CAPÍTULO XII
Fidel y Jacinto aparecieron por el bar bajo las miradas de los que allí estaban.
Nadie se atrevió a decir nada. Maira, al verlos entrar, desapareció.
—Padre, voy al almacén a revisar para hacer el pedido.
—Bien, Maira —contestó el padre, comprendiendo que la inesperada llegada, sobre todo de Jacinto, incomodaba a su hija.
Xandro no hizo ningún comentario, les sirvió unas cervezas y se alejó hacia otro lado de la barra.
—¿Qué pasa? —dijo Fidel en voz alta—. ¿Ya no somos bien recibidos o qué? Malditas sean vuestras sombras, hijos de puerca.
—Déjalo, Fidel —lo censuró Jacinto en voz baja.
—¿Qué tengo que dejar? Xandro, ponnos otra cerveza y algo para comer. Tengo hambre.
—¿Qué quieres? —preguntó de mala gana Xandro.
—Lo que tengas.
Xandro calentó unas piezas de lomo adobado y se las puso junto a los vasos.
Luego conversaron entre ellos dos. Fidel, como si nada hubiese ocurrido, se acercó a la televisión y cambió de canal. Nadie le dijo nada; optaron por obviar su conducta arrogante y agresiva. Luego abandonaron el bar. Minutos después, Maira salió del almacén.
—Voy a casa un momento a ver cómo está mi madre y a llevarle unas cosas.
Al salir del bar, ya en la calle, se cruzó con Sabela, la novia de Xoel.
—Buenas tardes, Maira.
—Buenas tardes, Sabela.
Maira se paró unos segundos.
—Tengo prisa, Sabela, voy a ver a mi madre.
—¿A la tarde nos vemos?
—No sé. Te llamo.
—Nos pasamos por el bar.
—De acuerdo.
A Sabela le extrañó la reacción de Maira, pero tampoco le dio mayor importancia. Continuó su camino hasta la casa de Xoel.
Él no estaba; aún faltaban unas horas para que llegara de faenar. Con la barca de Roi parada, salía con otros pescadores.
Recogió algunos objetos que estaban desperdigados por la casa.
Xoel vivía solo; era un hombre ordenado, pero ella sabía que la muerte de su hermano había desbaratado la vida de su novio y aún era pronto para recomponerse y seguir adelante.
Preparó algo para la cena y luego le dejó un mensaje en el móvil diciéndole que ya había llegado y que le esperaba en el bar.
Xoel llegó al puerto sobre las seis y media de la tarde. Fue directamente a su casa, se dio una ducha, se cambió de ropa y se dirigió al bar. Al entrar, saludó como de costumbre y de la misma forma recibió el saludo de los que estaban.
—¿Qué te pongo, Xoel?
—Ponme un vinito, Xandro. Hace bueno aquí; ¡cómo se nota la chimenea! Hemos tenido un día de lluvia y viento, tengo el frío metido en los huesos.
—¿Te pongo un pote de legumbre? Las hicimos esta mañana; te lo caliento ahora mismo, que te va a venir bien.
—¿No ha venido Sabela por aquí? Me envió un mensaje.
—No, no ha venido, se habrá entretenido. Maira anda con las chicas, a lo mejor se las ha encontrado en la plaza.
Xoel tomó tranquilo la cazuelita de legumbre con pulpo, y esto lo reconfortó. Luego, pasada una media hora, entró Maira en el bar.
—Hola, Xoel. ¿Cómo vas?
—Pues ahí vamos. ¿Viste a Sabela? La estoy esperando.
—No, esta tarde no. La vi esta mañana.
—Se me hace raro que no esté aquí ya. Voy a llamarla.
—Llámala, a ver si te coge el móvil.
Xoel llamó a Sabela sin obtener respuesta.
—Qué raro. No contesta. Como si no tuviera cobertura.
—Estará en su casa, ya sabes que en este pueblo la cobertura de los móviles va y viene.
—Voy a acercarme a ver si está allí. ¿Me cobras, Xandro?
—Deja, luego me pagas cuando vengas con Sabela.
Xoel regresó al bar pasadas dos horas.
—No estaba en casa, ni en la suya ni en la mía. Son las nueve de la noche. Es muy raro; tampoco tiene el teléfono operativo.
—Tranquilízate, Xoel. No sé, a lo mejor ha vuelto a Cangas por alguna razón.
—No, ¿volver a Cangas? No, me lo hubiera dicho.
—¿Llamaste a su madre? A lo mejor está con ella.
—Estuve en su casa y no, no la ha visto. Dice que hoy no fue por allí, que le dijo ayer que, como andaba de vacaciones, iríamos a verla el fin de semana.
—Pues no sé, sí que es raro, pero espera un poco, que seguro que llega enseguida.
—Que no, Xandro. Que algo le ha pasado.
—Relaja, Xoel, tómate un vino.
—Voy al cuartel. Avisadme si aparece.
—Descuida. Seguro que sí.
Xoel entró en el cuartelillo exaltado.
—Juan, a Sabela le ha pasado algo.
—Siéntate, Xoel. A ver, ¿qué es lo que pasa? Y tranquilo.
Alba se acercó al oírlo.
—Habíamos quedado en el bar, como siempre, cuando yo llegara de la mar. Pero no ha ido. La he buscado y la he llamado, pero no contesta. Su teléfono está apagado.
Juan cogió su teléfono y marcó el número de Sabela.
—Sí, está apagado. Quizá no tiene cobertura.
—¿Cuándo has hablado con ella? —preguntó Alba.
—No, no hemos hablado; a las cinco y media me dejó un mensaje.
Alba leyó el mensaje enviado y luego miró a Juan.
—Son casi las nueve y media de la noche. ¿Nunca antes había pasado? ¿Puede estar en algún lado con alguien del pueblo?
—He preguntado y nadie la ha visto, excepto Maira, que la vio cuando llegó al pueblo. Por mi casa ha pasado, porque ha ordenado y ha dejado cena hecha.
—Vamos a esperar un poco y, si no aparece, salimos a buscarla.
—¿Esperar a qué, Juan? ¿A que aparezca como Roi?
—Juan, vamos a buscarla con dos agentes.
—Voy con vosotros.
—Es mejor que te vayas a casa.
—Que venga con nosotros. Primero iremos a su casa y a la de Xoel. Tienes llaves de su casa, ¿cierto?
—Sí, aquí las tengo.
—Salgamos ya.
No la encontraron en ninguna de las casas ni en el bar. Volvieron a llamar a la madre y tampoco la había visto. Comprobaron que el coche de Sabela estaba aparcado frente a su casa.
—Alba, ¿rastreamos los alrededores?
—Vamos al bosque, Juan —dijo Alba en voz muy baja para que Xoel no la oyese—. Xoel, ahora sí, ve a casa; es mejor que nos dejes a nosotros buscarla y esperes su posible regreso.
El bosque estaba oscuro. El silbido de las hojas proporcionaba un escenario lúgubre, lleno de sombras. Caminaron entre árboles, recorrieron el bosque con la luz de las linternas bajo una luna nueva que no concedía luz al bosque.
—Aquí —resonó la voz de uno de los agentes.
Alba y Juan, junto al resto de la patrulla, corrieron en dirección a la voz y vieron una linterna moviéndose.
Alba enfocó con la suya el cuerpo que el agente acababa de descubrir, miró a Juan y no hicieron falta preguntas.
—Sí, es Sabela.
El cuerpo sin vida de la joven aparecía boca arriba, dejando ver en su frente la misma señal con la que apareció Roi: dos estrellas superpuestas.
Alba hizo varias llamadas. No habían pasado treinta minutos cuando llegaron una ambulancia, el coche del forense y otra patrulla de la Guardia Civil. Acordonaron la zona y colocaron unos focos que iluminasen el cadáver.
—Deja que sea yo quien informe a Xoel —pidió Juan a Alba.
Levantaron el cadáver y la ambulancia abandonó el bosque.
Juan dejó tras de sí la escena y regresó al pueblo.
Eran las once de la noche. Llamó a la puerta de Xoel y este, al verlo, supo lo que estaba pasando.
—¿La habéis encontrado, verdad? —preguntó, conociendo la respuesta y derrumbándose en un sofá.
—Sí, Xoel, lo siento.
—¿Dónde estaba?
—En el bosque. Lo siento, Xoel, de verdad, lo siento.
Xoel gritó desesperado y Juan lo abrazó, intentando mitigar su dolor.
—¿Qué te han hecho, Sabela? ¿Qué te han hecho?
Juan no dejaba de abrazar a su amigo, porque en ese momento Juan no era un agente de la Guardia Civil, sino un amigo dolorido por lo que estaba ocurriendo, al que le hubiera gustado unirse a ese grito con Xoel. Y llorar, llorar con él la pérdida tan brutal de Sabela.