El bosque de los que no envejecen Capítulo 36 — La elección de Aitor
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Capítulo 36 — La elección de Aitor

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Aitor lo hizo con su propio silbato.

Nahia lo vio desde treinta metros, sentada en la hojarasca con su madre apoyada en el hombro y su hermana en el regazo: al hombre de cincuenta años arrodillado delante de una cámara de raíces, sacándose el cordón trenzado del cuello, mirando el latón un segundo largo.

Y soplando.

Dos largos y uno corto.

Limpio. Sin fugas. El sonido más simple del mundo.

Y en el agujero, el niño abrió los ojos.

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No se levantó de un salto. Despertó con la torpeza de un crío al que llaman para ir al colegio: se movió, cerró la mano, se pasó el dorso de la muñeca por el ojo derecho.

El mismo gesto.

Después se incorporó, cruzó las piernas sobre la tierra clara y miró al hombre que tenía delante.

—Beñat, soy…

—Ya sé quién eres.

Aitor se llevó la mano a la boca.

—Ese silbido es el tuyo —dijo el niño—. El mío hace fff.

Y se rio.

A Nahia, a treinta metros, aquella risa de crío de diez años en un bosque sin cielo le pareció la cosa más insoportable de toda la noche, porque era una risa normal, de fastidiar a un hermano, con cuarenta y cinco años de retraso.

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Estuvieron hablando siete u ocho minutos y Nahia solo oyó fragmentos, porque estaba lejos y porque su madre le pesaba cada vez más en el hombro.

Oyó al niño preguntar cuántos años tenía.

Oyó a Aitor decir cincuenta y oyó al niño decir joder .

Oyó a Aitor intentar explicar algo dos veces y no acabarlo ninguna.

Y luego oyó la pregunta, porque el niño la hizo más alto, y porque era una pregunta de crío y los críos preguntan las cosas importantes con la voz normal.

—¿Ama sigue con la luz encendida?

Aitor tardó en contestar.

—No.

—¿Se ha muerto?

—Hace mucho.

—Ya. —El niño pensó un momento—. Es que yo la veía.

Aitor levantó la cabeza.

—¿Qué?

—La luz. —Beñat se encogió de hombros—. Cuando me despertaba, a veces se veía. Muy pequeñita, por ahí. —Señaló con la barbilla, hacia ningún sitio en concreto—. Y yo sabía que era la de la cuadra porque es amarilla y las de la carretera son blancas.

Nahia oyó a Aitor Lasa hacer un ruido y agachar la cabeza hasta el suelo.

—Y ahora no está —dijo el niño.

—No.

—¿La has apagado tú?

—Sí.

—Vale.

El crío no le preguntó por qué, y Nahia entendió, sujetando a su madre, que apagar aquella bombilla había sido la primera despedida verdadera de Aitor.

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Después Aitor dijo algo muy bajo y muy largo, hablando con las manos, y a Nahia le llegaron cuatro palabras: doscientas once , y Josefa , y crío .

Y luego oyó al niño contestar.

—Ya lo sé.

—Beñat…

—Que ya lo sé. —La voz del crío cambió: se puso de diez años que sabe algo—. Aquí dentro se sabe. Yo no sé cómo, pero se sabe. Cuando la de los Arregi salió, se enteró todo el mundo.

—¿Y qué se enteró todo el mundo?

—Que estaba pasando algo malo ahí fuera.

Se puso de pie en el hueco de raíces. Era pequeño, un niño de diez años con una bota puesta y otra al lado.

—Y todos los de aquí decimos lo mismo, Aitor. —Cogió la bota del suelo, se la puso y se ató el cordón con dos vueltas—. Que no. Que aquí se está bien y que no nos saquéis a costa de nadie.

—Beñat.

—Que no. —Lo dijo enfadado, con el enfado exacto de un hermano mayor—. Llevo cuarenta y cinco años diciendo que no y tú no me has oído nunca.

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Aitor Lasa permaneció de rodillas delante de la cámara durante un rato larguísimo.

Después preguntó una sola cosa.

—¿Puedo abrazarte?

El niño se lo pensó, y a Nahia le pareció ver, desde treinta metros, que se lo pensaba de verdad.

—No —dijo—. Porque a lo mejor no te suelto.

Aitor asintió.

—Ya.

—Y tú te tienes que ir.

—Ya.

—Y una cosa. —Beñat se metió la mano en el bolsillo del pantalón corto, sacó el silbato de latón, con el cordón enrollado dos veces en la muñeca, y lo levantó—. El mío es mejor.

—El tuyo hace fff.

—El mío hace dos ruidos.

El niño se rio otra vez y permaneció de pie en el hueco con el silbato en una mano.

Levantó la otra.

No dijo adiós. Solo abrió la mano a la altura de la cara y la movió un poco, como saludan los críos.

Aitor Lasa se levantó del suelo, alzó la suya, se dio la vuelta y recorrió los treinta metros hasta donde estaba Nahia sin mirar atrás ni una vez.

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Sacaron a Maddi entre Jon y Aitor, por el escalón de tierra, con mucho cuidado. Nahia pasó primero a Irati y volvió a entrar a por la mochila.

Al salir, en el momento exacto en que sacó la cabeza de aquel agujero de tejón y le entró la lluvia en la cara, notó que el móvil le vibraba con nueve avisos seguidos.

Se subió la manga.

El segundero de su reloj de pulsera avanzaba otra vez. Había reanudado la marcha desde el mismo punto en que se detuvo, entre el veintitrés y el veinticuatro.

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Bajaron los ciento cuarenta metros hasta el rellano del sexto mojón y allí pararon. Maddi no podía continuar.

Llevaba un rato sin hablar. Respiraba, apretaba la mano de Nahia y una vez abrió los ojos para mirar la copa de las hayas.

La sentaron con la espalda contra el bloque de caliza, tapada con el anorak de Jon y el forro polar de Aitor.

Nahia consultó el reloj. Las cuatro y diez de la madrugada.

Después hizo la llamada que más le costó de las tres de aquella noche.

—Leire. Sube a mi hermana al rellano del sexto mojón.

—Nahia, esa niña no puede subir…

—Venid en coche hasta donde se pueda y, desde allí, subidla en brazos por turnos. Si se pone mal, os paráis y me llamáis. —Se le rompió la voz una sola vez—. Leire, a mi madre no le queda la mañana. Y quiere oírla despierta.

Hubo un silencio de cinco segundos al otro lado.

—Vamos para allá.

Nahia colgó y miró a Aitor.

—Baja a la primera y ponla en su sitio.

—Sí.

Lo dijo sin pensarlo, sin discutirlo, con la voz de un hombre que ya lo había decidido dentro de un agujero.

—Jon, vete con él. Y no lo dejes solo ni un minuto.

—¿Y usted?

—Yo me quedo con ama.

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Tardaron una hora y media.

Nahia pasó ese tiempo sentada en el barro, con la espalda contra un mojón desplazado y una mujer de sesenta y ocho años muriéndose sobre su hombro. No pudo hacer absolutamente nada más, y fue lo más difícil que había hecho en su vida.

A las cinco y veinte notó el cambio.

No fue un ruido. Fue lo contrario: el hayedo empezó a oírse.

Primero el agua bajando por la vaguada. Después una rama que crujió doscientos metros más allá. Y, muy lejos, abajo, en el fondo del valle, un perro.

Un perro ladrando.

Nahia cerró los ojos y lloró sin hacer ruido, con la cara pegada al pelo de su madre, porque llevaba diecisiete días en aquel valle y aquel era el primer perro que oía ladrar de noche.

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Aitor y Jon regresaron a las seis menos veinte, empapados y sin poder hablar de cansancio.

—Trece centímetros —dijo Aitor, y se dejó caer en el barro—. Está en su asiento. Le he metido la tierra tamizada y he puesto el musgo por encima con las manos. Si nadie la busca, no se ve.

—¿Y el tirfor?

—Inutilizado. Le he quitado el cable y la palanca. Jon lo bajará como prueba cuando podamos volver.

Se cubrió la cara con las manos.

—Se ha callado todo. Nahia, al meterla se ha callado todo. Llevaba un año oyendo silbidos y ahora no hay nada. Nada, ¿me oyes? Ni uno.

Permaneció así un momento.

—Y he pasado por delante de la cuadra al subir. —Levantó la cabeza—. He encendido la bombilla.

—¿Por qué?

Y Aitor Lasa dijo:

—Porque me ha dicho que la veía.

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Leire llegó a las seis y media, con la primera claridad pegada al horizonte. El hijo del carnicero traía a Irati dormida a la espalda, sujetándola por debajo de las rodillas. No había querido ceder el relevo en los últimos trescientos metros.

Cuando la sentaron junto a Maddi, la niña se metió debajo de las dos prendas y se pegó a ella. Maddi abrió los ojos, hundió los dedos en su pelo y volvió a cerrarlos.

Nahia se quedó con las dos.

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Poco después de las siete, el cielo empezó a aclararse de verdad. El sol todavía no había salido, pero el gris subía por el este, la lluvia aflojaba y los mirlos comenzaban a hacer un escándalo indecente en toda la ladera.

Nahia estuvo unos minutos escuchándolos.

Su madre le apretó la mano.

—Ama.

Maddi no respondió, pero volvió a apretársela.

Y entonces, con el cielo aclarando, los pájaros y el hayedo entero recuperando sus sonidos, Nahia oyó su propia voz.

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Vino de arriba. De la vaguada. Del sitio del barro negro.

Era ella al cien por cien: su timbre, su respiración, su manera de dejar caer el final de las palabras.

— Irati.

Nahia se quedó inmóvil.

— Irati, ven.

Y luego, muy tranquila, muy clara, con la voz de una mujer de treinta y nueve años que llama a su hermana pequeña desde el otro lado de un prado:

— Irati Arregi.

Una imitación no podía entregar un nombre. Pero Irati no necesitaba una marca nueva: llevaba vinculada a Gaueko desde 1999 y había salido mientras el límite seguía abierto.

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La niña abrió los ojos.

Y se levantó.

No lo hizo con la torpeza de un niño al que despiertan por la mañana. Se incorporó de una pieza, sin apoyar las manos. El anorak de Jon y el forro polar de Aitor le cayeron a los pies. Se quedó en el barro con el pijama de franela, los pies negros y la cara vuelta hacia la vaguada.

—¡Irati!

Nahia la agarró por la muñeca.

Y su hermana empezó a andar.

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—¡IRATI!

—No quiero.

Avanzaba hacia arriba, hacia la vaguada, tirando de la muñeca que Nahia sujetaba, con los pies arrastrándose en el barro y sin mirar atrás.

—Nahia, no quiero.

—¡Para! ¡Irati, para!

—¡Que no quiero, Nahia! —Era una voz de niña llorando, de niña de siete años con miedo de verdad—. ¡Que no soy yo, que no puedo, que me lleva!

Nahia se levantó, la rodeó con los dos brazos por la cintura y tiró hacia atrás. Clavó los talones en el barro. Irati pesaba veintidós kilos y no pudo detenerla.

No era que la niña hiciera fuerza.

Era que avanzaba.

Avanzaba como un carro por una cuesta, sin esfuerzo ni músculo, con las piernas moviéndose porque el cuerpo iba hacia allí.

Nahia Arregi, treinta y nueve años, sesenta y un kilos, con los brazos alrededor de su hermana y los talones hundidos en un rellano a ochocientos treinta metros de altitud, resbalaba cuesta arriba con ella.

—¡AITOR! ¡JON!

Desde el suelo, con la espalda contra la piedra y los ojos abiertos, su madre reunió aire para una palabra.

—Paga.

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