El bosque de los silbidos CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

Después de que el forense certificase la defunción, una ambulancia se llevó el cuerpo. Los vecinos se agolparon en la calle, queriendo saber qué le había pasado a su vecina.

Dentro de la vivienda, un grupo de agentes dirigidos por Alba inspeccionaba la casa y, sobre todo, la zona donde hasta poco menos de dos horas yacía Josefina.

—Todo lo que hayan encontrado alrededor del cadáver pónganlo en esa bandeja en sus debidas bolsas contenedoras, que esté todo a la vista. Juan, custódiala, por favor, no quiero que nada se pierda. Recojan todo, hasta lo más insignificante —ordenó la sargento.

—En las otras habitaciones tampoco hay signos de violencia, no hay nada revuelto, al contrario, todo está muy limpio y ordenado —dijo uno de los agentes dirigiéndose a Alba.

Al cabo de dos horas de revisar la casa, tomar muestras y hacer fotos, cerraron las ventanas y, con la zona ya acordonada, precintaron la casa.

—Otra muerte, este pueblo cada vez se parece más al escenario de una serie televisiva de crímenes, aunque en este caso tendremos que esperar a la autopsia —dijo Juan encaminándose junto a Alba al cuartel.

—Mañana mismo me acercaré a la capital. Necesito un informe directo del forense. Parece no ser una muerte violenta, pero solo lo parece.

—¿Crees que es buen momento para interrogar a Maira? Estará en el bar.

—Mi primera intención era hablar de nuevo con Fidel, pero se ha marchado. Su coche no está.

Juan miró hacia atrás y pudo comprobar lo que Alba decía.

—Sí, vamos al bar, probablemente Maira esté allí.

Durante el trayecto, Alba no dijo nada, permaneció callada.

El bar estaba muy concurrido. Xandro y Maira servían conversando con los vecinos sobre la muerte de Josefina.

Fueron pocos los que no se dieron la vuelta al ver entrar a Juan y a Alba.

Los dos se colocaron junto a la barra y dejaron que Maira atendiera la petición de un café bien cargado. Luego se acercaron a ella.

—Maira, necesitamos hablar contigo, ¿podemos ir al almacén? Será mucho mejor.

Alba asintió con la cabeza a Juan y les condujo fuera de la barra hasta un cuarto pequeño que hacía las veces de almacén y de oficina.

Juan nunca había entrado allí y echó una mirada rápida a la habitación.

Varias cajas de bebida se apilaban en un rincón.

Junto a ellas había una nevera de gran capacidad, algunas sillas y taburetes, una mesa y un ordenador.

Todo aquello era, a simple vista, lo que ocupaba el cuarto.

En él también había una puerta estrecha.

—¿Qué hay ahí? —preguntó Alba creyendo que pudiera ser una salida.

—Es una despensa.

—Maira, conocemos tu historia con Jacinto, pero eso no es lo que nos preocupa. ¿Puedes decirnos hasta qué hora estuviste ayer noche con él? —preguntó Alba.

—¿Anoche?

—Sí, Maira, anoche.

Maira durante unos segundos estuvo callada, dubitativa.

—¿No te acuerdas? Poca memoria tienes.

—No, sí lo recuerdo —terminó por contestar.

—Bien, pues cuéntanos.

Maira volvió a dudar.

—Estuve con él ayer.

—Eso ya lo sabemos, lo que nos interesa saber es dónde y hasta qué hora estuvisteis juntos.

—Fuimos al pueblo de al lado. Jacinto tenía que hablar con alguien y luego continuamos con el coche hasta…

—¿Hasta dónde?

—Fuimos… a una casa que tiene Jacinto, una cabaña de madera.

—¿Hasta qué hora?

—No lo sé bien, pero regresamos poco antes de las nueve. Lo sé porque yo volví al bar y mi padre me riñó por llegar tan tarde, me dijo que eran las nueve, que las cosas del bar no se hacían solas y que él había tenido que atender a mi madre.

—¿Estás segura de que eran las nueve?

—Sí, yo miré también el reloj, eran las nueve.

—Jacinto nos ha dicho que ayer a las diez te dejó en el bar —Alba mintió a Maira sobre la hora, sabiendo que Jacinto había comentado que había sido sobre las once.

—No, quizá se ha confundido de hora.

—¿Tú crees? —preguntó Juan.

—Sí, Juan, exacto, había anochecido ya y tal vez se confundió de hora. Pero, espera, luego vino al bar. Sí, lo recuerdo. Estuvo aquí hasta esa hora. Hasta las diez. A lo mejor no ha sabido explicarse.

—¿No ha sabido explicarse? Maira, ¿estás totalmente segura de que luego vino al bar y estuvo hasta las diez?

—Sí, sí.

—¿Vino desde su casa o no lo sabes?

—No, no lo sé.

—O sea que vino andando de algún sitio, dejó el coche aparcado en ese sitio y se quedó aquí hasta las diez.

—Sí, eso me dijo, que había dejado el coche aparcado y sí, sí, seguro eran las diez.

—¿Estaba tu padre en el bar en ese momento?

—No, no estaba, había subido a ver a mi madre.

—Maira, ni vino aquí ni eran las diez ni dejó el coche aparcado. La sargento lo vio ayer sobre las once, en el coche, y él nos ha dicho que estuvisteis juntos hasta esa hora, hasta las once, momento en el que, según él, te dejó en el bar. Así que o tú o él mentís.

—¿Con quién tenía que verse Jacinto ayer?

—No me lo dijo, sargento, yo me quedé en el coche mientras él entraba en el bar, al parecer allí había quedado con alguien.

—¿Y no se lo preguntaste?

—No, no era de mi incumbencia con quién hubiese quedado.

—Ya. ¿Dónde está esa casa? La casa donde estuvisteis.

—Solemos ir allí. Jacinto la tiene bien amueblada, también hemos ido con otros del pueblo, en celebraciones. ¿Sabe?

—No te he preguntado eso. ¿Dónde está esa casa?

Maira no respondió.

—Juan, acompaña a Maira y dile a su padre que entre.

—No, pero no le digan nada a él.

—Solo le voy a preguntar unas cuantas cosillas. Sobre tu relación con Jacinto no me interesa nada, descuida —contestó Alba con cierto desprecio—. Y no me has contestado, ¿dónde está esa casa?

—Pasada la carretera del bosque. Pero no le diga nada, por favor, mi padre…

—Sal con el cabo, Maira.

A los pocos minutos, Xandro entró en el almacén secándose las manos.

—¿Qué es lo que sucede, sargento?

—¿A qué hora regresó anoche su hija al bar?

Xandro se sentó.

—A las nueve. Esta hija mía… ¿En qué lío se ha metido?

—¿Está seguro de que eran las nueve?

—Sí, lo vi en el reloj.

—¿Luego a qué hora se marchó usted del bar?

—A las diez y media, ayer cerramos pronto, no había nadie y mi mujer no se encontraba bien, a veces… bueno, ella sufre depresiones, por su invalidez.

—Lo cerraron juntos, su hija y usted, entonces.

—Sí.

—De acuerdo, pues eso es todo.

—Ya se habrá metido en algún problema, si es que no sé qué hace con… Jacinto, su marido la trata bien y la quiere, es buen hombre, para que tenga que enredarse con ese… que no trae más que problemas. Sargento, este asunto yo lo sé, y Jacinto también sabe que lo sé. Pero preferiría…

—Puede estar tranquilo: por nuestra parte, su yerno Eloi, no sabrá nada. Le digo lo mismo que le he dicho a su hija, sus líos y enredos de cuernos no me interesan, al menos… de momento.

Alba salió del almacén dejando a Xandro abatido y preocupado y llamó de nuevo a Maira y a Juan.

Maira miró a su padre con temor, pero Xandro no le dijo nada.

—Xandro, puede irse. Y gracias —le dijo Alba con respeto y consideración.

Cuando el hombre, aun con preocupación, ya estaba detrás de la barra, la sargento Neira se dirigió a Maira.

—Maira, cuéntame todo lo que recuerdes de la noche del treinta de noviembre pasado, la misma noche en la que desapareció Roi. ¿Dónde estabas, qué hiciste, cuándo te fuiste y con quién estuviste? Todo.

—Yo… llegué después de recoger los cacharros, habíamos sacado unas potas de pulpo y patatas al festejo de la plaza. Llegué con mi padre.

—¿A qué hora?

—Serían las diez de la noche. Repartimos unos vasos de vino y pastas entre mi marido y yo.

Juan iba apuntando lo que Maira relataba.

—Luego, cuando acabamos, sobre las once, mi marido y yo bajamos a la playa, nos sentamos en las rocas. Allí estaban mis padres.

—¿Y qué más hiciste?

—Pues… nada más, disfrutar de la fiesta y hablar con los vecinos.

—¿Nada más? —preguntó Juan.

—Maira, o aprendes a mentir o no mientas por salvar el culo a nadie —contestó Alba agresivamente.

—¿Qué quiere decir, sargento?

—Quiero decir que ya nos ha contado bastantes mentiras. ¿Por qué encubres a Jacinto?

—No le estoy encubriendo —dijo Maira, nerviosa y mirando a Juan.

—A ver, Maira, no nos sigas mintiendo, di la verdad. Si no tienes nada que ocultar, puedes hacerlo; si nos mientes, la sargento y yo pensaremos que algo escondes.

—Estuve hasta las doce en la playa, luego mis padres marcharon a la casa. Eloi no se sentía muy bien y quise irme con él a nuestra casa también, pero me dijo que me quedase y que disfrutara de la fiesta.

—Y bien que lo hiciste, ¿no?

—No. Cuando Eloi se fue, Jacinto se acercó y me propuso irnos de la playa, pero no quise. No lo hice.

—¿Y te quedaste?

—Sí, durante un rato, tal vez media hora más. Luego me fui a casa, bueno, esa era mi intención.

—¿Estás segura de eso?

—Bueno, me encontré por el camino con Jacinto y marchamos a la cabaña. Hasta las tres.

—¿Por qué tienes tanto interés en mentir sobre tus encuentros con Jacinto? Nosotros ya conocemos ese asunto y he de decirte que tu padre lo sabe hace mucho tiempo. ¿Hay algo más que no nos cuentas?

—No, no hay nada más, y si no me necesitan para nada más me salgo al bar, hay mucha gente y mi padre necesita ayuda —contestó Maira, irritada.

—Te pones brava —replicó Alba irónicamente—. Bien, puedes irte, pero volveremos a hablar contigo.

Maira la miró desconcertada.

Fuera del bar, Juan preguntó a Alba qué le había contado Xandro.

—Pues la verdad. Maira vino a las nueve y cerraron juntos sobre las diez y media.

—Maira está protegiendo a Jacinto.

—¿De qué lo protege? Es lo que tenemos que saber. Vamos a volver a hablar con él, estoy segura de que Maira va a llamarle para decirle que hemos venido y lo que ha pasado. No quiero darle tiempo a que piense otra sarta de mentiras.

La sargento y el cabo Aceijas se dirigieron a casa de Jacinto, pero no le encontraron.

—Vamos al cuartel, Juan. Repasemos todo lo que sabemos. Es poco, pero algo habrá que podamos ir encajando, sorteando todas las mentiras que nos han dicho, claro.