CAPÍTULO III
Volvía a llover. Alba esperaba a Juan delante de la puerta del hostal, cubierta con un chubasquero. Justo al dar las ocho en el campanario, lo vio torcer la esquina de la calle.
Se saludaron fríamente.
—¿Vamos al bar?
—A Fidel lo encontraremos en su casa, lo he visto entrar hace menos de media hora.
—Vamos entonces a su casa.
Llamaron a su puerta varias veces, pero nadie abrió.
—¡Fidel! —gritó Juan, apostado en la ventana—. Abre la puerta, tenemos que hablar contigo.
Nadie respondió.
—Habrá ido al bar mientras tú llegabas al hostal.
—La luz del salón está encendida.
Alba miró a través de la ventana.
—Fidel, soy la sargento Neira, abra la puerta.
Nadie contestó.
Una vecina, al oír los gritos, salió a su jardín, guareciéndose con un paraguas.
—Buenas tardes, ¿ha visto usted salir a su vecino?
—Lo vi entrar hace ya un rato, pero salir no.
—¿Hay puerta de atrás?
—No, señorita. Si se ha marchado, lo ha tenido que hacer por esa en la que está usted, y el coche sigue aparcado, es ese, el gris.
—Vamos al bar, tal vez se haya dejado la luz encendida.
—¿Si lo veo, le digo que lo están buscando?
—No, Josefina, no le diga nada —le pidió Juan—. Seguro que está en el bar. Gracias y métete en casa, que parece que va a arroiar .
Tampoco lo encontraron en el bar y allí nadie lo había visto.
—Volvemos a la casa, quizá salió a algo y ha regresado.
Llamaron de nuevo a la puerta.
—¿No estaba en el bar? Pues por aquí no lo vi. He estado pendiente y no lo he visto —dijo la vecina bajo el mismo paraguas—. Y el coche, ahí lo ven, no se movió. Para mí que tiene que estar dentro, Juanito, ¿dónde si no?
—¿Entramos, Alba?
Alba dio media vuelta, con las manos en los bolsillos, como pensando qué hacer y sin saberlo.
—¡Fidel! —volvió a gritar—. Abra, solo queremos hablar con usted, no es nada importante.
El silencio continuó dentro de la casa.
—No, no podemos entrar.
Alba se dirigió de nuevo a la vecina.
—Josefina, usted no le ha visto salir.
—Yo… lo vi llegar, como le he dicho, pero salir, yo no lo vi, aunque tampoco me estuve fijando. Yo… no me meto en la vida de nadie, él llegó y si luego se fue, yo no lo sé.
—¿Dónde ha podido ir, Juan? ¿A casa de algún amigo o familia?
—Familia en el pueblo no tiene —contestó Josefina—. En el pueblo de al lado vive su hermana, pero sin coche y con la que está cayendo…
—Tendremos que esperar a mañana, Alba; a saber dónde se ha podido meter.
—Volvamos al bar.
Volvieron a atravesar las calles del pueblo mientras la lluvia caía con más fuerza.
Al entrar en el bar, Alba miró de forma circular dentro del local.
—Juan, ¿quién de los compañeros de Roi no está aquí?
—Jacinto, el resto están todos.
—Tampoco está el hermano de Roi.
—Es cierto.
—¿Alguien sabe dónde están Jacinto y Xoel? —preguntó en voz alta Alba, pero no obtuvo respuesta.
—He dicho que si alguien sabe dónde están Jacinto y Xoel.
—¿Qué pasa? —dijo Xoel, saliendo del baño—. ¿Es que está prohibido mear?
Alba hizo ademán de entrar en el baño. Juan la paró y entró él.
—No hay nadie más en el baño. A ver, si alguien ha visto a Jacinto, que lo diga. ¿Nadie? Y a Fidel tampoco, claro, nadie ha visto a ninguno de los dos.
—Juan, ¿dónde vive Jacinto?
—En la plaza. Vamos a hablar con él.
—Que allí no va a estar.
Alba se acercó al joven que había dicho eso.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque yo lo vi en el coche hace una hora, apenas llegamos de la mar.
—¿Cómo se llama usted?
—Yo, Efrén, para servirla.
—Menos guasa, Efrén, ¿por qué no lo has dicho antes?
—Porque no me gusta fochicar en la vida de los demás.
—¿Iba solo?
—Que no me gusta fochicar , Juanito.
Juan puso su mano sobre el hombro de Efrén.
—¿Iba solo? —volvió a preguntar.
—Con Fidel no iba, el resto es cosa suya.
—Vamos, Juan, me sacan de quicio. Están ustedes advertidos: otra tontería como esta y van todos a pasar la noche entre rejas. Vámonos.
Juan miró a cada uno de ellos, sintiendo vergüenza de sus amigos y vecinos, pero no dijo nada y siguió a Alba.
—Son las diez de la noche. Mañana hablaremos con Jacinto y con Fidel, a ver dónde andaban. Me voy a dormir.
—¿Sin cenar? Venga, vamos a mi casa. Algo cenaremos.
—No, prefiero dormir.
—Tengo unas filloas hechas con el caldo de cocido.
—¿Rellenas?
—Rellenas.
—¿De?
—Langostinos y queso tetilla.
—De acuerdo, acepto la invitación.