EPÍLOGO — Los que siguen creciendo
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El expediente se cerró en marzo y ocupa cuatrocientos once folios, y Nahia los ha leído todos con gafas de cerca de dos y media.
Dice que una menor de identidad no acreditada fue localizada en monte el veintidós de octubre de dos mil veintiséis, y que la comparativa genética la vincula con una desaparición de mil novecientos noventa y nueve, y que las contradicciones entre la edad ósea y la cronológica no han podido ser explicadas por los especialistas consultados.
Dice que la causa del fallecimiento de Maddi Arregi fue una insuficiencia respiratoria asociada a la fibrosis pulmonar idiopática avanzada que padecía.
Dice, en un anexo aparte con las hojas numeradas a mano, que la hermana de la menor presentó un cuadro de envejecimiento acelerado de origen desconocido, con inicio agudo documentado por dos testigos sanitarios, y que se le hará seguimiento.
Todo está bajo secreto porque en el centro del expediente hay una niña.
Y en el armario de custodia de la comisaría de Otxandio, en un sobre cerrado con la firma de Jon Etxeberria cruzando el precinto, hay treinta y un folios más que no están en el expediente y que nadie ha sabido cómo clasificar.
Al lado del sobre, en una caja de cartón con un número escrito a rotulador, hay una pieza de escayola de cuarenta y nueve centímetros que pesa lo que pesa una teja.
Jon le dijo a Nahia que no los iba a registrar en ninguna parte.
—Y entonces para qué los escribe.
—Para que estén.
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La tutela salió en junio, después de tres informes psicosociales y una vista en la que Nahia tuvo que explicarle a una jueza de familia de cuarenta y un años por qué una mujer de sesenta y siete quería ser tutora de una niña de ocho.
Dijo la verdad, o la parte de la verdad que se puede decir en un juzgado.
Dijo que era su hermana.
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No ha sido fácil y no va a serlo.
Irati duerme mal. Se despierta tres o cuatro noches a la semana y no grita: se queda sentada en la cama, muy quieta, escuchando, y cuando Nahia entra le pregunta siempre lo mismo, que si está lloviendo. Va a la psicóloga los martes en Otxandio y va a seguir yendo años.
Tiene lagunas raras. Sabe cosas que no le ha enseñado nadie —el nombre de una planta, la palabra umbral , que a las siete de la tarde de un día de niebla no hay que ir al lavadero— y no sabe otras que sabe cualquier cría de ocho años.
Aprendió a usar una tablet en una tarde y tardó dos meses en entender que no se podía llamar a nadie por el teléfono de la casa de su madre.
Empezó el colegio en enero, en Otxandio, con identidad protegida y con dos maestras avisadas. Le va bien. Le va mejor que a Nahia, que es lo que dice Leire cada vez que se lo preguntan.
Lleva la piedra blanca en el estuche, entre el sacapuntas y la goma.
Nahia se lo dejó decidir a ella y no le preguntó por qué, y un día en el autobús su hermana se lo explicó sin que viniera a cuento: que ahora es una piedra normal y que ya no está caliente, y que en el colegio hay un niño que colecciona y que no le ha querido cambiar.
Se la pidió una vez.
—Es un préstamo —dijo Irati.
Y a Nahia le llevó todo el viaje a Otxandio ser capaz de contestarle que sí.
Y a Irati le costó entender lo de su madre.
Le costó cuatro meses. Sabía que Maddi había muerto porque la había visto morir, y aun así en febrero seguía preguntando cuándo volvía. Una noche de marzo, mientras cenaban, dejó la cuchara y dijo: ya lo entiendo, es que se ha muerto para siempre . Y lloró tres horas.
Nahia dice que aquella noche fue la peor de las dos vidas que ha tenido.
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El diente le salió en abril.
Fue Leire la que se dio cuenta, un domingo, en la cocina, porque Leire Otxoa le mira la boca a aquella niña cada vez que la ve y va a seguir haciéndolo hasta que se muera.
—Abre.
—Que ya me la has mirado.
—Abre, cielo.
Y estaban.
Los dos. Los incisivos centrales inferiores, treinta y uno y cuarenta y uno, saliendo por la encía, blancos, con el borde en sierra que tienen los definitivos cuando asoman.
Casi veintiocho años después de que se le cayeran los de leche, en abril de mil novecientos noventa y nueve.
Leire Otxoa, cuarenta y un años, médica de familia, la mujer más terca y menos mística que ha pisado aquel valle, se sentó en una silla de la cocina y se echó a llorar como una cría.
—¿Qué le pasa? —dijo Irati.
—Nada, cariño. Que está contenta.
—¿Por un diente?
—Por dos.
En agosto perdió un lateral y lo guardó en una cajita de metal porque Nahia le había explicado que su madre hacía eso con los dientes de sus hijas.
Y en octubre había crecido cuatro centímetros y siete milímetros desde febrero, medidos con lápiz en el marco de la puerta de la cocina.
En junio dejaron de valerle los pijamas.
Los once. Todos de la talla siete, todos sin estrenar, comprados por su madre en once años distintos y doblados en tres montones con geometría de armario de enfermera. Se le quedaron cortos de manga en la misma semana.
Nahia los subió al altillo, los dejó en el cajón donde estaban y bajó al pueblo a comprar uno de la talla diez.
Fue el primer pijama que compró para una hermana que iba a seguir creciendo.
Nahia lo apunta todo. En un cuaderno, con la fecha.
Es lo único que sabe hacer.
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De la cantera se hizo cargo la Diputación en mayo, después de que Nahia firmara un informe de cuarenta páginas que se leyó bastante gente.
Sacaron las setenta cubiertas, los once bidones, el fibrocemento con protocolo de amianto y la cuba del baño de garrapaticida, y sellaron la boca de la galería con una reja porque la clausura completa costaba tres veces más.
Los análisis de agua volvieron a la normalidad en julio.
Las doce hayas de la ladera este siguen muertas por debajo y en pie por arriba, y se van a caer, y Nahia lo puso en el informe. Alrededor de los tocones y a lo largo de la línea de ciento cuarenta metros hay ya regenerado joven de haya, apretado, de ese que prospera cuando entra luz.
Tardará ochenta años en ser un bosque.
Nahia lo sabe y lo apuntó igual.
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Aitor Lasa sigue siendo el guarda forestal de Ezkairu.
Sube a los siete mojones el primer sábado de cada mes y los revisa uno por uno con una libreta y una cinta métrica, y le manda a Nahia una foto de cada uno con la fecha, y no le escribe nada más en el mensaje.
Vendió la moto y se compró unas gafas.
Va a la psicóloga los jueves, en Otxandio, y coincide con Irati en la sala de espera una vez al mes, y a la niña le hace mucha gracia.
Y la bombilla de la cuadra de su madre está apagada trescientos sesenta y cuatro días al año.
La enciende el diecisiete de noviembre, al anochecer, y la deja encendida hasta el amanecer. Nahia se lo preguntó una vez y él le contestó que era por si acaso, y luego se lo pensó y le dijo la verdad.
—Es que me dijo que la veía. Y no quiero que piense que me he olvidado.
—Aitor, tu hermano tiene diez años.
—Ya.
—Y va a tener diez años siempre.
—Ya lo sé, Nahia. —Se encogió de hombros—. Pero yo el diecisiete de noviembre no voy a poder dormir de todas formas. Así que la enciendo.
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Ane Urrutia cumplió ochenta y ocho en agosto y le trajo los cuadernos en septiembre.
Los ocho. En dos bolsas del supermercado, y la de los tres viejos con las asas dobles porque pesaba.
—¿Y esto por qué a mí?
—Porque a ti no se te olvida apuntar.
—Ane, yo no soy de este pueblo.
—Tú eres una Arregi. —Ane se sentó en la silla de la esquina, que había sido la silla de su madre—. Aitor sabe vigilar las piedras. Tú sabes guardar la cuenta.
Se quedaron un rato calladas.
—¿Y qué hago con ellos?
—Nada. —Ane cogió la taza—. Guardarlos y no leerlos en voz alta. Y si algún día pasa otra vez, que no va a pasar, apuntarlo.
Nahia los tiene en el altillo del armario del cuarto de costura, al lado de una caja de cartón de zapatos con diecinueve casetes y un cuaderno.
Y aquella tarde, antes de subirlos, abrió el quinto por la última página escrita y buscó la línea de octubre de 1999.
Y con la letra que le ha quedado, que es más grande y más temblona que la de antes, escribió al margen, en la columna que decía DEVUELTO :
Irati Arregi. Regresó. La deuda fue pagada.
Y luego, porque le pareció que faltaba, añadió debajo una segunda línea:
27 a., dados por su hermana. Enteros y de una vez.
Y no puso su nombre.
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En enero colgó un calendario nuevo del clavo del pasillo, uno del banco de Otxandio, y lo colgó porque el clavo estaba y porque en aquella casa siempre había habido uno.
La caja de cartón del altillo sigue donde estaba, con los veintiséis calendarios dentro y los veinticinco octubres rodeados a boli azul.
El de este año no tiene nada rodeado.
Nahia lo comprobó el veintitrés de octubre, por la mañana, con el café en la mano. Miró la hoja y estaba limpia, y estuvo un rato mirándola, y luego se dio cuenta de que había pasado el día anterior entero sin acordarse.
Y no supo si aquello era el final de algo o una traición pequeña, y decidió que le daba igual.
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Al colegio la lleva ella.
Salen de casa a las ocho menos veinte, bajan al pueblo andando, y en la plaza cogen el autobús de Otxandio.
Cuarenta minutos. Nahia la deja en la puerta y vuelve en el de las nueve y diez, y sube al caserío despacio, porque la cuesta del último tramo tiene un doce por ciento y las rodillas son las rodillas.
En el pueblo hay dos o tres personas que todavía no saben del todo qué pasó, y una de ellas, una señora que viene los veranos, le dijo el agosto pasado que qué suerte tener a la nieta tan cerca.
Nahia le dijo que sí.
Y a Irati, que estaba delante, le pareció divertidísimo, y desde entonces la llama amona cuando quiere que le compre algo.
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Aquella mañana de octubre volvía sola por el prado, con las manos en los bolsillos y las gafas en el bolsillo de la camisa, y se paró en el sitio donde se acaba la hierba y empiezan las primeras hayas.
Se paraba a menudo. Al principio le daba miedo y luego dejó de dárselo.
Y aquella mañana había alguien.
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Estaba a unos cuarenta metros, dentro, entre los troncos.
Tres metros y veinte. La línea de la cabeza por encima de la primera horquilla de las hayas. El cuerpo cubierto de aquella masa de líneas verticales verdes y marrones que a Nahia, después de un año, seguía sin decidirse a ser pelo o corteza.
Y en el sitio de la cara no había información. Ninguna.
Nahia no se movió y no tuvo miedo, y sacó las gafas del bolsillo de la camisa y se las puso, y aquello no le sirvió absolutamente de nada, y se echó a reír de sí misma por haberlo intentado.
Y luego se quedó de pie en el borde del prado, con sesenta y siete años, mirando a la cosa que había dado tres golpes en un tronco veintiocho años antes para que una niña de doce no acabara de decir un apellido.
Y bajó la cabeza.
Y aquello, a cuarenta metros, dentro del hayedo, bajó lo que tenía por cabeza.
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Detrás de él, entre los troncos, había gente.
No muchos. Cinco o seis, quietos, a distintas distancias, y Nahia no intentó verles la cara porque ya sabía que no iba a poder y porque tampoco le hacía falta.
Uno era pequeño. Uno llevaba pantalón corto.
Nahia se quedó mirándolos el tiempo que hacía falta y luego levantó la mano, una vez, a la altura de la cara, como saludan los críos.
Y se dio la vuelta y empezó a andar hacia casa.
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A los diez o doce pasos, a su espalda, sonaron tres golpes.
Secos. Espaciados. Con la pausa educada entre uno y otro.
Nahia no se paró y no se giró.
Porque llevaba un año subiendo a aquel monte a comprobar que las piedras seguían en su sitio, y porque había aprendido, en un rellano a ochocientos treinta metros, la única cosa que aquel bosque le había enseñado de verdad: que un golpe en un tronco no es una amenaza y no es una llamada.
Es una frase, y hay que saber cuál.
Aquellos tres no decían no cruces .
No decían por aquí no .
Decían adiós.
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Nahia Arregi subió la cuesta del caserío despacio, con las rodillas quejándose en el doce por ciento, y al llegar arriba se paró en la campa y miró el prado y el hayedo detrás, que estaba igual que siempre y que iba a estar igual que siempre.
Después entró en la cocina de su madre y encendió la cocina de leña, que le sale a la primera desde hace ocho meses.
Y se sentó a esperar el autobús de las cinco.