El bosque de los que no envejecen Capítulo 32 — La entrada
83%

Capítulo 32 — La entrada

• • •

Leire llamó y solo dijo cuatro palabras.

—Nahia, no está aquí.

• • •

Subieron al caserío en tres minutos y Leire estaba en la campa, descalza, con el móvil en una mano y la linterna en la otra, iluminando el suelo.

—Me he dormido veinte minutos. Veinte, Nahia. Tenía el pulsioxímetro puesto y la alarma activada. Se ha quitado el sensor, ha silenciado el monitor y lo ha dejado junto al cabecero. Eso lo ha visto hacer.

—Leire, mírame. ¿Está bien?

—Está andando por ahí a nueve grados con un pijama de franela.

Y entonces Nahia bajó la linterna y vio la lana.

• • •

Salía por la puerta de la cocina.

Un hilo rojo, gordo, cardado, tendido en el suelo de la cocina desde la pata de la mesa donde Nahia había dejado las dos madejas de su madre el veintidós de octubre, saliendo por el umbral, cruzando la campa en línea recta y bajando por el prado hacia la carretera.

Nahia se puso de rodillas y lo cogió.

—Va desenrollando —dijo Leire—. Se ha llevado la madeja y la está dejando detrás.

Nahia levantó el hilo con dos dedos. Estaba tenso y vibró contra sus yemas.

—Sigue moviéndose.

Se levantó.

—Leire, quédate aquí y llama a Ane. Que suba con quien pueda. Jon, conmigo.

—¿Por dónde?

Nahia señaló el prado con la linterna, la línea roja bajando entre la hierba mojada.

—Hacia el puente.

• • •

Recorrieron los tres kilómetros por la carretera con los faros del coche patrulla iluminando la cuneta. Jon conducía y Nahia iba asomada por la ventanilla, siguiendo el hilo.

El hilo bajaba por el arcén. Se metía en la cuneta y salía. Cruzaba el asfalto en la revuelta del cementerio.

Y a ochocientos metros del puente, cuando Nahia ya veía la farola del pretil, el hilo dejó de estar en la carretera.

—¡Para!

Se metía a la derecha, por una senda de ganado, hacia arriba.

Hacia el robledal.

Nahia se quedó de pie en el arcén con la linterna en la mano y sintió una cosa que no era alivio pero se le parecía mucho, porque durante tres kilómetros había estado convencida de que aquel hilo iba a llevarla al puente, y al puente no.

—No va al puente —dijo—. Va a la piedra.

—Eso es peor.

—Eso es infinitamente peor. Pero está viva.

• • •

Subieron al robledal y en el robledal no llovía.

Eso fue lo primero. Llovía en la carretera, llovía en el puente y llovía en el pueblo, y Nahia lo había tenido en la cara los últimos veinte minutos.

Y a partir de una línea que se podía señalar con el dedo —una línea que cruzaba la senda de ganado en diagonal, entre dos robles, tan clara como el borde de un toldo— el agua estaba parada.

Parada en el aire.

Nahia levantó la linterna y las gotas estaban ahí. Miles. Suspendidas a distintas alturas, quietas, brillando cada una por su lado como un campo de estrellas de dos milímetros, sin caer.

Metió la mano.

Las gotas no se movieron. Le mojaron los dedos al tocarlas, una por una, y se quedaron pegadas a la piel, y las que no tocó siguieron flotando en el sitio.

—Nahia —dijo Jon detrás de ella, con una voz muy pequeña—. No oigo el río.

Ella se quedó escuchando.

El río Ezkairu baja por debajo de aquel puente con un ruido que se oye desde el pórtico de la iglesia. Nahia lo había estado oyendo cuatro minutos antes desde el arcén.

Allí dentro no había nada.

Ni río, ni lluvia, ni el viento en los robles. Los pasos sonaban a la mitad de volumen y con un retraso mínimo, y cuando Nahia habló le pareció que las palabras le salían dentro de una habitación con las paredes cubiertas de mantas.

—Jon, no se separe de mí, no conteste a nada y no se aparte del hilo.

—Ni con el nombre de pila.

—Ni aunque oiga a Amaia.

—¿Y si el sendero se divide?

—No elegimos sendero. Seguimos la lana.

• • •

Vieron cuatro sendas donde por la tarde había una.

Nahia se paró en la primera bifurcación con el hilo rojo en la mano y se dio cuenta de que estaba pasando lo del viernes, lo del pañuelo, lo del sitio que se repite. Y entendió, con un frío horrible, que aquello era lo que su madre no había podido atravesar en diecisiete días.

Pero ella tenía una cosa que su madre no había tenido.

Tenía un hilo tenso en la mano izquierda.

—Por aquí —dijo.

Y siguió la lana, que no dudaba nunca, que entraba en una senda y salía por el borde y cortaba campo a través entre los robles y volvía a entrar. Cada pocos pasos se tensaba un poco más: quien llevaba la madeja seguía avanzando.

• • •

Oyeron el tirfor a los ciento cincuenta metros.

Clac. Pausa larga. Clac.

Y luego una voz de mujer, muy tranquila, que decía algo que Nahia no pudo entender.

Y luego, muy claro, una voz de niña de siete años que decía:

—No.

• • •

Salieron al claro del mojón y Nahia se quedó paralizada tres segundos, y en esos tres segundos vio la escena entera y le quedó puesta como queda un cuadro.

Aitor, de rodillas junto a la piedra, con las dos manos en la palanca del tirfor y el frontal apagado.

La piedra, medio salida, cabalgando su asiento.

A quince metros, delante de la fuente de la senda, de pie, con el abrigo verde y la bufanda roja y las gafas mojadas, la figura con la cara de su madre.

Y entre las dos cosas, en el barro, descalza, con el pijama de franela azul y los pies negros y la madeja de lana roja apretada contra el pecho con los dos brazos, su hermana.

• • •

—¡IRATI!

La niña se giró y a Nahia se le rompió el corazón por dos motivos a la vez: porque tenía la cara azul de frío y porque sonrió.

—¡Nahia!

—¡No te muevas!

—Es que quiere que te llame.

Y señaló con la barbilla, muy enfadada, muy de niña de siete años, a la figura de su madre.

Nahia cruzó el claro y la cogió en brazos, y su hermana pesaba lo que pesa una niña de siete años y estaba helada y le olía el pelo, y le olía el pelo, y aquello a Nahia le tapó todo lo demás durante cuatro segundos.

—Cariño, ¿qué haces aquí?

—Ha venido ama.

—Irati…

—Ha venido ama a casa y me ha dicho que la siguiera. —La niña tenía los dientes castañeteando—. Y yo he cogido la lana porque estaba oscuro.

—¿Y por qué la has seguido?

Y su hermana la miró como se mira a un adulto que no se entera de nada.

—Porque no era ella.

• • •

Nahia se quedó sin aire.

—¿Qué?

—Que no era ama. —Irati se apretó contra su cuello—. Es que huele a nada, Nahia. Y yo eso ya lo sé, ¿eh? Yo eso lo sé desde el principio.

—Entonces por qué…

—Porque iba a venir a por ti.

Y ahí, en un robledal, a las diez menos veinte de la noche, con la lluvia parada encima de su cabeza, Nahia Arregi entendió que su hermana de siete años había salido descalza de una cama a nueve grados, había andado tres kilómetros y medio en la oscuridad detrás de una cosa que sabía que no era su madre, desenrollando una madeja de lana para no perderse, con un único propósito.

—Le he dicho que no —dijo Irati.

—¿Que no qué?

—Me decía que te llamara. Que te dijera que vinieras a la piedra. Le he dicho que no siete veces y me he quedado aquí, lejos de ella, esperando a que siguieras la lana.

Se separó un poco y la miró.

—Es que yo no te podía llamar desde aquí, Nahia. Si te llamo, tú vienes.

• • •

—Aitor. —Nahia se giró con su hermana en brazos—. Aitor, mírala. Está aquí. Míralas a las dos.

Aitor Lasa levantó la cabeza.

Y Nahia le vio la cara y supo, con una certeza absoluta, que aquel hombre llevaba ahí de rodillas dos horas oyendo a una cosa con la cara de Maddi Arregi y no le había contestado ni una vez, y que eso era lo único bueno que le quedaba.

—No le he contestado —dijo él—. En dos horas no le he dicho una palabra.

—Ya lo sé.

—Nahia, es que me ha traído a Beñat.

—Aitor…

—Que me lo ha traído. —Y le tembló la voz—. Que lo he oído hablar. Que me ha llamado por mi nombre y me ha dicho que tiene frío y que le duelen los oídos.

—Eso no es tu hermano.

—Ya lo sé. —Y ahí gritó—. ¡YA LO SÉ, JODER! ¡Lo sé desde el viernes! ¡Lo sé desde que soplaste tú el silbato y me contestó con una nota de más!

Se pasó el antebrazo por la cara.

—Pero, ¿y si esta vez es él?

• • •

Y entonces, del otro lado del claro, sonaron tres golpes.

No en un tronco.

En la piedra.

Sonaron dentro del mojón, en la caliza, tres golpes secos y espaciados que salieron del bloque medio salido de su asiento y que se sintieron en el suelo, y Nahia notó cómo la lluvia parada temblaba en el aire alrededor de su cabeza.

Y del borde alto del claro, entre los robles, en el sitio donde el robledal se acaba y empieza el hayedo, salió el guardián.

• • •

Esta vez lo vio bien y no le hizo ningún favor verlo bien.

Tres metros veinte de alto. Los hombros por encima de la primera horquilla. Y el cuerpo cubierto de aquella masa de líneas verticales verdes y marrones que a diez metros seguía sin decidirse a ser pelo o a ser corteza.

Y en el sitio de la cara no había información. Ninguna. Nahia lo miró de frente, con la linterna levantada, y su cerebro no le devolvió nada, y aquello era peor que un monstruo, porque un monstruo se puede describir.

No los miró a ellos.

Fue hacia la piedra.

Cruzó el claro en cuatro pasos, entre las gotas paradas, y las gotas no se movieron cuando pasó, y se puso delante del mojón de los Lasa. Encima. Tapándolo con el cuerpo.

Y volvió a dar tres golpes en la caliza con lo que tuviera por mano.

Nahia entendió lo que estaba pasando un segundo antes de que pasara y no le sirvió de nada.

—¡AITOR, NO!

Y Aitor Lasa, arrodillado a metro y medio de una cosa de tres metros y veinte, cerró las dos manos en la palanca del tirfor y tiró.

• • •

Clac.

El cable se tensó por debajo del guardián y la piedra se movió otros cuatro centímetros con aquel chupón horrible, y el bloque cabalgó un poco más el borde de su asiento y se quedó a punto de caer del otro lado.

Y el bosque volvió a estremecerse, y esta vez fue peor, y a Nahia se le dobló una rodilla y tuvo que sujetar a su hermana con las dos manos.

La lluvia parada cayó de golpe. Todas las gotas a la vez, en un solo golpe de agua que les entró por el cuello, y volvió el ruido del río, y volvió el viento, y volvió el sonido normal del mundo con un chasquido.

Y el guardián se apartó de la piedra.

No se abalanzó sobre Aitor. No lo tocó. Se apartó dos pasos, se puso de lado y bajó lo que tenía por cabeza, y a Nahia le pareció que aquel gesto era el de un hombre que suelta una puerta que lleva un rato aguantando porque el de dentro ha decidido empujar.

• • •

Y en el borde alto del claro, entre los robles, apareció un niño.

Diez años. Pantalón corto de pana. Un jersey de lana marrón con el cuello vuelto. Los calcetines por la rodilla y unas botas de goma, y el pelo rubísimo cortado en casa.

Estaba de pie a treinta metros, dentro del bosque, al otro lado de una línea que Nahia no veía pero que se notaba igual que se había notado el borde de la lluvia.

Y estaba sonriendo.

Levantó una mano y saludó como saludan los críos, moviendo los dedos.

Y dijo, con una voz clarísima de niño de diez años, en el tono exacto de un hermano mayor que acaba de encontrarte detrás de un árbol en un prado de mil novecientos ochenta y uno:

—Pillado, y no te enfades.

Y esta vez lo dijo bien.

Lo dijo perfecto.

Con la coma en su sitio.

• • •