El bosque de los que no envejecen Capítulo 37 — Veintisiete años
95%

Capítulo 37 — Veintisiete años

• • •

Aitor llegó primero y le echó los dos brazos a la niña por la cintura, y Jon detrás, y entre los tres consiguieron pararla cuatro metros más arriba.

Cuatro metros. Tres adultos, ciento setenta kilos, los talones enterrados en el barro.

Y la niña seguía avanzando.

—¡Nahia! —Aitor tenía la cara pegada al hombro de Irati y estaba resbalando—. ¡Nahia, esto no se aguanta!

—¡Aguántalo!

—¡Que no se aguanta! ¡Que no es fuerza, joder, que es que va!

Y Nahia Arregi, con los brazos alrededor de su hermana pequeña y la barbilla en su pelo mojado, oyó su propia voz llamando desde la vaguada, muy tranquila, muy clara, sin ninguna prisa:

— Irati Arregi.

Y luego, sin cambiar de tono:

— Ya casi.

• • •

Nahia entendió la trampa entonces, y la entendió en un segundo, y no la entendió con la cabeza.

La entendió con las manos.

Porque las manos le estaban diciendo que aguantara diez segundos más, que aguantara veinte, y que en algún momento de esos veinte segundos ella iba a abrir la boca y a decir pago , y lo iba a decir gritando, con su hermana escurriéndosele entre los brazos y el pánico en la garganta.

Y eso era lo que quería aquella cosa.

Porque lo que había dicho su madre en un lavadero en 1999 lo había dicho así. Con una hija muerta de miedo en el sofá de una vecina y las cuatro de la mañana. Lo que haga falta. Y a su madre le habían cogido una voz y le habían dejado el resto, y a ella la iban a coger entera.

Cuando uno paga por culpa no pregunta el precio, porque no está comprando nada: está castigándose.

Nahia miró hacia el rellano, hacia abajo, hacia el bloque de caliza donde su madre estaba sentada con los ojos abiertos y sin poder hablar.

Y luego dijo lo más difícil que había dicho en su vida.

—Soltadla.

• • •

—¿QUÉ?

—Soltadla. —Nahia ya se estaba soltando ella—. Aitor, Jon, soltadla ahora mismo.

—¡Nahia, se la lleva!

—Que la soltéis. —Y se lo dijo a la cara, a diez centímetros, empapada, con el barro hasta la cintura—. Aitor, tú has aguantado dos horas de rodillas sin contestarle. Dos horas. Suéltala.

Y Aitor Lasa, que llevaba cuarenta y cinco años sin poder soltar nada, abrió los brazos.

• • •

La niña subió.

Subió la vaguada andando, arrastrando los pies en el barro negro, llorando y diciendo no quiero y Nahia y otra vez no quiero , y Nahia se quedó de pie donde estaba y la vio irse y no se movió.

Diez metros. Quince.

Y a Nahia le pasaron por dentro, en aquellos quince metros, las tres cosas que necesitaba y ninguna era la culpa.

La primera fue que aquella niña había andado tres kilómetros descalza aquella noche para ponerse en medio.

La segunda fue que su madre se había pasado veintisiete octubres subiendo aquella cuesta a oír una voz que no podía recordar, y que había dado su vida por un dato mal leído en un libro de difuntos.

Y la tercera fue lo que su hermana le había dicho en el escaño de una cocina, con una manta hasta las rodillas y las zapatillas puestas.

Y tú eras la mayor. A ti todavía peor, porque a ti te tocaba buscarme.

Nahia levantó la cabeza.

—No —dijo, y no se lo dijo a la vaguada—. No es por eso.

La cuenta seguía intacta. Los meses que le quedaban a Maddi habían sido el precio de abrir la puerta.

Los años tomados al pueblo eran la garantía que la mantenía abierta.

Ninguna de las dos cosas había comprado la salida de Irati.

Para que se quedara, alguien tenía que entregar los veintisiete años completos.

• • •

Y entonces habló despacio, mirando la ladera y no a la niña, porque lo que tenía que decir no era para ella.

—A mí no me estás cobrando nada.

Veinte metros. La niña seguía subiendo.

—Yo no le debo veintisiete años a nadie. Yo tenía doce años y me engañaron con la voz de mi madre, y llevo la mitad de mi vida pagando eso a plazos, y con eso ya está pagado.

Se limpió la cara con el antebrazo y se manchó de barro.

—Yo no vengo a expiar nada. —Y le salió firme—. Yo vengo a comprar una cosa.

Veinticinco metros.

—Y sé lo que cuesta, y lo he preguntado, y me lo han dicho. Son veintisiete años de los míos, y son los años de los treinta y nueve a los sesenta y seis, que son los buenos, y lo sé perfectamente.

Se metió la mano en el bolsillo del anorak y sacó la piedra blanca, lisa, del tamaño de un huevo de codorniz, que le había quitado del bolsillo del pijama a su hermana antes de darle el forro polar de Aitor.

La cerró en el puño.

—Y lo que compro es que esa cría tenga ocho.

• • •

Dio tres pasos hacia la vaguada, con el puño cerrado, y lo dijo entero y lo dijo alto, y no se lo dijo a Gaueko, y no se lo dijo al bosque.

Lo dijo hacia arriba, hacia la cresta, hacia lo que su madre había llamado la que cobra .

—Doy veintisiete años de mi futuro para que Irati pueda vivir los suyos.

• • •

Y antes de que pasara nada, en el segundo que hay entre decir una cosa y que la cosa dicha empiece a valer, Nahia Arregi vio el dibujo.

Lo tenía delante desde el veintiocho de octubre y no lo había entendido en nueve días.

Un rectángulo bajo, con la base plana y la parte de arriba redondeada. Y encima, cuatro trazos verticales cortos y paralelos.

No era un jeroglífico. No era el nombre de nadie.

Era una piedra debajo de la lluvia.

Era un dibujo de lo que se ve cuando alguien paga: eso exactamente, ni una cosa más, una piedra y el agua cayéndole encima.

La bisabuela de Ane lo había apuntado al margen de una hoja de 1913 porque lo había visto, y su madre debió de copiarlo por detrás de una fotografía de sus diecisiete años para reconocerlo si alguna vez llegaba a verlo.

Y a los tres segundos, todo pareció quedarse inmóvil.

• • •

La lluvia no dejó de caer. Las gotas seguían saliendo de las nubes, llegando al suelo y golpeando la hojarasca.

Lo que se paró fue el aire.

De golpe, entero, sin transición. Las copas de las hayas se quedaron quietas a quince metros de su cabeza, y el humo de la respiración de tres personas se quedó flotando delante de sus caras sin desplazarse, y una hoja que estaba cayendo cayó recta.

Duró lo que dura un padrenuestro. Nahia lo supo porque lo contó, y porque llevaba diecisiete días contando cosas, y porque no sabía hacer otra cosa.

Cuarenta y un segundos.

Y en el segundo tres o cuatro, Aitor Lasa dijo:

—Nahia. La piedra.

• • •

El bloque de caliza del sexto mojón estaba caliente.

Estaba caliente debajo de la lluvia. Nahia le puso la palma abierta y lo notó como se nota una taza que alguien acaba de dejar, y su madre estaba apoyada en él con la espalda, y Nahia le tocó la mano y su madre tenía los dedos calientes por primera vez en toda aquella noche.

Y las piedras del camino, las del sendero, las siete u ocho lajas que asomaban de la vaguada, echaban vapor.

—Están todas —dijo Jon, que estaba de rodillas tocando el suelo con las dos manos como un idiota—. Nahia, están todas calientes. La lluvia les cae y se levanta.

• • •

Y luego subió la luz.

Vino de abajo.

Nahia estaba de pie en el rellano, mirando hacia el fondo del valle porque desde allí se ve el pueblo, y vio cómo la ladera se iba encendiendo desde el río hacia arriba.

No era fuego. No tenía color, o tenía el color que tiene el aire cuando hay nieve fuera y todavía no ha amanecido.

Subió por los prados y por el robledal y por las tapias del cementerio y por el hayedo, despacio, a la velocidad a la que sube una persona andando, y al pasar por al lado de Nahia no dio calor y no hizo ruido y no proyectó ninguna sombra.

Y siguió subiendo hacia la cresta.

Y en el fondo del valle, mientras aquello subía, en Ezkairu se abrieron las puertas.

Nahia lo vio desde ochocientos treinta metros de altitud: rectángulos amarillos apareciendo uno detrás de otro en las fachadas de las sesenta y cuatro casas, y decenas de siluetas saliendo a los portales a las siete y media de la mañana de un viernes de noviembre para mirar cómo les subía por delante una cosa que no era fuego.

• • •

Y entonces el tiempo le pasó por encima.

No dolió. No hubo llamas, ni un tirón, ni la sensación de que le arrancaran nada.

Fue un peso.

Le llegó por los hombros, como cuando te echan un abrigo mojado encima, y le bajó por la espalda y por las caderas y por las rodillas, y las rodillas fueron lo primero que notó porque de repente estaban ahí.

A los treinta y nueve años, una rodilla es un sitio del cuerpo en el que no se piensa. A los sesenta y seis es un sitio.

Se tuvo que sentar en el barro.

Sentada, con la piedra blanca en el puño, notó el cansancio repentino de un cuerpo que acababa de recorrer veintisiete años en unos segundos.

Las manos le pesaban. La espalda le pedía otra postura.

En la nuca y en los hombros apareció una rigidez nueva, y estar de pie dejó de ser algo que el cuerpo hacía sin avisar.

Se miró las manos.

Estaban abiertas encima de sus rodillas y eran las manos de otra mujer. La piel más fina, los tendones marcados, dos manchas oscuras en el dorso de la derecha, las uñas más planas. Y en el dedo corazón, los nudillos gordos.

Nahia se quedó mirándose las manos con una calma absoluta y lo único que pensó fue: son las de ama .

• • •

Se sacó el cuaderno de campo del bolsillo del pecho porque quiso apuntar la hora.

Lo abrió, buscó la última página escrita, sacó el lápiz.

Y no pudo leer su propia letra.

Se acercó el cuaderno a la cara y las letras se le juntaron, y lo alejó y se le juntaron igual, y lo puso a la distancia del brazo y entonces sí, entonces vio las líneas pero no las palabras, y estuvo así diez o quince segundos moviendo una libreta arriba y abajo delante de sus propios ojos, como había visto hacer a su madre en una cocina cientos de veces.

Y ahí, y no antes, Nahia Arregi se echó a llorar.

Por eso. No por los años, ni por las rodillas, ni por las manos.

Porque llevaba diecisiete días midiendo un valle imposible con instrumentos correctos, apuntándolo todo con lápiz en un cuaderno de campo, y acababa de comprar la vida de su hermana con la única cosa que no había pensado que estaba vendiendo.

Cerró el cuaderno.

—Vale —dijo—. Vale, vale.

• • •

Su hermana estaba de pie en mitad de la vaguada, a veintiocho metros, quieta.

Se había parado en el sitio.

Nahia la vio girarse con el pijama de franela pegado al cuerpo y los pies negros de barro, y la vio mirar hacia abajo, hacia el rellano, buscando.

Y la vio no encontrarla.

Porque la niña miró a Aitor, y miró a Jon, y miró a la mujer que estaba sentada en el barro a diez metros de la piedra, y siguió buscando dos segundos más.

Y luego se quedó parada, y abrió mucho los ojos.

—Nahia.

—Aquí estoy, cariño.

Y su hermana bajó los veintiocho metros de la vaguada corriendo —corriendo, resbalando, cayéndose una vez y levantándose sola— y se le echó encima y la tiró de espaldas al barro, y Nahia la abrazó con dos brazos de sesenta y seis años y le puso la mano abierta en la cabeza y no se la soltó.

• • •

Le contó las pulsaciones sin querer, con dos dedos en el cuello, porque llevaban diecisiete días pendientes de aquel latido y ya no sabía tocar a su hermana de otra manera.

Y las contó tres veces porque no se lo creía.

Setenta y ocho.

Setenta y ocho pulsaciones por minuto. Normales. Incluso después de haber bajado corriendo una cuesta.

Y respiraba veinte veces por minuto.

Y estaba caliente.

—Nahia. —La niña le tenía la cara cogida con las dos manos y se la estaba mirando de cerca, muy seria, con el ceño fruncido—. Nahia, ¿qué te ha pasado?

—Nada, cariño.

—Que se te ha puesto la cara de ama.

Y Nahia Arregi, tumbada de espaldas en el barro de un rellano a ochocientos treinta metros, con veintisiete años menos de futuro y una niña de siete años sentada encima, se echó a reír.

—Ya lo sé —dijo—. Ya lo sé.

• • •