso.

Alba leyó el papel y dio su conformidad al artículo que el periodista les compartía, satisfecha de que sus indicaciones o más bien ordenes hubieran sido acatadas, ahora solo tenían que esperar a que la revista publicase el reportaje, para hacerse con uno y hablar de él, en el lugar del pueblo con más posibilidad de encontrar a los vecinos: el bar.

No tuvieron que esperar mucho tiempo, dos días después bajo la petición que Juan había hecho al dueño del quiosco, este le entregó un ejemplar de la revista, y con él en la mano Juan y Alba se presentaron en el bar al mediodía; hora en la que los del pueblo acostumbraban a frecuentar bien a tomar el vermut o a comer.

Ellos decidieron la segunda opción, comer en el local.

Alba dejó a la vista el ejemplar abierto por la página en la que aparecía la crónica de Fernando Garrido.

Bajo un título altamente sensacionalista se encontraba una imagen del Bosque de los Silbidos, una imagen tratada para dar una impresión misteriosa y lúgubre.

Junto a un texto cargado de morbosidad sobre los cuerpos encontrados en el bosque, otra imagen simulando la medalla encontrada y que, tal y como le había indicado Alba, explicaba como un agente de la policía se la había requisado y que por ese motivo la foto de la medalla solo era una similar.

En el artículo, el periodista dejaba entrever, que la guardia civil había realizado varias detenciones pero que aún faltaba la más importante, la del asesino del que ya estaban sobre la pista y no tardaría en llegar su detención.

Mientras comían hicieron comentarios sobre la publicación, intentando que el tono de la conversación fuera ligera y crítica sobre ese tipo de artículos.

No tardaron los vecinos que se encontraban en el bar en solicitar el ejemplar para echarle un vistazo, y siendo ese su propósito, Alba accedió gustosa a dejar que lo vieran, y con intención intercambio con ellos comentarios jocosos sobre el artículo.

En el artículo no se comentaba la presencia de otra persona, de esa otra que Alba persiguió y que supuestamente golpeó al periodista.

Fernando Garrido aprovechó ese suceso omitido para divagar sobre el hecho de haber oído pisadas y ver sombras entre los árboles, adornando el articulo con la posibilidad de la existencia de seres nocturnos del bosque, como muchas leyendas contaban.

No parecía que alguien se alterase al ver la revista, muy lejos de eso, los vecinos se reían y algunos criticaban el mal gusto al utilizar la desgracia del pueblo para realizar una crónica tan vulgar y poco profesional.

Hasta que Maira, dirigiéndose a servir unos cafés y también llevada por la curiosidad, se acercó a la mesa donde se encontraban los agentes comiendo y sus manos temblaron al posar las tazas.

—Maira, cariño, ten cuidado.

—Lo siento, perdóneme—dijo y se retiró rápidamente.

Alba y Juan se miraron. Terminaron de comer y entraron en el almacén.

Maira estaba sentada en un pequeño sofá. Encogida, con los brazos rodeando sus piernas. Al verles se puso de pie y su rostro se tornó.

—Maira, ¿qué te sucede?

—Nada, no me ocurre nada.

—¿Te ha dado miedo el artículo?, son delirios de un periodista trastornado—le dijo Alba aproximándose a ella

— ¿No creerás que el bosque está plagado de seres nocturnos? —. Continúo diciéndole.

Maira negó con la cabeza.

—Presiento que algo nos tienes que contar.

Maira volvió a negar con la cabeza.

—Yo creo que sí, ¿Puede ser que las sombras de las que habla el artículo no fueran tan imaginadas?

Maira se mantuvo callada.

—¿Qué hacías en el bosque hace dos noches?

—Yo no estuve en el bosque.

—Maira, eras tú.

—No, no se lo juro, no sé de qué me está hablando, pregúntele a mi padre, yo estaba en casa esa noche.

Xandro entró en el almacén necesitando saber lo que estaba sucediendo en él con su hija.

—Padre, dígales dónde estuve hace dos noches.

—Pues, cerramos el bar a las once de la noche y nos fuimos a casa, y Maira no salió estuvo con su madre y conmigo viendo la televisión, luego acostó a su madre y los dos nos quedamos en salón.

—¿Hasta qué hora?

—¿Qué está pasando Maira, quieres decirme que está pasando, ¿qué has hecho?

—Xandro ¿Hasta qué hora estuvisteis los dos juntos en el salón?

—Pues sería cerca de la una cuando nos fuimos cada uno a nuestro dormitorio.

—¿Estás seguro de qué era esa hora?

—Sí, estoy seguro, ¿quieren decirme que está pasando?

—Maira, tal vez prefieras contarle a tu padre lo que está pasando.

Maira miró a su padre, callada, con los ojos llenos de lágrimas.

—Dime Maira.

Maira seguía en silencio. En un acto involuntario miró de reojo hacia la puerta de la despensa.

Juan se percató de ello y se dirigió a ella, intentó abrirla, pero estaba cerrada.

—¿Quién tiene la llave?

—No la usamos ya, tenemos los arcones y en el bar habilitamos otra—dijo Xandro

—De acuerdo, pero queremos entrar. —insistió Alba.

—Maira, dales la llave, tú la guardas.

Durante unos segundo Maira no se movió.

—La llave Maira.

Maira se levantó y sacó de un cajón una llave que encajaba perfectamente en la cerradura de la puerta de la despensa.

Alba entró en ella, buscó el pulsador de la luz y el espació se iluminó; Era pequeño, con unas baldas, que sujetas a la pared, estaban vacías excepto una de ellas en la parte más alta.

Alba vio una escalera de madera y la utilizó para acceder a ese estante, encontrando en él unas cajas metálicas, las abrió y en ellas halló varios paquetes.

—Juan ayúdame a bajarlos.

Con la ayuda del sargento bajaron los paquetes descubriendo que contenían una sustancia blanca que rápidamente reconocieron como cocaína.

—Maira, ¿qué es esto? —preguntó el padre sujetándola por los brazos. Luego se derrumbó sobre el sofá llevándose la mano a la cara.

—Maira, estás detenida. Tienes derecho a permanecer en silencio. Cualquier cosa que digas podrá ser utilizada en tu contra en un tribunal. Tienes derecho a la asistencia de un abogado durante tu interrogatorio— expresó Juan mientras la ponía unas esposas.

La sacaron del bar antes la mirada de los vecinos que no acertaban a comprender que estaba pasando.

En el cuartelillo llamaron a un abogado de oficio que se presentó al sargento en una hora.

Maira, a pesar de las indicaciones del abogado sobre su derecho a no decir nada, confesó estar al tanto de los negocios de Fidel, Matéu y Jacinto y lo sucedido con Josefina.

—Aquella noche sacamos los alijos de la barca, no podíamos dejarlos allí por más tiempo, entre los tres se los llevaron a la cabaña, Vi a Josefina, estaba paseando y supe que los había visto al verla apresurar el paso, sin embargo, no se dio cuenta de que yo también estaba.

Me acerqué a su casa, no tenía intención de hacerle daño—Maira hizo una pausa para secarse las lágrimas—Juro que no era mi intención.

Llamé a su puerta y ella me abrió. Salió al jardín, llovía, la empuje hacia dentro.

Le grité, le dije que si contaba algo de lo que había visto tendría consecuencia.

Ella empezó a temblar y sus piernas se doblaron, la agarré del vestido para que no se cayera, pero se desplomó en el suelo. Yo no le hice nada.

Maira llorando, durante unos segundos paró su relato.

—Continúa Maira.

—No le hice nada, estaba en el suelo, y yo… yo me asusté y… me fui… juro que fue así.

—Y luego alguno de vosotros sacó la droga de la cabaña y la llevó a la despensa.

Maira asintió con la cabeza.

—¿Quién?

—Fui yo.

—Está bien, Maira. Ya no vas a contar nada más. Está claro que la muerte de esa mujer no fue intencionada, así que no pueden acusarte de asesinato—indico el abogado a Maira.

—Eso lo determinará un juez, abogado. Y de lo que si va a ser acusada es de cooperación en el tráfico de drogas.

—Bien, Maira, mañana pasaras a disposición judicial ¿sabes lo que es eso?

—dijo el abogado. —Mañana un juez analizará todas las pruebas y comprobará si hay indicios de delito y después tomará una decisión.

No voy a engañarte, es probable que determine una prisión preventiva, pero eso lo sabremos mañana. Te veré en juzgado.

El abogado se despidió de Maira y de los agentes a los que ya conocía de otras intervenciones.

Xandro, a los pocos minutos, se presentó en el cuartel, pidiendo ver a su hija.

—Deja que entre a verla Juan—le pidió Alba al ver la preocupación del padre.

Xandro fue conducido por un agente hasta la celda donde su hija se encontraba.

—Maira, no puedo creer lo que está sucediendo. Siempre te dije que andar con esa gente no te iba a traer nada bueno. Tú tienes un marido que te quiere, y que ahora está deshecho, como yo, como tu madre.

—Lo siento, padre, lo siento—

—No te preocupes, vamos a estar contigo, suceda lo que suceda.

—¿Y Eloi?

—Tu marido no quiere verte… ahora… tranquila yo voy a estar contigo y a él ya …

ya le verás. Intenta descansar algo —le aconsejó el padre sabiendo que no sería así.

Sabía que aquella noche, su hija, su pequeña, iba a mantenerse despierta sin poder dormir, y tal vez sintiendo el camino tan errático que había tomado.

—Xandro, debes dejarla ya.

—Tranquila hija, sigues siendo mi niña pequeña, mañana vendré.

—Xandro.

—Sí, Juan, ya me voy.

—Siento que tenga que pasar por esto Xandro. Lo lamento sinceramente.

Xandro no contestó y abandonó el cuartel.

—Juan, ¿puedes quedarte esta noche en el cuartel? — sugirió Alba. — En el fondo es una infeliz, apenas pasa de los veinte años, estará asustada. Y te conoce.

—Sí, me quedaré. Iba a decírtelo, pero me agrada saber que tú también piensas lo mismo.

—Estamos de acuerdo entonces—Alba miró el reloj—son las seis de la tarde, yo ya me voy, cualquier cosa llámame. Estaré en la pensión.