El bosque de los silbidos CAPÍTULO XI
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CAPÍTULO XI

Jacinto salió esposado del coche en presencia de muchos de los vecinos del pueblo, entre los que se encontraba Maira.

Se miraron. Maira bajó la cabeza y se marchó del lugar.

En ese momento, un coche de la Guardia Civil traía esposado a Fidel.

Alba se dejó caer en la silla del despacho.

—¿Qué pasa, Alba? —preguntó Juan, que había empezado a conocer bien las reacciones de la sargento.

—¿Sabes lo peor de estos interrogatorios? Que de todo lo que nos ha contado Jacinto hay parte de verdad, parte de mentira y mucho que omite, pero ¿qué es verdad y qué no?

—Lo que sí es cierto es que miente y, si no tuviera nada que ocultar, no lo haría, ¿no crees, Alba?

—Por supuesto que miente. Pero, entre tú y yo, Juan, nada hay en firme, nada que de verdad lo incrimine totalmente. Y eso es lo que no puedo soportar. Un buen abogado lo sacará de ahí en menos tiempo del que necesitamos. A él y a Fidel, a los dos. Hay que encontrar más pruebas.

—¿El objeto con el que lo golpearon?

—Por ejemplo.

—En la cabaña no había nada que pudiera darnos una idea sobre ese objeto.

—Hay que revisar de nuevo la cabaña y los coches.

—Esta tarde enviaré a varios hombres a hacerlo. Tú deberías descansar. Te veo agotada.

—Sí, y tú también. Voy a ir un rato al hostal, comeré algo e intentaré descansar. Cabo Aceijas, descanse usted también.

—¿Me tratas de usted?

—Me voy, Juan. Necesito una ducha relajante.

Alba subió a su habitación y, después de salir del baño, mientras se vestía, decidió subir al coche e ir al restaurante de Martina; ese lugar recién descubierto le aportaba tranquilidad.

Recorrió los apenas cinco kilómetros que separaban las dos aldeas.

La carretera comarcal era realmente seductora y muy indicada para amantes de las curvas y desniveles.

A ambos lados de la calzada, hileras de eucaliptos altos y fuertes cerraban la carretera, haciendo de ella un acogedor pasadizo que Alba disfrutó mientras escuchaba el piano y la voz de Ray Charles, intentando no pensar en nada que no fuese la música y la belleza del paisaje.

Cuando llegó al restaurante, Martina estaba tras la barra atendiendo a unos clientes que conversaban con ella de forma animada.

Martina, al verla, se sorprendió. La saludó con la mano y, pocos segundos después, se acercó a ella.

—Buenas tardes, Alba. ¿Hoy no vienes con tu guardaespaldas?

—No necesito guardaespaldas —contestó sonriendo.

—Cierto, no pareces una mujer… Qué digo, una persona que necesite que le guarden las espaldas.

—Me apetecía venir sola.

—Me parece muy bien. Querrás comer algo, supongo.

—Sí. ¿Qué me puedes ofrecer?

—¿Qué te apetece?

—Algo de carne, necesito proteína.

—Un asado de cordero, por ejemplo. Y de primero te voy a poner un caldito; con este tiempo te va a reconfortar del frío.

—Perfecto. Voy a sentarme en esa mesa.

—Bien, ahora te lo preparan. Dame un minuto.

Martina se despidió de los clientes con los que había estado hablando y entró en la cocina. Poco después, una de las empleadas puso en la mesa elegida por Alba un mantel verde claro, sobre el que colocó los cubiertos, una copa y un cestillo con pan.

—Gracias, Virginia. ¿Virginia te llamas, verdad?

—Sí, así es. Tiene buena memoria. Enseguida le sacamos el caldo y el cordero, le va a gustar mucho. Martina lo asa al horno con unas patatas de la tierra y pimientos casi caramelizados. Está riquísimo.

—Estoy segura de que me gustará.

Virginia volvió tras el mostrador y esperó a que le entregaran el caldo. Lo llevó a la mesa; humeaba y desprendía un olor a verduras y carne. Tras el caldo, disfrutó del asado, dándole la razón a Virginia. Pocas veces había degustado un cordero tan sabroso.

Cuando Alba había terminado de comer, Virginia le ofreció tomar un postre.

Martina se acercó a la mesa.

—Te voy a aconsejar un postre de mi tierra. No es que tenga un nombre demasiado atractivo, pero te puedo asegurar que es delicioso.

—Tú dirás, Martina. Me fío de ti.

—Babas de camello.

—No sé, ciertamente el nombre…

—Es exquisito, no te preocupes, nada tiene que ver con los camellos. Difícil sería encontrarlos por aquí —rió Martina—. Lleva leche condensada, huevos y almendras.

—Pues lo que te he dicho, me fío de ti.

—Haces bien. Ahora te lo traigo y luego nos tomaremos un café en la palloza. ¿Te parece?

—Estupendo.

Alba saboreó el postre de nombre tan singular y decidió que Martina era una gran cocinera y que esas «babas de camello» serían a partir de ese momento su postre preferido.

Tras pagar la cuenta, pasó a la palloza y allí esperó a que llegase Martina.

De nuevo, la dueña del restaurante, sin el delantal y la camisola que llevaba para cocinar, dejaba ver su verdadero brillo: su pelo rizado, sus ojos oscuros y su piel blanca.

Se sentó junto a Alba, dejando sobre la mesa dos cafés.

—Es «café con cheirinho». Espero que la sargento se haya quedado fuera del restaurante y Alba deguste tranquilamente unas gotitas de «bagaço».

—Sorpréndeme, ¿qué es «bagaço»?

—Aguardiente —contestó Martina, riéndose por la pronunciación de Alba.

—Bueno, pues habrá que tomar este café con…

—Cheirinho.

—Eso es, cheirinho… que significa…

—Con olorcito. Y, hablando de olores, voy a atizar la leña de la chimenea. Me encanta ese olor que desprende. ¿A ti no?

—Sí, es un olor a naturaleza, a hogar también.

—Supongo que echas de menos tu casa cada vez que tienes que estar fuera de ella por obligación, cuando tienes algún asunto policial, quiero decir.

—Ya me he acostumbrado y este lugar no es tan distinto al mío. Bueno, es mucho más pequeño, claro, pero, si me pongo a pensar, ya no sé dónde está mi casa. En realidad, estoy más tiempo fuera que en ella.

—La casa de uno… Yo creo que es donde se tiene alguna raíz, amigos, por ejemplo, familia. Yo echo de menos mi tierra a menudo, donde nací. Sin embargo, al final esta es mi casa ya. He tenido suerte, he de reconocerlo.

—No te lo vas a creer, pero no conozco Portugal.

—¿Nunca has estado en Portugal?

—No.

—Es una tierra preciosa, tanto el interior como la costa.

—¿Sigues teniendo familia en Portugal?

—Sí, claro, una hermana y su marido, mis sobrinos y primos, varios primos. De vez en cuando voy a verlos. Yo nací en Viana do Castelo, la «princesa do Lima», como la llaman, por el río Lima. Y, hablando de Portugal, mira quién acaba de entrar. Esperemos que hoy no monte jaleo.

Mauro entraba en la palloza al tiempo que Martina comunicaba su llegada a Alba.

—Hoy parece que viene sereno —comentó Alba—. ¿Lo conocías de antes?

—No, no lo conocía. Él es de otra zona de Portugal. Nada que ver con la costa. Es de un pueblo llamado Almeida, con una hermosa fortificación.

—Pensé que podía ser de la misma que tú, te trata con mucha familiaridad.

—Por lo poco que sé de él, lleva poco tiempo en Galicia. No sabría decirte cuánto, pero poco. Al parecer, la casa donde vive era de su abuela materna, que sí que era gallega, de esta misma aldea. Y, por lo que tengo oído, Xoel sí lo conocía.

—¿Xoel? ¿El hermano de Roi?

—Sí, bueno, eso he oído, que a saber si es cierto. Creo que Xoel estuvo trabajando hace algunos años en Portugal y coincidieron allí, en el trabajo.

—Pues, para ser conocido de Xoel, se ha ido a juntar con lo mejorcito del pueblo. Xoel parece un hombre honrado, aunque nunca se conoce bien a la gente.

—Mauro tampoco me pareció a mí mala gente cuando lo conocí. Y es que a lo mejor tampoco lo es, liante sí, mucho, y siempre anda metido en chanchullos, pero… lo que tú dices, ¿quién puede conocer la verdad de la gente?

—Yo no suelo equivocarme, tal vez sea deformación profesional.

Martina miró su reloj.

—Son las cuatro. Voy a poner un poco de música, hay que dar ambiente a la palloza. ¿Te gusta el jazz?

—Me encanta.

—Pues voy a poner jazz. La música, dicen, que amansa a las fieras, y a estas horas el cuerpo me pide paz. Bueno, a estas horas y a todas.

Martina se levantó, dejando sola a Alba. Mauro se acercó a ella.

—Buenas tardes, señorita sargento. ¿Hoy también me va a arrestar?

—Depende de lo que hagas o digas. ¿Has venido en la moto?

—Pues no, vengo de mi casa, y solo faltaba que gastase gasolina para venir desde pocos metros. Y, además, no he bebido ni una sola cerveza… aún.

—Aún.

—He oído que Jacinto y Fidel andan en habitación compartida y cerrada.

—Rápido corren las noticias.

—Pues ya ve, es que aquí nos enteramos de lo que sucede a la gente amiga. ¿Sabe?

Martina regresó al ver que Mauro hablaba con Alba.

—Mauro, no incordies, anda, que estamos todos muy tranquilos.

—Minha menina Martina, que estoy siendo educado. ¿Verdad, sargento? Estoy siendo bueno. De hecho, quiero invitar a la sargento a lo que le apetezca.

—Gracias, Mauro, pero yo me voy a tener que ir.

—¿Se va ya? Claro, tiene que apresar a los malos.

Alba obvió el comentario de Mauro.

—Martina, me tengo que ir ya. Una comida excelente y el café… Muy bueno ese café con olorcito.

—Gracias, Alba. Vuelve cuando quieras. Vente una noche.

—Sí, alguna noche vendré, se estará más tranquila.

—¿Lo dice por mí, señorita sargento? —contestó con rapidez Mauro.

—Hasta otro momento, Martina.

—Vuelva por aquí, que hay una invitación pendiente —dijo Mauro mientras Alba ya se marchaba.

Alba echó un vistazo al aparcamiento de la entrada, queriendo comprobar si Mauro le había mentido, y pudo ver que la moto no estaba. Subió a su coche e inició el camino de regreso.

Cuando entró en el cuartel, Juan ya estaba allí.

—Hay una mujer que pregunta por ti, Alba.

—¿Por mí?

—Sí, es una vecina del pueblo. Rosario se llama.

—¿Dónde está?

—La hemos pasado al despacho.

Alba entró en la estancia que había habilitado como oficina.

—Buenas tardes, soy la sargento Neira. Ha preguntado por mí, me han dicho. ¿En qué la puedo ayudar? Rosario se llama, ¿cierto? Pues dígame, Rosario.

Rosario miró hacia la puerta y Alba, al darse cuenta, se levantó y la cerró.

—Sargento, yo quería hablarle de Josefina.

—¿De Josefina?

—Sí, de la mujer que…

—Sí, sí, ya sé, la mujer que apareció muerta —dijo Alba, terminando la frase que Rosario no se atrevía a acabar.

—¿Puedo saber de qué murió?