CAPÍTULO II
Durante el día anterior había estado amenazando lluvia, y una noche de relámpagos había dejado una mañana de orvallo.
Alba se encontraba ya en el puesto policial; pocos minutos después entró Juan.
—Buenos días, sargento. Mala noche hemos tenido.
—¿Has dormido mal?
—Lo digo por la lluvia.
—¿No me digas que la lluvia no ha dejado que durmieras bien? ¿Y tú eres gallego?
Juan sonrió.
—¿Quieres un café antes de comenzar?
—No, desayuné en casa.
—Bien, pues vayamos a hablar con Uxia Folgado. ¿Qué puedes decirme de ella?
—¿Uxia? Es una chica maravillosa. En el pueblo se la quiere, no la he visto discutir jamás con nadie. Es todo dulzura. Amaba a Roi, yo creo que desde hacía tiempo, aunque de novios llevaban poco tiempo, un año, tal vez algo más.
La joven estaba en su casa. La saludaron cortésmente y ella les invitó a pasar y sentarse.
—Uxia, mi nombre es Alba Neira.
—Sí, lo sé.
—Claro, todo el pueblo debe saber mi nombre. Uxia, tú eras la pareja de Roi.
—Soy.
—Bien. La noche que desapareció, ¿tú estuviste con él?
—Sí, era la noche en la que festejábamos San Andrés, y después de la cena que hubo en la plaza había fiesta en la playa, esa noche el tiempo fue bueno y nos permitió hacer una hoguera. Todo el pueblo estaba en la playa.
—¿Recuerdas en qué momento Roi se ausentó del lugar?
—Era medianoche, me dijo que iba a saludar a su hermano. Y ya no le vi más.
Alba ofreció un pañuelo a Uxia para que secase sus lágrimas.
—¿Cuándo te diste cuenta de que Roi no estaba en la playa?
—El hermano de Roi, Xoel, se acercó a mí, le pregunté por Roi.
—¿Qué te dijo?
—Que había estado hablando con él unos minutos.
—¿Cuánto tiempo crees que pudo pasar desde que Roi se fuera de tu lado y Xoel apareciera?
—No sé, como una media hora.
—Sin embargo, Xoel te dijo que había hablado con él durante unos pocos minutos.
—Sí, así fue. Eso me dijo.
—¿Qué pasó después?
—Pues… yo lo busqué por toda la playa, pero no logré encontrarlo y pregunté a otros vecinos.
—¿Y alguien lo había visto? Es extraño, la playa no es tan grande; si la abandonó, alguien pudo ver hacia dónde se dirigía.
—Nadie me dijo haberle visto.
—¿Cómo era tu relación con Roi?
—No entiendo.
—Quiero decir, ¿os llevabais bien? ¿Cómo se comportaba Roi contigo?
—No sé qué insinúa. Roi era un hombre bueno, y me quería muchísimo, nos queríamos muchísimo.
—¿Tenía algún enemigo? Tal vez alguien con quien tuviese una mala relación, con el que soliera discutir.
Uxia miró a Juan como pidiendo ayuda.
—Uxia, la sargento está para encontrar a quien mató a Roi, debes ser sincera con ella.
—Bueno, ya sabe cómo son los pueblos, siempre hay rencillas, pero nada grave, no como para matarlo.
Uxia protegió su llanto con las manos.
—Cuando te percataste de que no estaba en la playa, ¿qué hiciste?
—Comencé a buscarlo por el pueblo, tomé el camino de su casa.
—¿Viste a alguien en ese recorrido?
Uxia volvió a mirar a Juan.
—Sí, y le pregunté si lo había visto pasar.
—¿A quién viste?
—A su hermano. Me dijo que él también andaba buscándolo, que venía de la casa y allí no estaba. Luego apareció Frasco por otro callejón y me dijo lo mismo.
—¿Notaste si estaban nerviosos?
—Preocupados tal vez, yo también lo estaba, habían pasado casi tres horas. Fue entonces cuando me dirigí a Juan para decírselo. Así fue, ¿verdad, Juan?
—Sí, así fue, Uxia.
Esta vez fue Alba quien miró a Juan.
—Me has dicho que alguna rencilla sí tenía con algún vecino. ¿Con quién?
—Bueno, unos días antes había discutido con Fidel, uno de sus compañeros de barca.
—¿Sabes por qué?
—No exactamente, Roi me dijo que habían tenido un problema en la barca mientras pescaban, pero no me explicó nada más.
—Por el cabo Aceijas, sé que tuvieron una pelea, bastante, digamos fuerte, en el bar.
—Sí, pero no fue a más, además ese día era el cumpleaños de Fidel y habían bebido. Yo no estaba en el bar, me lo contaron después.
—¿Y tú no le preguntaste por qué se habían peleado?
—Sí, al día siguiente, pero me dijo que no tenía importancia, que no me preocupara.
—De acuerdo, Uxia, solo una pregunta más y nos marcharemos.
Alba sacó de una carpeta la foto del cadáver. Al ver la expresión del rostro de Uxia, volvió a guardarla; prefirió no enseñársela.
—Uxia, ¿sabes cómo encontraron a Roi? Me refiero a la posición y a cómo… estaba.
Uxia asintió con la cabeza.
—Uxia, lo encontraron bocabajo, con varios golpes, sobre todo en la cabeza, y al darle la vuelta, sobre su frente tenía pintados con su propia sangre unos signos.
Alba enseñó a Uxia una fotografía en la que se veía un dibujo con dos estrellas superpuestas.
—¿Te dice algo esa marca?
—No —dijo casi sin mirar la foto.
—Haz un esfuerzo, algo que se te ocurra.
—No. No lo sé —contestó afligida y sin atreverse a mirar la imagen que Alba le mostraba.
—Bien, te dejamos ya. Cualquier cosa que necesites o creas que debamos saber, habla conmigo o con el cabo Aceijas. ¿De acuerdo?
La sargento Neira se puso de pie y tendió su mano a Uxia, quien la aceptó mirándola. Alba le sonrió de manera sincera, con empatía, comprendiendo lo que la joven estaba sufriendo.
Los agentes salieron de la casa de Uxia. Durante unos segundos no hablaron entre ellos hasta que ella provocó una conversación.
—Uxia, parece confiar en ti. En el transcurso de la interrogación te ha mirado varias veces.
Alba guardó silencio por un pequeño espacio de tiempo, esperando una respuesta. Viendo que su compañero no hacía ningún comentario, continuó hablando.
—Era como si te pidiera protección o ayuda.
Y volvió a guardar silencio.
Luego frenó su paso y, mirando fijamente a Juan, no dudó en hacerle la pregunta que por su cabeza rondaba.
—¿Erais jóvenes o sucedió hace poco?
—Éramos jóvenes, muy jóvenes. Yo tenía diecinueve años, ella dieciocho.
—¿Y qué pasó?
—Lo que suele pasar en estos casos, ya sabes.
Cada uno evoluciona de una manera. Yo me fui del pueblo para estudiar.
Ella se quedó aquí, aunque dos veces por semana se acercaba a la capital para estudiar mecanografía y ofimática, y nos veíamos.
Luego, el ayuntamiento le propuso trabajar como administrativo en el propio pueblo.
Era la manera de que todos los asuntos de papeleos se pudieran llevar desde aquí, sin necesidad de trasladarse al concejo.
Y yo quise seguir estudiando. Aprobé el acceso a la academia y, tras muchos años de estar en diferentes lugares, tuve la posibilidad de regresar a mi pueblo, y aquí estoy.
—Pues sí, fue una oportunidad, pero supongo que también tuviste la de continuar fuera de tu tierra y ascender, o trabajar en municipios de mayor dimensión.
—Estaba cansado de andar de un lado para otro, fuera de todo lo mío. Esta tierra engancha, lo sabes, y cuando la llevas muy dentro…
—Supongo que cada uno tiene unas posibilidades y unas intenciones.
—En fin, fuimos novios durante un año y luego, todo acabó. Pero me sorprende cómo has podido saberlo.
—Intuición.
—No sé.
—Su mirada. Parece que ella no olvida el tiempo que estuvisteis juntos, o quizá te admira o se siente protegida, pero había algo emocional en esa mirada.
—Ella es una mujer inteligente, no creo que necesite a nadie para protegerla.
—O sí. Hay muchos tipos de inteligencia, Juan, y, además, ahora está viviendo un momento duro. El hecho de ser inteligente no te asegura la tranquilidad emocional; puedes manejarla mejor, pero el corazón manda a veces más que la cabeza.
—Bueno, ella…
—Ahora estoy hablando de ti.
—Descuida, lo que hubo se acabó y ya hace mucho de ello.
—Bueno, realmente a mí no me importa demasiado, mientras no afecte a la investigación, por mí está todo bien.
—Señora sargento, ¿me está dando usted su permiso? —contestó Juan en tono irónico.
—Dios me libre, cabo Aceijas. Puede hacer usted con su vida privada lo que desee —contestó ella en el mismo tono.
—Y la señora sargento me daría permiso para invitarle a un café.
—Vamos a por ese café.
Ambos entraron en el bar del pueblo. A esas horas no había muchos clientes, tan solo un hombre mayor con su perro.
—Qué solitario está esto, ¿no, Xandro?
—Las barcas han vuelto a salir a faenar. Ya son muchos días de descanso y los estómagos y facturas no perdonan, aunque en el pueblo suceda una desgracia.
—Malo, entonces.
—¿Por qué dice eso, sargento? —preguntó molesto Xandro.
—Porque hasta que no regresen a la noche, será imposible hablar con los compañeros de Roi.
—Ya, y cualquiera puede ser sospechoso. ¿Cierto?
—En principio así puede ser, pero interrogarlos no tiene por qué significar que los consideremos sospechosos. Hay veces que lo que a simple vista no tiene importancia puede ser de gran ayuda. ¿Usted estuvo en la playa la noche que Roi desapareció?
—Todos estábamos.
—Yo no —se oyó desde el fondo del bar.
La voz pertenecía a un hombre que estaba sentado en una esquina junto a un perro.
El hombre se levantó para acercarse a la barra y dirigirse a Alba.
—Mire, señorita, en este pueblo, como en todos, siempre hay asuntos turbios que más tarde o más temprano saltan desde su oscuridad, terminando en infortunio.
—¿Qué asuntos turbios conoce usted de este pueblo?
—De este y de otros aledaños, pero no seré yo quien meta al besugo en la red.
—No le haga caso, lleva aquí toda la mañana, es un viejo pescador ya jubilado y no sabe ni de lo que habla. No dice más que parvadas .
—¿Parvadas? Pues nada, serán tonterías de un viejo, pero bien sabes tú, como yo, que llevo razón, Xandro.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó Alba con amabilidad.
—Vítor.
—A ver, Vítor, si sabe algo, debe decirlo.
—Que no, que yo no sé nada, solo eso, bobadas de viejo. Vamos, Rufo, que ya hemos molestado bastante —dijo dirigiéndose al perro y dando varios traspiés al salir del bar.
—Juan, ¿sabes a qué se estaba refiriendo ese hombre?
—No le haga caso, ya le he dicho que no sabe lo que habla —contestó rápidamente el dueño del bar.
—Cuando se le pase la borrachera, tendremos que hablar con él. A mí no me ha parecido que no supiera lo que decía —dijo Alba, obviando el comentario de Xandro.
—Pues va a ser difícil encontrar a Vítor sereno…
—Tal vez habrá que provocarle la serenidad y quitarle la borrachera. Anda, paga estos cafés. Y a usted le digo: no ha contestado a mi pregunta, pero ya volveré a hacérsela. Un «todos estábamos» a mí no me aclara nada.
—Yo estaba en las hogueras, con mi mujer y mi hija. Y con el resto de vecinos; de hecho, yo no me enteré de que le estaban buscando hasta el día siguiente.
—¿Y su mujer y su hija?
—Mi mujer está en silla de ruedas desde hace muchos años, y mi hija es la joven que ha visto conmigo trabajando en el bar. ¿Me permite hacerle una pregunta? Con respeto se lo digo.
—Pregunte.
—¿De verdad va a interrogar a todo el pueblo?
Alba y Juan se miraron.
—Pues, aunque no lo crea, debo hacerlo, al menos a todos los que tuvieran relación con Roi o pudieran haberla tenido en el pasado.
Alguien tuvo que ver algo. Mire, entiendo que todo esto para un pueblo pequeño es incómodo y, créame, solo pretendo esclarecer la muerte de ese joven.
Yo también nací en un pueblito como este y sé de qué me hablan.
Que una persona extraña venga a indagar en sus movimientos, en sus vidas, no es agradable.
—Entiéndame, sargento, yo no es que no sepa que usted cumple con su trabajo y se lo agradecemos en el pueblo, pero a Roi se le quería y nadie del pueblo le haría daño, pero si tenemos que pasar por posibles criminales, prométanos que dará con quien mató al chico. Era mi sobrino.
Fuera, ya en la calle, Alba parecía afectada por la sinceridad de Xandro.
—Aquí todos le conocíamos, si no era familia, era amigo, Alba.
—Ese tal Vítor, ¿cuándo crees que podríamos hablar con él?
—Vítor se refería a pesca furtiva, Alba, bueno, ilegal, mejor dicho.
—¿Cómo?
—Sí, son pocos los que lo han hecho a veces y, por supuesto, no se lo permitimos, pero no siempre es fácil darse cuenta.
A veces capturan más de lo permitido para luego venderlo fuera, en otros mercados, o incluso fuera de tiempo.
Suelen hacerlo al anochecer. Más de una vez hemos visto alguna barca llegando a deshoras y se ha requisado la pesca y sancionado.
No son grandes cantidades ni especies protegidas y sabemos quién lo hace, y también están muy vigilados, ya no solo por la Guardia Civil; los mismos pescadores no permiten esas prácticas.
—¿La pelea de Fidel con Roi pudo ser por esa causa?
—Es difícil saberlo, al único al que podríamos preguntar está muerto.
Hace tiempo que eso ya no ocurre, pero sí, tal vez, cuando vengan a la noche podremos hablar con ellos.
A Fidel y a Jacinto los sorprendieron en el pasado.
Tuvieron fuertes sanciones y no se había vuelto a hablar nada sobre esa actividad en el pueblo.
—¿Y en otros pueblos cercanos?
—Tampoco.
—¿Tampoco se ha oído hablar de la práctica o tampoco sucede ya?
—A la noche hablaremos con ellos.
—Juan, necesito saber todo lo que pasa en este pueblo. Por favor, no me sigas ocultando cosas.
—Alba, sabes tú también que la pesca furtiva está extendida en todos los puertos.
—Yo solo sé que, aunque suceda, es ilegal y nosotros estamos también para acabar con ello. No vuelvas a ocultarme cosas.
—Lo siento, no creo que tenga algo que ver con la muerte de Roi.
—Todo puede tener algo que ver con la muerte del joven. Y no debemos decidir sin más qué está relacionado y qué no. A la noche, sobre las ocho, te espero en la puerta del hostal. Ahora ve a casa a comer; yo voy a ir al cuartel.
Alba se marchó enojada, dejando a Juan desconcertado y avergonzado.