Capítulo 31 — El pueblo sin sombras
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La luz se fue a las seis y cuarto de la tarde, y no la tiró la tormenta.
Nahia estaba en la campa del ayuntamiento con Jon cuando se apagaron las farolas, las dos ventanas del bar y el rótulo de la farmacia, todo a la vez. El cielo estaba cerrado, pero no había caído un rayo en veinte kilómetros y el viento no pasaba de brisa.
Jon llamó a Iberdrola desde el coche.
—Dicen que no hay avería —dijo al colgar—. Dicen que el centro de transformación de Ezkairu está dando tensión y que el consumo del pueblo esta tarde es el normal.
—¿Y las farolas?
—Dicen que las farolas están encendidas.
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A las siete y diez había cuarenta personas en el pórtico de la iglesia, que era donde se juntaba aquel pueblo cuando no sabía qué hacer.
Y en el pórtico, con los faros de dos coches puestos hacia la pared para tener luz, fue donde Nahia lo vio por primera vez.
Fue en la mujer del carnicero.
Maritxu estaba de pie delante de la pared blanca de la iglesia, a tres metros de los faros de un Land Rover, siguiendo los labios de Bego.
Y no había nada detrás de ella.
Nahia miró la pared. Miró la sombra de Bego, que estaba al lado y que era negra y recortada y con el pañuelo de la cabeza dibujado en el borde. Miró la sombra del bastón de Ane. Miró la suya, la de Jon, la de los cuatro críos que corrían por delante de los faros persiguiéndose.
Todas estaban.
La de Maritxu no.
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Contó nueve en veinte minutos.
Maritxu. Patxi, con las manos envejecidas escondidas en los bolsillos. Josefa Etxaide, sentada en una silla que le habían sacado, sin saber dónde estaba. Ibai, el crío de nueve años, al que su madre tenía cogido de la mano y que era el único de los nueve que se había dado cuenta.
—Ama, que no tengo sombra.
—Que sí, cariño.
—Que no. Que mira.
Nahia se acercó y se puso en cuclillas delante del niño, entre él y los faros, y le enseñó su propia sombra en el suelo, larga, y la del crío, que no estaba.
—Ibai, ¿te duele algo?
—No.
—¿Tienes miedo?
El crío se lo pensó.
—Un poco. —Y luego, con esa manera que tienen los críos de decir la cosa exacta—: Es como cuando se te olvida una palabra.
Nahia sacó el cuaderno y apuntó los nueve nombres, y al lado de cada nombre puso lo que Leire había apuntado en su lista aquella misma mañana.
Los nueve figuraban entre los diecinueve nombres de Leire.
Eran los nueve afectados que habían acudido al pórtico, y ninguno proyectaba sombra. A Nahia le llevó dos minutos entender lo que significaba y tuvo que apoyarse en una columna.
Lo que está prestado no proyecta.
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Las voces empezaron a las siete y media.
Y no empezaron en el bosque.
Empezaron en la calle de la iglesia, en los portales, en las ventanas de las casas cerradas, y a Nahia le costó al principio distinguirlas del ruido de cuarenta personas hablando en un pórtico.
Después dejó de costarle.
— Ama.
Una mujer de unos cincuenta años que estaba a cinco metros de Nahia se giró hacia el portal del número siete.
— Ama, ábreme.
Y la mujer dio dos pasos hacia el portal.
—¡Miren! —Bego la agarró del brazo con las dos manos—. ¡Miren, no!
—Es mi hijo.
—Tu hijo está en Bilbao, Miren.
—Es mi hijo. —Y ya estaba llorando—. Es Gorka, Bego, que le conozco la voz.
Y Nahia, cuatro metros más allá, oyó cómo desde el portal del número nueve, al mismo tiempo, un hombre viejo llamaba a su mujer muerta por su nombre de pila.
Y cómo desde la ventana del primero de la casa de al lado, una niña pedía que le abrieran.
Y cómo, en la esquina, algo con la voz de Aitor Lasa decía estoy aquí .
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Ane Urrutia estaba sentada en el poyo del pórtico con el bastón entre las rodillas.
Se levantó.
Y a Nahia le pareció entonces que aquella mujer de ochenta y siete años se levantó como un guarda de barrera al ver venir el tren: sin prisa y sin ninguna duda sobre lo que le tocaba hacer.
—Don Ignacio. —Cruzó el pórtico—. Las llaves de la torre.
—Ane, ¿qué…?
—Las llaves de la torre.
Y a las siete y treinta y ocho de la tarde del cinco de noviembre, sin electricidad, sin motor, con la cuerda de la campana grande y el peso de una mujer de cuarenta y seis kilos colgándose de ella con las dos manos, empezaron a tocar las campanas de Ezkairu.
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Tocaron cuarenta minutos.
Las tocaron Ane, y después el hijo del carnicero, y después dos de los chavales del bar, y después Jon Etxeberria, que se quitó el anorak reflectante y se subió a la torre y estuvo doce minutos tirando de una cuerda con las dos manos, y que después le dijo a Nahia que era lo único útil que había hecho en catorce días.
Y con las campanas encima no se oía nada más.
Eso fue lo que Nahia entendió, de pie en el pórtico, con el bronce reventándole los oídos: que Ane no estaba llamando a nadie ni pidiendo ayuda ni espantando a nada.
Estaba tapando las voces.
Igual que tres golpes en un tronco, veintisiete años antes, habían intentado tapar la de ella.
—¡NADIE DICE UN NOMbrE ENTERO! —gritó Ane desde el pie de la torre, entre dos campanadas, con la voz destrozada—. ¡NI EN LA CALLE, NI EN CASA, NI POR TELÉFONO! ¡Y EL QUE OIGA A ALGUIEN LLAMARLE, QUE VENGA AQUÍ Y NO CONTESTE!
Cuarenta personas de un pueblo de doscientas once se quedaron mirándola.
Y le hicieron caso.
No porque lo entendieran. Porque llevaban toda la vida sin decir apellidos de noche y por fin alguien les estaba diciendo por qué.
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El agua del muro de la iglesia la vio Nahia a las ocho y veinte, cuando empezó a llover de verdad.
La fachada norte de la iglesia de Ezkairu es de mampostería y tiene un canalón roto desde antes de que naciera Nahia, y cuando llueve fuerte el agua baja por el muro en una lámina de dos metros de ancho.
Y en aquella lámina había letras.
Nahia se acercó tres pasos con la linterna, y otros tres, y a la mitad se le puso la piel de gallina hasta la nuca, porque no era un nombre.
Eran cuatro. Uno debajo de otro, en columna, en aquella letra ancha y torpe hecha de canalillos de agua de dos milímetros que subían contra la pendiente mientras todo lo demás bajaba.
Cuatro nombres completos, con nombre de pila y apellido, escritos en un muro delante de cuarenta vecinos con linternas.
Y Nahia reconoció el primero.
Joxepa y el apellido.
El apellido que en el libro de Ane estaba entero porque en 1841 nadie había aprendido todavía que un nombre completo escrito podía convertirse en una trampa si alguien lo leía en voz alta.
—¡ANE!
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Lo tapó el hijo del carnicero, que era el que tenía la escalera.
Ane le gritó tres palabras y el hombre subió a la furgoneta, bajó un plástico negro de los de cubrir leña y lo clavó en el muro con cuatro tacos y un martillo mientras el agua le caía por dentro del cuello, y no preguntó ni una vez para qué.
Y cuando estaba clavando el último taco, la lámina de agua le mojó la mano y él la miró y vio una letra pasarle por encima de los dedos, y a Nahia le pareció que se le doblaban las rodillas y que siguió clavando igual.
Cuando bajó, Ane le puso una mano en el brazo y le dijo una sola cosa.
—Y ahora no le cuentes a nadie lo que has leído. Ni a tu mujer.
—No he leído nada.
—Mejor.
Nahia se acercó.
—Ane, ¿esos cuatro son de los del libro?
—Sí.
—Entonces están dentro.
—Están dentro desde antes de que naciera mi bisabuela, hija. —Ane se limpió la cara con el antebrazo—. Y esta noche los está poniendo en una pared para que alguien de este pueblo los lea en voz alta.
—Ane, aquí hay cuarenta personas.
—Ya lo sé.
—Y saben leer.
—Ya lo sé. —Y por primera vez desde que Nahia la conocía, Ane Urrutia parecía asustada—. Por eso ese plástico no se quita hasta que se cierre esto. Y si hay que subirse a la torre otra vez, nos subimos.
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La figura apareció en la plaza a las nueve menos cuarto, cuando las campanas ya llevaban veinte minutos calladas porque no quedaba nadie con brazos.
Estaba de pie delante de la fuente, sola, en el hueco entre los dos coches con los faros puestos.
Y era su madre.
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Nahia dio tres pasos y no pudo dar el cuarto.
Era Maddi Arregi de sesenta y ocho años. La de ahora. La de las gafas y el pelo blanco, con el abrigo verde y la bufanda roja y las botas altas del treinta y siete, y estaba mojada de lluvia y le brillaba la cara y tenía las dos manos abiertas a los costados.
La ropa que faltaba del perchero de aquella casa desde el lunes diecinueve de octubre.
Cuarenta personas se callaron a la vez.
—Ama.
— Nahia.
Y a Nahia se le cayó la linterna al suelo, porque era su voz. Era el cansancio en la primera sílaba y era la manera de acabar el nombre hacia abajo y era su madre.
Y detrás de ella, Ane gritó:
—¡NO CONTESTES!
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Y entonces la figura cantó.
Abrió la boca de su madre de sesenta y ocho años y cantó las tres notas que subían y no bajaban.
Una para el agua, dos para el musgo…
Y la voz que salió de aquella boca era la de una niña de siete años.
Era la risa de dos golpes con la tos al final. Era el gallo en la segunda sílaba. Era la R suave, casi de bebé. Era la voz que Nahia había oído dos días antes salir de una pila seca y que llevaba veintisiete años sin echar de menos, porque no se puede echar de menos lo que no se sabe que se tiene.
Era su hermana, saliendo de la garganta de su madre.
Y Nahia Arregi se quedó de pie en la plaza de Ezkairu, en medio de la lluvia, y en lugar de romperse, se le puso la cabeza fría como el agua.
Porque su madre no tenía esa voz.
Su madre había pagado por no tenerla. Había bajado a un lavadero en 1999 y había entregado el recuerdo de esa voz, y llevaba veintisiete años apuntando en una cartulina sé la letra, ya no sé cómo sonaba , muriéndose un poco cada octubre por no poder recordar aquel ruido.
De todas las bocas del mundo, aquella era la única que no podía cantar así.
—No eres ella —dijo Nahia.
Y no le tembló la voz.
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La figura dejó de cantar.
Se quedó quieta delante de la fuente, con la cara de su madre mojada y las dos manos abiertas. No se enfadó, no gruñó, no cambió de forma. Y aquello fue lo peor: no reaccionó como una criatura descubierta.
Reaccionó con la calma de quien recibe un no por teléfono.
Y después habló, y ya no habló con la voz de su madre ni con la de su hermana. Habló con las dos a la vez, superpuestas, media sílaba desfasadas, y era la cosa más antinatural que Nahia había oído en su vida.
— Tráela a la piedra de abajo.
Nahia no contestó.
— Tráela esta noche a la piedra de abajo y te las devuelvo a las dos.
Y luego, con la voz de su madre sola, muy suave, muy cansada, en el tono con el que le hablaba desde la cocina cuando era pequeña:
— Ama está esperando en el robledal, cariño. Y tiene frío.
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Se metió por la calle de la iglesia y se fue andando, con el paso corto de una mujer de sesenta y ocho años, la rodilla operada y la bufanda roja moviéndose.
Y en el suelo mojado de la plaza, detrás de ella, bajo los faros de dos coches, no había ninguna sombra.
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