Capítulo 33 — Los dos Beñat
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Aitor se levantó del suelo y soltó la palanca del tirfor. La palanca cayó en el barro y él no la miró.
—Beñat.
— Hola.
—Beñat, soy yo.
— Ya lo sé.
El niño bajó la mano con la que había saludado y dio un paso hacia el claro.
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Nahia lo tenía todo en contra y una sola cosa a favor. La cosa a favor estaba tumbada a cuatro metros de ella.
Txiki había subido con Aitor y llevaba dos horas echada al pie de un roble. Nahia la vio en el borde de la luz de la linterna cuando el niño empezó a andar.
La perra no levantó la cabeza.
Nahia la observó con su hermana en brazos y sintió cómo se le ordenaba todo por dentro, con esa limpieza fría que tenían las cosas cuando por fin encajaban.
Un perro reacciona a lo que se mueve. Incluso cansado, incluso ante alguien conocido, gira la cabeza cuando una figura cruza un claro de noche.
Txiki tenía las orejas pegadas al cráneo y le temblaban las patas traseras. Llevaba dos horas así: había algo en aquel claro que la aterrorizaba.
Pero sus ojos no seguían al niño.
Estaba muerta de miedo y no lo veía.
Y aquellas dos cosas juntas solo podían significar una.
—Aitor. —Nahia habló muy bajo y muy claro—. Mira a la perra.
—Nahia, no me…
—Mira a la perra, Aitor. Es lo que me enseñaste tú.
Aitor Lasa, a mitad del claro, con su hermano de diez años a unos veinte metros, se giró y miró a Txiki.
Se paró en seco.
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—No lo ve —dijo.
—No.
—Mi perra no lo ve.
—Aitor, ese niño no está ahí de la manera en que lo estamos viendo. —Nahia dio dos pasos hacia él, con Irati agarrada al cuello—. Esa cosa utiliza tu recuerdo para construir una imagen delante de nosotros. Puede dársela a una persona. A Txiki no, porque ella no tiene ese recuerdo.
— Aitor.
El niño estaba más cerca. Quince metros.
— Aitor, que tengo frío.
Aitor Lasa se llevó las dos manos a la cara.
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Entonces, detrás del niño, en el borde alto del claro, apareció el otro.
Nahia lo vio primero.
Salió de entre las hayas, de más arriba, del lugar donde terminaba el robledal y empezaba lo viejo, y se detuvo a unos setenta metros, muy adentro, al otro lado de aquella línea que no se veía y que se notaba.
Era el mismo niño.
El mismo pantalón corto de pana. El mismo jersey marrón con el cuello vuelto. Los mismos calcetines por la rodilla, las mismas botas de goma, el mismo pelo rubísimo cortado en casa.
Idéntico. Hasta la manera de apoyar el peso en una pierna.
A su lado, ocultándolo en parte con el cuerpo, estaba la figura que Nahia había calculado en tres metros y veinte.
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—Aitor.
—¿Qué?
—Quítate las manos de la cara y mira arriba.
Aitor se las quitó.
Nahia lo oyó emitir un ruido que nunca había oído hacer a un hombre: un sonido corto y profundo, como si le hubieran metido una mano en una herida.
Porque había dos.
El de abajo, a quince metros, sonriendo, con una mano medio levantada, avanzando.
Y el de arriba, a setenta, quieto, sin sonreír, con el guardián a su lado.
El de arriba negaba con la cabeza.
Muy despacio. A un lado y a otro. Sin parar. Con la seriedad de un niño de diez años que le dice no a su hermano pequeño desde el otro lado de un patio.
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Nahia sacó los prismáticos de la mochila con una mano y sostuvo a Irati con la otra. No consiguió enfocar hasta el tercer intento.
Ocho aumentos. Setenta metros. La linterna de Jon iluminando de lado.
Le vio la cara.
Y vio algo que la obligó a bajar los prismáticos.
—Aitor, el de arriba está llorando.
—Ya lo veo.
—Aitor, el de arriba…
—Ya lo veo, Nahia. —La voz le salió estrangulada—. Ese es el que está tapando el guardián. Ese es al que ha protegido todo el tiempo.
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El de abajo habló.
Estaba a diez metros. Se había detenido. La sonrisa seguía colocada en su sitio, uniforme, sin arrugarse por ningún lado.
— Aitor Lasa.
Nahia notó que Jon se movía detrás de ella.
— Aitor Lasa, ven.
Y luego, más bajo, con una ternura horrible:
— Aitor Lasa, que me dejaste solo.
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Aitor no se movió.
Nahia lo tenía a dos metros. Le vio tensarse la mandíbula y cerrar las manos, y decidió, en el segundo y medio del que disponía, que aquel hombre necesitaba un dato y no un consuelo.
—Aitor, que lo diga no vuelve a entregar tu nombre.
—¿Qué?
—Las imitaciones no cuentan. El que contó fue el que pronunció Jon. Esto solo te lo repite para empujarte hacia él. No des un paso.
Aitor no apartaba la vista del niño.
—Nahia.
—Dime.
—Eso lo sabe todo.
—Sí.
—Sabe que yo tenía cinco años y que estaba en aquel prado. —Le temblaba la voz de una manera nueva—. Y sabe la única cosa que pienso todas las noches antes de dormirme. Una cosa que en cuarenta y cinco años no le he dicho a nadie. Ni a mi madre, ni a un cura, ni a ti.
—¿Cuál?
Aitor Lasa contestó:
—Que yo sabía dónde estaba escondido.
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En el robledal no se movió nadie.
—Aquella tarde —dijo—. En el prado. Cuando el crío de Otxandio se puso a gritar su nombre y Beñat no salía, yo sabía detrás de qué árbol estaba. Lo había visto meterse. Y no lo dije.
—Aitor…
—No lo dije porque me estaba chuleando. Porque le tocaba perder a él y yo quería que lo pillaran. —Se pasó el antebrazo por los ojos—. Tenía cinco años, Nahia. Cinco. Y por eso no he apagado una bombilla en cuarenta y cinco años. No lo sabe nadie en el mundo.
Señaló al niño de diez metros con la barbilla.
—Y eso acaba de decirlo con su voz.
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—Aitor, escúchame. —Nahia le puso la mano en el brazo—. Que lo sepa no lo convierte en tu hermano. Lo convierte en un ladrón que ha entrado en tu casa.
—Ya.
—Tu hermano está ahí arriba diciéndote que no con la cabeza.
—Ya.
—Y está llorando.
—Ya lo sé, joder. —La voz se le rompió—.
¿Y cómo lo sé? Dime cómo lo sé. Son iguales, Nahia.
Son iguales hasta en cómo pisan. El de abajo sonríe y viene; el de arriba llora y no se acerca.
A lo mejor el de arriba es el que me quiere retener y el de abajo es el que ha conseguido escapar.
Llevo cuarenta y cinco años equivocándome con todo.
Entonces habló Irati.
Lo hizo desde el cuello de su hermana, con la voz pequeña y ronca de una niña de siete años que llevaba dos horas a la intemperie, y sin concederle ninguna solemnidad.
—Los que están dentro no piden que los saquen.
Aitor se giró.
—¿Qué?
—El señor nunca me lo pidió. Ama tampoco me pidió que la sacara. Entró ella.
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En ese momento, el niño de setenta metros dejó de negar con la cabeza.
Se metió la mano en el bolsillo del pantalón corto.
Y sacó un silbato.
Nahia levantó los prismáticos.
Latón. Cordón trenzado. El gemelo del que Aitor llevaba al cuello: el otro de los dos que un aitona había fabricado con dos casquillos de escopeta y una moneda de cinco pesetas.
El niño se lo puso en los labios.
Y sopló.
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Dos largos y uno corto.
No sonó bien.
Sonó sucio. Delante de cada nota escapó un soplido, una fuga de aire, un siseo pequeño y sordo que impedía que el silbido arrancara limpio.
Nahia lo oyó y no entendió nada. Se volvió hacia Aitor y lo encontró de rodillas en el barro, doblado, con las dos manos apoyadas en el suelo.
—Aitor.
Aitor Lasa empezó a llorar con la cara inclinada hacia el barro.
—Es él.
—Aitor, ha sonado mal.
—¡ES ÉL! —Levantó la cabeza, con la boca abierta y la cara deshecha—. ¡Ha sonado mal porque le hice una muesca en la boquilla con la lima del aitona cuando éramos críos!
El frío le bajó a Nahia por la espalda.
—Le hice una muesca y se enfadó porque se la había dejado fea. Ese silbato fuga, Nahia. Ha fugado siempre. No ha sonado limpio ni una sola vez. Por eso yo le decía que el suyo era peor que el mío, y él decía que el suyo era mejor porque hacía dos ruidos.
Se agarró la cabeza con ambas manos.
—Hacía dos ruidos.
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Nahia volvió a mirar por los prismáticos. A aquella distancia solo podía distinguir el brillo irregular del latón entre los dedos del niño. No necesitaba ver una raspadura de un milímetro: la había oído.
Aitor levantó la cara.
—Nahia, todos los otros sonaban mejor.
—¿Qué?
—Todos. El del año pasado, el del sábado, el de esta noche. Todos sonaban limpios. Todos sonaban perfectos.
Se sentó en el barro y se limpió la cara con el dorso de la mano, dejando una raya oscura desde la sien hasta la barbilla.
—Y yo llevo un año subiendo a este monte buscando el que sonara bien.
Al decirlo, dejó de parecer un hombre atrapado frente a una aparición. Volvió a parecer Aitor.
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Abajo, a diez metros, el niño sonriente quedó completamente inmóvil.
Después empezó a andar hacia atrás.
No se dio la vuelta ni aceleró. Retrocedió como una imagen que se aleja, con la sonrisa puesta y sin dejar de mirar a Aitor, y se internó entre los robles a paso de niño, hacia el hayedo.
Cuando alcanzó el borde de la oscuridad, miró a Nahia y dijo una última cosa.
No utilizó la voz de Beñat.
Utilizó la de ella.
— Todavía te queda la hermana.
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