Capítulo 34 — Los durmientes
• • •
Ane y Leire subieron al robledal con el hijo del carnicero y su furgoneta, y a Nahia le costó nueve segundos decidir la cosa más difícil de aquella noche.
Le pasó a su hermana a Leire.
Y Leire, antes de coger a la niña, le buscó el pulso con dos dedos y se quedó un momento con la cara de una médica a la que le acaban de romper otra cosa.
—Cuarenta —dijo—. Nahia, esta cría ha andado tres kilómetros y medio cuesta arriba, descalza, y sigue en cuarenta. No jadea, no está agotada. Ese cuerpo no está respondiendo como debería.
—Ya lo sé.
—No. No sabemos qué lo mantiene funcionando así. —Se echó a la niña a la cadera—. Y hasta que lo sepamos, no podemos sacarla del valle.
—Bájala al caserío. Cocina de leña, mantas y el pijama seco del cajón. Y una cosa, Leire, la más importante de todas: no cruces el puente. Ni por la ambulancia, ni por el hospital, ni por nada. Aunque se te pare en las manos, no cruces el puente.
—No lo cruzo.
—Júramelo.
—Te lo juro.
Irati se agarró al cuello de Nahia con las dos manos y no quería soltarse, y hubo que soltarla.
—Voy a por ama —dijo Nahia.
—Ya lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
Y su hermana, colgando del brazo de Leire Otxoa, con el pijama de franela empapado y los pies negros, contestó:
—Porque el hilo va para allá.
• • •
El guardián esperó.
Nahia no encontró una explicación para aquello: la figura de tres metros y veinte permaneció de pie en el borde alto del claro durante los diez minutos que tardaron en organizarse, quieta, de lado, sin acercarse.
Esperando a que acabaran.
Y cuando Leire y el hijo del carnicero se llevaron a la niña por la senda de abajo, dio tres golpes en un roble y empezó a subir.
—Va hacia arriba —dijo Jon.
—Va hacia la sexta.
—¿Y por qué la sexta y no esta?
Nahia miró el bloque de caliza medio salido, cabalgando el borde de su asiento a trece centímetros del lugar que había ocupado durante generaciones.
—Porque esta no es una puerta —dijo—. Esta es una grieta.
• • •
Subieron una hora y cuarenta minutos por el hayedo y no se perdieron ni una vez.
Eso fue lo primero raro. Las sendas no se multiplicaron. No apareció un pañuelo dos veces, ni volvieron al mismo árbol, ni los pasos les llegaron con retraso. Anduvieron cuesta arriba como se anda cuesta arriba, resollando, resbalando en la hojarasca mojada, con las linternas puestas.
Delante iba aquello, a cuarenta metros, siempre a cuarenta metros, y las ramas seguían sin apartarse a su paso.
Y cada cierto tiempo, tres golpes.
—Nos está llevando por el camino bueno —dijo Aitor, la primera vez que habló en una hora.
—Sí.
—Nahia.
—Dime.
—Tu madre subió a este monte cuarenta y una veces conmigo y nunca la llevó hasta aquí.
Nahia siguió andando tres o cuatro pasos antes de contestar.
—Porque a ella no intentaba guiarla —dijo—. Intentaba pararla.
• • •
Pasaron el rellano del sexto mojón a la una y veinte de la madrugada.
Y ciento cuarenta metros más arriba, en la vaguada del barro negro, treinta y cinco pasos al noreste, donde una mujer de sesenta y ocho años se había arrodillado el cuatro de octubre a decirle a una grabadora vale, cariño, aquí estoy , el guardián se paró y se apartó.
No había una puerta.
Había un desnivel en el suelo. Un escalón de tierra de medio metro, entre dos raíces, con la hojarasca cayendo por el borde y un hueco negro debajo, del tamaño de la entrada de una madriguera de tejón grande.
Nahia se puso en cuclillas y metió la linterna.
Y del hueco salió aire caliente.
—Jon.
—Ya lo noto.
—Aquí dentro hay veinte grados.
—Sí.
—Y fuera hay cuatro.
Nahia sacó el móvil para hacer una foto y miró la pantalla.
Se había quedado sin hora.
No es que estuviera mal. Es que en el sitio donde ponía la hora no ponía nada: dos puntos entre dos huecos. Y el GPS no tenía un solo satélite, y el aparato no estaba apagado, y la batería marcaba el sesenta y uno por ciento.
Nahia se subió la manga.
El segundero de su reloj de pulsera estaba parado entre el veintitrés y el veinticuatro.
—Vale —dijo, y le tembló la voz—. Vale. Entramos.
• • •
No hubo túnel.
Se metió de cabeza por un agujero de tejón esperando arrastrarse veinte metros, y a los dos metros el techo se levantó y pudo ponerse de pie, y a los cuatro pasos ya no había techo que ver.
Estaba dentro de algo que no era una cueva.
Era el hayedo.
Había troncos, y había hojarasca, y había raíces, y a quince metros por encima de su cabeza había copas de haya cerrándose unas contra otras.
Pero no había cielo detrás de las copas, ni noche, ni luna, ni la lluvia que llevaba cayendo desde las ocho.
Había una claridad gris, uniforme, sin dirección, del color exacto de las cinco de la tarde de un día encapotado.
Y ni una hoja se movía.
Nahia apagó la linterna porque no hacía falta.
Miró el suelo. Miró la hojarasca, y la hojarasca era de haya, entera, sin descomponer, sin un solo hongo, sin un caracol, sin ese olor a tierra que respira que hay en un bosque desde que existen los bosques.
Se agachó, cogió un puñado y lo apretó.
Las hojas crujieron.
Estaban secas.
—Aquí no se pudre nada —dijo—. Jon, aquí dentro no hay descomposición.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que no hay tiempo. —Nahia se levantó y se limpió la mano en el pantalón—. Y que ese sitio no es un sitio. Es una hora.
• • •
La primera la encontró Aitor.
—Nahia.
Estaba a veinte metros, delante del contrafuerte de un haya enorme, y no se acercaba.
Entre dos raíces, la tierra hacía una bóveda de metro y medio, seca y clara, con las raicillas finas colgando del techo. Y dentro, tumbada de lado con las rodillas dobladas y una mano debajo de la mejilla, había una mujer.
Cuarenta y tantos años. Un abrigo de paño con hombreras y botones grandes. Medias. Zapatos de tacón bajo, de los buenos, uno puesto y otro descalzo al lado. Y una redecilla en el pelo.
Nahia se quedó de pie delante de aquello sin poder respirar.
Le vio subir el pecho.
Muy despacio. Una vez. Y contó, y contó, y a los quince segundos el pecho volvió a subir.
—Está viva.
—Sí.
—Aitor, esta mujer va vestida de los años cincuenta.
—Sí.
Nahia se agachó, con mucho cuidado, y miró lo que la mujer tenía apretado en la mano que no estaba debajo de la mejilla.
Un monedero de charol. Y en el suelo, al lado, una bolsa de red con dos limones dentro.
Dos limones enteros, amarillos, con la piel firme.
• • •
Las contó.
Se pasó lo que le pareció una hora y no lo era, porque allí no había horas, y las fue contando una por una con el cuaderno en la mano porque era lo único que sabía hacer y porque alguien tenía que contarlas.
Dieciséis.
Un hombre de unos treinta años con una camisa sin cuello y abarcas de cuero, sentado con la espalda contra una raíz, con una hoz al lado.
Un chaval de dieciocho o veinte con una chaqueta vaquera y unas deportivas blancas de los años ochenta.
Una mujer muy vieja, de ochenta y muchos, con un pañuelo negro en la cabeza y las manos juntas.
Dos niñas pequeñas en la misma cámara, la una contra la otra, con vestidos idénticos de cuadros y las trenzas hechas.
Un cura, con sotana.
Y así hasta dieciséis.
Nahia fue apuntando: la edad aparente, la ropa, el objeto, la posición. Y al llegar a la novena se dio cuenta de que estaba haciendo lo que había hecho una mujer con un libro de fiado de ultramarinos durante ciento ochenta y cinco años, y tuvo que parar y apoyarse en un tronco.
Dieciséis.
Dieciocho en el libro. Uno volvió en 1913.
Y una estaba en una cama, a cuatro kilómetros de allí, con un pijama de franela azul.
• • •
Beñat estaba en la última.
Estaba en una cámara pequeña, poco más grande que él, hecha con tres raíces y una piedra, y estaba tumbado de lado con las rodillas dobladas y las dos manos juntas debajo de la barbilla, como duermen los críos cuando tienen frío.
Pantalón corto de pana. Jersey marrón con el cuello vuelto. Los calcetines por la rodilla y una bota de goma puesta y la otra al lado.
Y el silbato de latón en el puño derecho, con el cordón enrollado dos veces en la muñeca.
Aitor Lasa se quedó de pie delante de aquel agujero mucho tiempo.
Después se puso de rodillas en la hojarasca seca, a metro y medio, y no entró y no lo tocó.
—Hola —dijo.
Y luego estuvo callado un rato larguísimo, y Nahia se dio la vuelta y se llevó a Jon veinte metros por respeto, y desde allí solo oyó una frase más.
—Es que ya no tengo cinco años, Beñat.
• • •
A su madre la encontró ella.
No estaba con los dieciséis.
Nahia lo notó al acabar la cuenta: que las dieciséis cámaras estaban en un radio de sesenta o setenta metros alrededor de un haya monstruosa, la más grande que había visto en su vida, con un fuste de dos metros de diámetro y sin una rama por debajo de los diez.
Y que había un sitio donde no había cámaras, y era el borde. El sitio por donde habían entrado.
Estaba sentada.
Sentada en el suelo con la espalda contra una raíz, a treinta metros del escalón de tierra por el que Nahia se había metido de cabeza, en el límite exacto de aquella claridad gris, donde la hojarasca seca empezaba a estar mojada.
Con el abrigo verde y la bufanda roja.
Y no estaba dormida.
• • •
Nahia cruzó los treinta metros sin registrar un solo paso.
—Ama.
Su madre tenía los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la raíz y las manos en el regazo, y respiraba mal.
Y estaba consumida.
Nahia lo vio con los ojos de una hija y lo entendió con los de una persona que había leído un informe de neumología cuatro días antes: los pómulos, las sienes hundidas, el cuello, las muñecas.
El umbral no había detenido la enfermedad.
La promesa que Maddi hizo al abrir el corredor la estaba consumiendo junto con el poco futuro que todavía tenía.
Su madre no estaba parada en aquel bosque como los otros dieciséis.
Su madre era la única persona de aquel lugar a la que seguía pasándole el tiempo.
—Ama, soy yo.
Le cogió las dos manos, y las manos estaban calientes y le apretaron los dedos, y Nahia se echó al suelo de rodillas y le puso la frente en el hombro y le olió la lana de la bufanda y el jabón y la cebolla, y estuvo así llorando sin hacer ruido durante un tiempo que allí dentro no podía medir.
—Ama, estoy aquí. Estoy aquí, ama. Estamos aquí Aitor y yo, y hay un ertzaina, y vamos a sacarte, y…
Su madre abrió los ojos.
Y a Nahia se le quedó la frase a medias, porque su madre no la miró a ella.
Miró por encima de su hombro, hacia el escalón de tierra, hacia el borde, hacia fuera.
Y con una voz que era un hilo, la boca seca y el aire justo para unas pocas palabras, Maddi Arregi preguntó:
—¿Se ha despertado?
• • •