El bosque de los silbidos CAPÍTULO XXIII
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CAPÍTULO XXIII

Durante el día anterior, la lluvia había concedido una tregua, pero aquella mañana amaneció nublada y con chubascos.

—Martina, hoy tengo que buscar a Mauro. Quiero confrontarlo; alguna manera hallaré para que quiera hablar conmigo. Y… debo ir sola.

—Creo que es muy peligroso, Alba. ¿Por qué no hablas con la policía portuguesa?

—Lo he pensado. No creo que yo sola pueda hacerlo. Sé también que no estoy autorizada para realizar su detención en ningún caso. Pero no conozco a nadie de la policía de Almeida y no quiero dar a conocer a mis superiores que estoy aquí.

—Tal vez Duarte conozca a algún agente de la Guardia Nacional.

—No sabía cómo pedirte que se lo preguntaras.

—No tengo ningún inconveniente en hacerlo —dijo. Tomó el teléfono y marcó el número de Duarte.

Duarte consintió en acompañarlas. Conocía bien al capitán de la Guardia Nacional Republicana, quien se sorprendió al verlo aparecer.

Duarte, después de saludarlo afectuosamente, le contó el motivo de su visita y le explicó que iba acompañado de Alba y Martina.

—¿Una compañera de la policía española? ¿Algún asunto oficial?

Alba relató el motivo de su estancia en Almeida, sus sospechas y todo lo que había acontecido en Galicia.

—Agente, no puede realizar ninguna acción por su cuenta.

No está en su país y repruebo que haya estado investigando todo este asunto.

Sin embargo, he de decirle que su superior me advirtió de que usted vendría a Almeida y de que colaborásemos con usted.

Mauro es objeto de vigilancia desde hace días, pero, ya que ha venido, considero que el interrogatorio lo haga usted misma, siempre, claro está, que esté acompañada y apoyada por dos de mis agentes.

Alba se sorprendió al oír esas palabras del capitán de la Guardia Nacional Republicana y aceptó de buen grado que la acompañaran hasta la casa familiar de Mauro.

Alba, escoltada por dos agentes, llamó al timbre.

Segundos después, Mauro abrió la puerta.

Alba no dudó en entrar y lo arrinconó hacia el salón de la casa.

Mauro supo enseguida cuál era el motivo por el que la sargento Neira estaba allí e intentó escapar corriendo hacia la salida trasera. Dos agentes apostados en la puerta trasera le cortaron el paso.

Alba salió al patio y permitió que los agentes lo esposaran.

Fue conducido hasta la gendarmería, donde Alba lo interrogó.

—Mauro, no nos lo pongas difícil. Cuéntanos qué pasó con Roi y con Sabela.

Mauro parecía no querer colaborar.

Uno de los policías se acercó a Mauro con la intención, tal vez, de hacerlo hablar.

—No es necesario, agente. Mauro nos va a contar lo que ya sabemos. ¿Prefieres que te lo cuente yo?

—No tengo nada que decir. Se lo dije en España y se lo repito en Portugal.

—¿Prefieres que te lo cuente yo?

— Vai para o inferno —contestó Mauro en portugués.

El agente volvió a intentar acercarse a él con la intención de golpearlo, pero Alba se lo impidió de nuevo.

—¡No! No quiero mártires, agente. Yo le voy a refrescar la memoria.

Cuando Roi fue a la cabaña la noche en que desapareció, tú fuiste tras él.

En realidad, te vino bien que Roi hubiera descubierto el negocio que se traían Jacinto y los demás.

Sabías que la noche de San Andrés él acudiría a la celebración, pero el hecho de que abandonara la fiesta fue tu primera oportunidad.

La segunda fue cuando viste el enfrentamiento con Fidel y, al dejarlo malherido en la cabaña, aprovechaste para matarlo. Para matarlo por venganza.

—Solo hice lo que un hermano debe hacer.

—Tu hermana se suicidó, Mauro. Xoel nada tuvo que ver con su muerte.

—Él la mató.

—No, Mauro, no es así. Tu hermana ya lo había intentado más veces.

—La mató —dijo, derrumbándose.

—¿Y Sabela? ¿No te pareció suficiente venganza? Fuiste aún más lejos: tenías que matar también a su novia.

—Sabela se metió en medio. Por eso Xoel abandonó a María.

—Mauro, no tengo más que decirte, solo que te equivocaste. No solo al pensar que Xoel era culpable, sino también al pensar que la señorita policía no iba a descubrirte. Enciérrenlo y que llame a un abogado.

Alba abandonó la gendarmería y recibió la llamada del inspector.

—Enhorabuena, Alba. Sabía que irías a Almeida; te conozco bien. Ahora regresa aquí. Trasladarán a Mauro a Pontevedra. Y luego comienza esas vacaciones.

Hubo un silencio.

—No se equivocaba, Alba. Él siempre lo dijo.

—¿Quién no se equivocaba?

—Tu marido. No se equivocaba al decir que eras la mejor agente de policía que había conocido. Estaría muy orgulloso de ti.

—Gracias, inspector.

A Alba le rodaron unas lágrimas por la cara. Ella también se había sentido siempre orgullosa de su marido, pero ya era tiempo de olvidar.

Martina la vio llegar y, al verla llorar, la abrazó.

—Alba…

—Tranquila, estoy bien. Mauro ha confesado.

Martina la miró con extrañeza. Luego fueron a un bar algo más alejado del centro de la fortaleza y Alba le contó el motivo de sus lágrimas.

—No estaba en ninguna operación; llevaba a mi hermano pequeño al colegio en el coche. Una furgoneta se puso a su altura y alguien desde dentro disparó. El coche de mi marido se salió de la calzada y chocó. Murieron en el acto, los dos.

—Lo siento.

—Es tiempo de olvidar, de seguir adelante. Hoy mi superior me ha dicho que mi marido estaba orgulloso de mí y no creo que le gustase saber cómo me he encerrado en mí misma. Es tiempo de olvidar.

—Sí, amiga, es tiempo de olvidar —dijo Martina mientras la abrazaba.

Pasearon por las calles empedradas, en silencio, una al lado de la otra. La lluvia era pertinaz, pero no les importó. Sentían las gotas caer sobre sus cabezas y bajar por sus mejillas.

—¿Te quedarás aquí, verdad, Martina? Debes hacerlo.

Martina sonrió.

—Unos días, me lo ha pedido Duarte, pero luego volveré. Él y yo seguiremos en contacto y nos veremos de vez en cuando. Por el momento es mejor así: él tiene su vida aquí y la mía está en mi Palloza. ¿Tú qué harás?

—Vuelvo a Pontevedra y luego iré a hacer lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo.

—Irás a ver a tu amigo. Tú también debes hacerlo.

—¿A Uriel? Sí.

—Pues te propongo una cosa: regresa a Portugal con él. Iremos los cuatro a la Quinta das Lágrimas. Duarte, Uriel, tú y yo. Os gustará.

—La Quinta das Lágrimas. ¡Qué bello título para una canción!, aunque también lo es El bosque de los silbidos. Martina, gracias.

—¿Por qué?

—Lo sabes, Martina. Esta sargento te agradece la ayuda que le has prestado estos días, pero Alba Neira tiene mucho más que agradecerte. Mucho más.