CAPÍTULO XVI
Regresaron al pueblo pasadas las doce del mediodía. En el cuartel ya se había recibido la decisión del juez.
Tanto Matéu como Fidel y Jacinto ingresarían en prisión preventiva en las dependencias carcelarias de A Lama, inculpados por tráfico de drogas.
En el caso de Xoel, el juez había tenido en cuenta que no había sido partícipe directo ni ejecutor material, sino solo testigo, aunque no había denunciado los hechos.
Consideró esa fina línea entre la falta de denuncia de un hecho delictivo y la complicidad, e incluso la cooperación, y fue más benevolente. Lo puso en libertad bajo fianza.
—Bien, pues al menos tenemos a los tres en prisión a la espera de juicio.
Pero ahora se nos plantea otra incógnita.
¿Quién era la persona a la que perseguí por el bosque?
Quien fuese, esa persona es, al menos, culpable de la muerte de Sabela y de Roi.
No pude verla bien, pero su complexión no era fuerte, lo que podría indicar que se trataba de una mujer o de un hombre de complexión pequeña o poco corpulenta, y este hecho nos deja de nuevo en un atolladero.
—Pero tampoco podemos descartar a nadie. El hecho de que no pudieran ser Fidel, Matéu o Jacinto no indica que no sean cómplices. Tal vez puedan ser todos culpables, incluida esa cuarta persona que fue al bosque por la noche; uno de ellos o varios han podido ser los ejecutores.
—Exacto. Sin embargo, presiento que hay más.
No dejo de pensar que Josefina tuvo una visita aquella noche y sigo pensando que fue una mujer.
Esperemos a que salga la revista de ese periodista; tal vez alguien tenga alguna reacción.
Pregunta en el quiosco de prensa si pueden hacerse con una de ellas. No creo que habitualmente las vendan.
—De acuerdo.
—¿Nos vamos a comer donde Martina?
—No sé, a lo mejor te apetece ir sola.
—No seas rencoroso.
Martina, como acostumbraba, estaba en el restaurante. Se alegró de verlos.
—Buenos días, me agrada que hayáis venido. Hoy tengo un bacalao que os va a encantar. Bacalao a la portuguesa, con sus patatas y un chorrito de oporto. Buscad una mesa, hoy esto está muy concurrido. Enseguida os atiendo.
La única mesa libre estaba ubicada junto a la puerta. Se sentaron y esperaron a que les sirvieran para degustar el plato prometido.
El restaurante se fue quedando vacío y pudieron, como otras veces, disfrutar de la compañía de Martina mientras tomaban un café en la Palloza.
—Se comenta por todos los lados la muerte de la pobre Sabela.
Parece que no hay otros temas de conversación estos días: la muerte de Sabela y la entrada en prisión de Matéu, Fidel y Jacinto.
No os diré que su entrada en prisión me haya pillado por sorpresa; yo creo que, sin saberlo, todos pensábamos que algo se traían esos tres.
—Me encanta esta canción: «Come Away with Me», de Norah Jones.
—De acuerdo, tienes razón, Alba, aquí no se habla de trabajo —dijo Martina, dándose cuenta del cambio de conversación que Alba había buscado.
Alba sonrió.
—Pero, de todas formas, me gusta la canción. Y claro que es Norah Jones.
—Sí, Alba, sí, es Norah Jones. Ya te dije en su día que tenías buen oído y, desde luego, buen gusto musical. No diría lo mismo de tu gusto al calzarte, y perdona que te lo diga, pero llevas las botas llenas de barro.
—Cierto. No me las he limpiado aún.
—Fuera, en la parte de atrás, tienes una manguera por si quieres quitarles el barro.
—Sí, enseguida vuelvo.
Alba atravesó la palloza para salir por la puerta trasera, dejando a Martina con Juan.
—¿Qué pasa, Juan? Te veo muy callado.
—Estoy disfrutando del café y de la música.
—A ver, Juan, nos conocemos desde hace tiempo. A ti esta música no te gusta especialmente.
—Pues ahora sí me gusta.
—¿Te gusta desde que está Alba Neira por el pueblo?
—¿Qué dices?
—Yo no digo, lo dices tú… con los ojos.
Juan se mantuvo en silencio, sin contestar.
—Mira, Juan, por tu bien te digo que no empieces como siempre a hacerte castillos. Alba…
—¿Qué pasa con Alba?
—Que presiento que ni tú ni nadie le van a interesar de la forma que tú piensas.
—Yo no pienso nada, Martina.
—Si eso es así, bien, pero, si me lo permites, te daré un consejo: sigue sin pensar. Alba se irá en cuanto resuelva el caso y muy probablemente no vuelva por el pueblo, pero, además, tengo la sensación de que Alba tiene a alguien en quien pensar.
—No me ha hablado de nadie, no tiene relación con nadie que yo sepa.
—Alba no es de esas que lo cuentan; creo que no se lo cuenta ni a sí misma.
—¿Qué es lo que yo no cuento? —preguntó Alba, apareciendo tras ellos—. ¿Sigues con el tema de por qué no te avisé anoche? Venga, Juan, ya te he explicado que no tengo por qué darte explicaciones de lo que hago o no hago.
Martina hizo un gesto a Juan para indicarle: «Te lo acabo de decir».
—Bueno, se va haciendo tarde. Yo tengo que volver al cuartel. Nos vemos mañana.
Juan se levantó y se marchó, dejando a Alba sin entender esa huida.
—No entiendo nada. Son las tres y media, su hora de entrar hoy es a las cinco. No sé por qué se va con esas prisas.
—¿Habéis venido en su coche? —dijo Martina, conociendo la respuesta.
—Claro… Y ahora, ¿cómo regreso yo?
—Tranquila, luego te acerco a la aldea.
—Te lo agradezco, pero… se marcha… y me deja aquí, sin más.
—Ahí vuelve.
—Perdona, Alba, no me había dado cuenta de que habíamos venido juntos en mi coche.
—No te preocupes, luego me llevará Martina.
—Bien, pues entonces, lo dicho, mañana te veo en el cuartel.
Juan se volvió a marchar, jugando con las llaves del coche.
—¿Quieres otro café, Alba?
—¿Podría ser una copa?
—Claro que puede ser. ¿Qué quieres? Espera, que te lo voy a decir yo. ¿Un combinado o solo con hielo?
—Solo con hielo.
—¿Whisky?
—Perfecto.
Alba, mientras esperaba su copa, vio a través de la ventana cómo llovía.
—Gracias, Martina —dijo Alba, tomando la copa entre las manos—. Mira, está lloviendo. Si hubiera esperado, no me habría hecho falta quitarles el barro a las botas con una manguera.
—Este otoño está siendo lluvioso. Lo necesitan los ríos. Y a mí me gustan estos días. Me paso las horas en el restaurante, pero cuando puedo salgo a dar un paseo por el monte, aunque llueva. ¿Puedo preguntarte qué pasó anoche? ¿Adónde fuiste, que no quisiste ir acompañada?
—Fue un asunto oficial. Al bosque.
—¿Al Bosque de los Silbidos? Tienen tanta belleza esos árboles.
Algunos son más que centenarios. En Portugal hay un bosque; bueno, en realidad ahora es un parque: el parque de Grená, ubicado en el lago das Furnas.
Es uno de los parques más antiguos. A cada paso que das, te envuelve la naturaleza.
El verdor que tiene ese bosque es indescriptible; está repleto de pequeñas cascadas.
—Por desgracia, yo no he tenido la ocasión de disfrutar de esa belleza que todos decís que tiene el Bosque de los Silbidos. Para mí es el escenario de varios crímenes. Pero me gustaría. Yo también soy de caminar en la más pura naturaleza; de hecho, a mí hasta Pontevedra me queda ya grande.
—¿Hace mucho que no vas a tu pueblo?
—Sí, casi un año. Lo llevo retrasando, o son las circunstancias.
—Cuando resuelvas el caso aquí, podrás ir. Deberías ir.
—Sí, es posible.
Alba esbozó una sonrisa.
—Pues brindemos por ese regreso al refugio de cada uno.
Chocaron sus copas y siguieron conversando el resto de la tarde, sin más que hacer que hablar y disfrutar del paso de las horas frente a la chimenea que calentaba el espacio, mientras veían llover, como dos amigas que se conocieran de toda la vida.
A las siete de la tarde, Martina llevó al pueblo a Alba, como había propuesto.
—Hasta pronto, Martina, he pasado un buen rato.
—Vuelve cuando quieras, ya sabes, chimenea encendida, buena música y conversación no te va a faltar.
Alba pasó por delante del cuartel y vio al trasluz a Juan, pero no entró, sino que continuó hasta el hostal.
Ya en la habitación, tomó el teléfono y marcó un número.
—Alba, qué sorpresa.
—¿Cómo estás, Uriel?
Ambos conversaron durante más de una hora, como si hubieran pasado mucho tiempo sin oír sus voces.
Luego la noche transcurrió en ambos lugares de Galicia con tranquilidad.
Uriel se alegraba por haber recibido la llamada y Alba se sentía reconfortada por haberla hecho.
Sentada como otras noches junto a la ventana, se colocó los auriculares y escuchó la música de Ennio Morricone, dejando que la cometa se posara sobre su cabeza, sin importarle si podía o no tomarla entre sus manos.
Solo quería escapar de su vida como policía, dejándose arrastrar por esa otra vida que poseía como mujer.