CAPÍTULO XI #4
Se quitó despacio la ropa y se puso otra más cómoda. Guardó su pistola en la mesita de noche y el teléfono volvió a sonar. Dudó en contestar, pero finalmente lo hizo.
—Buenas noches, Uriel.
—Buenas noches, Alba. Te he llamado hace un rato, no he querido insistir, he pensado que tal vez estabas ocupada.
—Sí, lo estaba, pero iba a llamarte ahora.
—¿Cómo estás?
—Bien, a punto de meterme en la cama.
—¿Día duro?
—Días, pero ya sabes, lo habitual.
—He leído en los periódicos sobre el caso que llevas. Tres muertos, asunto difícil, imagino.
—Sí, complejo, pero no quiero hablar sobre ello.
—¿Vendrás por aquí cuando termines?
—Supongo, pero no sé.
—Ya sabes que se te espera. Unas vacaciones bien merecidas te van a venir bien. Y no está tan lejos tu pueblo del mío.
—Ya, ya lo sé —contestó Alba con una media sonrisa.
—Bueno, descansa, siento que no te apetece hablar mucho. Cualquier cosa me llamas, ¿de acuerdo?
—Lo haré… Descansa tú también. Un abrazo.
Alba colgó la llamada y se tumbó en la cama mirando al techo.
En verdad estaba agotada; sin embargo, ni eso le permitía quedarse dormida, por lo que recurrió a una de sus infusiones y tomó una pastilla.
Esa noche, el cielo parecía haber dado un respiro al pueblo y no llovía; sin embargo, los cristales de la ventana estaban empañados a causa del frío exterior.
Se arropó con una manta y, de reojo, vio las fotos que permanecían estáticas desde que el primer día de su llegada fueron colocadas sobre la mesilla.
Se levantó y tomó una de ellas, la de su marido, y la metió en el cajón.
Acarició la de su hermano y luego se sentó junto a la ventana.
Dio un sorbo a la infusión y encogió las piernas en el sillón, recostando su cabeza en el respaldo.
Se mantuvo despierta durante un rato mirando por la ventana.
La calle estaba solitaria, el pueblo parecía dormir relajado.
La farola que estaba frente a la fachada titilaba en guiños parpadeantes y, a lo lejos, se veía el mar en calma.
Dos horas después se despertó en la misma posición sobre el sillón. Sintió frío y decidió acostarse en la cama, pero ya no consiguió dormir.
Pensaba en Uriel. Su voz grave y relajante.
Siempre amable y preocupado por ella. Y sintió una punzada, un dolor agudo, pero no en el cuerpo; era más profundo: el de saber que no era lo suficientemente agradecida con él, aun sabiendo que Uriel no pretendía agradecimientos y ella tal vez tampoco, pero se sentía incapaz de discernir qué era lo que deseaba.
Hubo un tiempo, ya pasado, en el que entre ellos existió una complicidad más allá de una amistad, pero tal vez su trabajo, o quizá esto mismo, era la excusa perfecta que su mente fabricaba.
O tal vez no fue el momento o, si lo fue, lo dejó pasar.
Esa historia se había desvanecido como si fuera una cometa a la que sujetas por la cuerda con una mano y una ráfaga de aire violenta te la arrebata con fuerza, haciéndola volar y desaparecer.
Ese tiempo ya no estaba, pero de vez en cuando la cometa volvía a volar sobre su cabeza; sin embargo, la cuerda ya no prendía de ella para poder asirla y retomarla.
Eso pensaba una y otra vez, y con estos pensamientos diluía cualquier otra idea romántica sobre ella y Uriel, dejándola tranquila durante un espacio de tiempo que nunca tenía la misma duración.
Y esa noche decidió dejar de pensar en ello, al menos por esa noche, al menos en esos momentos. Se giró sobre sí misma, cerró los ojos y consiguió quedarse dormida.
Cuando volvió a abrir los ojos, vio desde la cama y a través de la ventana que una fuerte lluvia golpeaba los cristales, el edificio y el pueblo.
Después de una ducha, se vistió, tomó su pistola y bajó a la calle en dirección al cuartel.
—Buenos días. ¿Qué tal ha sido la noche? ¿Han dado guerra estos dos?
—Buenos días, sargento. Todo tranquilo.
—¿El cabo Aceijas ha venido ya? —preguntó a uno de los agentes, sin que a este le diera tiempo a contestar.
—Buenos días —saludó Juan.
Tomaron un café juntos mientras esperaban a que alguien viniera a recoger a Fidel y a Jacinto para llevarlos al juzgado, donde, una vez puestos a disposición judicial, el juez determinaría cuál iba a ser el futuro inmediato de los dos.
Poco menos de una hora tardaron en salir del cuartel y unas tres horas más tarde ya tenían la decisión del juez.
Aunque había indicios de posible culpabilidad, el juez, al no encontrar pruebas suficientes, los había puesto en libertad provisional, con la obligación de comparecer a diario ante el juzgado.
—Lo esperaba, no me ha pillado de sorpresa, Juan, ya te lo dije.
—¿Y ahora qué, Alba? Ahora tendremos que buscar la forma de incriminarlos. Tiene que haber algo, alguna prueba que poder presentar al juez. Nada me hace abandonar la idea de que alguna relación tienen con el asesinato de Roi o, al menos, algo saben.
—¿Y si estamos equivocados, Juan? ¿Y si estamos mirando para donde no es y estos dos solo están implicados en el tema del narcotráfico? Creo que tenemos que andar en esa línea, descubrir algo que los apunte directamente a ellos. De momento están fuera y hay que aceptarlo.