CAPÍTULO VIII
A la mañana siguiente, Alba se levantó temprano, aún no había amanecido. Subió al coche y lo puso en marcha en dirección a Santiago, al instituto forense.
Al llegar allí, se presentó enseñando su placa al guarda de seguridad y se dirigió a la primera ventanilla. Volvió a enseñar su placa y preguntó por el forense que había hecho la autopsia tanto a Roi como a Josefina.
Lo encontró en su despacho.
—Buenos días, soy Alba Neira, la sargento de la policía judicial que lleva el caso de Roi Otero.
—Sí, claro, siéntese. Supongo que ya habrá leído la autopsia de Roi y sabrá que murió por un golpe en la nuca. Fue contundente y realizado por un objeto romo, una vara de hierro tal vez.
—Sí, pero he venido para conocer directamente el resultado de la autopsia de Josefina y cuál es su opinión.
—Josefina Muñiz murió de un infarto. No había signos de violencia en su cuerpo. Le falló el corazón.
—¿Está seguro? Quiero decir, ¿cabe alguna otra posibilidad?
—No. Fue un infarto. No hay duda acerca de eso.
En cuanto a Roi, recibió varios golpes, propios de una pelea a puñetazos.
Yo diría que fue atacado por varias personas y tal vez a alguno de ellos se le fue la mano.
Sin embargo, en su cuerpo encontramos partículas de tierra, o de tierras, porque son varias y diferentes, de diversos lugares.
Parte procede del mismo bosque, según el análisis de criminalística; hay otras que son de la arena de la playa, pero también había restos de otra clase, mezclados con algo más sintético que no hemos logrado aún conocer.
—¿Eso podría indicar que el cuerpo estuvo en diferentes lugares, como si hubiera sido trasladado después de muerto?
—Bueno, esa es una opción; otra es que esa misma noche Roi estuvo en diferentes lugares, no tenía por qué estar muerto ya. Pero eso ya tienen que averiguarlo ustedes.
—Sí, está claro. Gracias, me ha ayudado mucho. Por cierto, he dejado para que analicen unas fotos de rodadas de diferentes vehículos.
—Bien, criminalística las estudiará y tendrá un informe sobre ello.
—Gracias de nuevo. Disculpe, ¿puedo ver los objetos que se recogieron en la casa de Josefina como pruebas?
—Claro, sí, ya han sido analizados. Pida también el informe.
—De acuerdo y gracias.
—Cualquier cosa que necesite, puede llamarme, no es necesario que se desplace hasta aquí. Suerte con la investigación.
Alba salió del instituto y regresó al pueblo. Aparcó el coche frente a la puerta del cuartel.
—Buenos días, Juan. Vengo de Santiago, tengo el informe de Josefina.
—¿Y qué sabemos?
—Al parecer murió de un infarto, y sí, tal vez fue así, pero un infarto provocado.
—¿Cómo provocado? ¿Eso dice el informe?
—No, eso lo pienso yo.
—Pues explícame.
—Entre las cosas que se recogieron había un botón.
—¿Un botón? ¿Y eso qué nos cuenta?
—Eso nos cuenta que el botón se desprendió del vestido de forma agresiva. Si no, ¿cómo es que estaba en el suelo?
—Bueno, pudo habérsele caído en cualquier otro momento.
—¿De verdad crees que una mujer que tenía la casa tan limpia y ordenada, si se le hubiera caído un botón en otro momento, no lo habría recogido?
Es más, ¿no se lo habría cosido rápidamente?
Al vestido le falta el botón de arriba, que es el que se encontró en el suelo, y se habría dado cuenta de que le faltaba.
Lo habría buscado o tal vez se habría colocado otro; estas mujeres siempre tienen una caja repleta de botones.
—¿Y qué crees que pasó?
—Que alguien a quien conocía entró en su casa y ella se asustó; tal vez esa persona la agarró del vestido con intención de golpearla y entonces sufrió el infarto. La persona que entró se fue dejándola en el suelo.
—Sí, desde luego tiene sentido. Pero ¿la ropa no tendría alguna huella?
—En eso el informe forense no es concluyente.
En la ropa es muy difícil detectar huellas dactilares, a no ser que vayan acompañadas de alguna sustancia: sangre, grasa o similar.
Josefina sabía o vio algo, y desde luego quien entró en su casa la noche que murió quiso hacerla callar.
Y sobre Roi, me confirma el forense que estuvo en varios lugares ese día, a tenor de las diferentes partículas halladas en su cuerpo: arena de la playa, tierra del bosque y algo con mezcla sintética.
Pero eso no corrobora la teoría de que después de muerto fuera trasladado.
Y esa señal en la frente… ¿qué puede significar?
Si realmente Roi se vio involucrado en una pelea y el golpe que lo mató fue fortuito o no, ¿por qué dejar esa señal?
¿Qué quería decirnos quien la pintó? ¿Por qué lo hizo?
Mientras Juan pensaba sobre lo que Alba había comentado, sonó su teléfono.
Contestó escuchando lo que al otro lado del teléfono le contaban. Cuando colgó, tomó su chaqueta rápidamente.
—Alba, han hallado a Frasco muerto en el bosque.
Los agentes salieron del cuartel con rapidez y subieron al coche de Alba.
Al llegar a la entrada del bosque, se encontraron con tres vecinos del pueblo. Estos los condujeron hasta donde habían hallado a Frasco. El lugar era exactamente el mismo en el que había aparecido una semana antes Roi.
Detrás de ellos se acercaron al camino otros coches de la policía, cuyos ocupantes fueron rápidamente al encuentro de Alba y Juan. Acordonaron el lugar.
Uno de los agentes frenó el paso a una mujer.
—Lo siento, Carmina, no puedes pasar.
—¿Es verdad? ¿Es Frasco? Dime, ¿es mi hijo?
Juan se apoyó en un árbol y se sentó sobre sus talones.
—¿Qué está pasando, Alba? Frasco era un buen hombre. Primero Roi, Josefina y ahora Frasco.
—Esto se está complicando más de lo que creemos, Juan —dijo Alba mientras un agente tomaba fotos.
No tardaron en llegar el forense y la orden del juez de guardia. Se realizó el levantamiento del cadáver. Lo cubrieron con una manta térmica para después meterlo en una ambulancia.
Alba se acercó a Carmina.
—Lo siento, de verdad que lo siento. Tienen que llevárselo.
—Déjeme verlo, se lo ruego.
—Tienen que llevárselo, Carmina. Es mejor que no lo veas ahora, ya podrás hacerlo más tarde —le dijo Juan, sujetándola con afecto.
—¿Y qué es lo que estáis haciendo vosotros? Tres muertos en una semana, ¿y qué estáis haciendo? Nada, no hacéis nada. Gente del pueblo muere, Juan, gente de tu pueblo. Mi hijo era amigo tuyo desde niños y ahora… Juan, está muerto —dijo la mujer, sollozando e inclinándose sobre el cuerpo del cabo.
—Estamos haciendo todo lo que podemos. Carmina, créeme, encontraremos al responsable de todo esto.
La ambulancia se alejó y el sonido rebotó en los árboles. Carmina se derrumbó llorando; Juan la levantó del suelo.
—Maldita sea, Carmina, lo vamos a encontrar, te lo juro que lo vamos a encontrar.
Se fundieron en un abrazo y hasta Alba lamentó esta muerte, pero se mantuvo fuerte mientras pudo.
Al bosque se acercaban más vecinos y amigos al oír las sirenas de los coches de policía y de la ambulancia.
Alba se acercó a Carmina.
—Créanos, lo encontraremos —le dijo, aferrando su mano y mirándola tan directamente a los ojos que no pudo evitar que se le humedecieran.
El bosque se quedó en silencio, hasta que las hojas de los robles se sacudieron con el viento y se escuchó un leve silbido, un silbido melodioso que todos los que iban abandonando el lugar sintieron más como un réquiem que como el propio sonido del movimiento de los árboles.