El bosque de los silbidos CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

—De momento sabemos que Xoel, Frasco, Jacinto y Maira no estuvieron toda la noche en la playa. Los padres de Maira tampoco, pero estoy seguro de que se fueron a casa.

—Eloi tampoco estuvo.

—Según lo que nos ha contado Maira, se sintió mal y se fue.

—A casa, nos dice Maira, pero no puede saber si eso fue así. Ella llegó mucho más tarde, después de sus amoríos con Jacinto en la cabaña.

Alba se quedó pensativa.

—Hay alguien más que no estuvo toda la noche en la playa.

—¿Quién?

—Uxia. Cuando vio que Roi no volvía, fue a buscarlo y en ese momento se encontró con Xoel y Frasco. La hemos descartado demasiado pronto. Tendríamos que hablar con Xoel y Frasco. Pero ahora no, demos un tiempo. Tal vez mañana. Me gustaría ver la cabaña. ¿Tú sabes dónde está?

—Sí, sé cuál es. ¿Te apetece un paseíto?

—Llévame a ella.

Alba y Juan subieron al coche y salieron del pueblo por la carretera, hasta un cruce donde se iniciaba un sendero estrecho de tierra.

—Podemos seguir con el coche hasta la cabaña, pero creo que es mejor que recorramos el camino andando.

—De acuerdo.

Comenzaron a caminar. Dejaron el bosque atrás, aunque aún se veían algunos árboles entre claros.

—Esa es.

—Está cerrada.

Alba miró por las ventanas y luego rodeó la casa.

—No se puede entrar.

Alba dirigió su mirada al suelo. Había huellas de ruedas. Diferentes huellas que formaban charcos, unos más profundos que otros.

—Estas rodadas son antiguas. Contienen el agua como si el suelo se hubiese endurecido por el tiempo; sin embargo, estas otras son más recientes. El agua no se ha filtrado. Pero tampoco podemos saber de cuándo. ¿Días, semanas?

—Es difícil saberlo, lleva toda la semana lloviendo intensamente.

Toma fotos de las huellas, se las enviaremos a criminalística.

Habrá que hacer fotos de los neumáticos, de todos ellos.

Necesitamos saber quién frecuenta esta cabaña y si lo hacen siempre acompañados de Jacinto o tienen llaves. Regresemos al pueblo.

Alba y Juan inspeccionaron uno por uno los coches de aquellos que habían abandonado la playa durante la noche de San Andrés. Tomaron fotos de las ruedas de todos los coches, menos de los de Fidel y Jacinto, que aún estaban fuera de sus casas.

—Son las cuatro de la tarde, tengo hambre, pero no me apetece ir al hostal y mucho menos de nuevo al bar. Creo que voy a visitar el pueblo de al lado, seguro que encontraré algún sitio donde comer.

—No es mala idea, vamos con mi coche.

—¿Prefieres comer en un bar que en tu propia casa?

—Bueno, conozco un mesón en la carretera que tiene la mejor cocina casera de la zona, y hace mucho que no pruebo un cocido de los que hacen.

—¿Y tú crees que a estas horas nos darán cocido?

Juan sacó su móvil del bolsillo del pantalón e hizo una llamada.

—Martina, buenas tardes, soy Juan Aceijas. ¿ Habería unha pota de cocido a esta hora para dúas ?

Alba le miró entre sorprendida y divertida.

—Pues nos espera un buen cocido gallego, así que vámonos ya.

Después de recorrer cuatro kilómetros, llegaron a una casa con fachada de piedra y adosada a una palloza. En la parte delantera colgaba un cartel de madera donde se podía leer «Fogar do Manoliño».

El mesón tenía vigas de madera en el techo y de él colgaban faroles que apenas alumbraban la estancia.

La luz que entraba, aunque tenuemente, lo hacía por las ventanas enmarcadas en madera.

Era un lugar acogedor y no estaba muy concurrido.

Al entrar, salió de la cocina una mujer de unos cincuenta años, morena, con el pelo muy rizado y de tez blanca.

—Benditos os ollos que te ven, Juan —saludó la mujer, dándole un abrazo.

—Sí, es cierto, hace tiempo que no venía yo por aquí. Te presento a la sargento Alba Neira.

—¿Pero es tu compañera nueva? Yo no la vi nunca por estos lugares.

—No, no, Martina, es mi superior. Ha venido a colaborar con nosotros en la investigación…

—¡Ah, sí! Ya lo oí, por lo de Roi. ¿Verdad?

—Sí, Martina, por lo de Roi.

—Pobre muchacho. Bueno, sentaos en esa mesa. Enseguida os preparamos un mantel, los cubiertos y platos. Buen cocido va a comer, señorita. ¿Qué, es usted de por aquí también? De Galicia, digo. Ahora que la miro bien, se me hace conocida.

—Pues gallega soy también, de la zona de Arousa, pero nunca he estado en esta zona.

—Ah, ¡qué buen marisco y qué playas…! Tengo primos, sabe, en San Roque.

—Pues cerquita de donde yo nací.

—Pues aquí está el cocido. ¿Queréis vino?

—No, Martina, mejor tráiganos agua.

—Pues agua. ¿ Menina , trae unas botellas grandes de agua para esta mesa?

—Parece entrañable esta mujer —dijo Alba cuando Martina se alejó.

—¿Martina? Una mujer maravillosa, no solo es buena cocinera, es buena gente. Nació y creció en Portugal; en realidad, la mayor parte de su vida la pasó en Portugal, aunque también vivió en Francia.

—¿En Francia?

—Sí, pero allí estuvo solo dos años, trabajando como profesora. Manoliño, Manolo, era su padre. Este mesón está aquí desde antes de nacer yo. Al morir su padre, ella vino para este pueblo y se metió en la cocina y ya ves, ahora regenta el restaurante y el bar. La palloza es un bar de copas.

—¡No! ¿Y quién viene hasta aquí a tomarse una copa?

—Pues ahora casi nadie, en celebraciones, bodas y similares. Pero antes, en los noventa, se llenaba los fines de semana, sobre todo en verano. Lo llevaba su hermano, Martina lo adoraba. Falleció hace varios años.

—¿Tú te acuerdas de él, Juan? Eras muy pequeño —contestó Martina al acercarse para retirar los platos y la olla del cocido.

—Sí, me acuerdo de él. No era tan pequeño, ya tenía dieciocho años.

—Ah, sí, que venías a veces con esa chica… ¿Cómo se llamaba?

—Uxia.

—Eso, Uxia, ¿no es la mujer de Roi?

—Su pareja, no estaban casados.

—Y eso qué más da, casados o no, su mujer. Bueno, a ver, suya, suya no, que las mujeres no somos de nadie más que de nosotras mismas. ¿No opina igual usted, Alba?

—Pues sí, no le falta razón.

—Pues a ver si me falta razón con el postre que os voy a traer. Ya verá, le va a encantar.

—¿Unas filloas?

—¡Qué filloas, Juan! Esas ya te las haces tú en tu casa. Unos melindres y un orujillo para remojar. ¿Café?

—De acuerdo, pues el completo: el café, el orujo y los melindres.

—Pero vamos a la palloza. Ahora, en este tiempo, la abro a estas horas; a la gente le gusta relajarse un poquito y ya verás cómo enseguida viene más gente, los chavales con sus motos, sobre todo.

Y mira que son, que me insisten e insisten en que les ponga reguetón, pero no me dejo, eso por encima de mi cadáver. No tenéis prisa, ¿verdad?

—Bueno, algo de prisa…

—Alba, nos hemos levantado a las siete, nos hemos pasado toda la mañana trabajando. Desde que has llegado al pueblo, ni domingo de descanso has tenido. Vamos a parar un poco.

—De acuerdo.

—Pues dicho está. Meninas, ¿la cocina está recogida?

—Sí, Martina, todo está recogido ya —contestó una de las empleadas del mesón.

—Pues ¡ale! Marchad ya, ya hago yo los cafés. A casa a descansar. Tú, Virginia, ¿vienes a la noche?

—Sí, Martina, pero ya sabes, te dije que un poco más tarde. Hoy viene mi hermano y cenaremos en casa.

—Cierto, sin problema, Virginia. ¿No tenéis casa? Marchaos a descansar. Y vosotros dos, id pasando a la palloza, que ya está abierta. Enseguida voy con los cafés y los melindres. ¡Ah!, y el orujillo.

—Bueno, orujo…

—Un buen orujo para pasar el cocido. Y ¿no le oyó a Juan? Pues habrá que tomarse algún respiro, ¿no? Venga, id tirando.

Martina desapareció soltándose el pelo; una cascada de rizos negros cayó por la espalda.

Alba y Juan atravesaron una puerta que, desde dentro del mesón, conducía a la palloza.

Era un lugar lleno de armonía, con sillones de mimbre decorados con cojines cómodos, mesitas bajas y redondas, telas de colores suaves y una gran chimenea que era capaz de contener varios troncos que despedían un agradable calor.

Alba y Juan ocuparon unos sillones cerca de ella. Después se escuchó una canción que llenó la estancia.

—¿Y esta música?

—¿Reconoces la voz del cantante?

—Creo que sí, pero me hace dudar el tipo de balada. No es la que, al menos yo, le he escuchado.

—¿Quién piensas que es?

—¿Demis Roussos?

—Buen oído tienes, Alba —contestó Martina, apareciendo de pronto con una bandeja con el postre prometido.

Llevaba un vestido largo de color oscuro con remates naranjas y turquesas, el pelo suelto y un colgante largo de madera.

—Es Demis Roussos. A finales de los años sesenta cantaba en un grupo musical llamado Aphrodite's Child. Formó el grupo con varios artistas, entre ellos Evángelos Odysséas Papathanassíou, es decir, Vangelis.

—Nunca lo había escuchado antes, ni siquiera sabía de su existencia.

—No hay que saber de todo, Alba.

Alba se preguntaba qué clase de mujer era Martina. Estaba sorprendida; detrás de ese delantal no se apreciaba la belleza de una mujer ya madura que seguro tenía muchas cosas que contar, muchas experiencias vividas.

Martina se sentó con ellos.

—Me vais a permitir que me siente con vosotros, así evitaré que habléis de trabajo. Disfrutad del momento, de los melindres y del orujo.

—Juan, no sé si tú deberías beber, se supone que tienes que regresar al cuartel.

—Hoy no, Alba.

—¿Cómo que hoy no?

—Hoy tengo el día libre.

—¿Y cómo no me lo has dicho antes?

—Alguien debía acompañarte a los interrogatorios.

—Podía haber ido sola o con alguno de los agentes.

—¿Y te hubieses perdido todo esto? Siempre pido este día libre.

—¿Este día?

—Sí.

—¡Claro! —exclamó Martina—. Hoy es siete de diciembre.

Juan sonrió.

—¿Y qué pasa el siete de diciembre?

—Que es su cumpleaños —dijo Martina.

—¿Tu cumpleaños, Juan?

—Así es, señorita sargento, hoy cumplo treinta y ocho años.

—Joven, muy joven —contestó Martina, sirviendo orujo blanco en unos vasos.

—No tanto.

—Aún te queda mucho para llegar a mi edad.

Alba miró a Martina. Ella diría que no llegaba a los cincuenta años, poco más de cuarenta tal vez.

—Sí, Alba, podría ser vuestra madre, de los dos, seguramente —dijo Martina sonriendo al ver la cara de Alba y adivinando sus pensamientos—. Este año que va a entrar cumpliré los sesenta.

—¡No! —exclamó Alba.

—Pues sí, sesenta años, ni uno más ni uno menos.

—Te conservas estupendamente. ¿Cuál es tu secreto?

—No preocuparme demasiado por casi nada.

En ese momento entraron varios jóvenes veinteañeros. Martina se levantó.

—Bien, estos sí, estos chicos son de los míos, no me pedirán que cambie la música, se tomarán una cervecita tranquilamente y sin hacer estridencias.

Y tal y como lo había dicho, sucedió.

—Quien viene bastante por aquí, aunque se queda en el restaurante, es Jacinto.

Qué poco me gusta ese chico, siempre metido en jaleos.

Últimamente le veo con Fidel, otro que tal baila, y con Mauro, el portugués, el de la carpintería del pueblo.

Nada, nada me gustan, siempre se traen algo entre manos.

—¿Cuándo les has visto por última vez?

—Anoche mismo.

—¿A Jacinto?

—Sí, con Mauro. ¿Por qué? —preguntó Martina, detectando cierto interés en Alba.

Alba no dijo nada.

—Escucha, estos son Vangelis también, el que canta es Jon Anderson, el fundador del grupo Yes.

Alba ya no estaba tan interesada en la música, solo tenía en mente a Jacinto y en hablar con ese tal Mauro.

Martina y Juan se miraron.

—Creo que ya es hora de que nos vayamos.

—Te invito yo, Alba, por mi cumpleaños.

—Pues… gracias, Juan.

—Los cafés y el postre corren de mi cuenta —dijo Martina, contrariada—. Espero, Juan, que no tardes tanto en venir y traigas contigo a Alba, a ver si conseguimos que se relaje y deje el trabajo en los momentos oportunos.

A Alba no le agradó el comentario de Martina.

—Alba, ¿qué te pasa? Estábamos pasándolo bien. Ha sido nombrar a Jacinto y se ha disparado en ti la sargento de la policía judicial que llevas dentro siempre. ¿No eres capaz de dejarlo ni por un pequeño espacio de tiempo en segundo plano?

—Soy sargento de la policía judicial y tú, un cabo de la Guardia Civil, y parece que se te olvida.

—No se me olvida, pero también, o incluso por encima, somos personas, con el mismo derecho a relajarnos y a disfrutar como todos los demás.

Durante el trayecto hasta el pueblo, Alba y Juan no hablaron. Al llegar a la pensión, Alba bajó del coche y se despidió de Juan.

—Gracias por la invitación y… feliz cumpleaños.

Eran casi las siete de la tarde. Alba subió a su habitación y Juan regresó a su casa