El bosque de los silbidos CAPÍTULO XIV
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CAPÍTULO XIV

Alba se dirigió al cuartel, como había dicho. Preguntó por los detenidos y, al no haber sucedido nada relevante con ellos, se despidió de los agentes de guardia.

Subió al coche y comprobó que llevaba una linterna en la guantera. Condujo hasta el cruce donde comenzaba el bosque y se internó en él.

Fue caminando hasta el lugar donde habían encontrado a Sabela; la zona continuaba acordonada.

Se escuchó el sonido de un mochuelo y el revoleteo imprevisto de algún grupo de aves. Tal vez las pisadas de Alba las habían asustado; a esas horas, con la noche cerrada y en otoño avanzado, la fauna del bosque no estaba acostumbrada a las visitas de paseantes.

Alba continuó avanzando, dejando atrás la zona delimitada y enfocando el suelo con la linterna.

Un nuevo sonido volvió a espantar a los pájaros que descansaban tranquilos en la rama de un árbol.

A Alba le pareció ver a alguien. Escuchó como si una persona corriera por el bosque. Dirigió la mirada hacia el sonido y entonces vio una silueta, alguien vestido de oscuro.

Corrió tras él.

Y la silueta desapareció. Alba siguió corriendo hacia el crujir que hacían los pies de esa persona sobre las hojas.

Cuando creyó tenerlo más cerca, le ordenó que se detuviese.

—Alto, policía. Deténgase.

Aquella persona salió corriendo.

Ambos recorrieron un tramo del bosque en una acelerada carrera hasta que Alba se tropezó y cayó al suelo.

Miró a su alrededor, pero la silueta había desaparecido por completo. Se levantó y quiso descubrir con qué había tropezado. Vio un brazo y apuntó de nuevo la linterna al suelo. Un hombre yacía sobre el suelo del bosque.

Alba se agachó y comprobó que estaba vivo. No sabía quién era. No le resultaba conocido ni lo había visto en el pueblo.

A los pocos minutos, el hombre se reanimó e hizo intención de golpear a Alba. La sargento se lo impidió sujetándole los brazos.

—Quieto. Soy policía. Está herido, tiene sangre en el cuello.

El hombre pasó sus dedos por el cuello y luego hizo lo mismo con la nuca.

—No es nada, me han dado un golpe.

—¿Quién es usted y qué hace en el bosque a estas horas?

—Mi nombre es Fernando Garrido. Soy periodista —dijo el hombre, sin querer ocultar su identidad al ver la placa de Alba.

—¿Y qué se supone que está haciendo aquí?

—Bueno, también los periodistas trabajamos de noche.

—No me venga con cuentos. ¿Qué estaba haciendo?

—Hasta que alguien me ha golpeado por detrás, investigaba el bosque por lo de los cuerpos encontrados. Oiga, ¿es cierto que ya van cuatro asesinados? Este pueblo no debe ser nada aburrido para usted.

—¿Puede levantarse?

—Sí, quien me ha dado lo ha hecho con fuerza; no crea que es fácil derribarme a mí.

Alba rápidamente comprendió ese comentario. El periodista era un hombre fuerte, de espaldas anchas y gran estatura.

—Vi algo que brillaba en el suelo. Me agaché a cogerlo y entonces recibí el golpe.

—¿Pudo ver quién le golpeó?

—No, vino por mi espalda.

Ambos miraron al suelo.

—Pues quienquiera que le haya golpeado se ha llevado lo que había visto, ese objeto brillante. Dígame, ¿podría ser una medalla?

—Sí, creo que sí, o algo similar. Brillaba como el oro y era más bien redonda u ovalada.

—Venga conmigo; tengo el coche en el cruce.

—Gracias, pero tengo el mío al otro lado.

—Ya, pero yo prefiero que venga conmigo y me cuente por qué un periodista deambula por un bosque de noche y en un bosque que últimamente se está haciendo muy concurrido. Usted primero, por favor. Por cierto, soy la sargento de la policía judicial Alba Neira.

—De acuerdo, iré con usted, pero ya le advierto que poco le voy a poder contar. Y no sé si decirle que encantado, sargento Neira.

—De momento vamos a curarle la herida y me cuenta… lo que pueda…

Ambos subieron al coche de Alba y lo aparcaron frente a la puerta principal del cuartelillo.

Al entrar, los agentes de guardia le saludaron sorprendidos.

—Buenas noches, sargento.

—Me he encontrado un… ¿búho? —dijo mirando al periodista—. Sí, un búho en mitad del bosque. Traigan el botiquín.

Le limpiaron la herida: una contusión no demasiado grave en la cabeza.

—¿Quiere usted un café? Le advierto que este café no es como el de otras comisarías o cuarteles.

—La verdad es que no suelo pisar muchos cuarteles de la Guardia Civil ni comisarías. Un café me vendría bien. ¿Y un analgésico? ¿Tendrán un analgésico?

—Mañana debería ir a un médico; esos golpes que parecen no ser nada luego dan complicaciones. Supongo que podrá acreditar que es periodista y que se llama Fernando Garrido.

—Sí, desde luego. Tome mi carné de identidad y mi credencial de periodista.

Alba comprobó que, ciertamente, su nombre era el que había dicho y que trabajaba para un periódico local de Pontevedra.

—Bien, pues empiece contándome qué hacía en el bosque.

—Como ha visto, trabajo en un periódico local, algo sensacionalista para mi gusto, pero tengo facturas que pagar. Pretendía hacer un reportaje con fotos del lugar donde apareció esa chica esta mañana.

—¿De noche?

—Sí, mi periódico, además de ser sensacionalista, tiene lectores un tanto especiales; ya sabe, gente a la que les gusta el ocultismo, lo negro.

Todo lo que tenga que ver con muertes y la noche les parece muy recurrente.

Adoran los artículos donde se vean fotos de lugares míticos para hacer volar su imaginación.

Comprenderá que un reportaje nocturno en un lugar donde aparecen muertos, mejor dicho, asesinados, y más cuando es en un bosque como este, con tantos misterios y leyendas, es una buena carnaza. De día no hubiera sido lo mismo.

—Entiendo. Y por ese motivo y no otro ha venido desde Pontevedra para adentrarse en el bosque, claro. ¿Y no le parece que a mí me pueda resultar un poco extraño?

—No le digo que no, pero es la verdad.

—¿Y qué iba a contar en el reportaje? ¿Qué tal vez los gnomos o un asesino que vive en el bosque es el causante de las muertes?

—Bueno, algo así. En realidad, a los lectores les importa menos el asesino que el propio entorno del asesinato. El resto ya lo ponen ellos con su imaginación, como le digo.

—¿Y usted qué cree?

—A mí no me pagan por creer, me pagan por sacar fotos y redactar una crónica negra, misteriosa.

—¿Y no estaría usted mejor en un periódico escribiendo sobre personajes famosos de la televisión?

—No lo crea, esos son igual de fantasiosos, pero menos creíbles que mis fantasmas y criaturas del bosque.

—Bien, espero que usted no publique nada de lo sucedido esta noche.

No quiero ver cómo una horda de fanáticos se agolpa nocturnamente en el Bosque de los Silbidos.

Así que me va a prometer que nada —y digo nada— de lo sucedido en el bosque saldrá en su periódico ni en ningún otro periódico.

¿Entendido? Y, si su cámara tiene alguna foto, o las borra ahora mismo o tendré que…

—Puede estar tranquila. No publicaré nada —dijo, entregándole la cámara a Alba para que ella misma borrara las fotos.

—Entorpecería nuestra labor, por lo que le pido no solo que no lo publique, sino que no cuente nada sobre la persona que corría por el bosque y que le ha golpeado. Deje que seamos nosotros quienes capturemos a ese… esa criatura…

—De acuerdo. Tiene mi palabra.

—Creo que será mejor que hoy haga noche en el pueblo.

No es conveniente que con ese golpe conduzca hasta Pontevedra.

Aquí al lado hay un hostal. Mañana visite al médico del pueblo.

Que le vea ese golpe. Y, si durante la noche se sintiera mal, tome: este es el teléfono del cuartel. Llámelos; le ayudarán.

—Gracias, sí, será mejor que coja una habitación en el pueblo.

—Pues andando.

—Tranquila, sabré encontrar el hostal, la aldea es pequeña.

—Yo me alojo en él, tendremos que despertar a la dueña para que le dé un cuarto.

—Pues le acompaño.

Al llegar al hostal, Alba hizo sonar un timbre ubicado en la pequeña recepción.

Una mujer envuelta en una bata apareció de inmediato.

—¿Qué sucede, Alba?

—Clara, necesito una habitación para este caballero. Disculpa que sea tan tarde, pero no se siente bien y no está en condiciones de conducir; es mejor que pase la noche aquí.

—Sí, ahora le doy una llave. ¿Necesita algo, una infusión o algo?

—No, gracias, ya está siendo muy amable en atenderme a esta hora. Solo eso, una habitación y descansar.

—Tome la llave, es por ese pasillo.

—Gracias.

—Buenas noches, sargento… ¿Cuál era su apellido?

—Neira.

—Que descanse. Mañana iré a por el coche.

—Vaya antes al médico; hágame caso.

Los dos entraron en sus habitaciones.

Una vez que el periodista inspeccionó su habitación, se tumbó sobre la cama. Hurgó en uno de los bolsillos de su pantalón y sacó de él un objeto brillante, una medalla de la Virgen de la Concepción.