El bosque de los silbidos CAPÍTULO X
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CAPÍTULO X

Mauro no tenía buen aspecto; parecía que el alcohol del día anterior aún le corría por el cuerpo.

—¿Has pasado buena noche?

—Déjeme en paz —contestó de mala gana.

—Vaya, hoy me tratas de usted.

—¿Va a dejar que me vaya o voy a tener que estar mucho rato aquí viéndole la cara?

—Depende de ti. De lo que nos quieras contar.

—¿Contar de qué? Mire, le pido disculpas por mi comportamiento de ayer. Estaba borracho, eso es todo.

—¿Todo?

—No sé qué quiere que le diga.

—Parece que últimamente te ven mucho con Jacinto.

—¿Qué Jacinto?

—Oye, Mauro, no nos tomes por idiotas; sabes de quién te hablamos —dijo Juan, empezándose a impacientar.

—¿Del oso?

—Mauro, basta de tomarnos el pelo.

—A Jacinto le llaman el oso, Alba —aclaró Juan.

—Bien, pues sí, de ese Jacinto hablamos.

—Jacinto y yo somos amigos y sí, de vez en cuando nos tomamos una copa. ¿Qué pasa?

—Pues pasa que a lo mejor Jacinto está metido en algo raro y tú nos lo puedes contar.

—Y yo qué voy a saber de eso.

—¿Sabes que se ve con Maira?

—Sí, ¿y qué pasa con eso?

—¿Dónde estuviste la noche del treinta de noviembre, el día de San Andrés?

—Y yo qué sé dónde estuve. Pues celebrando por ahí.

—Viste a Jacinto; él dice que sí —mintió Alba.

—Pues si él lo dice, pues será así.

—¿Y que estuvisteis en la cabaña?

—¿En la cabaña? De eso nada. Hace mucho tiempo que no piso ese chamizo.

—Ya. Y cuando ibas, ¿qué hacías allí?

—Mire, señora policía, que está usted ya tocándome los cojones. ¿Qué quiere saber?

—¿Estuviste con Jacinto esa noche, sí o no?

—Que sí, que sí estuve con él. ¿Contenta? Pues ya está. Estuvimos juntos un rato en la plaza mientras se repartía el guiso; luego él se marchó a ver a Maira o yo qué sé adónde fue. Y no hicimos nada del otro mundo: beber unas cervezas.

—¿Y luego tú qué hiciste?

—Marcharme a casa.

—¿Y de eso puede alguien decirnos si fue así? ¿Vives solo?

—Mejor solo que mal acompañado. Yo qué sé si me vio alguien.

—Bueno, no es difícil comprobarlo. Hoy en día hay formas, ¿sabes? Anda, márchate y, como te volvamos a ver borracho, que sea lo más lejos posible de la moto…

—Que sí, que sí, señorita policía, que me voy.

Mauro se fue dando un portazo y se cruzó con Fidel al salir. Se miraron, pero no se dijeron nada.

—Buenos días, Fidel. Siéntate. Eres escurridizo; nunca estás cuando te buscamos. A ver, Fidel, haz memoria: ¿dónde estabas la noche del treinta de noviembre, el día que desapareció Roi? Y procura no mentirnos, que nosotros ya lo sabemos, pero quiero oírtelo decir a ti.

Fidel se inclinó hacia atrás en la silla.

—No sé lo que les habrá dicho Mauro.

—Que estuviste con él y con Jacinto, ¿verdad?

—Sí.

—¿Dónde?

—Eso ya se lo habrán dicho ellos.

—Sí, pero necesitamos saber lo que tú nos vas a contar. Porque resulta que esa misma noche mataron a Roi y a lo mejor tú sabes algo que nos quieras contar.

—Estuvimos en la cabaña, hasta que Jacinto se fue.

—¿Quiénes estuvisteis?

—Pues nosotros.

—Nosotros no, porque yo no estuve. Intenta ser un poco más conciso —dijo Alba con ironía.

—Pues si Mauro ya les ha contado, ¿por qué me lo vuelven a preguntar?

—¿Quiénes estuvisteis, Fidel? Y hazme el favor de contestar, porque estás acabando con mi paciencia y, si a mí se me acaba la paciencia, no sé… A lo mejor no te va a gustar.

—Estuve con Jacinto.

—¿Y Mauro estaba también?

—Estaría.

—¿Por qué discutisteis Roi y tú unos días antes?

—Por bobadas. Pero yo no sé nada de quién pudo matarlo.

—¿Qué bobadas? Tan bobada no sería cuando se alargó la discusión en la barca y después en el bar.

—Por cosas del trabajo. Roi… mandaba demasiado, demasiadas órdenes daba.

—Y eso de cumplir órdenes no va contigo, ¿cierto?

Fidel no dijo nada.

—Explícanos la bobada.

—Quería que saliéramos esos días antes a faenar, por el tiempo y porque anochece pronto. De ahí, pues pasamos a otras cosas y, al final, pues tuvimos bronca.

—¿Y no será que Roi os pilló con pesca ilegal?

—No, de eso ya no hay nada. Tú lo sabes, Juan, que eso se quedó atrás.

—En resumen, la noche que murió Roi estuvisteis juntos Jacinto, Fidel y tú. ¿Alguien más?

—No.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo.

—Pues te puedes ir y no andes tan escondido, que sepamos por dónde estás.

Después de que Fidel se marchara, Juan y Alba esperaron a que llegase Xoel.

—Lo que está claro es que estos tres estuvieron juntos y que Mauro ha dicho media verdad. ¿Por qué Mauro no nos ha dicho que estuvo también Fidel?

—Se tapan entre ellos y lo hacen porque esa noche algo hicieron que no cuentan, y, de momento, los tres tienen todas las papeletas para ser sospechosos de la muerte de Roi.

O tal vez no y estuvieran haciendo algo ilegal.

Algo que no van a confesar. Pero son los únicos que de momento tenemos como sospechosos.

Xoel entró en el cuartel en ese momento.

—Buenos días, Xoel.

—Buenos días.

—Xoel, solo queremos hacerte unas preguntas. Lo primero que queremos saber es si, según tenemos entendido, la noche que desapareció tu hermano habías estado hablando con él.

—Sí, así es.

—¿De qué hablasteis? ¿Fue una conversación de hermanos o sobre qué?

—Roi estaba preocupado por algo. Yo me di cuenta; conocía a mi hermano. Se acercó a mí a pedirme que me quedase con Uxia, que tenía que arreglar una cosa. Le pregunté qué le pasaba, pero no quiso decírmelo. Sin embargo, me extrañó su petición; era como si temiese algo.

—¿Tienes idea de qué podía ser?

—En aquellos días tenía muchas discusiones con Fidel y con Jacinto. Durante la faena no había buen ambiente; entre ellos sucedía algo, pero no quiso decirme qué pasaba. Y con el portugués no se podía ni ver.

—Tal vez Roi había descubierto algo no demasiado legal que estuvieran haciendo Fidel y Jacinto. ¿Pesca ilegal?

—¿Pesca ilegal? No, no se trataba de eso, pero no sé bien qué era. Yo pensé que podía ser algo que tuviera que ver con Uxia. Fidel es un bocazas y, en más de una ocasión, ha hablado de más sobre la chica, de manera soez, ya me entiende.

—Entiendo.

—Xoel, ¿cuándo ha sido la última vez que has estado en la cabaña de Jacinto?

—Pues unos días antes de la desaparición de mi hermano. Estuvimos después de venir de trabajar. Recuerdo que Roi no quería ir y Uxia le dijo que por ir no pasaba nada, que así podían limar asperezas él y Roi.

—La noche que desapareció Roi fuiste a buscarlo, ¿por qué?

—Cuando esa noche se… me acerqué a Uxia para estar con ella, como había prometido, pero yo no estaba tranquilo y me fui a buscarlo primero a casa y no lo encontré.

En el camino me crucé con Frasco, que también lo buscaba, y con Uxia.

Estoy seguro de que no se encontraba en el pueblo; la aldea no es grande y no hay mucho sitio donde meterse y, además, el coche no estaba.

—Bien, Xoel, esto es todo. Puedes irte y gracias.

Alba miró el reloj; eran las once y media. Habían citado a Uxia a las doce.

—Creo que el único que dice la verdad en todo esto es Xoel. Algo temía Roi y cada vez me parecen más sospechosas estas tres perlas. Me parece que los tres están implicados. Pero sigo sin entender el asunto de las estrellas en la frente de Roi y de Frasco.

—¿Quieres un café, Alba?

—Sí, por favor.

—Sargento, tenemos la orden del juez para registrar la cabaña —dijo uno de los agentes del cuartel, entregándole un papel.

—Estupendo. Esta misma mañana, después de interrogar a Uxia, iremos a la cabaña. Juan, necesito que vengan con nosotros un par de agentes más —dijo Alba.

En ese momento, Uxia llegó.

—Buenos días, Uxia. Vamos a ser muy breves.

—Lo que necesiten, sargento. Yo solo quiero saber quién mató a Roi.

—¿Cuándo ha sido la última vez que has ido a la cabaña de Jacinto?

—Unos días antes de… que… de la noche de San Andrés.

—¿Fuiste con Roi?

—Sí, fuimos en mi coche.

—¿Dices que fuisteis en tu coche? Es decir, ese día Roi no llevó el coche a la cabaña.

—No, él no quería ir, pero yo le veía disgustado. No tenía buena relación con Fidel y yo sé que eso… juntos en una barca y yendo al mar… Le dije que fuéramos, que íbamos todos a pasar un rato y que así podían hacer las paces.

—¿Y las hicieron?

—No, apenas hablaron y tampoco estuvimos mucho tiempo. Roi estaba incómodo y quiso que nos marcháramos.

—Cuando dices que fuisteis todos, ¿a quiénes te refieres?

—Fuimos Xoel, Fidel, Jacinto, Roi y yo.

—¿Mauro?

—¿Mauro? No, no, Mauro nunca viene con nosotros. Mauro es amigo de Fidel y de Jacinto, pero Xoel, Roi y yo pensábamos lo mismo: cuanto más lejos de Mauro, mejor.

—Y anteriormente a ese día, ¿cuándo habíais ido a la cabaña Roi y tú?

—Hacía varias semanas que no íbamos, dos o tres al menos.

—¿Roi tampoco? Tal vez fue solo en alguna ocasión.

—No, la verdad es que a Roi no le gustaba mucho ir y solo, menos.

—Bien, pues nada más, Uxia. Gracias… Y… lo vamos a descubrir, Uxia. Sabremos quién lo mató.

—Gracias, sargento.

Uxia abandonó el cuartel.

—Pues si ese día Roi no cogió el coche y tampoco estuvo días anteriores, ¿cómo es que las rodadas de su coche sí estaban en la tierra?

—Porque fue en algún momento después de ese día.

—Tal vez la misma noche que desapareció. Vamos a pedirle las llaves de la cabaña a Jacinto. Estaba citado a la una en el cuartel, por lo que no habrá salido con los barcos.

Alba y Juan, junto a dos agentes más, subieron a uno de los coches policiales y tomaron la dirección hacia la casa de Jacinto. Llamaron a su puerta y este les abrió.

—¿Y ahora qué quieren? ¿No me habían citado en el cuartel o es que ahora trabajan a domicilio?

—Coge las llaves de la cabaña y acompáñanos —le dijo Juan, enseñándole la orden del juez.

—Pero ¿qué pensáis que vais a encontrar allí?

—Cuando hayamos registrado la cabaña te lo diremos. Sube al coche.

Recorrieron la carretera hasta llegar a la cabaña. Jacinto les abrió la puerta.

Los cuatro agentes entraron. La cabaña estaba recogida, limpia y ordenada.

Los agentes comenzaron el registro, inspeccionando toda la estancia. No era muy grande: un solo espacio con sofás, una mesa con varias sillas, una cocina y un baño.

Abrieron todos los armarios.

—¿No percibís un olor, diría yo, agradable? —dijo Alba.

—Sí, es cierto.