El bosque de los silbidos CAPÍTULO XI #2
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CAPÍTULO XI #2

—Rosario, eso es parte del sumario, pero es usted la que ha venido a contarme algo de ella.

—Sí, es que… La noche que… murió, me crucé con ella en la plaza.

Iba muy deprisa, ni siquiera se paró a hablar conmigo.

Y es que me extrañó, somos muy amigas, ¿sabe?

Me vio y ni siquiera me saludó. Iba muy deprisa, como le digo.

Y luego, pues ya sabe, apareció… Iba bajo un paraguas, llovía mucho esa noche, pero yo sé que me vio, no tengo dudas.

Josefina no es de esas personas que no saludan, y además…

—¿Está usted segura de que la vio? Tal vez iba deprisa porque llovía mucho, como me cuenta, y sí, recuerdo que esa noche llovió mucho.

—Segurísima. La llamé: «Josefina, pero ¿adónde vas tan deprisa?». Me miró y siguió camino.

—¿Sabría decirme qué hora era?

—Pues sí, porque el campanario acababa de dar las ocho. Ya era noche cerrada, ¿sabe usted?

—¿Tiene idea de dónde podía venir a esas horas?

—Josefina suele dar un paseo y sobre las nueve se recoge, como vive sola… vivía sola… —Rosario hizo una pausa para secarse las lágrimas que comenzaban a caer por su cara, mojando unos papeles que había sobre la mesa.

Alba se levantó y retiró los papeles. Después ofreció consuelo a Rosario.

—Tranquila, entiendo que es difícil, siendo ustedes tan amigas.

—Mucho, muy amigas, más que amigas, casi hermanas. Josefina estaba delicada, padecía del corazón. Yo la he cuidado, la cuidé mucho.

—¿Dice usted que padecía del corazón?

—Sí, ha hecho un año el mes pasado que tuvo un buen susto, una angina de pecho, pero tenía medicación y se encontraba mejor.

—¿Tal vez esa noche se encontró mal y quiso regresar a casa cuanto antes?

—Uy, qué va. Si se hubiera sentido mal, me lo hubiese dicho; yo habría sido la primera a la que se lo habría contado en ese mismo momento.

Yo le digo que tuve la sensación de que estaba escapando de algo, por eso he venido a contárselo.

Sí, se lo comenté a mi marido y le dije: «Mañana mismo voy a verla». Y mira, no me dio tiempo.

—¿Y por qué no ha venido antes a contármelo?

—Pues porque mi marido, que es buen hombre, no le digo que no, pero algo cabezota y mandurrucón, me dijo que lo dejara pasar, que no me anduviese metiendo. Pero, ¿sabe?, yo no podía dormir, que llevo sin pegar ojo desde esa noche.

—Ha hecho usted bien viniendo, Rosario. Puede estar tranquila —le dijo Alba, viendo que la mujer comenzaba a ponerse nerviosa—. Me dice que Josefina tenía costumbre de dar un paseo. ¿Por dónde iba habitualmente? ¿Me sabría decir?

—Pues por muchos sitios, pero aquella noche llevaba dirección al Portiño.

—De acuerdo. Vuelvo a decirle que ha hecho bien en venir, y muchas gracias. Ahora vaya tranquila y no comente que ha estado aquí con nadie. Incluso yo le diría que ni a su marido, ¿de acuerdo?

—Descuide, que a él menos aún, no le va a gustar. No lo comentaré, claro que no. Y gracias a usted por escucharme. ¿Puedo irme ya?

—Sí, sí, puede irse, y esté usted tranquila.

Alba acompañó a Rosario hasta la puerta y luego llamó a Juan para que la acompañara al despacho.

—¿Qué quería Rosario? Llegó bastante alterada y solo quería hablar contigo.

Alba le narró lo que Rosario le había contado.

—¿Qué piensas, Alba?

—Que algo vio Josefina aquella noche y que alguien quiso hacerla callar.

Alguien que llamó a su puerta y, al abrirla ella, salió con el paraguas, y quien fuera la empujó hacia dentro de la casa y posiblemente la asustó.

Entonces sufrió el infarto que causó su muerte.

Es decir, toda la historia que ha contado esta mujer corrobora la idea que tuve desde el principio: Josefina murió de un infarto, pero alguien se lo provocó.

—Pero si venía huyendo de alguien o de algo de lo que fue testigo, ¿por qué abrió la puerta?

—Porque quien llamó a su puerta fue alguien en quien ella confiaba, una persona que no relacionó con lo que acababa de ver.

Aunque no creo que lo que la asustó fuera lo que vio, sino el saber que había sido vista.

Josefina seguramente venía del puerto; allí descubrió algo.

Y estoy casi segura de que la persona a la que abrió su casa fue una mujer.

No sé, Juan, esto es como estar en un laberinto: cuando piensas que has tomado el camino de la salida, te das cuenta de que no es así y te encuentras perdido.

Sé que esos dos que tenemos ahí están metidos en algo, sé también que tuvieron una fuerte pelea con Roi y que es muy probable que se les fuera la mano.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la muerte de Josefina?

Hay alguna relación entre ambas cosas y no la encontramos.

Y Frasco, ¿quizá él también descubrió lo mismo que Josefina?

Todo esto es un rompecabezas, algo estamos pasando por alto, algo que no conseguimos descifrar.

—¿Y por qué piensas que fue una mujer a la que abrió Josefina?

—Una mujer de su edad no abriría a un hombre a esas horas, a no ser que lo conociera mucho, a un familiar.

En cualquier caso, hay una tercera persona en todo esto, porque de lo que podemos estar seguros es de que ni Fidel ni Jacinto llamaron a su puerta; no les hubiera abierto.

Con Fidel no parece tener buena relación, a pesar de ser vecinos, y a Jacinto…

ningún vecino del pueblo, excepto unos pocos, confía en él.

—Sí, estás en lo cierto, y, si fue una mujer, se me ocurre que la que tiene relación con ellos es Maira, pero tampoco la veo una chica peligrosa.

—No sé. Hoy hablaba con Martina sobre lo difícil que es conocer la verdad de las personas.

—¿Has estado con Martina?

—Sí, fui a comer al restaurante.

—¿Y por qué no me lo has dicho? Hubiera ido contigo.

—Juan, ¿ahora vamos a hablar de eso? Si no te lo he dicho es porque quería ir sola.

A veces me gusta estar sola e ir a los sitios sola.

No hay otra razón, y concentrémonos en este puzle.

A ver, en este grupo los que suelen estar juntos son Fidel, Jacinto, Mauro y Maira y, al parecer, de vez en cuando, Matéu.

—Y Sabela. Sabela también va con ellos. No a menudo, pero alguna vez sí.

—¿Quién es Sabela?

—La novia de Xoel. Pero apenas está en el pueblo, trabaja en una farmacia en Cangas. Tiene casa en el pueblo, pero suele pasar el día en Cangas; aquí viene a dormir y los fines de semana, si no tiene guardia.

—¿Y por qué nadie me ha hablado de ella? ¿Por qué tú no me has hablado de su existencia hasta ahora? Juan, te dije que no me ocultases nada, que todo puede ser importante.

—Lo siento. Sabela es una chica que pasa desapercibida, como te explico, poco se la ve por el pueblo y apenas sale de casa cuando está en él. Xoel y ella son mucho más tranquilos, más caseros.

—¿Cómo era su trato con Roi?

—Tenían muy buena relación. Además, Sabela se lleva muy bien con Uxia. Se conocen desde niñas.

—¿Sabemos algo de la inspección de los coches de Fidel y Jacinto?

—Aún no, todavía están trabajando en ello.

—Vamos a darnos una vuelta por el puerto.

Alba comprobó la hora que marcaba el reloj situado en una de las paredes del cuartelillo.

—Tenemos todavía casi dos horas de luz natural.

—Las barcas aún no han regresado, Alba.

—La de Roi, en la que trabajan Fidel y Jacinto, está varada; es la que me interesa. Por cierto, ¿ya ha visitado algún abogado a estos dos «piezas»?

—Sí, hace una media hora que se ha ido.

—¿Lo conoces?

—Alguna vez ha asistido a algún detenido, pero, Alba, este pueblo es tranquilo, en pocas ocasiones hay altercados.

—Debe ser que la tranquilidad de años se ha alterado en las últimas semanas. Vámonos al puerto.

Alba y Juan salieron de la comisaría y tomaron la calle de la derecha. Decidieron ir andando; no querían llamar demasiado la atención con el coche, aunque el puerto seguramente estuviese solitario. Un coche policial atraería a muchos curiosos.

El puerto no estaba lejos. Se trataba de un pequeño fondeadero en el que solían atracar ocho embarcaciones; cuatro de ellas eran de pescadores de la misma aldea, las otras barcas eran de vecinos de aldeas cercanas. Habitualmente recogían en las nasas pulpo, nécoras y otras especies de marisco.

La barca de Roi era una pequeña nave de ocho metros de eslora que podía alcanzar los veintitrés nudos de velocidad.

La había heredado de su padre, quien la bautizó con el nombre de Karina, forma cariñosa que tenía de llamar a su mujer por su parecido notable con la famosa cantante de los años setenta.

Cuando los agentes llegaron al puerto, solo encontraron algún vecino con los perros o dando un paseo. Las barcas, como ya había apuntado Juan, no estaban, a excepción de la de Roi, que permanecía atracada desde hacía unos días.

La barca, de color rojo y azul, flotaba tranquila sobre un mar calmado después de varios días de tormenta y lluvia.

Juan y Alba saltaron a la barca, no sin cerciorarse antes de que no había ojos que los vigilaran.

Las nasas estaban perfectamente colocadas unas encima de otras y amarradas entre ellas en la cubierta. Entraron en la cabina ubicada en la proa.

Vieron por la ventanilla que un vecino se acercaba demasiado.

Hicieron silencio y se quedaron quietos para no zarandear el relajado movimiento de la barca.

No es que tuviesen que dar explicaciones a nadie del motivo por el que estaban dentro de la embarcación; sin embargo, consideraron prudente evitar ser descubiertos.

Pasados unos quince minutos, el paseante continuó su camino.

Alba, con una pequeña ganzúa, abrió los compartimientos de la cabina.

En ellos encontró la documentación de la barca y los permisos de pesca.

Una linterna, gafas, cinchas y lanzaderas o agujas de plástico con las que realizar una reparación urgente de las nasas, y algún objeto más personal, como fotos y un rosario de cuentas de azabache negro.