Capítulo 29 — La lista completa
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Ane volcó sobre el hule lo que quedaba en la bolsa del supermercado.
Salieron siete volúmenes. Con el que ya estaba abierto sobre la mesa, eran ocho: tres antiguos, deshechos, atados con cinta de embalar, y cinco de tela negra, con las esquinas reventadas y los lomos escritos a rotulador.
—Están todos —dijo—. Los tres primeros no se pueden abrir sin que se caigan las hojas y los otros cinco sí. Y en el caso de mil novecientos trece pone lo que hay que saber, así que empezad por ahí y no perdáis tiempo con lo demás.
Nahia sacó del bolsillo interior del anorak una funda de plástico con una hoja rayada dentro, con el borde izquierdo desgarrado y los tres agujeros de la costura reventados, y la puso encima del hule.
Ane la miró un momento y no la tocó.
—¿De cuál es?
—Del quinto.
—¿Y quién?
—Ane…
—Ya lo sé —dijo Ane Urrutia—. Se lo llevó de esta casa en enero y me lo devolvió en enero, y yo ya no veo para contar hojas.
Puso la palma abierta encima de la funda y la dejó ahí.
—Cuando esto se acabe la pego con celo y la meto donde iba. Y no me digas su nombre esta noche.
Nahia abrió el libro de las cuentas por donde lo había dejado.
En el reverso de la hoja de LO QUE PUSO EL PUEBLO había ocho renglones que no había visto.
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Los leyó porque las manos le pedían hacer algo y leer era lo único.
Lo que se sabe de aquel día, apuntado por mí que estaba, para que no se pierda.
Que cuando se paga de verdad se conoce, porque el monte lo dice de tres maneras y las tres a la vez.
Que las piedras del camino se calientan aunque esté lloviendo y se pueden tocar con la mano.
Que se para el aire de golpe y no se mueve una hoja, y esto dura lo que dura un padrenuestro.
Que sube una luz por la ladera de abajo arriba y no es fuego y no da calor y la ven todos los del pueblo desde sus puertas.
Y que si no pasan estas tres cosas es que no se ha pagado, aunque el que se haya puesto delante se haya muerto en el intento.
Nahia dejó el dedo debajo de esa última línea.
—Ane.
—Ya lo sé.
—Aquí dice que se puede morir alguien y no servir de nada.
—Aquí dice eso.
—Es lo que le pasó a mi madre.
—Es lo que le está pasando a tu madre —dijo Ane—. Que no es lo mismo.
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En el mismo reverso, más abajo, había cuatro renglones más. Nahia los leyó dos veces para sí antes de pronunciarlos, para estar segura.
Y de lo tomado al pueblo:
Que vuelve a su sitio el día que se paga entero.
Que vuelve también si el que salió se vuelve a meter y se cierra la piedra.
Y que si el corredor se cierra mal con el durmiente fuera, lo tomado se queda tomado y no vuelve nunca.
Leire levantó la cabeza.
—Repite lo último.
—Si la piedra se cierra mal y la niña está fuera, lo del pueblo se queda así.
—Para siempre.
—Para siempre.
Leire repasó sus tres hojas de nombres, las cuarenta y seis personas vistas aquel día, los diecinueve con algo, la mujer del carnicero, Patxi, Josefa, el crío de nueve años con siete semanas menos.
—O sea que la opción de no hacer nada no existe.
—No.
—Porque si esto se cae solo, Josefa no vuelve a reconocer a su nieta y ese niño no recupera septiembre.
—No.
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Y entonces Jon Etxeberria dijo lo que llevaba una hora sin decir, y lo dijo de pie, mirando la ventana, sin volverse.
—Hay que devolverla.
La cocina se quedó parada.
—Jon —dijo Leire.
—Déjame acabar, que me va a costar y no lo voy a repetir. —Se giró—. Nahia, yo llevo catorce días en esta casa y no me he metido en esto ni una vez, porque no era mío. Pero esto sí es mío, porque yo soy el que va a tener que responder de doscientas once personas.
Puso las dos manos en el respaldo de una silla.
—Si su hermana vuelve dentro y se cierra la piedra, pasan tres cosas.
Josefa reconoce otra vez a su nieta. El crío recupera septiembre.
Y nadie tiene que entregar años. —Tragó saliva—.
Su hermana vuelve a donde ha estado veintisiete años, un sitio donde, por lo que ella cuenta, no envejece, no pasa hambre y está protegida.
Eso no es matarla, Nahia. Eso es dejarla como estaba el jueves veintidós por la mañana.
Nahia aguantó aquello de pie y sin contestar.
—Y usted se queda con treinta y nueve años y con una vida.
—Y con una hermana ahí arriba.
—Que es lo que ha tenido siempre.
Nahia se levantó tan despacio que la silla no hizo ruido.
—Jon, ¿usted tiene ahora mismo un plan para meter a una niña de siete años en un agujero?
—No.
—¿Y para explicárselo?
—No.
—Porque va a haber que explicárselo. —Le tembló la voz y no hizo nada por evitarlo—.
Va a haber que subirla al hayedo cogida de la mano, y va a haber que decírselo, y ella va a preguntar por qué, y va a haber que contestarle.
Y yo eso no lo sé hacer. Yo no sé decirle a mi hermana vuelve a dormirte porque la cuenta no me sale.
Jon bajó la cabeza.
—Ya lo sé.
—Y aun así lo ha dicho.
—Aun así lo he dicho. —Levantó la vista—. Porque si no lo digo yo, aquí no lo dice nadie, y entonces mañana estaremos hablando de la otra cosa como si fuera lo normal. Y la otra cosa es que alguien se quite veintisiete años.
Se sentó por fin.
—Y yo no quiero estar en la cocina donde eso se convierte en lo normal.
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Y entonces Nahia hizo lo único que le quedaba por hacer con aquel hombre, que era pagarle eso.
—Jon, le debo dos cosas.
—Nahia, no…
—Dos. Y las voy a decir aquí porque usted acaba de decir lo suyo.
—Se quedó de pie—. El jueves veintidós, en la batida, los dos perros de rastro se plantaron encima de la línea de mis doce árboles con tres y cinco metros de error.
Lo marqué con el GPS, lo cargué en la tablet, y no se lo enseñé a nadie.
Jon no se movió.
—Y la noche del sábado veinticuatro al domingo veinticinco, después de que Aitor Lasa me confesara que llevaba trece meses aflojando un mojón en monte de utilidad pública, tuve el teléfono en la mano, con su número en la pantalla, desde las once hasta las tres de la madrugada. Y no le llamé.
—¿Por qué no?
—Porque era el único de este valle que sabía por dónde se entraba. —Nahia lo dijo sin bajar la voz—. Y porque me convenía. Eso es todo.
Jon Etxeberria se quedó un rato con las dos manos en la mesa.
—¿Y me lo dice ahora por qué?
—Porque mañana a lo mejor le pido que haga algo por mí, y usted tiene que saber con quién está tratando.
Jon asintió despacio, dos veces, y volvió a mirar la ventana negra.
—Ya lo sabía —dijo—. Lo de los perros no. Lo otro sí.
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Nahia se puso a trabajar a las doce menos veinte porque no podía hacer nada más.
Extendió el mapa de su madre —el de papel milimetrado, con los siete mojones numerados y los rumbos cerrados— y abrió los cinco volúmenes que se dejaban abrir, y se puso a cruzar.
Dieciocho entradas desde 1841.
Y en cada una, algo que ella no había mirado la primera vez porque no sabía que fuera importante: al margen, junto a la fecha, un número pequeño. Un uno, un tres, un cinco, un seis. Ane no se los había explicado nunca.
—Ane, esto es el sector.
—Eso es la piedra.
—¿Y por qué no me lo dijo?
—Porque hasta hoy no había ningún mapa. —Ane señaló el papel milimetrado con la barbilla—. Ese número no valía para nada, hija. Yo sabía que había siete piedras y que cada casa llevaba una y sabía que ahí ponía un número, y no sabía dónde estaba ninguna. Eso lo levantó tu madre en veintitrés años.
Nahia fue poniendo cruces en el mapa.
Cinco en la tres. Dos en la cinco. Cuatro en la seis, con Irati la última. Cuatro en la dos. Dos en la siete.
Y cuando llegó a la penúltima línea del quinto volumen, se paró.
11-1981 — Beñat ▓▓▓▓ — 1
Uno.
Nahia levantó la vista y buscó el uno en el mapa de su madre, y el uno estaba abajo, en el robledal, justo encima del puente viejo.
Encima del puente viejo.
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—Está en la primera —dijo.
Ane cerró los ojos.
—Beñat está en el sector de su propia casa. —Nahia se echó hacia atrás—. Los Lasa vigilaban la piedra por la que entró su hijo. Cuarenta y cinco años.
—Sí.
—Ane, una cosa. El número no dice dónde está. Dice por dónde se metió.
—Eso es.
—Entonces ahí dentro no hay siete sitios.
—Ahí dentro hay uno —dijo Ane—. Siete puertas y una casa. Por eso tu madre oía a tu hermana desde la sexta y Aitor oyó a su hermano desde la sexta también, y por eso los dos se pensaron durante un año que estaban en el mismo sitio.
—Y esto —Nahia puso la mano abierta encima del volumen— lo copió Aitor a máquina en enero.
Ninguno de los tres abrió la boca.
—Lo copió a máquina —repitió—. Los ocho. Tres días. Él cruzó este número con el mapa antes que ninguno de nosotros, y llevaba los dos papeles debajo de una teja de su cuadra.
Se levantó.
—Él ya sabe en qué piedra está su hermano. Lo sabe desde enero.
Y ahí Leire Otxoa dijo, muy bajo:
—Y sabe que para sacar a Beñat pueden hacer falta cuarenta y cinco años. Nadie puede prometerle que los tenga.
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Jon salió al portal, llamó por radio y volvió a los dos minutos.
—Sigue sin dar posición. Voy a su casa.
—Voy con usted.
—Nahia…
—Voy con usted.
Cogieron el coche patrulla y bajaron los tres kilómetros en cuatro minutos, y en la última curva, antes de llegar a la campa del caserío de los Lasa, Nahia se agarró al asidero de la puerta.
—Pare.
—¿Qué?
—Pare el coche.
Jon frenó en el arcén y Nahia se bajó y se quedó de pie en la carretera, mirando la ladera de la umbría, donde estaba el caserío.
El todoterreno del servicio seguía en la campa.
Y la cuadra estaba a oscuras.
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Subieron andando.
La bombilla de rosca gorda seguía colgada del cable trenzado en el vano de la cuadra, con su casquillo de porcelana y su polvo de cuarenta y cinco años.
Apagada.
Jon le dio al interruptor de la pared y se encendió a la primera.
La miraron los dos, encendida, amarilla, ridícula.
Y luego Jon apagó otra vez y bajó la mano.
—No se ha fundido —dijo.
—No.
—La ha apagado él.
Nahia entró en la cuadra con la linterna.
En el suelo de tierra, donde dos noches antes había una barra de uña, una barra de pico, tres cuñas de haya, un saco de tierra tamizada y un rollo de cuerda, quedaba un rectángulo limpio de polvo con la forma de todo aquello.
Y no quedaba nada.
Nahia se quedó de pie en mitad de la cuadra de Kontxi Lasa, en la oscuridad, con la linterna apuntando al suelo.
—Jon.
—Dígame.
—Cuarenta y cinco años ha tenido esa bombilla encendida.
—Sí.
—La ha apagado porque ya no la necesita.
Se dio la vuelta y salió a la campa, y desde la campa se veía, allá abajo, el arco del puente viejo con la luz de la farola encima del pretil.
Y a la derecha del puente, encima, negro contra el cielo, el robledal.
—Jon, llame a quien tenga que llamar —dijo Nahia—. Y llame ya.
—¿Y usted?
—Yo tengo que subir a mi casa a coger una cosa.
—¿Qué cosa?
Nahia ya estaba andando hacia el coche.
—Una barra.
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