El bosque de los silbidos CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Las campanas de la iglesia dieron siete golpes. Alba, después de asearse y vestirse, salió hacia el cuartel.

—Buenos días, Juan.

—¿Estás bien, Alba?

—Sí, he dormido mal, el vino tal vez.

Juan la miró con extrañeza; la noche anterior Alba solo había bebido dos cortas copas, no como para tener aspecto resacoso. Sin embargo, no dijo nada.

—Juan, ¿quién tiene en el pueblo un todoterreno oscuro?

—Pues varios, ¿por qué?

—¿Jacinto?

—Sí, tiene uno.

—Anoche, sobre las once, pasó por debajo de mi ventana un todoterreno, no pude ver la matrícula, estaba bastante oscuro y la farola junto a la que pasó lleva estropeada desde que vine al pueblo. Pero me fijé que en la parte de atrás tenía un adhesivo de un oso.

—Sí, ese es el coche de Jacinto.

—Creo que nadie iba con él. Al menos no me pareció que el asiento del copiloto estuviese ocupado. Vamos al muelle, quiero ver si aún no han salido los barcos.

Cuando llegaron al muelle, las barcas esperaban para salir.

Alba se dirigió a Jacinto.

—Buenos días, Jacinto.

—Buenos días, sargento.

—¿Dónde estuviste ayer, al regreso de la mar?

—Pues, me fui a casa, estos días están siendo duros y me apeteció cenar pronto y marchar a la cama.

—¿Entonces estuviste toda la noche en la casa?

—Sí, sargento, toda la noche.

—Jacinto, sal de la barca y ven hacia aquí.

—Estamos a punto de salir.

—Sal de la barca.

—Pero ¿por qué? ¿Qué quiere?

—Sal de la barca, Jacinto, haz lo que te dice.

Jacinto saltó de la barca al muelle.

—Dices que estuviste toda la noche en casa.

—Que sí, Juan, ya os lo he dicho.

El resto de pescadores escuchaban simulando hacer algo en las cabinas o cubiertas.

—Jacinto, ayer noche, sobre las once, pasaste con tu coche por debajo del hostal. Mala suerte, había mucho viento, se abrió la ventana y tuve que cerrarla. Te vi pasar.

—Juan, que no puedo, tengo que faenar, mis compañeros esperan.

—Lo siento, Jacinto, así son las cosas, acompáñanos.

Entraron los tres en el cuartel.

—Siéntate, Jacinto. A ver, te lo vamos a preguntar otra vez: ¿dónde estuviste anoche? ¿Volvemos a otros tiempos?

—Que no, Juan, que no es lo que crees.

—¿Y qué es lo que creemos, Jacinto? —preguntó Alba.

—Juan, de verdad. No es eso. Ayer estuve… con una chica.

—¿Con qué chica?

—¿Qué más da? Con una.

—No da más, Jacinto, ¿quién era? ¿O era la chica fantasma? —se impacientó Alba.

—Juan, por favor, no quiero meterla en líos.

—¿En qué líos? Si no contestas, tú sí vas a estar en un lío.

—Maira.

—¿Quién es Maira? —preguntó Alba, dirigiéndose a Juan.

—Maira es la hija de Xandro, el del bar, y además… la mujer de Eloi.

—Muy inteligente, se lía con una chica casada, pero del pueblo. Muy inteligente. Y mujer de un amigo. Sí, señor, muy inteligente.

—Nos vemos a veces, no todos los días.

—Ah, claro, eso te hace ser un poquito más inteligente. Es la mujer de Eloi, y Eloi ¿es?

—Mi hermano.

—Tu cuñada, para que todo quede en familia, ¿no? ¿Quién más sabe esto? O ¿quién lo sabía? A lo mejor, ¿Roi?

—¿Qué está diciendo? Roi, si lo hubiera sabido, no se lo hubiese dicho a nadie, pero tampoco creo que supiera nada.

—Lo malo es que yo no sé si lo hubiera contado, pero lo que sí sé es que ya no puede decir nada. ¿Os peleasteis? ¿Le golpeaste? Cuéntanos, ¿qué pasó?

—Nada de eso, sargento.

—¿Estuviste en la playa la noche que desapareció?

—Sí, unas horas.

—Solo unas horas. ¿Y el resto de horas? No me lo digas, traicionando a tu hermano.

—Sí, y ayer Maira y yo quedamos en el sendero de laureles, llevé mi coche hasta allí y salimos del pueblo. Cuando usted me vio, acababa de dejarla en el bar.

—Ya, y Maira ¿va a contarnos lo mismo?

—No, hombre, no, Juan, tienes que creerme, entiéndeme, no habléis con ella, si alguien se entera…

—Tu hermano te mata y, si no lo consigue, te remata el padre. Bien, puedes irte, pero del cuartelillo; del pueblo no salgas para nada. Vamos a hablar con Maira y tu coche nos lo llevamos.

—Usted no puede hacer eso. No puede llevarse mi coche.

—Ahora mismo no, pero en cuanto tenga una orden del juez, tu coche se queda paralizado y veremos si el vehículo sabe algo más de lo que tú nos cuentas.

—Juan, te lo pido por amistad, procura que no se entere nadie de lo de Maira.

—No te prometo nada. Anda, marcha para la casa.

Jacinto salió dando un portazo. Alba y Juan se quedaron solos.

—Vamos a buscar a Fidel; no estaba en el muelle.

En el camino hasta la casa de Fidel intercambiaron opiniones.

—Piensas que tal vez Roi lo descubrió y se pelearon, ¿cierto?

—Es muy posible.

—Si así fue… un mal golpe. ¿Luego llevó el cadáver dos días después al bosque? ¿Por qué?

—¿La culpa, Juan? A veces sucede que entran en pánico o no les deja vivir la conciencia.

—¿Y las marcas en la frente?

—Eso aún no podemos saberlo, tal vez quiso jugar al despiste con ello.

—¿Crees que el juez va a dar orden de retirar el coche de Jacinto?

—No, ni la voy a pedir. No tenemos argumentos suficientes para ello, no que puedan relacionarlos con la muerte de Roi.

Y ha sido un gran error por mi parte tirarme ese farol.

Si hay algo que esconde, lavará el coche; por eso debemos ser rápidos y buscar algún indicio que pueda permitirnos solicitar esa orden.

Al llegar a la casa de Fidel, llamaron a la puerta y esperaron a que se abriera.

El joven no tardó en aparecer en el umbral. No tenía buen aspecto, tenía el cabello revuelto y vestía pantalón vaquero y un jersey de lana.

—Buenos días, Fidel, ¿podemos pasar?

Fidel hizo un gesto con el brazo, dándoles permiso para entrar.

—¿Qué pasa? —preguntó, sentándose en un sofá.

—¿Estás cansado? No tienes buen aspecto.

—Me han despertado, estaba durmiendo.

—¿Y duermes con pantalón y jersey?

—Acabo de ponérmelo para abrir la puerta.

—Eres rápido vistiéndote.

—Dígame lo que quiere.

—A ver, Fidel, ayer vinimos, necesitábamos hablar contigo, pero no estabas.

—¿Quién ha dicho que no estaba? Ayer me vine directo a casa.

—Que viniste lo sabemos. ¿Pero luego adónde fuiste?

—No fui a ningún sitio, me quedé en la casa. Descansando. Debí dormirme.

—Con el pantalón y el jersey puestos.

—Sí, seguramente.

—Acabas de decirnos que te los has puesto ahora mismo.

—No sé. Aún estoy adormilado.

—Ya. ¿Y no oíste los gritos que dimos llamándote? Porque el resto del pueblo sí se enteró.

—Venga, dinos dónde estuviste —le dijo Juan.

—En casa, no salí, tomé unas copas antes de meterme en la cama y tal vez algo más, eso no es delito.

—No, delito no es, pero mentirnos no está bien, Fidel. ¿Y la noche de San Andrés, cuando desapareció Roi, tú dónde estabas?

—Mire, no me acuerdo, tal vez estaba con Jacinto, casi seguro.

—¿Casi seguro?

—Mire, ya le digo que no lo sé. Tendría que hacer memoria, y estoy cansado, así que, si no le importa, déjenme tranquilo porque voy a seguir durmiendo.

—Nosotros nos vamos a ir, dejamos que sigas durmiendo, pero refresca la memoria, porque a lo mejor anoche sí te fuiste y ahora no lo recuerdas, como no recuerdas dónde estuviste esa otra noche.

Alba y Juan salieron a la calle.

—Está mintiendo. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Es que nadie puede decir ni media verdad?

—Hombre, con los gritos que dimos, por muy dormido que estuviera, tuvo que oírnos.

—En eso no está mintiendo. Cuando vinimos estaba en casa. Salió después.

—¿Cómo estás tan segura?

—Mira el coche.

—Sigue aparcado.

—Sí, pero un poco más atrás de cuando nosotros lo vimos. Me fijé en que la parte delantera llegaba hasta esa piedra de la pared. ¿Y ahora? —dijo Alba señalando la pared del muro contiguo.

—Sí, está como medio metro más atrás.

—Por eso nos está mintiendo, no quiso abrirnos y tal vez salió por la noche. A lo mejor Jacinto sabe adónde fue, a lo mejor Maira ayer noche dormía con su marido tranquilamente. Y nos lo va a decir ahora mismo.

Pasaron por delante del jardín de Josefina. Alba miró hacia la casa esperando ver a la vecina espiando. Vio en el suelo, junto a la entrada, un paraguas. Estaba muy mojado y abierto.

Alba se acercó a la casa.

—¿Qué haces? ¿No querrás que salga? Esa mujer me pone la cabeza…

Alba sacó su pistola. Después de mirar a través de la ventana hacia dentro, dio una patada a la puerta y se abrió con facilidad.

Josefina estaba tumbada en el suelo. Alba le tomó el pulso.

—Está muerta.