CAPÍTULO XIII
Juan se quedó toda la noche con su amigo.
La madre de la joven había llamado varias veces a Xoel, pero este no había tenido coraje durante la noche para contarle lo que había pasado. Y Juan fue quien atendió una de las llamadas e informó a la madre. Luego llamó a Alba para que se acercase a su casa.
La madre de Sabela vivía a pocos kilómetros, en otro pueblo cercano, y Alba, acompañada de una ambulancia, llegó hasta la casa para comunicarle la noticia.
Alba regresó a la pensión sobre las tres de la mañana.
Desde que entró en la policía judicial se la había preparado para casos cruentos como este y había ya asistido a muchos, pero el ver el rostro ensangrentado de la joven, con sus ojos azules abiertos como pidiendo clemencia, y el dolor de la madre, que cayó al suelo al oír que su hija estaba muerta, pudieron con ella y, en la soledad de la habitación, no pudo evitar llorar.
Por mucha preparación psicológica que tuvieran para poder soportar el verse sometidos a este tipo de escenarios, no significaba que ni Alba ni otros agentes tuvieran la fuerza suficiente para no derrumbarse ante tanta crueldad.
Al día siguiente, el pueblo amaneció con la noticia. En cada rincón de la aldea se comentaba y no había nadie que no lamentase la muerte de Sabela.
El cadáver de la joven permanecía en el instituto anatómico forense. El resultado de la autopsia no tardó en llegar; Sabela había sido golpeada y estrangulada.
Alba recogió sus pertenencias para entregárselas a Xoel y a su madre. El reloj, una pulsera de oro y una cadena.
El móvil estaba apagado y no lo habían encontrado, ni tampoco el bolso, por lo que era imposible rastrear dónde podía haber estado antes.
Alba tomó en sus manos la cadena y se dio cuenta de que probablemente de ella hubiera pendido algún colgante o joya, pues la cadena tenía una arandela que muy posiblemente sujetase esa pieza.
Alba mostró la cadena a Xoel.
—Sí, de esa cadena colgaba una medalla de la Virgen de la Concepción que yo le regalé.
La mañana fue deprimente y compleja. Mientras el pueblo intentaba recuperarse, los agentes de policía ansiaban esclarecer, con los datos que tenían, las muertes sucesivas en el pueblo.
—Esas marcas… ¿qué pueden significar? ¿Tú no habías visto antes ninguna parecida?
—No, Alba, hay marcas por muchos lugares, de canteros en las iglesias, de pescadores marcando sus herramientas, pero nunca como estas. Cuatro muertes: dos de ellas con marcas, otras dos sin ellas. ¿Qué relación hay entre ellas? Si es que hay alguna relación.
—Tampoco creo que sean casuales, pero tal vez no estén relacionadas entre sí. No es un asesino en serie, aunque las marcas pudieran hacernos creer que lo es. Mi intuición me dice que es una venganza.
—¿Pero una venganza hacia quién? Podría ser hacia Xoel: primero su hermano, luego su novia, pero ¿Josefina? ¿Y Frasco?
Juan recibió una llamada.
—Vamos para allá.
—¿Qué sucede?
—Xoel ha ido en busca de Fidel, a su casa.
Cuando los agentes llegaron, Fidel estaba tumbado boca arriba en el suelo y, sobre él, Xoel le apretaba el cuello con las manos. Dos agentes consiguieron separarlos.
—¿Qué estás haciendo, Xoel? —dijo Juan mientras lo sujetaba.
—Fidel ha matado a mi hermano y a Sabela.
—No lo sabemos, tranquilízate.
—Han sido ellos —gritaba, intentando soltarse de las manos que lo inmovilizaban.
Fidel se levantó con dificultad.
—Estás loco, Xoel, estás loco.
—Te juro que acabaré contigo, os mataré a los dos.
—Tranquilízate, Xoel, y acompáñanos.
En el cuartel lograron que se tranquilizara.
—Xoel, entiendo tu dolor y tu rabia, pero no puedes hacer esto, por Dios, Xoel.
—Juan, Roi era mi hermano y ahora Sabela. No puedes saber lo que siento. Y estoy seguro de que han sido ellos.
—Xoel, ¿por qué estás tan seguro? ¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Alba.
—Sargento Neira, mi hermano había descubierto que ellos andaban en negocios sucios: tráfico de droga.
—¿Por qué no nos lo has comentado antes?
—Porque tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
—Yo… los vi una noche. Me había dejado en la barca la cartera y volví a la noche cuando la eché en falta. La barca no estaba. Serían las doce y media de la noche; la vi regresar en ese momento. Les pregunté por qué habían cogido la barca y de dónde habían sacado la llave para ponerla en marcha.
Enseguida sospeché y vi varios alijos en la cubierta.
Solo fue una vez y me dijeron que solo iba a ser esa ocasión.
Matéu me pidió que no dijera nada. Tenía que saldar unas deudas, estaba acorralado y terminó por convencerme.
Él me había ayudado cuando regresé de Portugal.
Yo estaba en problemas económicos y me presentó a unos prestamistas.
Me prometió que solo iba a ser por una vez; lo juró y yo le creí.
—¿Sabes que lo que nos estás contando te hace cómplice?
—Sargento, yo no trafiqué con ello. Solo les presté la barca.
—Xoel, aun así, ningún juez va a creerte.
—Ya me da lo mismo lo que me pase.
—¿Confesarías?
—Ya lo estoy haciendo.
—Podemos conseguir que el juez tenga en cuenta tu confesión y tal vez podamos hacer algo para que la pena no sea mayor. Pero tendrás que firmar una declaración de lo que nos estás contando. Es la única forma de lograr que vayan a prisión.
—Sí, firmaré.
—¿Quieres llamar a un abogado para hacerlo?
—¿Debería?
—Sería conveniente.
—No sé, no conozco a ninguno.
—Podemos pedir uno de oficio.
Alba tomó su teléfono e hizo un par de llamadas.
—Puedes irte si quieres o quedarte aquí. En una hora vendrá un abogado a asistirte. Lo conozco, puedes estar tranquilo.
—Tal vez vaya a casa. A limpiarme la sangre y curar las heridas.
—Bien.
Xoel salió del cuartelillo y se cruzó con Mauro.
—¿Qué haces tú por aquí?
—Estás bastante perjudicado. Ya me han dicho que te has peleado con Fidel.
—Déjame en paz.
—Me he enterado de lo de Sabela.
Xoel no contestó.
—Xoel, lo siento —dijo Mauro mientras Xoel se marchaba.
Xoel regresó a su casa, lavó las heridas producidas en la pelea y se cambió de ropa.
De nuevo tomó la cadena a la que le faltaba la medalla.
La mantuvo apretada con sus manos durante varios minutos.
Una hora más tarde firmó la declaración y Alba envió a Juan con dos agentes a detener a Fidel, a Jacinto y a Matéu.
Los tres fueron interrogados en el cuartelillo.
De nuevo hubo negativas hasta que se les informó de que tenían una declaración de un testigo.
—Eso es mentira, sargento, nadie puede ser testigo de lo que no ha ocurrido. Yo ya se lo dije hace unos días y se lo vuelvo a decir: no sé nada de esa droga.
—Fidel, yo te vuelvo a repetir que no es solo tráfico de drogas. También hay varias muertes. Y vamos a empezar por la de Josefina.
—Solicito un abogado.
—Estás en tu derecho. Y sí, es mejor.
Cuando se presentó un abogado de oficio, fueron interrogados uno por uno. El primero fue Matéu, que, al igual que Fidel, dijo no saber nada.
El abogado leyó previamente la declaración de Xoel y les aconsejó que solo hablaran sobre esa única ocasión en la que, al parecer, Xoel los había descubierto en la barca.
Cierto era que no había pruebas suficientes para acusarlos de narcotráfico más que por aquella ocasión.
Y no permitió ninguna otra pregunta en relación con las muertes sucedidas en el pueblo.
El sargento Neira y Juan no tenían más información que pudiera incriminarlos, pero al menos sabían que, al día siguiente, cuando los tres pasaran a disposición judicial, nada los libraría de ir a prisión por narcotráfico.
La aldea entera ya conocía los últimos acontecimientos y nadie se atrevía a hacer comentarios, ni siquiera en el bar.
Cuando Alba y Juan entraron para descansar y tomar un café, el local estaba en silencio. Unos a otros se miraron, pero cada uno siguió con lo que estaba haciendo.
Solo Maira parecía estar alterada.
En el fondo de la barra, Vítor observaba a sus vecinos y rompió el silencio.
—Yo lo avisé. ¿Lo hice o no lo hice? Los asuntos turbios saldrían y no traerían más que desgracia al pueblo.
Luego de decir esto, Vítor, acompañado de su perro, se acercó a los dos agentes.
—¿E agora? ¡Eh! Mira que os lo dije, sargento, y a ti también, Juan. Y más aún tiene que pasar.
—Cállate, Vítor —increpó Xandro—. ¿Eres adivino ahora o qué?
—Adivino no, Xandro. Viejo, soy viejo, que es la escuela mellor, la vejez: uno ha andado ya mucho camino y se sabe lo que pasa, lo que ha pasado y lo que está por pasar.
Maira se echó a llorar y se metió para la cocina.
—Sí, tú llora agora, nenina, llora, que tienes tú mucho que llorar.
Xandro salió de la barra y quiso echar a empujones a Vítor.
Juan impidió que se pelearan.
—Venga, Vítor, mejor será que te vayas, no está el horno para bollos.
—Que sí, hombre, que yo me voy, pero eso no hace que lo que digo sea mentira. ¿Que molesta? Pues claro que molesta, porque no hay mayor incordio que le digan a uno las verdades a la cara. Ya me voy y guardaré mi espalda, no sea que yo también aparezca en el bosque de los silbidos.
Al salir Vítor del bar, entraba Mauro.
—Otro que baila al son de la misma gaita.
—¿Qué tienes tú que decir, viejo?
—Nada, que bastante dije ya. Allá cada cual con sus asuntos.
—Pues largo entonces con ese chucho —dijo, empujando a Vítor hacia la calle. Luego se percató de la presencia de los agentes en el bar.
—Hombre, la señorita sargento y su guardaespaldas.
—Tengamos la fiesta en paz, Mauro, que poco vienes por aquí y a ver si solo vas a venir a liarla.
—Xandro, que vine a darle mis condolencias a Xoel, que lo cortés no quita lo valiente. A ver si te crees que vengo yo aquí por placer con la plaga de muertos que hay. ¿Y qué? ¿Ya se sabe algo de estos muertos, señorita sargento?
—¿Tú quieres contarnos algo?
—¿Yo qué he de contar?
—Cóbranos, Xandro, que al final no va a haber hueco en el calabozo.
—¿Ya se va? Cada vez que aparezco, mi querida sargento huye. ¿Por qué será?
—Mauro, hay demasiado revuelo ya en el pueblo. ¿Te gustó la noche que pasaste en el calabozo? Porque no tengo ningún inconveniente si quieres hacer compañía a tus amigos, así que ándate con cuidado.
—No se preocupe, yo ya me voy. Vine a un cometido y ya está hecho. Y no he bebido, por lo tanto, me voy en mi flamante moto. Si quiere, la espero…
—Mauro, basta.
—Que sí, hombre, no te pongas así, Juan, que no te voy a quitar a la señorita.
—Una estupidez más y te vas directo y sin moto al cuartel.
—Está bien, ya me marcho antes de que caiga más la noche; luego salen los vampiros a chupar sangre. Hasta otra —dijo, simulando una reverencia.
Salió del bar.
—Me saca de mis casillas.
—No le hagas ni caso. Es todo boca, un pobre hombre.
—Yo también me marcho. Voy a pasar por el cuartel para ver cómo están los detenidos y me voy al hostal.
—Sí, yo también. Creo que por hoy ya hemos tenido bastante movimiento. Mañana nos vemos en el cuartel.