Capítulo 30 — El segundo mojón
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—El mapa lo tengo yo —dijo Jon en el coche, a ciento por la comarcal—. El mapa y la hoja están en el armario de custodia de Otxandio desde anteayer a las dos de la tarde, con mi firma en el precinto.
—Da igual.
—¿Cómo que da igual?
—Que copió los ocho volúmenes a máquina en enero, Jon.
Tres días en su casa con una máquina de escribir.
—Nahia iba mirando la carretera con la barra de uña entre las rodillas—.
Y el mapa se lo sabe. Ese hombre subió cuarenta y una veces a la sexta piedra con mi madre.
Los rumbos se los sabe de memoria porque él los andaba.
—Entonces qué le hemos quitado.
—Nada. Papeles.
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Aparcaron en la cabecera del puente y subieron al robledal a pie, en dos minutos, con las linternas apagadas por orden de Jon.
Lo oyeron antes de verlo.
Un chasquido metálico, seco, rítmico, cada tres o cuatro segundos. Clac. Pausa. Clac.
Nahia lo reconoció al instante y se le fue la sangre a los pies.
—Es un tirfor.
—¿Qué es eso?
—Un cabrestante manual de cable. —Se paró en seco en la pendiente—. Jon, con eso un hombre solo puede tirar de una carga de hasta mil quinientos kilos.
—Usted me dijo que hacían falta dos.
—Hacían falta dos allí arriba. —Nahia notó que le temblaba la voz de pura rabia—. Allí arriba hay una hora y cuarenta de cuesta y ese aparato pesa dieciocho kilos. Aquí estamos a doscientos metros de la carretera.
Y echó a andar.
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Estaba de rodillas junto al mojón, de espaldas, con el frontal encendido y trabajando.
Nahia lo vio todo en dos segundos, porque estaba montado como monta un guarda forestal un tiro de cable: la eslinga plana abrazando el tronco de un roble a cuatro metros, el cable de acero tendido en línea recta, un grillete, y en el otro extremo, pasado por debajo del bloque de caliza, una cadena de tres eslabones metida en una hendidura que él mismo había abierto con la barra de pico.
Y el tirfor en el suelo, sujeto con el pie, con la palanca de avance en la mano.
Clac.
El cable estaba tenso como la cuerda de una guitarra.
Y a cuatro metros, echada al pie de un roble, estaba Txiki.
Nahia le buscó las patas de atrás antes que la cara, porque era lo que había aprendido, y estaban quietas. Las orejas, erguidas. La cabeza, orientada hacia arriba, hacia el hayedo, con esa inclinación de perro que espera a alguien conocido.
Y a Nahia no la tranquilizó nada, porque aquello quería decir dos cosas y la segunda era peor que la primera.
Que ahí arriba había algo.
Y que era el que no toca.
—Aitor.
Él no se giró.
—No os acerquéis al cable —dijo—. Si eso salta, os corta por la mitad. Poneos detrás del roble.
—Aitor, para.
—Detrás del roble, Nahia.
Y ella, porque él tenía razón y porque llevaba dieciséis años de campo y sabía perfectamente lo que hace un cable de acero cuando cede, se puso detrás del roble.
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—Ya sé lo de los veintisiete —dijo Aitor.
Clac.
—Y ya sé lo del pueblo. Lo he oído esta noche, desde el prado. He estado media hora ahí fuera, debajo de tu ventana, escuchándoos.
—Entonces sabes que no te llega.
—Sé que no me llega.
—Aitor, mírame. —Nahia se agarró al tronco—. Cuarenta y cinco años lleva tu hermano ahí dentro. Tú tienes cincuenta. Aunque entregaras todo el tiempo que te queda, nadie puede saber si bastaría. Y si no alcanza, no salda la deuda: solo abre el corredor y el precio se pierde.
—Ya lo sé.
—¡Entonces qué estás haciendo!
Y Aitor Lasa soltó la palanca, y en el silencio se oyó el cable vibrando muy bajo, y se giró por fin y la miró con el frontal encendido.
—Estoy sacándolo —dijo.
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Nahia tardó tres segundos en entenderlo, y cuando lo entendió se le puso la boca seca.
—No.
—Sí.
—Aitor, no.
—Lo saco y lo tengo fuera. —Hablaba muy tranquilo, con la voz de un hombre que ha pensado una cosa mil veces—. Como tu hermana. Igual que tu hermana. Y mientras esté fuera y no se pague, el bosque coge del pueblo.
—Eso es la garantía.
—Eso es la garantía.
—¡Eso es poner el tiempo de doscientas once personas como garantía por tu hermano sin que lo sepan!
—Sí.
Lo dijo sin bajar la vista, y a Nahia le pareció, en aquella pendiente, en aquella madrugada, la cosa peor que le había oído decir a nadie, porque no era un hombre engañado.
Era un hombre que había hecho la cuenta.
—Y lo tengo fuera un día —dijo Aitor—. O dos. O una semana. Y le veo la cara y le oigo hablar, y me llama por mi nombre una vez, y luego, cuando venga alguien a arreglar esto, yo lo vuelvo a meter y se cierra y el pueblo recupera lo suyo.
—No puedes garantizar eso.
—No.
—Y si sale mal, lo del pueblo se queda tomado para siempre.
—Sí.
Nahia salió de detrás del roble.
—Josefa no volvería a saber quién es su nieta.
Aitor Lasa la miró desde el suelo, arrodillado junto a la piedra de su casa.
—Josefa tiene ochenta y nueve años, Nahia. Mi hermano tiene diez.
Nahia no encontró respuesta. No porque él tuviera razón, sino porque acababa de demostrar hasta dónde estaba dispuesto a llegar para convencerse de que la tenía.
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Jon dio dos pasos y se paró.
—Aitor Lasa, suelte esa palanca.
—No.
—Suéltela y apártese del cable.
—Jon, tú no me vas a pegar un tiro por mover una piedra.
—No.
—Pues entonces siéntate.
Y Jon Etxeberria, con catorce días de aquel valle encima, con una mano en el cinturón y la otra abierta, con una placa en el bolsillo y una hija de siete años a veintiséis kilómetros, se quedó de pie en la pendiente.
El cable tenso les cerraba la única aproximación segura, y cualquier movimiento brusco podía hacer que Aitor tirara antes.
La impotencia de su cara se le quedó clavada a Nahia.
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—Aitor, escúchame. Cuatro segundos.
—Habla.
—Tú a tu hermano no lo vas a sacar. —Nahia dio otro paso—. Tú vas a abrir esa piedra y va a haber dos puertas abiertas al mismo tiempo, y con dos puertas eso pasa el puente. Ane lo dijo, mi madre lo dejó grabado. Con una abierta esto llama. Con dos entra.
—Ya lo he oído.
—Y con eso dentro del pueblo, tú no vas a poder distinguir a tu hermano de lo que suena como tu hermano.
—Nahia levantó la voz por primera vez—. Aitor, llevas un año oyendo silbidos con una nota de más.
¿Qué crees que va a salir por ahí? ¿Un niño de diez años con la cara de mil novecientos ochenta y uno?
Aitor se quedó quieto.
—Va a salir algo que se llama Beñat y que huele a nada —dijo Nahia—. Y tú lo vas a abrazar.
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Y durante cuatro segundos, ahí, en aquel robledal, Nahia Arregi creyó que lo había conseguido.
Le vio bajar los hombros. Le vio mirar el cable, y luego la eslinga, y luego sus propias manos. Le vio abrir la boca para decir algo.
Y entonces, desde el otro lado del puente, sonó un silbato.
Dos largos y uno corto.
Perfecto.
Nahia cerró los ojos.
—Aitor. No.
—Ese es él.
—Aitor, por favor.
—Ese es él, Nahia. —Y le tembló la cara entera—. Ese soy yo y ese es él, en el prado de los Aroztegi, en el ochenta y uno, y ese silbido lo hemos hecho cuatrocientas veces y no hay una nota de más.
Cogió la palanca con las dos manos.
—Yo te avisé el viernes.
—¿De qué?
—De que iba a seguir subiendo hasta que uno sonara bien.
Y tiró.
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Clac. Clac. Clac. Clac.
Nahia se lanzó hacia él y Jon la agarró de la cintura por detrás y la levantó del suelo, y le gritó al oído ¡el cable! , y ella pataleó y le dio un codazo en las costillas y Jon no la soltó, y en esos cuatro o cinco segundos el bloque de caliza del mojón de los Lasa se movió.
Poco. Nahia lo midió al día siguiente y fueron nueve centímetros: la piedra rompió el sello antiguo, cabalgó sobre el borde de su propio asiento y se quedó ahí, encajada de medio lado, sin acabar de salir.
No se oyó una piedra rompiéndose. Se oyó un chupón, un ruido húmedo y bajo, como cuando se saca una bota de un barrizal.
Y luego, el bosque entero, desde el robledal hasta la cresta, hizo el estremecimiento que Nahia había sentido una sola vez, con doce años, veintisiete años antes.
Le subió por las botas hasta los dientes.
Jon la soltó y los dos cayeron de culo en la hojarasca.
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Después no pasó nada.
Aquello fue lo peor: que no pasó absolutamente nada. Ni una luz, ni un viento, ni una voz. El cable dejó de vibrar. La linterna de Aitor seguía encendida apuntando al suelo. Se oía el río debajo del puente.
Aitor Lasa se puso de pie, con la palanca del tirfor todavía en la mano, y no apartaba los ojos de la piedra medio salida.
Nahia lo entendió antes que él y no le hizo ningún bien entenderlo. Aquello no era una puerta. La sexta, allá arriba, había hecho falta desplazarla treinta y cuatro centímetros y esperar tres noches. Esta se había movido nueve y estaba a caballo del borde.
No había abierto el corredor de Beñat. Había hecho algo peor: romper un segundo cierre sin completar la apertura. Lo suficiente para desestabilizar el perímetro; no lo suficiente para sacar a su hermano.
Y esperó.
Esperó nueve o diez segundos, y a Nahia se le partió algo por dentro al ver aquella espera, porque era la espera de un hombre de cincuenta años que acaba de llamar a una puerta.
Del robledal no salió nada.
—Beñat —dijo.
Nada.
—¡Beñat!
Y entonces le sonó el móvil a Nahia.
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Era Leire, y estaba gritando.
—¡Nahia!
—Estoy aquí, estoy…
—¡Se ha sentado! —Se oía movimiento, se oía la silla del cuarto cayéndose—. Nahia, tu hermana se ha sentado en la cama, con los ojos abiertos, y está…
—Leire, ¿qué le pasa?
—¡Que no le pasa nada! Que tiene el pulso a cuarenta, que le ha subido veinte de una vez, que está sentada y me está mirando y…
Y de fondo, muy claro, muy tranquilo, con la voz de una niña de siete años que informa de algo sin ninguna alarma, Nahia oyó a su hermana decir:
— La noche ya sabe salir.
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Bajaron al puente en silencio los tres.
Jon iba delante con el móvil pegado a la oreja pidiendo apoyo a Otxandio, y a Otxandio le daba lo mismo, y él lo sabía, y lo pedía igual.
Aitor iba detrás con las manos vacías y sin la linterna, porque se la había dejado encendida en el suelo del robledal y ninguno de los tres había vuelto a por ella.
Nahia iba en medio con la barra de uña colgando de la mano derecha.
Y al llegar a la cabecera del puente, donde está la farola del pretil, la única farola de aquel extremo del pueblo, Nahia levantó la cabeza porque la luz le entró de otra manera.
En el círculo amarillo del asfalto, delante de ella, a cuatro metros, había una sombra.
Una sombra de persona. Con hombros, con cabeza, con los brazos un poco separados del cuerpo. Alargada hacia ellos por la farola que quedaba detrás.
Nahia miró la farola. Miró el asfalto. Miró otra vez.
No había nadie entre la farola y la sombra.
Y la sombra cruzó la calle.
Cruzó de una acera a la otra a paso de persona, tranquila, sin ningún cuerpo que la echara, deslizándose por el asfalto y subiendo por el bordillo y por la pared de la casa de enfrente como suben las sombras por las paredes.
Y en el momento de meterse en la esquina, se paró.
Y giró la cabeza.
Nahia no vio ninguna cara. En el sitio donde tenía que estar la cara solo había pared.
Pero la sombra giró la cabeza, y estuvo un segundo entero mirándolos, y luego se metió en la calle de la iglesia y desapareció.
Y en toda aquella calle, por primera vez en la vida de Nahia Arregi, no se oyó ladrar un perro.
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