Capítulo 38 — El bosque se cierra
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Los primeros en enterarse fueron los de abajo, y se enteraron sin que nadie les explicara nada.
Jon lo supo a las ocho menos cuarto, cuando volvió a tener cobertura y le entraron cuarenta mensajes seguidos. Los fue leyendo sentado en el barro, con el móvil temblándole en la mano.
Josefa Etxaide se había despertado a las siete y media llamando a su nieta por su nombre.
El crío de los Aroztegi había bajado a la cocina y le había dicho a su madre, muy enfadado, que sí que había dado ese tema y que se lo habían puesto un lunes.
La mujer del carnicero había vuelto a oír por el derecho. Para comprobarlo, pidió que le repitieran una cosa junto al oído izquierdo; no la oyó y se echó a llorar de alivio.
Patxi había conseguido cerrar la mano derecha alrededor de una cuchara. Las manchas seguían allí y los dedos todavía estaban rígidos, pero la fuerza empezaba a volver.
—Vuelve —dijo Jon—. Nahia, está volviendo.
—No todo de golpe.
—No.
—Las manos de Patxi están recuperando la fuerza, pero Leire tendrá que revisarlas. Y a Josefa no deben dejarla levantarse sola todavía. —Nahia estaba sentada con su madre apoyada en el hombro y hablaba despacio porque llevaba toda la noche despierta y el cuerpo aún estaba aprendiendo su nuevo peso.
Jon la miró.
—¿Sigue midiendo?
—Es lo único que sé hacer.
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Su madre llevaba varios minutos sin hablar. Cada respiración le tensaba los músculos del cuello y tardaba demasiado en terminar.
Pero estaba.
Tenía los ojos abiertos y seguía los movimientos, y cuando Irati se le puso delante, arrodillada en el barro, con las dos manos en las rodillas de su madre, la buscó con la mirada y la encontró.
—Ama.
Y su madre movió la boca.
No salió sonido. Movió la boca y se paró, y volvió a intentarlo, y Nahia entendió que estaba buscando aire y que no había.
—Ama, no hables —dijo—. No hace falta.
Y entonces su madre hizo la única cosa que le quedaba.
Cerró la boca.
Y tarareó.
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Fueron tres notas.
Salieron con un hilo de aire, en un tono que no era ninguno, con la garganta de una mujer que se estaba muriendo. Y eran tres.
Y la tercera se quedó arriba.
No bajó.
Nahia se llevó la mano a la boca y se le llenaron los ojos, porque llevaba una cartulina en el bolsillo desde el treinta y uno de octubre, doblada en cuatro, con la letra apretada de su madre y la ele mayúscula hecha como un número uno.
Cuando canta, la tercera nota se queda arriba. No baja. Nunca baja.
Lo había apuntado en 1999 y no había podido comprobarlo en veintisiete años.
Y lo tenía bien.
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—¡Esa es mi canción!
Irati se puso de pie de un salto.
—¡Ama, esa es mi canción!
Y su madre levantó una mano, muy despacio, y le recorrió la cara con las yemas de los dedos, comprobando que estaba caliente.
Y dijo:
—Otra vez.
—¿Qué?
—Dilo otra vez, cariño.
Irati miró a Nahia, sin entender, y Nahia asintió con la cabeza porque no le salía la voz.
—Ama.
—Otra vez.
—Ama. —Y la niña se rio, y se rio con dos golpes y el segundo más alto y una tos al final—. Ama, que soy yo, que estoy aquí.
Y Maddi Arregi cerró los ojos con la mano en la cara de su hija pequeña, y dijo muy bajito, casi para sí, exactamente lo mismo que Nahia había oído decir a una mujer de cuarenta y un años en una cinta de casete gastada hasta romperse, con la etiqueta pegada dos veces y un trozo de aislante negro sujetando la grieta:
—Sigue, hija. Sigue hablando.
Y esta vez se lo estaba pidiendo a alguien.
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Y su hermana, que no sabía nada de cintas ni de lavaderos, se puso a cantar.
Ahí, en el barro, a las ocho de la mañana, a ochocientos treinta metros de altitud, con el pijama de franela empapado y los pies negros y una mujer muriéndose delante, una niña de siete años cantó la canción tonta que se inventaba y le cambiaba la letra cada semana.
Una para el agua, dos para el musgo, tres para la que no viene, cuatro para el que da los golpes.
Y su madre la escuchó entera.
Con los ojos abiertos, sin mover una mano, con la cabeza apoyada en el hombro de su hija mayor y en la piedra que ella misma había sacado de su asiento dieciocho días antes.
Y al acabar, tarareó las tres notas otra vez.
Y la tercera se quedó arriba.
Nahia se agachó y le puso la boca en el pelo.
—La tienes, ama —le dijo—. Ya la tienes.
Y su madre le apretó la mano.
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A las ocho y cuarenta, Aitor y Jon colocaron las dos barras a ambos lados del sexto mojón.
Antes de empezar tuvieron que apartar a Maddi del bloque. Leire extendió el anorak de Jon al pie de una de las hayas y entre los cuatro la recostaron allí, con la cabeza en el regazo de Nahia e Irati sentada al otro lado, sujetándole la mano.
Aitor se puso en cuclillas delante de Nahia. Le costó, porque llevaba veinticuatro horas sin dormir.
—Nahia.
—Sí.
—Si cierro esto, tu madre se muere.
Nahia miró a la mujer que tenía sobre las piernas.
—Ya lo sé.
—Puedo esperar.
—¿Cuánto?
—Una hora. Dos.
—Aitor, esa cosa sigue ahí arriba y mi hermana continúa marcada. —Nahia habló muy despacio—. Cierra la puerta.
Y luego, porque hacía falta:
—Y no lo hagas por mí. Hazlo porque hay que hacerlo.
Aitor asintió.
Antes de levantarse, hizo una cosa que Nahia no esperaba: le cogió la mano libre a Maddi y se la apretó.
—Perdóname, Maddi. Yo sabía.
Su madre le devolvió la presión.
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Los durmientes bajaron a las nueve y diez.
Nahia los vio salir del escalón de tierra, allá arriba, ciento cuarenta metros por encima, y bajar unos metros por la vaguada, y quedarse.
Dieciséis.
La mujer del abrigo de paño con la redecilla en el pelo, andando descalza con un zapato en cada mano. El hombre de la camisa sin cuello. El chaval de la chaqueta vaquera. Las dos niñas de los vestidos de cuadros, cogidas de la mano. La mujer muy vieja del pañuelo negro. El cura.
Habían salido a mirar.
Eso fue lo que Nahia entendió desde abajo: que dieciséis personas que llevaban entre cuarenta y cinco y ciento ochenta y cinco años dentro de un bosque sin tiempo habían venido hasta la boca porque algo estaba pasando fuera, y se habían quedado allí de pie, en el borde, mirando.
Y detrás de ellos, muy alto, había una figura de tres metros y veinte.
No los empujó.
Se puso delante y bajó lo que tenía por cabeza, y los dieciséis se dieron la vuelta y volvieron a subir, y fueron entrando por el escalón de tierra uno a uno, sin prisa, como entra la gente en una iglesia.
El último fue un niño de diez años con pantalón corto de pana.
Se paró en el borde.
Y desde ciento cuarenta metros, Nahia vio cómo levantaba la mano.
No hacia ella.
Hacia el sitio donde estaban dos hombres con dos barras, agachados junto a un bloque de caliza.
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Aitor lo vio. Nahia lo supo porque le vio parar el brazo a medio camino y quedarse quieto un segundo largo.
Y no soltó la barra.
Levantó la otra mano, la que tenía libre, y la movió un poco. Y volvió al trabajo.
Y Nahia Arregi, sentada en el barro con la cabeza de su madre sobre las piernas, pensó que aquello era lo más valiente que había visto hacer a un ser humano y no encontró palabras para contárselo ni a sí misma.
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El bloque encajó a las nueve y veinticinco.
El ruido de roca contra roca fue corto y seco. Después llegaron el chasquido de las dos barras al caer y el jadeo de Aitor y Jon, arrodillados a ambos lados del mojón.
Y luego, otra vez, el estremecimiento.
Le subió por las botas y le llegó a los dientes, y esta vez no fue horrible. Fue un golpe bajo y largo, como cuando cierran una puerta muy grande en un edificio muy viejo.
Y a Nahia se le puso el pelo de punta, porque en el mismo segundo se le paró el reloj de pulsera.
Se lo miró.
Y volvió a andar.
Y estaba andando bien.
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Su madre se murió a las nueve y treinta y uno de la mañana del seis de noviembre de dos mil veintiséis, con sesenta y ocho años, en un rellano del hayedo de Ezkairu, con la cabeza sobre las piernas de su hija mayor y la mano de Irati entre las suyas.
No hubo nada.
No dijo nada, no abrió los ojos, no apretó ninguna mano. Llevaba media hora respirando cada quince o veinte segundos y, en algún momento, dejó de llegar la siguiente respiración.
Nahia esperó. Después le buscó el pulso en el cuello con dos dedos, porque llevaba diecisiete días haciendo eso. Leire se arrodilló al otro lado, auscultó a Maddi y volvió a comprobar el cuello y la muñeca. Al final levantó los ojos y negó una vez.
—Irati, cariño. Ven aquí.
—¿Se ha dormido?
—No.
Y a Nahia le llevó cuatro intentos poder decirlo.
—Se ha muerto, cariño.
Y su hermana de siete años se quedó mirando a su madre un rato largo, y luego se sentó en el barro y le puso la mano en la rodilla, y no lloró.
—Es que ha estado esperando —dijo.
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La cosa lo intentó tres veces mientras bajaban.
Bajaron a las once, cuando Ane y el hijo del carnicero regresaron con la furgoneta hasta donde llegaba la pista y una camilla de rescate. Leire organizó el descenso y entre cuatro personas bajaron a Maddi Arregi.
La primera vez fue en el regato.
— Nahia.
Era su madre. Era su madre con las gafas y el pelo blanco y el cansancio en la primera sílaba, y venía de la izquierda, de detrás de los avellanos.
Nadie contestó. Nadie levantó la cabeza. Nahia iba al lado de la camilla con la mano en el barandal, andando despacio porque no podía ir más deprisa, y no dijo nada y no miró.
La segunda fue a la altura de la chapa de la Diputación.
Era la voz de Irati, pequeña y asustada.
— Nahia, no me dejes aquí.
Y Leire Otxoa, que iba delante, dijo, muy tranquila:
—Cuidado con la raíz que hay a la derecha.
Y siguieron.
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La tercera fue en la boca del camino viejo, entre los dos avellanos, a doscientos metros del último caserío.
Y la tercera fue con la voz de una niña de doce años.
— Ama.
Nahia se paró en seco.
— Ama, no lo he hecho a propósito.
Y era ella.
Era su propia voz de doce años, la que había oído en una pila de agua negra y en un recuerdo comprado, la que había gritado un nombre entero levantando la barbilla por encima de tres golpes en un tronco.
— Ama, perdóname.
Nahia Arregi se quedó de pie en la boca del camino viejo con la mano en el barandal de la camilla de su madre, con sesenta y seis años y el cuerpo todavía aprendiendo el peso de todos ellos, y estuvo tres segundos escuchándose pedir perdón.
Y después dijo, sin volver la cabeza, en voz alta y clara:
—Ya está perdonada.
Y siguió andando.
Del hayedo no salió nada más.
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Entraron en el pueblo a las doce y veinte y en el pueblo había gente en la calle.
No estaban esperando en el sentido en que se espera algo: había gente en los portales y en la plaza, vecinos de casi todas las casas de un pueblo que a esa hora un viernes de noviembre suele tener las calles vacías.
Y cuando la furgoneta bajó por la calle de la iglesia con la camilla detrás, se fueron callando.
Nahia iba en el asiento del copiloto y los vio por la ventanilla, y vio que la miraban a ella y que ninguno la reconocía, y vio en la cara de cuatro o cinco de ellos el momento exacto en que sí.
Y en la plaza, delante de la fuente, estaba Bego con un pañuelo en la cabeza.
Y cuando la furgoneta pasó a su lado, aquella mujer de sesenta y ocho años que le había contestado a una conversación que Nahia no había tenido todavía se llevó la mano a la frente y se santiguó. Después dijo algo que Nahia no oyó.
Leire, al volante, leyó sus labios.
—Ha dicho que ha pagado la hija.
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El reloj del ayuntamiento tocó las doce y media a las doce y media.
Nahia lo oyó desde la campa, sentada en el estribo de la furgoneta, con el móvil en una mano y su reloj de pulsera en la otra, comprobándolo por última vez.
Doce y treinta.
Doce y treinta.
Doce y treinta.
Los tres iguales.
Y se quedó ahí sentada un rato largo, con los dos aparatos en las manos, escuchando a un pueblo entero volver a tener la misma hora.
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Ane Urrutia se sentó a su lado en el estribo. Le costó, pero apartó la mano cuando Nahia intentó ayudarla.
Estuvieron un rato calladas.
—Hija.
—Diga.
—¿Te duele algo?
Nahia se lo pensó.
—Las rodillas —dijo—. Y no puedo leer.
—Eso se arregla con gafas.
—Ya lo sé.
—Y las rodillas ya veremos.
—Ya veremos.
Ane asintió despacio, mirando la plaza.
—Bienvenida —dijo.
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Irati salió del caserío a las cuatro de la tarde, con ropa seca y con un jersey de Nahia que le llegaba a las rodillas, y se sentó en el poyo de piedra al lado de su hermana.
Se quedaron las dos mirando el prado y el hayedo detrás, que estaba igual que siempre.
—Nahia.
—Dime.
—¿Cuánto tiempo ha pasado?
Y Nahia Arregi se miró las manos.
Estaban abiertas encima de sus rodillas y eran las manos de su madre: la piel fina, los tendones marcados, dos manchas oscuras en el dorso de la derecha y los nudillos gordos en el dedo corazón.
—Para ti, casi nada —dijo.
Su hermana lo pensó.
Después le cogió la mano.
—Entonces tendrás que contármelo.
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