El bosque de los silbidos CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Juan encendió las lámparas del salón.

—Enseguida caliento el horno. ¿Quieres una copa de vino?

—Sí, gracias.

Juan entró en la cocina y pocos minutos después salió con una botella y dos copas.

Se sentó junto a Alba en el sofá.

—No son mala gente. Están asustados.

—Lo sé. Tampoco pretendo yo extender el miedo en el pueblo.

Pero hay un joven muerto que durante dos días estuvo desaparecido y tengo la seguridad de que alguien del pueblo sabe algo y no lo dice.

Según el primer informe no se vio a nadie extraño por las cercanías ni ese día ni los posteriores.

La muerte fue violenta, no cabe otra posibilidad.

La autopsia confirma que murió por el golpe en la nuca, dos días antes de ser encontrado.

Sin embargo, los golpes de la cara y las costillas indican que tuvo que haber un enfrentamiento.

—Alba, me vas a permitir que dejemos de hablar de eso. Vamos a cenar tranquilos y disfruta del vino.

—Está bien.

—¿En qué parte de Galicia naciste? —preguntó Juan, queriendo comenzar una conversación que se alejara de la investigación.

—En la zona de Arousa. Pero desde los catorce años viví en Pontevedra. Al morir mi madre, mi padre quiso dejar atrás los recuerdos.

—¿Y no volviste al pueblo?

—Sí, claro que sí. Todos los veranos y casi todas las navidades, pasaba largas temporadas en casa de mis abuelos. Hasta que, como tú, entré en la academia. Mi primer destino… hace ya tanto de eso, mi primer destino fue Andalucía.

—¿Andalucía? ¿Y qué hacía una gallega en Andalucía?

—Apartarme de lo que me rodeaba. Mi padre se volvió a casar y yo no me llevaba bien con su mujer. Eso es todo.

—Una decisión muy drástica marcharse a la otra punta de España.

—Fue un impulso, allí estuve cinco años, luego pedí traslado y regresé. Al Ferrol me enviaron.

—Bueno, más cerca ya estabas. ¿Y te convertiste en Blancanieves, perseguida por la madrastra?

—No. Al contrario, cuando la conocí bien, encontré una amiga. Era buena mujer.

—¿Era?

—Sí, murió de cáncer, cuando mi hermano pequeño tenía cuatro años.

—¿Tienes un hermano pequeño?

—Bueno, ¿y tú? Tú naciste aquí, en este pueblo.

—Sí, ya te conté. ¿Una copa?

—Una más solamente. Mañana necesitamos estar despiertos. Quiero interrogar a Jacinto y a Fidel. Me intriga que precisamente hoy hayan desaparecido los dos. ¿Siempre tienen la costumbre de reunirse en el bar cuando llegan al pueblo?

—Es lo habitual. Pero habíamos quedado en no hablar de ello.

—Lo siento.

—¿No puedes dejar de ser guardia civil fuera de tu horario?

—¿Horario? Hace muchos años que mi horario lo marcan los casos que investigo. Creo que me voy a ir a dormir. Gracias por la cena, Juan. Nos vemos mañana en el cuartel. A las siete y media. Buenas noches.

Se despidieron en la puerta de nuevo. Alba se colocó la capucha. La lluvia era intensa; pequeños arroyuelos corrían por las calles del pueblo, y las burbujas que flotaban en la superficie indicaban que no iba a parar pronto de llover.

Alba cruzó la calle corriendo y se metió en el hostal. Subió las escaleras deprisa hasta el dormitorio, se descalzó, se quitó el chubasquero y fue hacia la ducha.

Hizo correr el agua hasta que estuvo caliente. Luego se puso bajo ella y su cuerpo comenzó a entrar en calor.

Escuchó que la ventana se había abierto, probablemente por el aire. Salió del baño cubriéndose con una toalla, se acercó a la ventana y la cerró. En ese momento vio pasar un coche de color oscuro, un todoterreno. Miró el reloj: eran las once.

Luego se metió en la cama, se colocó unos auriculares y se quedó dormida escuchando la voz de Ella Fitzgerald.

En medio de la noche se despertó. Se levantó de la cama medio adormilada. Sobre la mesa tenía una caja de madera; sacó una bolsita de té negro con pimienta y unos terrones de azúcar. Hirvió el agua en un calentador. En una taza introdujo el té, lo endulzó y colocó sobre su cuerpo una manta.

Se sentó junto a la ventana, mirando las fotos. Y comenzó a llorar. Después de dos horas, más calmada, volvió a la cama y se durmió.