El bosque de los silbidos CAPÍTULO XV
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CAPÍTULO XV

Las lluvias y el mal tiempo se hacían un hueco permanente en la aldea. Pocos eran los días en que el cielo mantenía su color azul.

Después de la noche anterior, a Alba le costó levantarse. Haciendo un esfuerzo, bajó a desayunar.

—¿El hombre que vino conmigo anoche aún no ha bajado? —preguntó a Clara, la dueña de la pensión.

—Sí, bajó pronto, pagó la habitación y se fue.

A Alba le sorprendió que se hubiera ido; pensó que tal vez habría acudido a la consulta del médico. Antes de entrar en el cuartel, entró en el centro de atención médica, un pequeño local activo unas horas al día en esa población, y allí le indicaron que no había estado.

En el cuartel, Juan y los agentes que sustituían a los de guardia esperaban a Alba. Juan miró el reloj varias veces, extrañándose de que no hubiera llegado aún.

Al verla entrar, observó que sus botas estaban manchadas de barro.

Alba le hizo un gesto con la mano, indicándole que la siguiera hasta la oficina.

—Ayer estuve en el bosque, por la noche.

—¿Cómo?

—Sabía que la medalla que faltaba de la cadena de Sabela probablemente se había perdido en el bosque y no junto al cuerpo; por eso no la vimos.

—No lo puedo creer.

—Y tenía razón, estaba en lo cierto.

—¿Y por qué no me dijiste que te acompañara?

—No era necesario, estaba segura de que no podía hallarse muy lejos de la zona acordonada.

—¿La encontraste?

—Alguien más la buscaba. Vi en el bosque la figura de una persona corriendo. No pude reconocerlo, le di el alto, pero desapareció. Había también alguien más, un periodista. Según él, recibió un golpe cuando fue a coger la medalla del suelo.

—No estoy entendiendo nada. Perseguiste a alguien por el bosque y te encontraste con un periodista. ¿Qué hacía en el bosque a esas horas?

—Un reportaje, pero eso no tiene importancia ahora. El hecho es que la medalla sí estaba y o bien la persona a la que yo perseguía se la llevó…

—¿O?

—La tiene el periodista.

—¿Y dónde está ese periodista?

—Se ha marchado ya.

—¿Has dejado que se marche?

—No es que le haya dejado, simplemente se ha ido. Yo no podía retenerlo. Ni quería.

—Pero tampoco lo cacheaste o le preguntaste por ella.

—No.

—Sigo sin entender nada.

—Sí, él la tiene. Aunque me prometió que no iba a publicar nada de lo ocurrido, cosa que no me creo. Veremos pronto ese reportaje. Tal vez a alguien le interese, además de a sus lectores habituales.

—¿Lo vas a usar de cebo?

—Se lo merecería por estúpido. Pero no, lo tendremos vigilado. Se llama Fernando Garrido.

—No sé, no me parece bien, Alba. Y sé quién es Fernando Garrido.

—¿Tú también lees ese tipo de prensa?

—No, por la zona es conocido. Lo han echado ya de varios diarios. Se llama periodista y, aun siéndolo, deja por los suelos la profesión. Pero no es buena idea, Alba. Puede encontrarse en peligro si llegara a publicar la imagen de la medalla.

—¿Crees que voy a dejar que haga eso? Soy policía, Juan, no voy a ponerlo en peligro.

Sé que la tiene y sé que va a publicar el reportaje, pero antes hablaremos con él.

Ahora mismo ya estará en Pontevedra, seguro.

Ni siquiera voy a comprobar si su coche sigue a la entrada del bosque; sería una pérdida de tiempo.

Por eso vamos a ir a Pontevedra, tú y yo.

—Vendrán de nuevo a por los detenidos, Alba.

—¿Y necesitas ver cómo se los llevan? No, ¿verdad? Tienes aquí agentes. Y ya nos darán el informe del juez. Es más urgente este otro asunto. Así que, venga, vámonos.

Los dos subieron al coche de Alba, que seguía aparcado desde la noche anterior en la puerta del cuartel.

Atravesaron la plaza y abandonaron el pueblo para dirigirse a la carretera autonómica.

—Se llega antes por la autopista, Alba —explicó Juan, que parecía seguir molesto por la intervención nocturna de Alba sin que hubiera contado con él.

—Lo sé.

—¿Entonces? ¿Por qué has tomado esta?

—Me gusta más y no tiene peajes.

—Menuda respuesta.

—Juan, anoche había muchas probabilidades de que yo no fuera la única que buscara esa medalla en el bosque; dos agentes habrían llamado mucho más la atención.

Por eso no te dije nada y te lo aclaro, aunque no tengo por qué darte explicaciones de mi proceder cuando no lo crea necesario, porque veo que vas a seguir enfadado como los niños.

—De acuerdo. ¿Y sabes adónde vamos? Dudo que Fernando esté en la sede del periódico, incluso dudo que esa revista tenga una sede.

—Sí la tiene, ya lo he comprobado. Pero no vamos a ir allí, vamos a su casa.

Cuando le pedí que se identificara, comprobé su dirección en el carné de identidad.

Y sí, ya sé que hay veces que esas direcciones son antiguas y es posible que no estén actualizadas, pero en este caso coincide; también lo he comprobado. Y disfruta de la carretera…

Juan no habló más durante el trayecto que quedaba, poco más de quince minutos. Después buscaron la calle donde vivía Fernando Garrido y encontraron un aparcamiento cercano donde dejar el coche.

No les costó localizar el portal y tuvieron la fortuna de hallarlo abierto. Subieron hasta la tercera planta y llamaron al timbre.

Fernando abrió la puerta y, para su sorpresa, se encontró al otro lado con quien menos esperaba y menos deseaba ver.

—Buenos días, Fernando. ¿Cómo va su golpe en la cabeza? ¿Podemos pasar? Solo serán unos minutos.

—Sí… pasen… No era necesario… venir hasta aquí… Gracias por interesarse por mí —contestó, titubeando.

—No es molestia, Fernando. ¿Podemos sentarnos?

—Sí, claro. ¿Quieren un café o alguna otra cosa?

—No, gracias. Siéntese también. Si hemos venido a hablar con usted es porque no pensará que ayer me creí que no iba a publicar nada sobre lo ocurrido anoche en el bosque, ¿verdad?

Alba se puso de pie e inspeccionó con la vista el apartamento. Se acercó a una mesa sobre la que había un ordenador. Lo miró y luego lo giró para que Juan pudiera ver la pantalla.

—Y, por lo que veo, estaba en lo correcto al no creerle.

El ordenador mostraba el comienzo de un artículo titulado «Muerte en el Bosque de los Silbidos».

Sobre la mesa también se encontraban una pequeña cámara y la medalla.

—Fernando, si publica la imagen de esa medalla, estará usted poniéndose en peligro y haciendo algo muy estúpido.

¿Lo sabe? Sin embargo, vamos a dejar que haga el reportaje, pero va usted a añadir el encuentro que tuvo conmigo y que vio un objeto brillante que yo misma le requisé.

Ese objeto era una medalla de oro y, según sus averiguaciones, la policía puede…

¿Cómo lo escribiría en su revista? ¿Tener ya un sospechoso?

¿Estar a punto de resolver el caso? Después puede usted contar lo que quiera: que en el bosque existen criaturas que salen por la noche a comerse a los niños, o se pasean gnomos y seres mitológicos, bruxas, nubeiros o biosbardos, e incluso puede añadir que usted mismo los ha visto.

La medalla nos la quedamos. Y sepa que estoy siendo muy condescendiente: lo que ha hecho es adueñarse de una prueba sobre un delito de sangre, y eso es muy grave.

Pero, como usted va a hacer lo que se le pide, lo voy a pasar por alto.

¿Qué le parece? Así que ya puede usted empezar a escribir y, si vemos que, cuando salga publicado el reportaje, no acata mis órdenes, se me va a olvidar el trato que acabamos de hacer.

Y quién sabe… ¿Por qué estaba usted en el bosque anoche?

¿Acaso tiene algo que ver con las muertes del bosque?

—Está bien, así lo haré. Puede estar tranquila.

—Ya, ayer me dijo lo mismo, así que, en este caso, antes de publicar nada, nos lo va a enseñar. No me fío en absoluto de usted, Fernando. Y ahora le dejamos, que tiene tarea por delante.

Juan no había hablado ni una sola palabra; simplemente dejó hacer a Alba, en quien descubrió una cualidad que no había visto antes: podía ser incisiva, tanto que el periodista había cambiado de gesto varias veces ante el discurso mordiente al que lo había sometido.