El bosque de los silbidos CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

Regresaron al cuartel. Alba y Juan sintieron el abatimiento, no solo por la muerte que se acababa de descubrir, sino por el cariz que estaba tomando la investigación.

Poco o nada tenían para seguir alguna pista; ni un solo sospechoso que fuese más posible culpable que otro, ni siquiera un hilo con base suficientemente argumentada de dónde tirar.

En los pensamientos de ambos agentes se mezclaban todos los acontecimientos sucedidos, y en ellos mismos se albergaba la idea de que estaban dando palos de ciego.

Con todo un laberinto de dudas, pruebas que parecían no serlo o sospechosos a los que no poder atribuir delito alguno, esta nueva muerte producía en ellos la impotencia de no haber podido evitarla.

En ese momento llegaron los análisis de criminalística sobre las huellas tomadas en la cabaña.

—Hay seis huellas diferentes, seis coches que dejaron recientemente las rodadas en el camino y en el claro que hay frente a la puerta, y, cotejando las matrículas, esos vehículos pertenecen a Jacinto, Fidel, Roi, Frasco, Xoel y Uxia.

Solo tenemos esto, y de todos ellos al que aún no hemos interrogado es a Xoel, el hermano de Roi.

—Y entre todos estos deberíamos incluir a Maira. Ella no tiene coche, pero es de suponer que a la cabaña acude o acudió esos días con Jacinto.

—Cierto.

—Tenemos cuatro que son compañeros de Roi, si incluimos a Xoel, Maira, la amante de uno de ellos, y Uxia, la novia de Roi. Frasco encontró el cadáver de Roi cuando iba dando un paseo con Efrén por el bosque. Y Frasco está muerto. También deberíamos hablar con Efrén.

—Sí, no es mucho lo que tenemos; de hecho, no sé si tenemos algo. Tal vez nada de esto tenga que ver con la muerte de Roi, pero de lo que sí estoy segura es de que las muertes de Roi, Josefina y Frasco están relacionadas.

—Pero no tenía la marca que presentaba Roi en la frente.

—Cierto.

—Es posible que esa pelea de Fidel con Roi tenga mucho que ver con todo esto y Fidel parece esquivarnos continuamente.

—Vamos a citarlo para que venga al cuartel. A él y a Xoel. Por mí llamaría de nuevo a todos, uno por uno.

Alba, tras pronunciar esas palabras, quedó pensativa.

—Y… creo que es lo que vamos a hacer. Sí, Juan, eso es lo que voy a hacer. Todos. Citemos a todos.

Tomó un cuaderno, anotó los nombres y se lo entregó a Juan.

—Que les envíen a todos una citación para mañana, que el primero sea Fidel. Ahora vamos a descansar. Esta tarde seguiremos, a ver si somos capaces de hacer un mapa real con todo lo que tenemos.

—¿Vas a comer al hostal?

—Sí, comeré algo rápido y subiré a la habitación.

—Si quieres…

—Necesito descansar, duermo mal, comeré algo e intentaré dormir una hora. Nos vemos sobre las cinco aquí.

—Está bien, Alba, nos vemos entonces.

Se despidieron en la puerta y cada uno tomó su propia dirección.

Alba entró en el hostal y pidió algo para comer, luego subió a la habitación.

Se sentó en la cama con la carpeta en la que tenía todo lo referente al caso y la abrió.

Una por una, visionó las fotos de Roi y Josefina, como tratando de encontrar algo que hasta ahora no hubieran visto.

Repasó las declaraciones de cada uno de los interrogados sin aclarar nada nuevo.

Luego se tumbó con la intención de dormir un poco.

Tumbada sobre su costado derecho, miraba hacia la ventana. Tras ella podía ver el cielo, que parecía ir abandonando las nubes negras de los días de atrás. El sol se mantenía en lo alto y tuvo que cerrar los ojos; la luz clara le hacía daño. Pasados unos minutos, terminó por dormirse.

Se despertó por el sonido de su móvil. Lo tomó para ver quién llamaba.

—Hola —respondió.

—¿Cómo estás? —preguntó una voz masculina al otro lado.

—Cansada, ya sabes cómo son estas cosas.

—¿No va bien la investigación?

—En realidad no va ni bien ni mal, no va.

—Bueno, dale tiempo, en cualquier momento encontrarás algo con ese don que tienes para ver cosas que los demás no vemos.

Alba sonrió.

—Supongo que así será. ¿Tú qué tal estás? ¿Cómo van las cosas por ahí?

—Bien, sin ninguna novedad. Cuando acabes con la investigación, ¿qué vas a hacer?

—Primero debo solucionar esto.

—¿Cómo es el pueblo? —dijo esa voz, como queriendo arrancar palabras a Alba.

—El pueblo es bonito. Los alrededores son preciosos.

—¿Y la gente?

—Bueno, eso es otra cosa, no es diferente a otros lugares donde he tenido que indagar en sus vidas. No me ven con buenos ojos, pero eso es algo que siempre me espero encontrar.

—¿Los agentes con los que colaboras?

—Hay buena relación. En eso no puedo quejarme, no siempre es así, pero en este caso tanto el comandante, que por cierto aún no he visto más que un par de veces, como el cabo que me acompaña son agradables y me dejan hacer sin ponerme trabas. Eso es un alivio, no suele ser habitual.

—No me has contestado, ¿cuándo acabes qué piensas hacer?

—No lo sé, regresaré a mi casa.

—¿Y esas vacaciones que ibas a coger antes de que te asignaran este caso?

—Las cogeré entonces, seguramente, o no sé.

—Podías aprovechar y venir por aquí. Aún no has visto toda la reforma que he hecho en la casa. Te gustará, y hace mucho que no vienes.

—¿Cómo está mi tío? —dijo Alba, cambiando la conversación.

—No anda bien, pero ahí está, resistiendo. Lo lleváis en la genética, ya podéis estar muriéndoos, que no se os nota, fuertes como los robles.

—Oye, tengo que dejarte, hablamos en otro momento.

—De acuerdo, cuídate, Alba.

—Sí, tú también.

Alba cortó la llamada, se dio una ducha con agua caliente y bajó a la calle. Parecía más animada; tal vez el descanso, la ducha o la llamada la habían reconfortado.

El cabo Aceijas notó en ella ese cambio.

—Te ha sentado bien descansar unas horas, tienes otro aspecto.

—Sí —dijo sonriendo—. Vamos a ver si somos capaces de ordenar todo esto, algo hay que se nos escapa.

—Pues a la tarea —contestó Juan, sorprendido hasta por el nuevo tono de voz de Alba.

—Empecemos por el final. Frasco aparece muerto en el bosque, en el mismo lugar que Roi, con un golpe en la nuca también.

Esto podría hacernos pensar que la persona que dejó el cadáver de Roi después de muerto y la persona que lo ha hecho esta vez con Frasco pueden ser la misma o las mismas; sin embargo, Roi apareció con esa extraña señal y Frasco no.

Josefina es hallada muerta en su casa sin signos de violencia, pero estarás conmigo en que, aunque un infarto acabó con ella, ese infarto fue producido por alguien que entró en su casa.

Seguramente ella sabía o vio algo e intentaron que no hablara.

Pero… no tiene por qué ser la misma persona.

Tal vez sí, quien mató a Roi. Es decir, tenemos, por un lado, al que provocó la muerte de Roi y a quien quiso callar a Josefina y, por otro lado, a quien deja los cadáveres en el bosque.

—En efecto, así parece ser.

—Nos falta el motivo para las muertes de Roi y Frasco.

Tiene que haber alguna relación, algo que los une a quien ha acabado con ellos.

En principio, solo los enlaza una amistad de años y ser compañeros de faena.

Es posible que en esto último y en esa discusión con Fidel encontremos el motivo.

Estoy deseando escuchar lo que nos cuenta sobre ello.

Voy a solicitar una orden para entrar en la cabaña; con tres muertes no creo que el juez ponga pegas.

Un pueblo pequeño con estos sucesos en una semana…

Dudo que me la nieguen. Y también vamos a registrar los coches de cada uno de ellos, incluidos los de los dos fallecidos.

—Desde luego, dormir te ha sentado muy bien, menuda energía —contestó Juan, sin haber podido seguir con claridad todas las deducciones que Alba había hecho en pocos segundos.

—A veces basta un momento para que todo tu ánimo se venga arriba: un descanso, una ducha caliente o incluso otras cosas.

—¿Qué gel usas? Me vendría muy bien para despertarme cada mañana.

Alba se rio del comentario.

—¿Tomamos un café? De momento, y hasta que traigan el informe de la autopsia de Frasco, poco más podemos sacar en claro. Hoy ha sido un día duro y mañana nos espera uno aún más duro y largo aún. Vamos a visitar a tu amiga Martina; el otro día, creo que le molestó la forma en la que nos fuimos.

—Pues… vamos, señora sargento.

—Señorita, cabo, señorita.

—Ah, eso no lo sé, yo no conozco tu vida privada.

—Ni la vas a conocer —contestó con un simpático gesto—. Tengo mi coche en la puerta, lo llevo yo.

Alba, nada más entrar en el mesón, buscó con la mirada a Martina. Quería pedirle disculpas. No la vio. Preguntó por ella a una de las camareras que estaba detrás de la barra.

—Está en la palloza.

—Gracias.

Atravesaron la misma puerta que el día anterior. Martina se hallaba sentada con un grupo de personas. Ella los vio entrar.

—Disculpadme, voy a atender a unos amigos —dijo al levantarse de su asiento.

—Veo que os gustó este lugar. Buenas tardes a los dos. ¿Queréis tomar algo?

—Una cerveza, por favor —no tardó en contestar Alba.

—Ponme otra a mí también.

—Sentaos donde queráis, ahora os las llevo.

Buscaron un rincón alejado de la puerta.

Martina volvió con tres cervezas en sus manos.

—O no vienes en meses o vienes de seguido, Juan.

—Hoy ha sido Alba quien ha querido venir.

—Sí, quería pedirte disculpas por marcharnos el otro día como lo hicimos.

—No, menina, no hay disculpas que pedir, cada uno tiene sus razones. El caso es que habéis vuelto, y con otro semblante. ¿Cómo vais con el caso de Roi? No quiero que me contéis pormenores, ¿pero tenéis algo ya? He oído que Frasco…

—Sí, esta mañana.

—La gente de la zona está preocupada, con miedo.

—Pues nada han de temer, y si no te importa, no hablemos de ello.

—Hoy eres tú misma la que no quiere hablar de trabajo, eso está bien.

—Solo una cosa, ¿ha venido por aquí Jacinto?

—¿No era que no se iba a hablar de ello? No, no ha venido, pero Mauro sí, anoche. Vamos a poner un poco de música más alegre.

—No, la que suena está bien.

—Como quieras. ¿Cómo anda tu madre, Juan? Hace tiempo que no la veo.

—Está bien, mejor que yo, diría. Con sus cosas, ya sabes, sus cerámicas y barros.

—Tu madre es la mejor artesana del barro en esta zona, no lo dudes. Mirad quién entra.

Alba y Juan miraron hacia la puerta.

—Ese es Mauro. Ha venido en la moto.

Mauro miró a Martina y la saludó con la cabeza.

Martina se acercó y le preguntó si quería tomar algo.

—Ponme una cerveza y dame un paquete de tabaco.

Martina atendió su petición, aunque no lo hizo con agrado; Mauro tenía signos de haber bebido más de la cuenta. Luego regresó junto a Alba y Juan.

—Está pasado de copas. Espero que no monte ninguna bronca, estábamos muy tranquilos.

Alba se quedó mirando a Mauro y este se acercó.

—¿Qué miras?

—No te equivoques, Mauro, y anda, siéntate tranquilo donde quieras —dijo Martina, intentando tranquilizarle.

—Que qué mirabas, te he dicho.

Juan hizo ademán de levantarse. Mauro y Juan se conocían mutuamente, pero lo pensó mejor y se quedó sentado.

—¿Puedo sentarme donde quiera, Martina?

—Mauro, relaja, y sí, siéntate donde quieras.

Mauro dio un traspié intentando pasar para sentarse al lado de Alba y cayó sobre ella. Alba retiró a Mauro de encima de ella. Juan lo levantó del suelo.

—Mauro, si no quieres tener problemas, lárgate.

—Creo que Mauro ya tiene problemas —dijo Alba—. De momento, con la borrachera que lleva, o le vienen a buscar o no va a subirse a la moto.

—¿Y eso quién lo dice? —contestó Mauro, echándole el humo del cigarro a Alba.

—Yo misma —contestó, enseñándole la placa—. Y no te arresto por conducir bebido porque no te he visto llegar en la moto, pero de aquí no te vas si no te lleva alguien a casa.

—Cada vez admites más alimañas en este lugar, Martina.

—Pues por esto sí que vas a pasar la noche arrestado, mira tú por dónde. Llévale al coche y ponle las esposas, que se viene con nosotros.

Mauro fue conducido a las dependencias del cuartel, donde fue arrestado.

—Dejen que duerma la mona. Cuando se le pase, me avisan, pero ya mañana; esta noche la pasa aquí.