El bosque de los que no envejecen Capítulo 35 — La madre
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Capítulo 35 — La madre

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—Sí —dijo Nahia—. Se ha despertado.

Su madre cerró los ojos.

Y no dijo nada durante mucho rato, y a Nahia le dio tiempo a pensar que se había muerto, y luego vio que le temblaba la barbilla y entendió que era lo otro.

—¿Habla?

—Habla, ama.

—¿Y anda?

—Anda. Ha andado tres kilómetros esta noche descalza.

Y Maddi Arregi soltó una risa, una risa pequeñísima que se le convirtió en tos y que le duró medio minuto, y cuando se le pasó tenía los ojos abiertos y estaba mirando a su hija mayor por primera vez.

—Descalza.

—Descalza.

—Esa cría —dijo— no se ha puesto un calcetín en su vida.

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Hablaba de tres en tres palabras.

Eso fue lo peor de aquella conversación, y también lo que hizo que fuera corta: que a su madre no le llegaba el aire para más de una frase seguida, y que entre frase y frase había que esperar.

Nahia se sentó en la hojarasca a su lado, le pasó un brazo por detrás de los hombros y la sujetó, y su madre pesaba lo que no debe pesar una persona.

—¿Cuánto llevo aquí?

—Dieciocho días.

Los ojos se le abrieron un poco más.

—No.

—Ama, hoy es el seis de noviembre.

—Yo llevo aquí… —Se paró. Tragó—. Yo llevo aquí tres días. Cuatro.

—Lo sé.

—He dormido dos veces.

—Lo sé, ama.

Su madre tenía los ojos en la claridad gris de aquel bosque sin cielo, y a Nahia le pareció verla hacer la resta con lo que le quedaba de cabeza.

—Dieciocho días —dijo— y me han gastado todo lo que me quedaba.

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Y luego contó lo que había hecho, y lo contó como se lo habría contado a un médico.

—Yo pensé que valía.

—Ya lo sé.

—Escúchame, que esto lo tengo que decir yo. —Le apretó la mano—. Yo leí lo del trece. En el libro de la parroquia. Dio su vida por la vida del niño. Y yo tenía una vida, Nahia. Corta. Pero era una vida entera y era la única que tenía y no se puede dar más que todo.

—Ama…

—Y me puse ahí, en el sitio de los golpes, y lo dije. —Le costaba—. Dije: doy todo lo que me queda .

—Y se abrió.

—Se abrió. —Cerró los ojos—. Y yo pensé que había pagado.

Nahia se quedó callada.

—Y no pagué nada —dijo su madre—. Me lo cogieron y no descontó. Y lo entendí al segundo despertar, aquí sentada, cuando ya no pude llenar los pulmones y vi que me estaban gastando en días lo que debía durarme meses. —Abrió los ojos—. Eso no es un pago, hija. Eso es la propina del portero.

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—Ama, hay una cosa que tienes que saber.

—Dila.

Nahia miró a Jon, que estaba de pie a cinco metros con las manos en los bolsillos y la cabeza baja, y a Aitor, que seguía de rodillas al lado de la cámara de su hermano y que desde allí no podía oírlas.

Y decidió decírselo.

—Ama, mientras la puerta esté abierta y la deuda sin pagar, el bosque utiliza el tiempo del pueblo como garantía.

Su madre dejó de apretarle la mano.

—¿Qué?

—Está en el libro de Ane, en una hoja que no habías visto. —Nahia hablaba muy despacio—. Ha puesto como garantía a las doscientas once personas del valle. Hemos encontrado diecinueve afectados y puede haber más.

—No.

—Maritxu, la mujer del carnicero, se ha quedado sorda también del oído derecho. Patxi tiene las manos de un hombre de noventa años y recuerdos que no son suyos. Josefa amaneció como si le hubieran caído veinte años encima: se cayó, no reconoce a su nieta y ya no puede levantarse sola.

—No.

—Y el crío de los Aroztegi ha perdido siete semanas de colegio.

Y su madre, en aquel bosque sin cielo, con todo el tiempo que le quedaba gastado en dieciocho días, se llevó las dos manos a la cara y dijo la única cosa que Nahia no supo cómo aguantar.

—Ibai.

—¿Qué?

—Ibai. —Le salió por debajo de las manos—. Yo le puse las vacunas a ese crío. Yo lo pesé en la ikastola.

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Estuvo así tres o cuatro minutos y Nahia no pudo hacer nada más que sujetarla.

Después se destapó la cara y estaba distinta.

—Cuánto falta.

—Veintisiete años, ama. Enteros. Lo tuyo fue el precio de abrir y no vuelve. Lo del pueblo es una garantía: puede devolverse si cerramos bien, pero no descuenta nada.

—Veintisiete.

—Y no se puede repartir. Lo tiene que poner una sola persona, sabiendo lo que hace y diciéndolo.

Y su madre la miró.

La miró de una manera que Nahia le había visto una vez en la vida, en una cocina, cuando su hija de dieciséis años le arrancó la hoja de octubre del calendario y la metió en la cocina de leña.

—Tú tienes treinta y nueve años —dijo.

—Sí.

—Tú podrías pagarlos.

—Sí.

—Nahia, no.

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—Ama, escucha…

—Que no. —Y le apretó la mano con una fuerza que no tenía—. Escúchame tú a mí y esta vez hasta el final, que no me quedan muchas.

Nahia se calló.

—Tú quieres pagar por lo del noventa y nueve.

—Ama…

—Yo te conozco. Te llevé dentro. —Su madre tomó aire dos veces para lo que venía—. Y lo del lavadero ya lo sabes, que me lo ha dicho tu cara al llegar. Ya sabes lo que dijiste en ese bosque y ya sabes que lo dije yo antes.

—Sí.

—Y ahora quieres poner veintisiete años encima de la mesa porque llevas la mitad de tu vida pensando que se la debes.

Nahia no contestó.

—Hija, yo hice eso.

Y Nahia levantó la cabeza.

—Yo hice eso —dijo su madre—. Yo bajé a ese lavadero por culpa. Ane me dijo pregunta cuánto y yo le dije que da igual cuánto, porque cuando uno paga por culpa no pregunta el precio, porque no está comprando nada: está castigándose.

Le temblaba la mano.

—Y mira dónde estoy sentada.

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—Ama, no es lo mismo.

—Es lo mismo. —Tosió—. Es lo mismo, con veintisiete años más y una cuenta más grande. Y yo no me voy a morir aquí sabiendo que le he pasado esto a mis dos hijas.

—Entonces qué hacemos.

Y su madre lo dijo. Lo dijo sin llorar y sin temblarle la voz, y a Nahia le pareció, en aquel momento, la mujer más valiente que había conocido y también la más cruel.

—Devolvedla.

—No.

—Devolvedla, Nahia. Que se vuelva a meter y que se cierre la piedra. —Le apretó los dedos—. Y el pueblo recupera lo suyo, y Josefa vuelve a saber quién es su nieta, y ese crío recupera septiembre, y tú te vas de este valle con treinta y nueve años.

—Y ella se queda aquí.

—Y ella se queda aquí, donde ha estado veintisiete años. —Su madre cerró los ojos—. Donde no le pasa nada. Donde no le duele nada. Donde no se hace mayor.

—Ama, eso es un ataúd.

—Ya lo sé.

—¡Eso es un ataúd bonito!

—Ya lo sé, hija. —Y ahí sí se le rompió, una vez, entera—. Ya lo sé. Y llevo veintisiete años sabiéndolo, y me he pasado veintisiete octubres subiendo aquí a oír a mi hija dentro de un ataúd bonito, y he movido esa piedra para sacarla de ahí. ¿Y sabes lo que he hecho?

—Ama.

—He puesto a doscientas once personas dentro conmigo.

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Nahia se quedó mucho rato con la mano de su madre entre las dos suyas, mirando la claridad gris de aquel bosque sin cielo, y al final dijo lo único que era verdad.

—No sé si voy a poder hacer lo que tú quieres.

—Ya lo sé.

—Pero te voy a sacar de aquí.

Y su madre, que llevaba media hora hablando de tres en tres palabras, sacó de algún sitio aire para una frase entera.

—A mí no me saques, hija. A mí bájame.

—¿Qué diferencia hay?

—Que sacar es para volver. —Le apretó los dedos—. Y bajar es para el otro sitio.

Se quedó callada un momento.

—Y llévame a donde esté ella. Que quiero oírla una vez despierta y no me queda para dos.

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