El bosque de los silbidos CAPÍTULO XI #3
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CAPÍTULO XI #3

La cabina, aunque de dimensiones escasas, tenía un pequeño banco de madera aparentemente sólido.

Su forma era similar a la de un cajón sin aberturas.

Alba lo observó detenidamente. Pasó su mano por la parte de atrás y palpó una pieza metálica.

La manipuló, descubriendo que era un enganche o tal vez un candado.

—¿Y esto qué es, Juan? No soy muy experta en barcos, pero no tiene mucha lógica.

—No, es cierto. Los barcos sí suelen llevar un banco o algo similar para poder sentarse más cómodamente, pero nunca he visto uno como este. Son habitualmente más sencillos: el asiento y un par de maderas que lo sujeten al suelo.

—Está bien inmovilizado por la cadena. Voy a intentar abrir el candado con la ganzúa, a ver si podemos separarlo del costado del barco.

Alba introdujo el gancho en la cerradura, pero no hubo ninguna reacción de esta.

—No puedo, no sé qué clase de cierre tiene, pero se me resiste.

—Es probable que sea un candado de seguridad, antibumping, con una llave patentada que no se puede duplicar sin autorización.

—Sí. Algo demasiado valioso ha contenido este banco para tener un sistema de este tipo. Creo que nos lo van a explicar Fidel y Jacinto, que ya me imagino lo que está pasando.

—¿Droga?

—Y de la cara. Vamos a volver al cuartelillo.

Juan y Alba cerraron todos los compartimientos que habían inspeccionado y abandonaron el barco con la precaución de no ser vistos.

En el cuartel se dirigieron a la celda donde estaban Fidel y Jacinto.

Alba se sentó junto a ellos, mientras Juan se mantuvo de pie.

—A ver, hemos estado en el barco de Roi y nos hemos encontrado algo muy peculiar.

—¿Algún pez carnívoro o exótico?

—No, algo más exótico. Algo muy extraño, y seguro que vosotros, entendidos en materias raras, nos lo vais a explicar. ¿Para qué sirve ese banco de las mil maravillas que hay en la cabina?

—¿Qué banco? —contestó Fidel—. No sé de qué banco habla.

—Yo te lo cuento: un banco atado con una cerradura de seguridad para que nadie se lo lleve y que por dentro está hueco. Debéis guardar vuestras joyas en él durante la travesía; si no, ¿por qué tanta seguridad?

—Sargento, no sé de qué banco habla, ni de qué cerradura de seguridad. En la cabina hay un banco donde nos sentamos de vez en cuando, sobre todo a comer o tomar una cerveza. Pero que tenga un candado ni lo he visto ni sé para qué es.

—¿Tú tampoco, Jacinto? ¿No sabes de qué te hablo o no lo recuerdas?

—No, yo tampoco.

—A ver, que os refresco la mente. A lo mejor ahí se esconde algo de mucho valor, algo con lo que comerciar y no marisco precisamente.

—Mire, sargento, lo que Roi tuviera en su barco era cosa de él —contestó Fidel.

—Pero es que tal vez, y digo solo tal vez, Roi desconocía su existencia hasta que lo descubrió, motivo por el que tú y él os enfrentasteis varias veces.

Por eso la noche que murió fue a la cabaña y, claro, tuvisteis que acabar con él porque seguramente os amenazó con denunciaros.

¿Qué me dices? ¿Qué te parece mi teoría?

—Que es solo eso, una teoría.

—Ya, y a ti, Jacinto, ¿a ti qué te parece mi teoría? Te veo muy callado, pero a lo mejor nos quieres contar algo.

—No, sargento, nada tenemos que contar.

—Bien, pues nada, no sois muy buenos conversando.

Quedaos otro ratito más por aquí, que tenéis muy buenas vistas, desde luego mejores de las que vais a tener en la cárcel.

Asesinato, tráfico de drogas… Mañana al juez le va a encantar.

Juan, ¿cuánto calculas que les puede caer?

Vamos a dejar que lo calculen ellos mismos.

A lo mejor se les hacen muchos años para estar encerrados y, de pronto, recuerdan haber visto el banco y lo que se escondía en ese banco.

Juan y Alba dejaron solos a Fidel y a Jacinto.

—No tenemos pruebas. Solo la existencia de ese compartimiento, y no es suficiente —dijo Juan, apesadumbrado.

—Lo sé, sabemos lo que sucede y lo que muy probablemente sucedió, pero no podemos demostrar que eran ellos quienes escondían los alijos, si es que era droga lo que escondían.

Voy a mandar que arranquen ese banco del barco y lo examinen.

Puede que algún resto haya quedado, aunque lo dudo.

Empiezo a entender la limpieza profunda de la cabaña.

Vete a casa ya, Juan, es tarde. Yo también me voy.

—Ven a cenar más tarde, ¿quieres?

—Prefiero cenar pronto y descansar en la habitación. Pero gracias, Juan, otro día aceptaré esa invitación.

Juan salió del cuartel para dirigirse a su casa.

Alba recogió unos papeles que había sobre la mesa, se despidió de los agentes que estaban de guardia y les solicitó que, si algo sucedía durante la noche, no dudasen en llamarla.

Pero aquella noche transcurrió tranquila en el cuartel, no así en el hostal para Alba.

Alba cenó en el comedor; no había nadie en él.

Pidió una sopa caliente de marisco y un pescado al horno.

Mientras disfrutaba de la cena, su cabeza intentaba ordenar el caso que hasta ahora no habían podido esclarecer, sabiendo que al día siguiente tendrían que poner a disposición judicial a Fidel y a Jacinto y que, con las pocas pruebas con las que contaban, sospechaba que el juez los dejaría en libertad.

Una llamada de teléfono la sacó de sus pensamientos. No contestó.

Se despidió de la dueña de la pensión deseándole buenas noches y subió a la habitación.