El bosque de los silbidos
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CAPÍTULO I
Sonaron las sirenas de los barcos, atravesaron las calles entrelazándose con los balcones cerrados y los crespones negros de las barandillas.
Hicieron eco en el llano, en el bosque y en el corazón de Uxia, que silenciosa contemplaba el féretro de Roi, alzado sobre los hombros de ocho de sus compañeros.
Lo llevaron al campo santo, junto a la tumba de su madre y allí el párroco quiso calmar el ánimo de las gentes que, durante toda la semana, desde que el cuerpo de Roi apareciera, habían estado clamando para que se encontrase al asesino que había acabado con su vida.
Cuando el sonido de las sirenas cesó, los vecinos cantaron la salve a medida que el ataúd caía en la fosa. Mientras, un coche entraba en el pueblo; un pequeño utilitario conducido por la sargento Neira de la policía judicial.
Alba Neira había sido designada para llevar el caso de Roi Otero, el joven pescador, nacido en la aldea, cuyo cuerpo había aparecido inerte y brutalmente golpeado en el Bosque de los Silbidos.
Después del entierro, los vecinos dieron el pésame al hermano de Roi y a Uxia Folgado —la novia del joven muerto—.
La sargento se acercó a ambos para transmitirles su pesar por el fallecimiento y no le pareció oportuno ejercer ninguna otra acción que no fuera acompañarlos en su pérdida. Habría tiempo para preguntas e interrogaciones en el puesto policial.
Una fila de mujeres y hombres, cabizbajos algunos, otros con la rabia en el rostro, abandonaron el cementerio para dirigirse a sus casas o al bar del pueblo.
Alba tomó la decisión de regresar a la habitación del hostal.
Una habitación luminosa con vistas a la ensenada.
Un amplio dormitorio amueblado con una mesa de madera compacta y patas torneadas, una cama de apariencia cómoda cuyo cabecero estaba decorado con el mismo dibujo de la mesa y una silla a juego, tapizada en color granate, del mismo tono que las cortinas, alfombra y cojines.
Era una habitación sencilla, pero con todas las comodidades para que Alba pudiera servirle de hogar durante el tiempo que continuase la investigación.
Días atrás había dejado en ella la maleta junto con otras pertenencias de aseo, y como era costumbre, la foto de su hermano pequeño, fallecido hace ya diez años, y la de su marido quien también había perdido la vida en el mismo accidente de tráfico.
“El altar de los muertos”, como ella a menudo calificaba, explicando que tan solo llevaba consigo esas dos fotografías, puesto que, si tuviera que viajar con todos los muertos de su vida, tanto privada como profesional, no habría suficientes maletas para poder transportarlos.
Después de descansar unos minutos, bajó al centro del pueblo y entró en el bar para comer algo. Se sintió observada, vigilada tal vez.
Buscó una mesa próxima a la ventana. El cielo era propio de otoño; amenazaba lluvia y el ambiente fuera era frío y húmedo. Dentro, en el bar, una chimenea caldeaba el espacio.
No tardó en escuchar frases que ya en otras ocasiones se habían repetido y a las que ya estaba acostumbrada.
—Y ¿es usted quien va a decirnos quién mató a Roi?
Alba recogió el plato que le ofrecía la camarera dándole las gracias sin atender el comentario del hombre que, sentado junto a la barra, bebía un vino blanco.
—¿No me ha oído, señorita policía?
—Venga, Frasco, deja a la señorita; deja que coma tranquila. Ella ha venido a ayudar, no para que tú te pongas rabudo.
—Señorita… aquí lo que e preciso e un home rudo , y con mala hostia que coja al mal nacido y lo meta cuatro tiros.
—Venga, ya, se acabó Frasco o te callas o te vas a la calle —lo increpó el dueño del bar sospechando que Frasco continuaría con sus impertinencias.
—Deje, siempre hay algún espantallo que aparece de la nada —contestó Alba desde su mesa.
—Hombre, pero si la señorita policía sabe hablar y na menos que en gallego.
—¿Y de qué se extraña? Yo nací en la costa de Arousa y me bañé de pequeña en la Secada. Y no necesito ser ruda ni tener mala hostia para reconocer la rabia que lleva dentro. ¿Roi era su amigo?
—Como un hermano —contestó Frasco dándose la vuelta y apoyando sus brazos de nuevo en el mostrador.
—¿Lo ve? Pues deje que yo me ocupe de que al menos los próximos vinos que vomite no sean por una borrachera que mitigue su odio, sino de celebración porque hayamos encontrado a ese mal nacido o nacida, y ahora, permita que termine mi comida, y ya mañana pasa por el cuartelillo y allí hablamos más de seguido.
No se volvieron a escuchar más objeciones ni preguntas incómodas. El bar se quedó en silencio.
La puerta se abrió de nuevo y Jacinto, uno de los compañeros de Roi, entró en él. El silencio se rompió con el sonido de unos platos al chocar contra el suelo; Maira, la camarera, había dejado caer la bandeja.
—Pero ¿qué te pasa, Maira? Anda, ya lo recojo yo, entra en la cocina —reaccionó enojado Xandro, el dueño del bar y padre de la chica.
—Ponme un café Xandro, haz el favor.
—Déjame que limpie este desastre y ahora te atiendo.
Jacinto miró alrededor suyo y vio a Alba sentada. Sus miradas se cruzaron, pero ninguno dijo nada. Alba reconoció a Jacinto. Le había visto en el entierro portando el féretro de Roi y Jacinto sabía que ella era la sargento encargada del caso.
Xandro puso el vaso de café delante de Jacinto y Alba observó cómo los dos hombres intercambiaban palabras en voz baja.
El joven apuró de un solo sorbo el café y salió del bar.
Ella se levantó, pagó su consumición y salió también.
Vio cómo Jacinto bajaba la calle con cierta prisa.
Alba se percató de que varios vecinos la observaban.
Tuvo la sensación de que no era bienvenida en el pueblo.
Sin embargo, no le dio importancia, no era la primera vez que vivía este tipo de escenas, comprendía que para la gente del pueblo no era sencillo haber enterrado a un vecino y adivinar que todos y cada uno de ellos estaban en el punto de mira de la policía y saber que, más tarde o más temprano, cada uno de ellos también podría ser interrogado.
Alba tomó la calle principal con la intención de dirigirse a las afueras del pueblo. Allí se había citado con un agente de la guardia civil para inspeccionar el lugar en el que, días atrás, el cadáver de Roi había sido encontrado.
Se saludaron al encontrarse y caminaron despacio por el sendero de los laureles. Un olor balsámico inundaba la zona. A lo lejos vieron los carballos poblando un bosque denso. Entraron en él y el agente condujo a Alba hacia el lugar buscado.
—Juan, ¿por qué lo llaman el bosque de los silbidos?
—Hay varias versiones sobre eso. Unos dicen que es por el sonido que el viento produce al pasar entre las hojas de los árboles, otros lo atribuyen al sonido de los mochuelos, y los hay que hablan del pasado de estos lugares.
—¿Qué pasado?
—El celta; dicen que por estos bosques hubo agrupaciones castreñas que podrían comunicarse con silbidos.
—¿Y tú qué crees?
—Yo creo que este bosque es hermoso; desde luego, los carballos tienen un sonido especial, y es cierto que por aquí merodean lechuzas y mochuelos. Lo de los castreños… pues mi abuela me contaba historias sobre ellos.
—Es decir, tú crees que cualquiera de esas versiones puede ser la verdadera.
—O ninguna, Alba. ¿Quién sabe? Mira, ese es el lugar donde se encontró a Roi.
—Sí, lo reconozco por las fotos que me enviaron.
—Creo que te enfadaste mucho por el levantamiento del cadáver
—Estaba a poco menos de una hora de aquí, sugerí que no lo levantaran hasta que yo no llegara, indiqué que prefería ver el cadáver en el lugar y no en la morgue o en fotos.
—Y, por lo visto, tu sugerencia no fue escuchada.
—No.
—¿Te explicaron el motivo?
—¿A ti te explican los motivos por los que actúan los de arriba? Me dijeron que era una cuestión del forense, debía tener mucha prisa o poco tiempo, no sé.
—Bueno, pues este es el lugar. Como ves, no hay nada especial en él.
—Siempre lo hay, Juan, pero hay que descubrirlo. Para eso estamos nosotros, aunque algunos crean que solo venimos por cubrir expediente.
—Alguien del pueblo te ha hecho algún comentario molesto, ¿verdad?
—Estoy acostumbrada.
—¿Quién ha sido?
—Un amigo de Roi, Frasco le llaman.
—Francisco Vázquez es buen hombre, tal vez el mejor amigo de Roi. Fue uno de los que lo encontraron en las batidas que hicimos.
—Me pregunto: si este lugar es de tan fácil acceso, ¿por qué no lo encontrasteis antes?
—Por lo que estás pensando, alguien debió dejar su cuerpo aquí después de muerto.
—Exacto. Pero ¿por qué aquí? Si pretendía deshacerse del cadáver, tal vez tirarlo al mar hubiera sido una opción más segura.
—Sí, es posible.
—Entonces, ¿por qué crees que lo dejó aquí?
—De momento eso es una incógnita.
—O no.
—¿Qué quieres decir?
—Que es posible que quien lo dejó aquí quisiera que lo encontráramos, por eso era tan importante para mí ver la escena con el cadáver antes de su levantamiento.
Juan miró a Alba, pensó que debía tener los mismos años que él.
Sin embargo, su carrera había llegado mucho más lejos que la suya propia, pero no sentía envidia, sino admiración.
La sargento era una joven despierta, bella, aunque también, en ocasiones, se percibía en ella una vejez apresurada, como si algo en su alma la ahogase.
—Alba, empieza a oscurecer, salgamos del bosque.
—Ha bajado la temperatura, vamos, tomemos algo caliente, me iré a dormir pronto, mañana quiero empezar con los interrogatorios.